III

Hacía mucho frío. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonaban grandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad. Una neblina, húmeda y glacial, envolvía las cosas; la nieve, mancillada por millares de pisadas, se desleía sucia, negruzca, y sobre aquella escenografía melancólica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosa hacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas, lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminaban enlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos había lágrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa del ambiente su son era aún más angustioso.

Dejeme arrastrar por la corriente humana, y al fin me hallé ante la catedral. Allí, organizada por los agentes, formábase larga cola de curiosos, que iba penetrando lentamente en el templo. En ella hube de tomar puesto. Una hora de espera. Al fin me tocó el turno, y penetré en el sagrado recinto.

Cuatro hileras de columnas, de una elegancia insuperable, sostenían las góticas ojivas; altos sepulcros de mármol flanqueaban los dos lados de la iglesia, con sus orantes estatuas de héroes y prelados, que semejaban fantasmagóricas en el claroscuro del recinto, extraña teoría de ultratumba, una de esas espectrales procesiones que surgen en las leyendas de la Edad Media. Sobre los muros, tapices de terciopelo negro, con las armas imperiales bordadas en plata, cubrían cuadros y altares, unidos por cordonajes rematados por argentados borlones. El altar mayor había desaparecido, cubierto por otro enorme paño de terciopelo, sobre el que se destacaba una gran cruz de ébano, en que agonizaba un Cristo de marfil. En el centro del recinto, ocho candelabros sosteniendo hachones, y ocho soldados de la guardia real, vestidos de blanco, inmóviles como estatuas, daban guardia de honor al cadáver de la princesa Elvira, que, tendida en humilde féretro, dormía en el suelo sobre negros paños cubiertos de flores.

El órgano salmodiaba las graves notas de los oficios de difuntos, y, mezclados con sus voces, oíanse los cantos de los sacerdotes y los gemidos de las mujeres.

Lentamente fuime acercando al lugar donde yacía la muerta, y al fin me hallé ante ella.

Jamás he visto un rostro de una dulzura, de una serenidad y una placidez igual. Sólo la muerte, consagrando la santidad, era capaz de cincelar un rostro así. Destacándose de las sombrías tocas de religiosa, el perfil de una perfección asombrosa tenía, sin embargo, una gran bondad de expresión. La frente era estrecha y ligeramente abombada, la nariz recta y fina, la mejilla enjuta y la boca pálida, de una casta suavidad de líneas. Parecía dormir, y los párpados cerrados tendían sobre la cara la azulada sombra de las largas pestañas. Nada de la equívoca sonrisa de Gioconda, nada de la mueca mitad cruel y mitad burlona, del tenue y apenas perceptible rictus que me obsesionara en los retratos. Por el contrario, una calma tal, una tan bienaventurada paz, que de verla a la luz de la luna en alguna olvidada capilla, con su corrección de perfil y su azulada transparencia, las manos cerúleas cruzadas sobre el pecho, y sus ocho guerreros blancos dándole guardia de honor, tomárala por la yacente estatua de alabastro de una princesa santa.

¡Santa! ¡Era santa! Sólo la santidad era capaz de una tal serenidad de expresión en la muerte. Seguramente, siglos más tarde, en una vitrina de cristal y plata, mostraríase, para edificación de devotos y confusión de incrédulos, el cuerpo incorrupto de la santa princesa Elvira.

Alguien me empujó; una voz me advirtió que era hora de marchar, y, confundido entre la multitud que sollozaba, salí.