III

Temblando de frío y de miedo, detúvose junto a la puertecilla del jardín. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en vez de permanecer en el suave abrigo de la alcoba, cálida y blanda como un nido de amor, disponíase a correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la lluvia, como una ramera? ¿Por qué ella, tan frágil, tan delicada, tan quebradiza, lanzábase así en la noche cómplice al encuentro de lo ignorado? Todos sus esfuerzos eran inútiles; algo más fuerte que su voluntad le arrastraba hacia aquella cosa misteriosa y terrible que vivía en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trágica revelación se hizo en su vida, sentíase arrastrada por la resaca a no sé qué ignorados abismos. Era inútil que ella, lectora de Platón y de Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban farsas ante el Rey, flirteaban con Monseñor el Cardenal de Rohan y eran amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonreír y fuese escéptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal, alzábase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de filosofía, descorríase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo brillaba, como único faro, el misticismo. A él había vuelto los ojos angustiados, pero también fue estéril. ¡Era pronto aún! Ante la cruz, el macho cabrío danzaba lúbrico y burlón, y el signo redentor no era sino un ensueño remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas, clavaban los aguijones en su carne. Todos los días el hambre insaciable de los poseídos le arrancaba del lecho y le arrojaba al través de la noche.

Abrió la puerta y, recatándose en la sombra, salió a la calle. Después comenzó a caminar en busca de lo desconocido.

LOS COMPLICES