II
En que hace su aparición un caballero, a quien
personas duchas en letras tomarían, quizás,
por el de la Triste Figura.
En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre. Si Estrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas, hacen versos y se saben a Zorrilla—afinidades nominales—de memoria), hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de aquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no estableció concomitancias.
El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en osamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y sus brazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente, prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo los chinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, y sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido. Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros, un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacía pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y un pequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a la cara, completaban su figura.
La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:
—¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.
El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:
—Moreno, buen mozo, ¿vienes?
El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entonces apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la fortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la más acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura mellada y verdosa, musitó insinuante:
—¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...
El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües no salió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:
—¡Anda, bonito, saleroso! ¡Pa mí que nos vamos a dar la gran noche! ¿Quieres?... Anda.
Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento una llamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden en la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.
Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista comenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía que se fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpo entero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Sus vestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silencioso individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce, sonó bronca, redobló las ofertas:
—¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a la cara una mujer como yo!
E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaba llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento, y llegaron a la del Conde:
—Aquí es.
Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo. Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más, pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza. Se oyó la voz áspera de ama Dolores:
—¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...
Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, y melosamente trató de arreglar su pifia:
—¡Josús me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con cuidao. ¡Con la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es una perla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...
Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose por estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.