IV

Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban, aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que hacían tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como fantasmas trágicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en las láminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura universal. En las caras lívidas, consumidas, llenas de oquedades, las bocas se deformaban en muecas de agonía, en muecas de una ansiedad plena de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenían una fijeza de obsesión. Al través de los trajes desgarrados, aparecían los cuerpos esqueléticos, las carnes amoratadas por el frío...

Ni un soplo de aire, ni un barco en lejanía, ni una ola, nada. Una paz suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dormía en las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extinguía y en el muro infranqueable de hielos.

¡Cinco días más! ¡Cinco días de frío, de hambre, de soledad y de calma, sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria, calma de panteón, de cementerio, de nada, peor que todas las borrascas!

Vanda, acurrucada en un rincón, sentíase morir. La habían robado sus pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de frío, de hambre y sed. Desde la mañana de su derrota, había perdido todo prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad inconsciente que dormía en sus almas primitivas, todas aquellas cosas exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.

Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se agudizaban extrañamente. John, el más joven, cayó al suelo y siguió retorciéndose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero haciéndose más violentos; sus risas trocáronse en aullidos, y palpitante de dolor comenzó a llorar, apretándose el estómago con las manos. Nino, el italiano, el más viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos fuegos fatuos por pupilas, propuso:

—¡La ley del mar!

Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:

—¡La ley del mar!

De improviso, una voz opaca propuso:

—¡Ella primero!

—¡Es la más blanca!

—¡Será la más tierna!

—¡La más sabrosa!

—¡Ella tiene la culpa de todo!

El coro de voces alzábase amenazador en el silencio de la naturaleza, como la fatídica condenación de la asamblea de una tribu primitiva.

Avanzaron hacia ella. Loca de terror, Vanda les vio llegar. Un grito supremo se escapó de su pecho, y desmayose, mientras el cuchillo se alzaba sobre su cuello y unos dientes impacientes se clavaban en su brazo.

EL DEMONIO

O toi, le plus savant et le plus beau des Anges,
Dieu trahi par le sort et privé des louanges,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Ô Prince de l'exil, a qui l'on a fait tort,
Et qui, vaincu, toujours te redresses plus fort,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Toi qui sais tout, grand roi des chosses souterraines,
Guériseur familier des angoisses humaines,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Toi qui, même aux lépreux, aux parias maudits,
Enseignes par l'amour le goût du Paradis,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Les Letanies de Satan,
Charles Baudelaire

EMBRUJAMIENTO

El Laberinto estaba ingeniosamente distribuido en numerosas salas y pasadizos tortuosos, con el fin de ocultar a todas las miradas el vergonzoso ser nacido de un deseo inmundo y que había de habitar allí.

Ovidio

I
EL PARAISO TERRENAL

Llegaron a la caída de la tarde, un día en los comienzos del mes de septiembre. El crepúsculo espléndido tenía en su magnificencia y en su lentitud la tristeza punzadora de ciertas agonías, esas inacabables agonías de muchachas pálidas y soñadoras a que la tisis presta la alegre neblina de las ilusiones color de rosa. En el ambiente tibio, perfumado de aromas campesinos, había una gran quietud. Envuelto en la claridad violeta del atardecer, el parque dormía callado y misterioso. Era un viejo jardín galante cortado a la moda del siglo XVIII. Tenía sus macizos de arrayanes, sus calles de rosales, su laberinto de bojes poblado de rotas estatuas de mármol, su fontana, su cascada y sus puntiagudos cipreses que destacaban las negras siluetas sobre la palidez dorada del cielo. Pero el tazón de mármol, presidido por alado Cúpido, estaba vacío ahora; las aguas del estanque hallábanse cubiertas de nenúfares, y sólo algunos tardíos capullos blancos florecían en un rosal. Al través de los árboles, divisábase la casa con su presuntuosa arquitectura Luis XV, sus conchas, hojarascas, lazos y delfines, llena de desconchaduras, de manchas de humedad y de goteras que trazaron negros surcos sobre el gris sucio de la fachada. Las persianas cerradas estaban rotas, despintadas, carecían de listones, y la puerta, adornada de clavos, permanecía hermética, con goznes y cerrojos oxidados por las injurias del tiempo, de la lluvia y del sol, en complicidad con el abandono.

Mientras José Ignacio forcejeaba por abrir la verja, Fuencisla, sentada sobre la pila de muebles y enseres que constituían su ajuar, contemplaba, por encima de los barrotes, un poco pasmada, entre sorprendida y satisfecha, la hermosura del parque, que se destacaba, como un oasis, en la hosca aridez de la llanura.

Vulgar, insignificante, resultaba Fuencisla el tipo perfecto de la muchacha pueblerina que pasa de niña a mujer, de mujer a madre, de madre a abuela, pare, cría, muere en perenne negación espiritual, sin pensar jamás, sin afrontar la vida, acostumbrada a obedecer al padre, al marido, al hijo, sin haber tenido sino una confusa noción de las cosas. Corta de estatura, apaisada, los senos flojos y el vientre hinchado bajo las frondosas sayas de percal y los refajos multicolores, tenía el pelo rubio, lacio, áspero; el cutis tosco, malsano el color, los labios resecos, resquebrajados, y los ojos grisosos, opacos, un poco embobados, siempre bajos en humildad temerosa. El ademán muy tímido, muy apocado, las manos perennemente cruzadas sobre la tripa, las pupilas abatidas al suelo y el andar de palmípedo, acababan de subrayar la vulgaridad casi animal del conjunto. Su habitual estupor redoblárase ahora ante la grata sorpresa. Las ocho leguas que había tenido que recorrer, la idea, abrumadora para su apocamiento, de alejarse del terruño nativo, la voz popular que marcaba con un estigma de brujería la posesión y, sobre todo, las palabras de la señora, había llevado la turbación a su harto cuitado ánimo. Incapaz de ninguna rebeldía, no había chistado, limitándose a obedecer, a ojos cerrados, la voluntad de José Ignacio. Pero en el largo viaje, en los interminables paréntesis de silencio que su seca concisión castellana dejaba entre sobrios y espaciados períodos de conversación, el temor, un temor supersticioso, asaltábale y veía las futuras noches del caserón como algo pavoroso en que brujas y trasgos celebrarían ritos, danzas y conciliábulos, y el mismísimo diablo vendría, con su rabo y sus cuernos, a infestar la casa de olor a azufre.

Pero José Ignacio llegaba ahora a interrumpir sus divagaciones. Con tipo clásico de labriego castellano, enjuto, anguloso, la color cetrina, los ojos negros y negro y ondulado el pelo; el servicio militar y la permanencia en las ciudades (capitales provincianas de segundo orden), habíanle hecho perder algo del empaque rural, aunque dejándole intacta la alegría inocentona, una alegría meramente física que le llevaba a pueriles expansiones de contento, traducida en gritos, brincos y cabriolas, que contrastaban extrañamente con su mutismo de otras veces.

—¿Ves qué hermoso?

María Ignacia sonrió:

—¡Sí que es hermoso!

—¿Llevaba razón?—interrogó con sobriedad muy de la tierra de Castilla.

Limitose ella a volver a sonreír con su sonrisa franca de humilde contento.

No es que ella se hubiese metido a discutir con su marido la conveniencia del viaje; su respeto de mujer y esposa cristiana vedábale tal género de polémicas; pero en la vaguedad de un gesto, en la indecisión de sus escasas palabras y, sobre todo, en el silencio turbado con que respondía a las razones que él hallaba para aquel éxodo, leía José Ignacio la inquietud de su compañera.

Hacía ya días que la marquesa—la noble dama recluida desde la muerte de su hija, de aquella divina María de la Luz, apenas entrevista rara vez envuelta en un aura de elegancia y de perfumes, en su caserón con honores de palacio y de convento, en Segovia—, habíales llamado a su presencia. Era Fuencisla hija de antiguos servidores campesinos; madrina de su boda fue la señora, y contenta de su modestia y recato siguiola protegiendo después de su matrimonio. Pese a la proverbial bondad de la dama, no las tenían todas consigo cuando se encaminaron al palacio. Aquella aristócrata severa, perpetuamente enlutada, que no salía jamás como no fuese para hacer una breve visita a El Laberinto, la finca trágica en que María de la Luz se agostó en plena juventud, les imponía. Endomingados, Fuencisla con su atavío de paleta, sus huecas sayas y su pañuelo de colorines; José Ignacio, más currutaco, a la moda de la ciudad; iba ella francamente cohibida con susto de pájaro bobo; él fingiendo, con chabacanería aprendida en la vida cuartelera, un aplomo que estaba muy lejos de sentir. La señoril magnificencia del palacio, sus enormes galerías, sus salas adornadas de tapices, cuadros sagrados y retratos de familia, acabaron de hacerles perder todo aplomo. Pero cuando su turbación llegó a los límites del atontamiento, fue cuando se vieron en presencia de la señora. Aquella dama, pálida y triste, con su sola presencia imponía respeto. Más que vieja, envejecida por una secreta pena que había derrumbado de un hachazo el robusto tronco de su vida, permanecía hundida en su butaca, la nevada cabeza caída sobre el pecho, y las manos, largas y blancas, de una aristocrática elegancia insuperable, abandonadas sobre el regazo como dos prodigiosos juguetes de marfil. Tenía la palabra afectuosa, impregnada de un vago matiz de desencanto y amargura, el gesto reposado y la mirada dulce, pero con una bondad indiferente, impuesta, como si su espíritu estuviese muy lejos y no le importase nada de nada.

Habíales hablado llena de benevolencia afectuosa. Ella necesitaba un guardián para su finca El Laberinto, y había pensado en ellos. El cargo era cómodo, bien retribuido; la casa del guarda, buena, alegre; quizás necesitase alguna obra, pero ella haría lo que fuera menester; trabajo ninguno, puesto que no quería que se tocase ni a una flor, ni a un árbol, ni a una piedra, (y esto significaba condición especialísima) ni muchísimo menos a la casa. Aquello era terreno vedado; jamás bajo ningún pretexto pondrían los pies allí. Ellos tendrían las llaves, pero sólo para un caso de fuerza mayor, un incendio, un robo... Por lo demás, podían aprovechar los frutos del huerto, amén de, en el pequeño corral asignado al guarda, tener gallinas, cerdos, etc., etc.

José Ignacio, gorra en mano, escuchaba. Había ido recobrando el aplomo y, ante la perspectiva del paraíso de ociosidad y bienestar que se le abría, contenía a duras penas su júbilo. Fuencisla, azorada, escuchaba a su protectora con un sentimiento de honda gratitud, que su timidez le impedía exteriorizar.

La marquesa quedóseles mirando un instante, y luego interrogó:

—¿Qué les parece a ustedes?

La paleta balbuceó palabras incomprensibles de agradecimiento. El, más resuelto, aseguró:

—¿Qué quiere la señora que le digamos? ¡Que bendeciremos su nombre toda la vida!

La dama interrumpió sus efusiones. Antes de decidirse era preciso decirles toda la verdad, los inconvenientes lo mismo que las ventajas, su conciencia se lo exigía así. No es que creyese en semejantes historias; sin embargo, ya sabían ellos la fama de hechicería que pesaba sobre El Laberinto. Cosas de la leyenda popular, así todo... Para ella fue cruel aquella finca, pero...

—La muerte de mi pobre hija, de mi pobre María de la Luz, ha sido la desgracia más grande de mi vida, y allí tuvo lugar. Verdad que allí o en otro lado hubiese muerto lo mismo, si esa era la voluntad de Dios. ¡Nunca, nunca sufrirá nadie lo que yo sufrí con la agonía de mi María de la Luz; pero, como Job, he repetido muchas veces: «Dios me lo dio, él me lo ha quitado; bendito sea su Santo Nombre». ¡Quién sabe si fue mejor para la salud de su alma que El se la llevase que no siguiera vegetando en este mundo de miseria y pobredumbre.—Hizo una pausa, durante la cual esforzose en dominar su emoción, y luego con voz serena prosiguió:—En fin, esto son penas mías, que sólo a mí atañen; lo demás, todas esas historias de fantasmas y apariciones me parecen paparruchas indignas de un buen cristiano...

Al verles silenciosos, al parecer perplejos, encarose con ella:

—Conque, Fuencisla, usted dirá?

La lugareña balbuceó:

—Yo, lo que la señora mande.

—¡No, no!—protestó con gran viveza la marquesa—. Yo no mando nada. Eso ustedes sabrán lo que les conviene.

Con su incapacidad volutiva, tuvo Fuencisla un ademán de renunciamiento:

—Yo, lo que quiera José Ignacio.

Apresurose él a aceptar. ¿No había de querer? ¡Ya lo creo que quería! Todo aquello de duendes y embrujamientos era como los fantasmas de la sábana que paseaban de noche por las calles del pueblo; pamplinas para asustar niños y viejas. ¡Fantasmitas! ¡Ja! ¡Ja! El hombre que tiene buenos puños y la conciencia tranquila no tiene que temer más que a Dios.

Y así quedó cerrado el trato.

Ahora, después de meter el carro dentro del jardín, trataba José Ignacio de abrir la puerta del pabellón que les estaba asignado. Al fin, tras no pocos esfuerzos, consiguieron franquear el paso y penetraron los dos. La primera impresión fue de tristeza: una atmósfera de humedad, de moho, de casa de larga fecha abandonada, salioles al encuentro. La primera estancia del pabellón era una rotonda minúscula, imitación de esos vestíbulos de mármol que se ven en algunos pabellones de caza y lugares de descanso de los parques reales. Columnas de estuco imitando mármol rodeaban el cuarto, rotas, descascarilladas, maltrechas; grandes hornacinas en que faltaban las estatuas hendían las paredes resquebrajadas, manchadas de musgo; unos lienzos despintados pendían en jirones del techo, mientras que las arañas tejían entre ellos sus colgantes puentes de seda. Pasaron al segundo cuarto, una habitación pequeña, baja de techo, con muros encalados y una gran ventana de cuarterones que cerraba mal. También la humedad y el abandono habían hecho estragos en ella; pero así todo, era más habitable. Junto a esta salita había una alcoba muy pequeña, y luego la cocina. Y nada más.

Oprimida por una sensación angustiosa de tristeza, por un presentimiento supersticioso de desgracia, Fuencisla sintió el ansia de respirar aire puro, y salió al jardín. El ambiente tenía una dulzura adormecedora; de la tierra subía un vaho de humedad lleno de fragancias, y en un triunfo de aromas morían las últimas rosas en los rosales. Sobre el cielo azul oscuro, espolvoreado de estrellas, destacábanse las negras siluetas de los cipreses. Y por detrás de los cipreses, enorme, redonda, teñida de sangre, una luna de presagio nefasto se alzaba lentamente.

II
EL CUARTO VEDADO

Apoyada en el quicio de la puerta, Fuencisla la miró alejarse. Su silueta de aquelarre destacábase enérgica sobre el fondo hostil de los campos resecos por la helada. El cuerpo sarmentoso, cubierto de hórridos harapos, de la pordiosera; sus ojos de lechuza y su nariz ganchuda, armonizaban a maravilla con la llanura yerma, cerrada al horizonte por abruptos riscos.

Aquella era la única bruja que viera en los dos meses transcurridos desde su instalación en El Laberinto, y los únicos fantasmas los que ella evocaba con las extrañas historias que Fuencisla no acababa de comprender, pero que le apasionaban con un interés malsano. Giraban siempre aquellas consejas en torno de los mismos hechos, la historia del abandonado palacete y de la agonía misteriosa de sus dos dueñas, la condesa Agueda y María de la Luz. Mezclábanse en ambas briznas de verdad con follajes de fantasía popular, excitadas por arcaicas prácticas de hechicería.

La condesa Agueda había vivido en los tiempos del Rey Sol. Su belleza peregrina triunfó en la corte galante, escandalizó un poco la severa de Madrid, y, después de algunos pecaminosos devaneos, un día, sin saberse la razón, tal vez porque su femenil vanidad resistíase a doblar el cabo de la edad peligrosa, fue a sepultarse en aquella olvidada posesión. De su retiro fantaseose mucho; achacáronle no sé qué misteriosos tratos con el Malo, y crearon sobre ella una leyenda oscura, poblada de ritos nefandos. Algunos muñequillos de cera, más unos cuantos libros de ciencia secreta y de práctica libertina, hallados después de su muerte, acrecentaron las sospechas. La violación de su sepultura y la desaparición del cadáver acabó de confirmar la leyenda.

María de la Luz fue la hija única de la marquesa. Nobles y plebeyos cayeron siempre prisioneros en las redes del raro encanto de sus ojos verdes y de la sonrisa de sus labios rojos. Tenía una blancura de nardo y una gracia efímera, voluptuosa y apasionada. También ella anduvo errante por el mundo, por los mágicos paraísos que crearon los hombres, y también en una hora de hastío vino a refugiarse en El Laberinto. ¿Qué misterioso drama tuvo lugar entre los muros del palacete? Sólo la marquesa y algunos viejos servidores fueron testigos, y ellos callaron herméticos. María de la Luz diose a adelgazar y a entristecerse. Una melancolía invencible apoderose de su ánimo, sus ojos se enturbiaron y acabó por desaparecer. Sólo muy de tarde en tarde veíasele pasear lánguidamente por el jardín, cubierta de joyas, de sedas y de encajes. Por el país comenzó a correr la especie de que la hija de la Marquesa estaba poseída por el Enemigo. ¿Qué lúbricas escenas de locura desarrolláronse entre la damisela y el cornudo amante de las pezuñas de chivo? Nadie pudo averiguarlo jamás. Unicamente veíanse entrar primero sacerdotes y frailes que exorcizaron a la poseída y conjuraron a Belcebú entre bendiciones y rociadas de agua bendita, para que abandonase su víctima; más tarde oyéronse los gemidos de la infeliz, y los médicos sucedieron a los religiosos; la casa olía a éter, a antistérica, a azahar. Un oído indiscreto creyó percibir un día, al través de la puerta de un salón, en que la madre y cierta eminencia médica celebraban consulta, la voz de la dama, que desgarrada, amarguísima, pero firme, enérgica, con resolución inquebrantable, afirmaba entre dos sollozos: «¡Nunca! ¡Antes muerta! ¡Antes tendida en una caja entre cuatro luces!» Al fin, las visitas facultativas cesaron, y sobre la casa impregnada de fuerte olor a medicamentos cayó un silencio de plomo, sólo interrumpido por los aullidos de la enferma a quien el Malo visitaba a las altas horas de la noche. Era algo horrendo, trágico y misterioso, aquella ficticia calma, en que los alaridos angustiosos, desesperados, se alzaban como una imploración suprema en la paz nocherniega. Y mientras la marquesa, horrorizada, rezaba, María de la Luz revolcábase en el lecho en atroces crisis de vesania. Al fin murió.

La bruja contaba estas historias entreverándolas de pintorescos episodios, de filtros y bebedizos, de fórmulas cabalísticas y conjuros mágicos, en que se mentaba a Salomón, el de la sabiduría, y a los Magos de Oriente; hablando de Felipe II y del Príncipe de los Hechizos, de nuestro señor el Rey D. Carlos II y de otras cosas de romance. Y en el fondo de todo aquello, vivía una fuerza desconocida, violenta, arrolladora, capaz de agostar las vidas en flor.

Fuencisla había vuelto a la puerta del pabellón, y la labor abandonada sobre el regazo, permanecía perdida en penosa divagación, presa de aquellas perezas anonadadoras que le acometían desde que habitaba allí.

La mañana tenía melancólico encanto en el gran parque. Sobre el cielo muy pálido, casi blanquecino, brillaba el sol amarillento. Los árboles, desnudos de sus galas, se retorcían esqueléticos; sólo los cipreses dibujaban sus pináculos sobre el fondo claro.

Fuencisla estaba triste. Acostumbrada al trajín de una casa de labor, en que hallábase rodeada de gente a todas horas del día y de la noche, en que mecía su sueño el hervor de la respiración, de sus bestias familiares, aquella soledad y aquel silencio augusto le inquietaban. Imágenes turbadoras, desconocidas hasta entonces, poblaban sus sueños; las historias evocadas por la mendicante despertaban en ella una curiosidad malsana, un deseo vago de saber, y la casa, con su prestigio de misterio, le tentaba. ¿Qué habría detrás de aquellos postigos siempre cerrados? ¿Por qué la prohibición de la señora? ¿Qué huellas quedaban de la condesa Agueda y sobre todo de María de la Luz? Sentía algo que alentaba cerca de ella. El Malo la rondaba; algunas veces, en medio de la calma de la noche, se despertaba sobresaltada creyendo sentir en la piel el roce de unas velludas patas de macho cabrío y veía fosforescer en las tinieblas dos ojos de brasa que le miraban anhelantes. El misterio habíase instalado en su pacífica existencia y sentía tras la puerta cerrada algo terrible que le atraía con fuerzas sobrehumanas. Hasta su mismo amor por José Ignacio habíase modificado; ya no era aquél cariño de bestia humilde y resignada que se traducía en un trabajo abnegado y un renunciamiento absoluto de la voluntad; era una ternura temerosa y apasionada que la hacía apretarse contra su pecho y buscar sus labios en un anhelo infinito de algo desconocido.

El también se transformaba insensiblemente; la vida sedentaria, en vez de aumentar su caudal de salud y de alegría, parecía mermarlo insensiblemente, haciendole más reconcentrado y taciturno. En vez del júbilo ruidoso, un mucho pueril, de sus antiguas horas de asueto, invadíale una melancolía soñadora, que le hacía arrastrarse trabajosamente al través de las interminables horas de los días de inacción. Permanecía largos espacios de tiempo sin hacer nada, con los ojos perdidos en el vacío, o bien leía trabajosamente en unos novelones hallados en un desván. Había perdido el apetito magnífico de hombre primitivo y su sueño no era ya el descanso reparador del que trabaja doce horas, sino un dormir ligero, poblado de sueños y cortados por un despertar sobresaltado. Su cariño por Fuencisla había sufrido la misma trasformación que todo lo demás, y en vez del impulso fuerte del macho, era una cosa nueva, morbosa, llena de temores, de vagas delecciones.

Hacia ella venía ahora José Ignacio al través del jardín, la escopeta al hombro y el sombrero caído a la nuca. Había adelgazado y palidecido. Su cara cetrina habíase demacrado y los huesos se marcaban enérgicos sobre la piel curtida. Los ojos negros brillaban en el fondo de las oscuras cuencas y los labios contraíanse en una extraña tirantez de todos los músculos. Parecía agitado, inquieto, y como Fuencisla, pronta ahora a todas las inquietudes, le interrogara con sobresalto, explicaba lo sucedido.

Venía de dar su vuelta por el jardín, como, vigilante, hacía todas las mañanas, y había encontrado caída en el suelo una de las persianas de la casa. No sabía si habría sido el aire el que arrancara las carcomidas maderas o era obra el desaguisado de nocturnos merodeadores; ni tampoco la significación que podía tener: si eran los preliminares de un golpe de mano o si sólo representaba un desperfecto fácilmente reparable. Estaba inquieto, perplejo... Detúvose ante su mujer, como solicitando consejo, más por una de esas fórmulas que nos dicta la perplejidad que por esperar ayuda de la sobria castellana.

Pero por primera vez en su vida la lugareña mostró su voluntad. Era preciso entrar en la casa, asegurarse de que no habían robado nada, y hacerse cargo de lo que allí había, para futuras contingencias. ¡Dios sabe lo que podría pasar el día menos pensado!...

—Ya ves, la señora prohibió...—comenzó a argüir él.

Pero con extraña videncia Fuencisla adivinó los peligros. Como si el velo de ignorancia que cubría su pensamiento hubiérase rasgado de improviso, halló argumentos y palabras con qué expresarlos. Si por casualidad se efectuaba un robo, ¡qué responsabilidad para ellos! ¡Ni aun sabrían lo que se habían llevado los asaltantes! La prohibición eran palabras de la señora, que exageraban su pensamiento; lo que ella había querido indicar era que no curioseasen, ni se metiesen allí; pero de eso a que no vigilaran... ¡Si la misma señora les había dicho que sólo entrasen en un caso de fuerza mayor!

Fuencisla seguía hablando; sus palabras hallaban eco en un secreto deseo que germinaba en el espíritu de José Ignacio. Al fin se dejó vencer, murmurando:

—¡Vamos allá!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al penetrar en el pequeño peristilo que servía de entrada a la casa, los dos estaban turbados y sentían latir precipitadamente su corazón. Como los niños de los viejos cuentos que, desobedeciendo a su protectora, abren la puerta del cuarto prohibido y se disponen a explorar el misterio, ellos, faltando a la consigna, iban a violar el secreto de aquellos muros, tras los que dormían las dolientes sombras de la condesa Agueda y de María de la Luz.

La antesala constituíala minúscula rotonda, rodeada de columnas de madera con capiteles dorados. El suelo estaba cubierto de baldosines blancos y negros, y en el centro, un Narciso de mármol se miraba en el tazón de una fuente sin agua. Había allí violento olor a cueva, que daba sensación penosa de abandono. Abrieron otra puerta, disimulada con espejos, y halláronse un gran salón flanqueado por dos gabinetes tapizados de damasco, uno rosa, azul el otro, frívolos y galantes, del que sólo les separaban unos arcos sostenidos por pilares de cartón piedra. Era una sala grande y baja de techo. Las paredes, pintadas de blanco y adornadas con áureas conchas y hojarascas, obedecían a la moda del reinado de Luis XV. Retratos de empolvadas damas y amanerados paisajes imitación de Watteau y de Boucher, pendían de rojos cordones de seda; una Anfítrite surgía de las aguas en un medallón que ocupaba el centro del techo; barrocas consolas sostenían relojes y candelabros de bronce; los muebles, de dorada talla, eran grandes y amazacotados, y un piano de cola, con el teclado abierto, aparecía semicubierto por chinesco bordado. Pero el tiempo inexorable, ayudado por el abandono, había puesto su pátina a las cosas; las paredes amarilleaban; los dorados, descascarillados y maltrechos, habían perdido su esplendor; el suelo, de incrustadas maderas, lucía opaco, mortecino; los retratos y los paisajes estaban cubiertos por neblinosa capa de polvo; Anfítrite, arrugado el lienzo, aparecía deforme, monstruosa; los péndulos, parados en horas enigmáticas, inquietaban como mudas interrogaciones, y en las barrocas jardineras, las plantas resecas tenían un aspecto de desolación opresora.

Mientras Fuencisla, extasiada ante aquel lujo amable que contrastaba con los santos macilentos, los oscuros estrados y los cortinones evocadores de fantasmas del palacio de la señora, única riqueza que ella conocía, pasmábase de todo y en plétora de curiosidad olvidaba inquietudes, José Ignacio pasaba revista a las ventanas. Todas estaban intactas, cerradas las verdes persianas. Allí no era, pues. Volvió al lado de su mujer:

—Aquí no ha sido... Y ahora ¿qué hacemos?

Tornó ella a hallar los acopios de la desconocida resolución que, como una fuerza ciega de la naturaleza, le impelía:

—Seguir, a ver dónde...

—Pero...—objetó él, vacilante.

Ella, más resuelta, animole:

—Ya... Una vez dentro, más vale seguir adelante.

Salieron a un gran pasillo, decorado más modestamente, pero formando un todo armónico con el salón y los gabinetes. Allí había dos puertas más. Abrieron la primera: el cuarto de la marquesa. Frío, triste, conventual, tenía por todo mueblaje una cama con colgaduras de seda granate, una cómoda y algunas sillas, y por todo adorno un enorme Cristo. Tampoco allí faltaba nada. Volvieron a encontrarse en el corredor. Ante la puerta de la otra habitación se detuvieron. La voz de Fuencisla tembló:

—El cuarto de María de la Luz.

Súbitamente asustado, comenzó a balbucear:

—Mejor era dejarlo.

—¡No, no! Aquí debe ser.

El pestillo habíase enmohecido y costaba trabajo franquear el paso. Al fin, en un esfuerzo de José Ignacio cedió, y los batientes se abrieron de par en par. Retrocedieron aterrados, esperando quizá una súbita aparición infernal. Pero si el demonio estaba allí, no se dignó presentarse, y sólo se ofreció a sus ojos el más bello nido de amor que una mujer artista y apasionada pudo soñar. Era allí donde faltaba la persiana, y a la luz pálida que se filtraba al través de rosadas cortinillas, aparecía el refugio en ideal sinfonía de sedas pálidas, terciopelos y gasas... Sobre los muros de damasco rosa muy pálido, antiguos Malinas formaban pabellones sostenidos por dorados lazos. Grabados libertinos del siglo XVIII (bellas damas de Versalles sorprendidas en el recato de los boscajes por robustos faunos de patas de chivo; marquesas que en la enguirnaldada elegancia de la alcoba, desnudábanse ante los ojos concupiscentes de un negrito; gentiles doncellitas para quienes los jardines del Trianón eran frondas de Pafos y de Citerea) pendían encerrados en dorados marcos de talla; un Psiquis de tres lunas abríase en el centro de un muro; muebles de boule llenos de cajoncitos y secretos, parecían guardar no sé qué misterios pecadores, mientras sobre sus tableros de marquetería danzaban las figuritas de Sajonia, y ocupando el centro de la estancia, el lecho, un lecho muy bajo de palo de rosa y bronces, era en su apoteosis de batistas, sedas y encajes, como un altar de Eros. Ante la ventana, la mesa de tocador sostenía ringleras de frascos en que se habían evaporado los perfumes, dejando al fondo un poso oscuro, y entre peines, cepillos, bruñidores y otros instrumentos de embellecimiento, veíase caída una coronita de blancas rosas de terciopelo, que debió de servir para embellecer la frente de María de la Luz. Y todo aquel galante interior hallábase agravado de un mohoso olor a perfumes, a flores marchitas, a éter, el angustioso olor a podredumbre e incienso de las cámaras mortuorias.

Fuencisla habíase aproximado al tocador y miraba reflejada en la luna orlada de cincelada plata, su rostro bobalicón y sus ojos de pájaro asustado. Inconscientemente, sus dedos amorcillados apoderáronse de la corona y posáronse sobre los cabellos lacios y descoloridos. Sonrió. En aquel instante vio reflejarse en el azogado cristal un rostro tras el suyo. Dos ojos negros y ardientes brillaron, y sintió unos labios de fuego que se posaban en su cuello. La voz de José Ignacio suspiró:

—¡Qué maja, mi nena!

III
EL ARBOL DE LA CIENCIA

Por centésima vez, Fuencisla acercose a la puerta y escuchó; nada. Fue entonces al balcón y, apoyando la frente en los vidrios, trató de adivinar, en la semioscuridad, la silueta de José Ignacio; nada. Anochecía; desde las tres de la tarde había dejado de nevar, y un cielo gris, negruzco, cubierto de espesos nubarrones, pesaba anonadante sobre la tierra. El jardín, bajo el sudario de nieve, tenía un aspecto trágico y desolado; al otro lado de las tapias; la llanura extendíase blanca, inacabable, como una estepa inhabitable. Fuencisla, sobrecogida por el silencio y la soledad, cerró las maderas del balcón y encendió la lámpara de petróleo, que esparció su claridad, primero amarillenta, vacilante, luego intensa, por el divino nido de amor. La lugareña echó unos troncos en la chimenea, y temerosa, inquieta, sentose a la vera del fuego.

La profanación habíase realizado. Los temores de un golpe de mano en el palacete que abrigaba José Ignacio, lleváronles a abandonar el pabellón del jardín para vivir allí; lo destartalado e inconfortable del resto de la casa recluyoles en el santuario. Dormían abajo, en la pequeña antesala, pero pasaban las veladas en el cuarto de María de la Luz. En un principio, él opúsose a lo que consideraba abuso de confianza; pero Fuencisla, tan tímida, tan cobarde, tan insignificante siempre, sentíase atraída por una fuerza irresistible, y halló razones y palabras con qué apoyarlas. Sin embargo, había algo a que él, en su recta conciencia, negose siempre, y ese algo era violar el secreto de aquellos muebles, abrir los cajones, los armarios, los cofrecillos, todos los sitios donde dormía el por qué del embrujamiento de María de la Luz.

Fuencisla, inquieta ante la larga ausencia de su marido, que habiendo salido para girar su visita de guardián a la posesión antes de recogerse, llevaba más de dos horas fuera, acercose a la puerta, y, abriéndola, exploró la galería, sumida en silencio y tinieblas. Una bocanada de frío y de olor a abandono, que le azotó el rostro, hízole retroceder estremecida de misterioso pánico. Otra vez, sola en la estancia, paseó los ojos azorados por los rincones, como si esperase ver surgir de ellos el secreto. Al fin detúvolos en una secretaire de ricas maderas, adornadas de bronces y porcelanas. ¡Allí estaba la clave! Aproximose al mueble y lo examinó curiosamente. No tenía llave ni vestigios de cerradura, que, indudablemente, quedaba oculta por los bronces. Sus dedos, torpes, de lugareña, tantearon los adornos, y de pronto, como por obra de magia, sonó un débil crujido, y la compuerta abriose lentamente, dejando ver el interior lleno de minúsculos departamentos, cerrados con esos cándidos secretos que tanto gustaban a nuestros abuelos. Repuesta del primer pavor, la curiosidad venció al miedo supersticioso y abrió un cajón. Cartas atadas con cintas de colores, flores marchitas, pedazos de cinta... Abrió otro: unas cartas, retratos de un guapo mozo, apuesto y fanfarrón; una corona dorada con dos cierres de piedras preciosas, un libro de versos... Deletreó: «Amor». Ya sólo quedaba el departamento central, que fingía la puerta dorada de misterioso alcázar. Una ligera presión aún y la puertecita abriose, dejando caer una avalancha de papeles: libros, muchos libros, estampas de gentes desnudas, grabados de un libertinaje obsceno, figuras ambiguas, extrañas, inquietantes, gentes que se retorcían en posturas inverosímiles, monstruos nunca vistos... Y todo ello en una apoteosis, en una exaltación ferviente, apasionada, mística, casi diabólica de la carne. Fuencisla cerró los ojos para no ver aquello, pero el ruido de alguien que entraba hízoselos abrir con sobresalto. ¡Su marido!

Entró José Ignacio aterido de frío y acercose a ella, que le reprochaba quedamente:—¡Cuánto has tardado!

No contestó él, y estrechola entre sus brazos. Fue una caricia larga, voluptuosa, impregnada de deseo, en que los labios subían de la boca a los ojos en suave cosquilleo y tornaban a descender hasta la boca, para posarse allí voraces, en un lento sorber de vida. Ella, a su vez, caída sobre el pecho del varón, abandonábase en un arrobo sensual, con un deseo loco de que la tomara allí mismo, de que la macerase, la anonadase en una caricia de macho fuerte y vencedor. Aquello no era ya el humilde amor cristiano que santificase antaño su unión, aquello era una delección enfermiza, apasionada y triste; era el monstruo de cien tentáculos y sed inaplacable; era el abismo que no se ciega nunca; era el mar sin fondo; la cosa misteriosa e inquietante que los paganos llamaron la voluptuosidad y los cristianos el pecado. De pronto, José Ignacio rompió el abrazo y acercose al mueble:

—¿Por qué?...—comenzó a interpelar con el ceño fruncido.

Fuencisla explicose balbuciente. Ella no tenía la culpa; limpiando los dorados apoyó el dedo en un resorte, y el armario abriose solo... Pero su marido ya no la escuchaba. Cautiva su atención de las estampas, habíase puesto a examinarlas. Fuencisla, lentamente, aproximose a él, y juntos comenzaron nuevamente el registro. La Historia Sagrada, el Paganismo, los mitos del mundo antiguo, desfilaban por los cartones en una turbadora sucesión de desnudos bellísimos o lamentables. Y mientras la luna visitaba a Eudimion en su encantadora gruta y Parsifae se entregaba al toro, la mujer de Putifar ofreció a José el banquete de sus senos desnudos, y los santos medioevales eran tentados por el Malo.

Había acabado la serie de dibujos, y poseídos ahora de una ansia loca de saber, era el secreto de las cartas lo que violaban con la macabra voluptuosidad de los necrófilos profanadores de sepulturas. Desatadas las cintas, los trozos de papel, amarillentos por los años, mostraban los largos períodos, apasionados, tiernos, incoherentes. Con trabajo, el campesino comenzó a deletrear al azar:

—«... No puedo vivir sin ti—decían aquellos trozos de letra nerviosa y apretada en uno de los párrafos—. A todas horas del día y de la noche tengo tu imagen adorada ante mí. No es la sensación dulce y resignada del bien perdido: es algo tormentoso, violento, asolador; algo que seca mi cerebro y pone calentura en mis venas. Siento la obsesión de tus ojos, de tus labios, de tu cuerpo todo; la obsesión atroz, alucinante, de la voluptuosidad exquisita, única, que brota de cada uno de tus gestos, que flota en la más leve de tus sonrisas y se deslíe en la luz verde de tus miradas... ¡Ah, la obsesión de la voluptuosidad que se exhala de tu cuerpo como un perfume perverso y embriagador!...»

Otro decía:

—«... ¿Por qué para nosotros el amor no ha sido nunca esa cosa sentimental y melancólica que es para otras gentes? Para nosotros, el amor ha sido una batalla que ha tenido mucho de horror bíblico; para nosotros, el amor ha sido un fuego infernal, devorador, doloroso y sublime, inmundo y divino!... ¡Ah, el amor, tu amor, el amor único, hecho de llamas del infierno, de cieno y de luz! ¡Ah, el portentoso encanto de tu cuerpo moldeado para el placer, el sabio anhelo de tus brazos, el arcano delicioso de tus labios!...»

En otra aún:

—«¡No puedo más! Hoy, en la horrible soledad de mi garçonière, he invocado al Demonio, le he pedido el bien de tu cuerpo en cambio de nuestras almas. Para nosotros, el alma no ha sido más que la lucecilla temblorosa que ha iluminado los ritos nefandos de la carne!... He pasado una noche atroz. Horas y horas he llamado a Satanás. Me he revolcado en el lecho como un perro rabioso y he gemido tu nombre. ¡María de la Luz! ¡María de la Luz! Te necesito: tus labios son la única fuente en que puedo apagar mi sed de amor; tus ojos los únicos faros que pueden guiarme en la oscura noche de mi alma...»

Dejaron de leer. Un río de lava ardiente corría por sus venas; una sensación de anhelo, pleno de angustia y de delicia, desconocido hasta entonces, adueñábase de ellos. En los ojos de José Ignacio había fulgores de vesania, y en las mejillas de Fuensanta rosetones de fiebre. Sentían el vago pavor que anuncia la presencia del Enemigo; pero una fuerza desconocida, superior a su menguada voluntad, les impulsaba a seguir, a seguir siempre por las ardorosas veredas de aquella vida en que se internaban como en un jardín maldito. Tendieron las manos temblorosas y abrieron otro cajón. En el fondo había un pequeño estuche cuadrado, envuelto en un papel, con una palabra escrita: «Yo. María de la Luz». Apretaron el cierre y una miniatura prodigiosa se ofreció a su vista.

Sobre el fondo clásico de un jardín pagano, una mujer toda desnuda, en el triunfo de su belleza admirable, jugaba con un cisne. Era blanca como la leche, grácil, aérea, casi irreal. En sus pupilas verdes dormían las aguas de un lago misterioso. Tenía los senos firmes, suave la línea del torso, largo y fino el cuello y rubio el cabello, prendido por dorada corona a la moda de Grecia. Poseía la gracia de Venus, la altivez de Juno y la resolución de Minerva.

Los dos permanecieron mudos, extáticos, ante la aparición. De improviso, los ojos de José Ignacio claváronse, alucinados, en Fuencisla, mientras murmuraba:

—¡Se parece a ti!

Halagada en su femenil vanidad, sonrió ella, y, sin saber lo que hacía, buscó maquinalmente la corona vista antes en el museo de recuerdos. La encontró y colocósela sobre las ásperas greñas.

El paleto contemplola embebecido, y preso en una fiebre de deseo, gimió implorador:

—¡Desnúdate!

No se sublevó el pudor de la campesina. Lejos, muy lejos de toda idea convencional, perdida en un extraño laberinto, obedeció.

Fue una escena ridícula y caricaturesca; una de esas atroces ironías conque los humoristas flagelan los desvaríos humanos, agravada ahora por la exquisita elegancia del fondo. Las burdas prendas de la indumentaria puebluna iban cayendo: primero, la toquilla color naranja y el delantal de percal azul; luego, los refajos, polícromos, huecos y abultados; tras ellos, el cuerpo de lana negra; siguioles el corsé gris, deforme y remendado, las rojas medias de punto, la camisa de arpillera, y, al fin, libre de velos, lamentable y repulsiva como una monstruosa deformación de la divina imagen de María de la Luz, el espejo reflejó la figura desnuda de la paleta. La cara y el cuello, rojos, ásperos, curtidos por el aire y el agua fría; los brazos, hinchados; las manos, juanetudas: los pechos, flácidos; el vientre, hinchado, hidrópico; las piernas, zambas, y los pies, deformes, aplastados, anchos como remos de un palmípedo; tenía la figura una repulsión alucinante de pesadilla Goya.

José Ignacio, los ojos brillantes y las manos temblorosas, saltó sobre ella y la tendió sobre el lecho de sedas y encajes.

IV
EL JARDIN DE HÈCATE

—¡Jesús! ¡Jesús! Si Dios quiere que no les haya pasado nada a esas criaturas, le aseguro a usted que regalo la casa para fundar un convento de la Trapa o de alguna Orden bien severa, donde no haya cuidado de que el Malo haga de las suyas. Y la marquesa abanicose precipitadamente.

Don Rosendo, el venerable capellán, instalado a su lado en el viejo landeau que les llevaba al Laberinto, sonrió, asegurando tranquilidad:

—No les habrá pasado nada. Cálmese la señora.

—¡Dios le oiga! Pero le aseguro a usted que tiemblo cada vez que me acuerdo de mi pobre hija! ¡Si aquella casa está embrujada! ¡Ha sido un crimen, un verdadero crimen mío enviar a esas criaturas ahí!

Siempre conciliador, aseguró el anciano:

—No habrá pasado nada; pero, de todos modos, a la señora no le cabe culpa ninguna. La guió la mejor intención: la de hacerles un bien...

Callaron, y durante un largo espacio de tiempo permanecieron sumidos en sus meditaciones. Hacía un calor tropical, y un sol calcinador caía implacable sobre los yermos campos de Castilla. El desvencijado vehículo avanzaba por la blanca carretera entre nubes de polvo; los moscones zumbaban con pesadez obsesionada, y de tarde en tarde un pájaro cruzaba sobre el cielo añil en la bochornosa quietud de la atmósfera. Una sensación de invencible sopor pesaba sobre todo y sobre todos, y los campos de tojos y trigales parecían asolados por una hecatombe geológica.

—¡Qué ganas tengo de llegar!—murmuró la dama—. ¡Nunca he estado tan inquieta, tan nerviosa!

—¡Paciencia!—confortó el capellán—. ¡Ya falta poco!

En la lejanía, como un oasis en el desierto, desvastado por aquel sol de justicia, divisábanse las arboledas de la quinta. Al fin llegaron, e impacientes hicieron repicar la campanilla. Pasó un rato sin que nadie acudiese al llamamiento. Volvieron a tirar del cordón muchas veces, pero inútilmente. La finca parecía deshabitada. Entonces Pacorro, el cochero, saltó la tapia, y ya dentro, franqueó la entrada a la marquesa y al capellán.

En la casa del guarda no había nadie, y como permanecía cerrada a piedra y lodo, en vez de perder tiempo en tratar de penetrar allí, avanzaron hacia el palacete.

El jardín, abandonado, tenía la salvaje frondosidad de una selva virgen; los caminos se habían borrado al crecer de la hierba y de las plantas parásitas; árboles y arbustos se enlazaban, formando misteriosas murallas de verdura; en las fuentes, los líquenes y las adelfas cubrían el misterio de los quiméricos espejos, y por todas partes flotaba una sensación de abandono, sobre la que se alzaba el canto de los pájaros con ensordecedora algarabía.

Caminaban trabajosamente, apartando los jaramagos que obstruían el paso y les desgarraban las vestiduras. De pronto, la marquesa se detuvo, ahogando un grito, y muda de horror llevose las manos al corazón.

Por una avenida de geranios en flor avanzaba lentamente Fuencisla, arrastrando guiñapos de seda que apenas cubrían sus carnes. Como una Ofelia de pesadilla, monstruosa y grotesca, coronaba su frente de lirios y margaritas, y sus dedos deshojaban una rosa. Tras un macizo de hojas, José Ignacio, un José Ignacio primitivo, negro, desnudo, repulsivo, le acechaba.

La marquesa se santiguó. Acaba de ver reflejada por el sol la sombra del Demonio que huía.

LAS PRECIOSAS RIDICULAS

Las encontramos al través del mundo, casi siempre en la feria de los millonarios, los reyes sin trono y los aventureros, y nos hacen una reverencia muy siglo XVIII, una reverencia que dice aún de una Arcadia de guardarropía, con pastoras de chapines de raso y Amarilis de zamarra de terciopelo azul, ocultas en los convencionales boscajes del Trianón; o esquivan con la mano un gesto de colegiala tímida, un gesto digno de las damiselas del año sesenta, que usaban miriñaque, peinaban bucles, cantaban arias sentimentales y se sabían de memoria los versos de Alfredo de Musset; o se inclinan con un saludo grave y severo, lleno de austera dignidad.

Unas, pintadas, repintadas, llenas de gasas, sedas, tules, terciopelos, lentejuelas, flores; con grandes pelucas cargadas de rizos y empenachadas de plumas; al cuello, collares de admirables perlas (falsas, naturalmente); son mundanas, conversadoras exquisitas, benévolas para las debilidades ajenas, discretas hasta ignorar todo aquello que no deben de saber, serviciales, decorativas. Otras, son alocadas, con un grato barniz de diletantismo, prontas siempre a ser la musa que recite la estrofa del poeta de moda, acompañe al piano al virtuoso millonario, o a la heredera acometida de furor filarmónico, que se cree una Patti o una Storchio, cargue con la culpa de cualquier desafinación e inicie los aplausos. Otras, en fin, son devotas y filantrópicas; hablan de la caridad y del sacrificio, y en la humildad de sus atavíos de santas laicas tienen un gran prestigio de respetabilidad.

Y todas son siempre las mismas. Siempre el mismo rostro, igual atavío, las mismas palabras, idénticas ideas. Jamás se les conoce ni una gran pena ni una gran alegría; nunca una queja, ni una mueca de dolor, ni un gesto de fatiga, ni un ademán de impaciencia. Las decorativas, viven siempre sobre el fondo banal de un paisaje de Boucher o de Watteau; las románticas, entre las páginas de La Melitona; las devotas, inflamadas en las santas palabras de la caridad cristiana. Pero ni las unas se salen de un paso de minuetto, ni las otras del compás de una sonata sentimental, ni las últimas del cristianismo que resbala cristalino por las páginas de Fray Luis de León o de Ruisbrook, el Admirable. Nada que desentone, nada que rompa la armonía.

Un día desaparecen. Aun después de muertas, su recuerdo nos arranca una sonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los balances, sabemos casi siempre que en aquellas vidas que transcurrieron a nuestro lado, y de las que veíamos lo que de un actor se ve desde la sala del teatro, no había nada sino un vacío inmenso, que ellas cubrían con guirnaldas de flores de trapo. Pero también sabemos alguna vez que en ellas había un gran dolor, una gran amargura, una gran vergüenza, un vicio, y aun, raramente, un crimen.

MADAME D'OPPORIDOL

—La princesa Charlensko.

—¿Rusa?

—Rusa.

—¿Princesa auténtica?

—¡Lo más auténtica posible!

Después de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de renard bleu y su sombrero empenachado de plumas negras, desfilaba con aire espléndido de gran señora, más de notar en el cosmopolitismo ferial del restaurant elegante, Julito Calabrés tornó a sentarse entre Olmeido y el marqués del Valle.

Estábamos en el Carlton Grill acabando de almorzar. Era día de carreras, y bajo la claridad de las luces eléctricas, que ocultas tras los cristales del techo creaban un día artificial, muy en consonancia con el público cosmopolita que entraba y salía en incesante vaivén, veíanse mujeres a la moda, abracadabrantes en sus extraños atavíos, hombres de sport, banqueros, personalidades del chic mundial, cortesanos célebres... Era un desfile de Tanagras, de figuras de vaso etrusco y de jeroglífico egipcio, apenas moldeadas por crespones y brocados, sobre los que resbalaban las pieles y las perlas.

Olmeido, tornado escéptico por sus frecuentes permanencias en Cosmópolis, explicó su incredulidad:

—¡Hay tanta princesa de pacotilla por esos mundos de Dios!

El marqués del Valle quitose los lentes, y con la experiencia de sus doce años de viajes, impuestos por no sé qué historias de sadismo habidas en su tierra, aseguró:

—Yo he conocido muchas. Mujeres de teatro a quienes el capricho senil de un lord convirtió en pairesas de Inglaterra; exbailarinas y exqueridas de toreros, transformadas en grandes duquesas consortes, y hasta alguna viuda de reyezuelo medio idiotizado, que, in articulo mortis, había hecho reina a una titiritera.

—¡Bah!—interrumpió Julito, incapaz de callar—. Yo también he conocido muchas... Sin ir más lejos, madame d'Opporidol...

—¿Griega?... ¿Servia?... ¿Albanesa?—interrogó Olmeido.

—Turca; por lo menos, ella lo decía así... Pero os voy a contar la historia.

Bebió un sorbo de Chablis, y, entre la atención de sus amigos, comenzó:

—¡Madame d'Opporidol!... ¡Jamás he encontrado tipo más curioso y original que el de aquella mujer! El primer trámite de nuestra amistad fue una reverencia. Sucedió en el hall del Austerlitz. Ya sabéis que algunas veces, a mi paso por París, cuando estoy muy cansado o tengo demasiadas cosas que hacer, me gusta refugiarme en un hotel tranquilo, huyendo del tráfago del Magestic, del Astoria, del Ritz o el Meurice. Pues bueno: allí la conocí una tarde. Yo había pedido no sé qué aclaración sobre unas señas, en el bureau; el encargado era nuevo y no daba pie con bola, y yo comenzaba a desesperarme, cuando una voz femenina vino en mi ayuda. Volvime para dar las gracias, y entonces la propietaria de la voz se inclinó ante mí en una reverencia. ¡Y qué reverencia! Aquello, más que reverencia, era una zalamea oriental, pero de un orientalismo visto al través del siglo XVIII francés. Era una reverencia de corte, profunda, ceremoniosa, llena de majestad; una reverencia que estaba pidiendo la música de minuetto; una reverencia que la hubiese envidiado madame Tallien, Notre Dame de Thermidor, y aun la vizcondesa de Beauharnais, la gentil Zoloé y sus dos acólitas Laureda y la Volsange, las perversas heroínas del divino marqués; una reverencia que, ahuecando las pomposas sedas en su traje, hacía de ella una figura digna de la galería de Versalles.

Olmeido rió:

—¡Qué exageración!

—¿Exageración? No lo creas, era tal y como yo os lo describo; la señora tenía el secreto de las reverencias. Me fijé en el rostro, en el peinado, en el traje... y vi con asombro que ello constituía un todo armónico con la genuflexión y la voz, hecho de trémolas y gorgoritos. El rostro era una careta trágica; la caricatura sangrienta de una mujer que debió de ser muy bella un rostro desvastado por los años y las luchas, cansado, arrugado, entristecido, pero tan atrozmente estucado, maquillado, pintado y retocado, que, bajo la capa de pomadas, polvos y colorete, era punto menos que imposible adivinar su edad. Los ojos debieron ser admirables, de un verde luminoso y transparente de agua de mar; ahora aparecían enturbiados bajo las pestañas y las cejas dibujadas con lápiz. Entre los labios, muy rojos, aparecía una dentadura prodigiosa (seguramente, postiza). Sobre aquella mascarilla burlesca de mujer bonita, destacábase la peluca, una peluca de muñeca rubia, dorada, rizada, llena de horquillas de pedrería. El cuerpo, sostenido por el corsé cruel, rígido, fue, indudablemente, esbeltísimo, ágil, flexible, aunque ya de tanta belleza quedaban únicamente ruinas, sostenidas por el andamiaje de ballenas. Envolvíala una elegancia de guardarropía, frufruante, aérea, pomposa, juvenil, vaporosa, hecha de gasas marchitas, encajes falsos, pieles no menos ilegítimas y perlas imitadas. Tenía, eso sí, pies de pequeñez inverosímil y manos admirables. Pero lo que le hacía realmente extraordinaria era lo rítmico, pausado y armonioso de sus movimientos, la gravedad ceremoniosa de sus pasos; decididamente, aquella mujer requería música, música de opereta: unas veces, noblemente pausada; otras frívola y juguetona, llena de escalas locas y fugas rientes, y algunas, falsamente sentimental. No sé por qué, pero es el caso que la buena señora me daba la sensación de una profesora de baile, o mejor aún, de elegancia, de las que formaban las damiselas del siglo de Trianón, haciéndolas duchas en artes de sociedad, bachilleras en alquimia y doctoras en coquetería.

—Sin darme yo mismo cuenta,—prosiguió Julito—intimé con ella. Ya sabéis lo fácil que eso es en la vida de hotel (cuando el hotel es tranquilo y la vida un poco retraída), una vez cambiado el primer saludo. Una leve enfermedad de ella, correcto interés por mi parte, luego la recíproca, la grippe que me obliga a quedarme en cama, madame d'Opporidol, que se preocupa por mi salud y se ofrece amablemente, y henos convertidos en los mejores amigos del mundo.

—Los primeros días de charla—y Calabrés, apasionado con su narración, había dejado de comer—, la señora me habló de cosas sin transcendencia; pero, según fue tomando confianza, acabó por abrirme su pecho.

«Era turca. La fatalidad cayó sobre ella, y la desgracia cerniose en su vida. No me explicaba el género de desgracia a que se refería, y sólo dejaba adivinar que un drama terrible había truncado su existencia, tronchando sus ilusiones en flor. De aquella catástrofe misteriosa, quedole un desencanto infinito de todos y de todo; una amargura melancólica que matizaba de interés sus palabras. Culta, conocía bien los poetas y novelistas en boga, y su conversar, esmaltada de una erudición un poco a la violeta, resultaba interesante».

Me hablaba de Turquía; de la belleza dulce y triste de Stambul; me hablaba de la ciudad quimérica envuelta en ensoñadora neblina azul, durmiendo sumida en un silencio opresor. Stambul, la ciudad secular, la que contemplaron los viejos Califas; la ciudad de magia concebida por Solimán, el Magnífico, coronada de soberbias cúpulas y empenachada de dorados minaretes; la ciudad que aparecía a los ojos como un portentoso fantasma del pasado, como una de esas raras urbes que la leyenda hace dormir en el fondo del mar...

—¿Loti?—interrumpió Olmeido, burlón. Julito rió:

—¡Eso mismo pensaba yo!... Pero, déjame seguir... Madame d'Opporidol me hablaba también de la infinita tristeza del vivir de las mujeres turcas contemporáneas; me decía de cómo sus almas de excepción, cultivadas en la soledad de los harenes del día, esos harenes semejantes en todo, menos en su inexpugnable aislamiento, a la casa de cualquier mujer elegante; sus almas, pulidas en la lectura, purificadas en la soledad; sus almas, que, aisladas por las celosías, como las flores de una estufa están al abrigo de las violencias del aire libre, sufrían de verse tratadas en odaliscas, en bestezuelas de placer, sin más razón de existir que el capricho de su amo y señor. Me hablaba de los veranos, en que tras la inacabable monotonía de los eternos días invernales, sacudidos por el aire del mar Negro, el Bósforo relucía como colosal zafiro, y la población patricia turca refugiábase en el lado de Asia, junto al agua.

—¡Decididamente, la señora sabía sus clásicos!—volvió a interrumpir el portugués.

—Si no me dejas contarlo, me callo—y Julito hizo ademán de reanudar el yantar, abandonando su historia.

—No, no; sigue—imploró el marqués del Valle—. Las aventuras de tu madama me van interesando.

Desagraviado el narrador, prosiguió:

—Así estábamos, cuando la buena señora cayó enferma. Un interés discreto y una caja de bombones no menos discretamente enviada para endulzar las horas de convalecencia, acabaron; indudablemente, de captarme su confianza, por cuanto casi repuesta ya me envió un recado, diciéndome que tendría sumo placer en verme.

Subí al cuarto (piso sexto). La mise en scène estaba cuidada como siempre. Sobre la modestia de la habitación, su buen gusto había marcado un sello de elegancia un poco original. Algunos marfiles, algunos cobres y unos viejos terciopelos con versículos del Corán, bordados en oro y plata, imprimían un exotismo un poco de bazar a la estancia. Cortiníllas de color de rosa tamizaban la luz, dejando todo en una favorecedora semipenumbra; algunos ramos de flores mustiábanse en búcaros de cristal. Tendida en la chaisse-longue, sobre las pilas de almohadones multicolores, madame d'Opporidol yacía lánguidamente envuelta en un teagow de gasa y seda negra, adornado de grandes cintas de moaré rosa.

Al entrar, me tendió la mano y hasta me agració con una sonrisa lejana. Comenzamos a hablar de cosas baladíes, y llevábamos agotados dos o tres temas, en que la conversación se arrastraba lánguidamente, cuando de improviso, Schezerarda (la dama se llamaba así) suspiró, cerrando los ojos:—¡Qué desgraciada soy!—Y como yo, un poco asombrado, la mirase interrogador, me tendió la mano en un gesto supremo de abandono, mientras suspiraba un enigmático:—¡Si supiérais!... Volví a contemplarla; una lágrima brillaba en sus ojos y se detenía en el borde de las pestañas, asustada de los estragos que su paso podría causar en la obra de estucado del rostro. Al fin, madame d'Opporidol pareció tomar una determinación transcendental, una de esas determinaciones definitivas que marcan una efeméride en la vida humana, y con voz de hora suprema comenzó:

—Amigo mío: voy a contarle mi historia, mi verdadera historia, la que nadie conoce. ¡Es algo tan espantoso, tan terrible, que casi parece una pesadilla. A ningún nacido se la he contado nunca; pero mi pobre corazón no puede ya con el peso de su secreto: usted es artista, usted es un hombre de sentimiento y sabrá comprenderme!—Su voz era patética, altisonante.

—Soy turca—prosiguió ella—. Mi padre era Kiazim Pachá, y me educó como educan ahora a todas las hijas de gran familia; como podría educarse cualquier parisién, qué digo, ¡mil veces mejor!, según he podido observar luego. Narraros mi infancia de princesa salvaje en el viejo palacio, escondido en un rincón de Circasia, mi adolescencia de muchacha mimada y voluntariosa, sería el cuento de nunca acabar. Fui feliz o casi feliz. Pero casáronme y con mi boda comenzaron mis desdichas. Mi matrimonio fue lo que son allí la mayoría de los matrimonios: una cosa arreglada por las familias, en que la novia desempeña el papel de algo sin voluntad ni discernimiento, del que disponen a su antojo. Mi marido era frío, taciturno, concentrado. Muy vieux jeu, no comprendía a la mujer sino en cuanto era bella. Y heme aquí a mi culta, erudita, tan vibrante, tan moderna, condenada al papel de odalisca. ¡Y aquello no era lo peor! Lo peor, lo irresistible, lo anonadante, era la monotonía atroz del vivir sedentario, la uniformidad de los días que se deslizaban iguales, tristes, inacabables, en aquel acolchado que defiende de cualquier choque exterior y que hace que, en el atroz guateado que nos torna insensibles, echemos de menos las zarzas y las espinas del camino.—¡Loti! ¡No me cabía duda de que la cita era de Loti!

Julito hizo una pausa, y luego continuó:

—Madame d'Opporidol había callado un momento, para, con tonos más peripatéticos, proseguir después:—Un día ¡día aciago, marcado con piedra negra en la tragedia de mi vida! encontré a Jacobo. No sé cómo fue; desde entonces he creído ciegamente en la fatalidad. Si conoce usted las costumbres turcas, debe saber la imposibilidad casi absoluta de que una mujer musulmana hable con un infiel. En primer lugar, lo inabordable del harem; luego, el misterio del tcharchaf, ese negro capuchón que usan las mujeres en Constantinopla para salir a la calle; la vigilancia de los esclavos que nos rodean a todas horas; pero, sobre todo, la inconsciente vigilancia del público, que conceptuaría un crimen tremendo que una turca hablase a un europeo, hacen imposible todo intento de aproximación. ¡Y, sin embargo, conocí a Jacobo; me amó y le amé! Contarle todas las peripecias de nuestro idilio sería evocar horas felices para mí; horas de melancólicos paseos al través de los viejos cementerios, entre los altos cipreses centenarios, o largas caminatas hacia Eyoub, bajo un cielo triste, sobre cuyo fondo plomizo pasaban empujados por el viento de Asia grandes nubarrones negros; sería ir día por día haciendo la historia de los extraños ardides de que tuvimos que valernos para lograr encontrarnos. Todo fue bien al principio; pero el éxito engendra la audacia, y la audacia nos perdió. Una tarde, mientras mi marido estaba en el Ildiz, hablaba yo con Jacobo. De pronto... No sé cómo fue. De todo lo ocurrido después, conservo el recuerdo confuso de acontecimientos borrosos entrevistos al través de una pesadilla. Cosas terribles, irreales, espeluznantes, me arrastraron hasta las cumbres supremas de la tragedia. El último eco de la voz de mi amante confundiose con el primer eco de la voz de mi marido que clamaba venganza. En el tropel de sensaciones que con rapidez vertiginosa pasaron por mi alma, conservo tan sólo la impresión de los ojos de Abul-Bajá, la mirada de suprema angustia de Jacobo al caer herido y la glutinosa y tibia caricia de la sangre que humedecía mis manos. No sé cómo fue; una ráfaga de vesania pasó por mis venas, y, enloquecida de dolor e ira, salté sobre el bárbaro Otelo. Entonces pasó algo salvaje, monstruoso; mis uñas se clavaron en su cuello; le sentí palpitar un segundo, y luego, nada.

Madame d'Opporidol jadeaba, trágica, sudorosa. Después de breve respiro, siguió:—Huí. De aquella hecatombe conservo dos memorias sagradas: un cofrecillo precioso, que procede del tesoro de los Osmalíes, una de esas raras joyas de la orfebrería oriental y uno de los zapatos que llevaba yo la tarde aquella—. Púsose en pie, y con ojos de iluminada y gesto profético me dijo:—¡Venga usted!—Llevome ante el armario y abrió un cajón: de allí sacó una cajita, y con respetos de sacerdotisa que va a mostrar una santa reliquia, la puso ante mis ojos. Luego, abriendo la tapa, sacó una babucha y anunció peripatética:—¡He aquí el zapato, aún conserva las manchas de la sangre!—Les confieso a ustedes que me sentí defraudado. El cofrecillo era una caja de filigrana de plata; una de esas fáciles labores orientales de escasísimo mérito. Aquello, más que del tesoro de los Osmalíes, pareció procedencia de bazar cosmopolita. En cuanto a la zapatilla de terciopelo rojo, bordada en oro y aljófar, juraría haber visto otras semejantes en la rue Rívoli, un poco antes de llegar a los almacenes del Louvre. Extrañado, fijé mis ojos en la heroína de la tragedia. Schezerarda, erguida, lejana, con el aspecto de la protagonista de un drama de Sófocles, permanecía en pie, tremolando con una mano la babucha trágica.

—¿La continuación?—pidió Olmeido al ver que Julito, tras el postrer efecto, callaba, haciéndose el interesante.

—¿La continuación? Sencillísima. Estuve más de un año sin volver por el Austerlitz. Cuando el azar me llevó allí, lo primero que noté fue la ausencia de madame d'Opporidol. Interrogué al gerente del hotel. Confieso que su respuesta me dejó yerto. ¡Mi amiga había muerto!—Pero ¿y avisaron a Turquía, a su familia?...—pregunté. Una sonrisa irónica fue la respuesta. Y como yo pidiese explicaciones sobre el fin de la princesa Circasiana, el empleado se echó a reír. ¡Madame d'Opporidol no era turca! ¡Era lisa y llanamente una buena burguesa, que vivía de una pensión insignificante! ¡La descendiente de los Osmalíes, la esposa de Abul-Bajá, la heroína del drama sangriento, era la viuda de un vista de aduanas francés!

París-Octubre 1912.

MISS DECENCY

—¿El pudor de las inglesas? Yo creo que es una cuestión de moral pública, es decir, más bien decoro que pudor.

Olmeido interrumpió:

—Más bien cuestión de recato. El evangelismo es una religión muy severa, y como los hombres y las mujeres son los mismos en todas partes, impone el culto a las conveniencias.

—¡Pues lo que es algunas se ríen de las tales conveniencias!

—¡Que lo digan las inglesas que andan por París!...

Las pantorrillas, bastante flacas, y enfundadas, por añadidura, en unas medias lamentables, de tres damas que habían subido a un taxi, fueron las que provocaron la conversación.

Estábamos en el pabellón Madrid, del Bois; un inoportuno chubasco nos había recluido dentro, y entreteníamos el malhumor de la pasajera contrariedad criticando a todo bicho viviente.

Corría el mes de agosto, y para nosotros, habituales del otoño parisién, ofrecía la gran ciudad aspectos imprevistos. Dedicábamonos por las tardes a tomar el té en los pabellones del Bosque de Bolonia. En la limoussine de Olmeido dábamos largos paseos, que tenían siempre como punto de arribada uno de los restaurants en boga. Tocole el turno aquella tarde al de Madrid; en él sorprendionos la lluvia, y como el coche era abierto, no hubo más remedio que esperar.

Sobre el decorado Luis XV, recargadísimo, tan lejos en su barroco amazacotamiento de la elegancia versallesca del Pre Catalán, destacábanse los tipos híbridos de la fauna estival; faltaban los elegantes de los días primaverales, los artistas y los millonarios, y veíanse, sustituyéndoles, inglesas feas y escuálidas, muy marimachos en sus antiestéticos atavíos sastre muy Cook-Tours, y americanas del sud demasiado languiadas y demasiado vestidas, mal peinadas bajo las pastoras cargadas de floripondios, apestando a perfumes violentísimos y arrastrando con desvaído ademán gasas y encajes de una limpieza dudosa. Oíase constantemente hablar español por gentes que gritaban demasiado y reían con estrépito, mientras los del Reino Unido hablaban en sordina y hacían observaciones de Beædæker.

—¡Las inglesas de viaje!—habló el marqués del Valle—. Yo, que he corrido tanto, he visto cosas deliciosas. ¡Si os contara la historia de una miss que conocí en el Scheweizerhof, de Lucerna!...

—Cuenta—animó Julito.

Olmeido insistió a su vez:

—Será una obra de caridad... además de todo, nos ayudarás a matar el aburrimiento...

El marqués del Valle quitose los lentes, limpiolos concienzudamente, parpadeó y comenzó su historia:

—Miss Decency. Se llamaba miss Decency. Un nombre casi simbólico: ¡la señorita Pudor! El génesis de nuestra amistad, como la de Julito con madame d'Opporidol, fue una reverencia; pero no una reverencia de corte, grave, ceremoniosa, llena de pompa, sino una reverencia severa, rígida, muy finchada y muy convenable.

Había estallado una tormenta, produciendo no sé qué avería en la luz, y nos habíamos quedado a oscuras. Eran las nueve de la noche, y acabada la comida, las gentes comenzaban a invadir los salones de Scheweizerhof. Yo había sido de los primeros en salir del comedor, y, cómodamente instalado en el salón de tapices, disponíame a saborear mi café y a leer los periódicos que acababan de llegar, cuando hiciéronse de improviso las tinieblas.

Me gusta el Scheweizerhof, porque, quizá menos chic que el National y menos cosmopolita que el Palace, es, sin embargo, el más confortable, y ya sabéis que en la vida moderna el confort es el superlativo del bienestar. Los hoteles, muy elegantes o de mucho movimiento, son buenos para temporadas cortas o para sitios en que riman con el género de vida que uno lleva; pero para Suiza, donde se busca paz y descanso, son mejores los hoteles cómodos.

Hallábame, pues, en el salón de música, y encontrábame bien en la suntuosidad discreta, alegre y simpática, de las columnas de mármol rosa y los tapices de cartón bucólico, la orquesta de tzíganes tocaba un vals vienés, frívolo y amable, que me arrullaba, mientras curiosamente contemplaba el desfile de tipos exóticos—familias alemanas, compuestas de matrimonios gordos, colorados, un poco toscos, pero dotados de una gran simpatía cordial y acompañados de unas chiquillas deliciosas, blancas, rubias, gentiles, y de muchachitas de frágiles bellezas de Gretschen; adolescentes del Norte América, altos, fuertes, enérgicos, curtidos por los sports; damas francesas de una elegancia equívoca—; cuando de improviso se apagó la luz en el preciso momento que una señora, en quien no había fijado atención, llegaba ante mi. Sorprendida por las tinieblas, lanzó un «¡ay!» de susto y se detuvo perpleja. Me compadecí de su desairada situación, y, poniéndome en pie, cogile de una mano y le ayudé a instalarse. Momentos después, y arreglada la avería, la desconocida me dio las gracias con una reverencia. Fue más que reverencia un saludo sobrio, rígido, muy correcto, muy severo, una inclinación de cabeza llena de dignidad. Fijeme entonces en ella y experimenté el asombro un poco irónico que nos inspiran esas figuras pasadas de moda que encontramos al través del mundo, y que son como rezagadas de otros tiempos. Era la interesada una dama madura, a que el cabello cano, muy sencillamente recogido y adornado con cofia de encaje negro, que le caía por la espalda a modo de mantilla de corte, y las arrugas del rostro, que libre de afeites y fregado con agua de colonia, relucía curtido, avejentaban. Más bien alta, aunque un poco doblada en la cintura por el talle del corsé—uno de esos talles inverosímiles que hinchan el vientre y elevan los pechos a la hipérbole—; vestía una falda de gro malva, que formando pabellones por delante, iba a recogerse detrás en un gran puf, sobre el que descansaban las pequeñas aldetas de terciopelo negro de la chaquetilla. Sobre el escote cuadrado, cubierto por espeso camisolín de batista blanca, lucía un camafeo, y de las mangas hasta el codo surgían los brazos enfundados en mitones de seda. Era, en conjunto, un figurín de hace veinticinco o treinta años; uno de esos figurines que nos sorprenden como una cosa carnavalesca en las viejas revistas de modas, porque, sin ser algo familiar, tampoco han llegado a esa consagración artística que da el tiempo. Llevaba un libro en la mano, y sus ojos, de un azul pizarroso, casi gris, tenían una extraña vaguedad. Muchas veces, luego, sentí la curiosidad de aquellos ojos; en unas ocasiones, mientras se le hablaba, permanecían alejados, dando la sensación de que su dueña no se enteraba de nada de lo que se le decía, y de que su pensamiento seguía el dibujo de una imagen muy alejada de allí; otras, relucían con un extraño apasionamiento, que no estaba en consonancia con la banalidad de los motivos de conversación, y algunos, al evocar una cosa trivial cualquiera, se llenaban de lágrimas, como si fuese el enigma de una imagen misteriosa, que repercutía en el fondo de su ser. Luz u opacidad en aquellas pupilas, no se ajustaban nunca a sus palabras, y alguna vez, muy rara, teníase la sensación exacta de que o los ojos o las palabras mentían.

Hablamos. Era inglesa: no tenía familia (su único pariente, un primo lejano, había muerto en la guerra del Transvaal, y la dama ostentaba su efigie, encerrada en un grueso medallón de oro, que llevaba pendiente de una cadena al cuello) y andaba errante por el mundo. Su solo consuelo era Dios, y por eso amaba tanto a Suiza, porque sólo en medio del mar y en las altas cumbres nevadas se dialoga con El, y el mar le mareaba. También la literatura la interesaba mucho... Me fijé entonces en el libro. Era italiano: una edición antigua de «La Divina Comedia». Confesome conocer el idioma de Petrarca. Yo, amablemente, cité unos versos del Dante:

Per me si va nella cittá dolente,
Per me si va nell'eterno dolore
Per me si va tra la perduta gente.

Puso cara de extrañeza, como si no comprendiese bien. Apunté, a modo de aclaración:—Los versos que leyó el poeta a la puerta del Infierno—. Entonces ella, ante la palabra Infierno, tuvo una sonrisa de vago sobresalto:—¡Oh!, no. ¡Yo no he leído más que «El Paraíso».

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—Desde aquel día—continuó el marqués del Valle, mientras oscurecía y el cielo desplomábase en cataratas de agua sobre el Bosque—hablamos muchas veces de sobremesa. Miss Decency era una entusiasta fervorosa de España. Según ella, sólo dos ciudades habían grabado una huella indeleble en su espíritu: Sevilla y Venecia. ¡Ah! ¡Sevilla! Y la inglesa ponía los ojos en blanco y me hablaba de las noches perfumadas de azahar, del gemir de las guitarras, y de los naranjos floridos. Para ella, Andalucía no tenía más que un defecto: el amor.—¡El amor!—y la solterona hacía un gesto de espanto supremo:—¡Esa facilidad que hay en su país—me decía—para amarse, para hablar del amor, para vivir en el amor y del amor!... Allí no se puede vivir; todo el mundo habla del amor; el amor está en todas partes: en las canciones y en las estampas, en las danzas y en las ceremonias de liturgia sagrada, en los labios y en los ojos... ¡Es una obsesión, una cosa horrible! Allí las gentes no tienen verdadera religión, ni ideas morales, ni pudor... Viven como faunos y bacantes en un bosque ¡qué horror!—Y la dama, ruborizada por lo atrevido del símil, callaba.

Porque a Miss Decency podía considerársele la personificación del pudor. Era la suya una pudibundez tan frágil y quebradiza, que los hechos más sencillos y vulgares le sobresaltaban. Sin saberse cómo, hablando con ella, todas las conversaciones iban a parar al mismo tema resbaladizo. Pero su obsesión no era el sentimiento empalagoso de las solteras sensibles, era el vicio, algo pecaminoso y nefando hecho de aberraciones y brutalidades. Presentábasele siempre el sentimiento de Hero y Leandro, de los amantes de Teruel, como una cosa diabólica, grotesca y alucinante, hecha de horrores y abominaciones. Sabía raras historias, lances extraños, en que pasaban cosas terribles, equívocas y escalofriantes, y en que el amor alzábase trágico y amenazador como un rito satánico, como esas misteriosas nigromancias a que se entregaron Gilles de Reis, Prelatti, la Brinvilliers y el marqués de Sade. Mientras hablaba, bosquejaba gestos de espanto, y por sus ojos dilatados de miedo, pasaban extrañas irisaciones de vesania. Era tal su obsesión, que hasta en las cosas más triviales y corrientes para todo el mundo, veía ella extrañas coincidencias, semejanzas turbadoras y tendencias a un erotismo malsano, sanguinario y cruel. En el fondo de todo amor aparecíasele una inconsciente crueldad obscena y triste. De Andalucía, de aquella encantadora tierra de sol, que decía adorar, conservaba un recuerdo que tenía algo de estampa de Rops, algo de aguafuerte de Goya, y algo de pintura de Sorolla. En Andalucía no había visto sino el cielo implacable, los campos polvorientos llenos de chumberas, las danzas bárbaras de espasmos y gestos desgarrados en desesperaciones de agonía y los crímenes pasionales. ¡Y qué escalofriantes e imprevistos detalles descubría en aquellos crímenes! En todos adivinaba ella una lascivia sanguinaria, un vicio concentrado, algo tremendo y alucinante. Veía España como una mezcla de barbarie, fango y sangre: un Crucificado desmelenado y trágico, presidiendo el patio de caballos de una plaza de toros; la Imperio bailando un garrotín en la procesión del Santo Entierro. Por eso temía a nuestro país, apesar de los aromas de azahar y de los naranjos en flor.

En cambio, amaba la paz de las altas cumbres, porque en ellas moraba Dios. En los nevados riscos que se alzaban polares bajo la luz de la luna, en las mesetas donde nace el edelweiss, se oye la voz del Señor. Su palabra tiene la terrible magnificencia del trueno y la dulzura de la caricia. El alma, libre de impurezas, vuela por los etéreos espacios, y el humo del sacrificio se eleva directamente al cielo.

Por eso deseaba que yo hiciese una ascensión con ella.

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—Confieso—reanudó Valle, tras una pausa en que apuró la cuarta taza de té—que el anochecer, pese a todas las profecías, no me había hecho efecto. Si bien la puesta del sol tenía efectos de luz muy bellos, es lo cierto que el paisaje había defraudado mis esperanzas y que la vista no me indemnizaba del trabajo que me costara subir, ni de la noche de frío que se nos preparaba. Aquello estaba demasiado alto y desde allí daba la impresión de estarse viendo todas las cosas en un mapa de relieve; la distancia borraba los detalles que con sus contrastes forman el encanto del paisaje, su movimiento, como si dijéramos, y quedaba una naturaleza de mundo muerto, una perspectiva árida de cataclismo geológico. Veíanse los lagos como manchas grisosas, los pueblos borrosos, los bosques de pinos fingían sombríos borrones, y las enormes cadenas de riscos parodiaban la osamenta de imposibles monstruos.

El ascenso, para mí, poco hecho a tales hazañas, había sido penoso en demasía. Desde las siete de la mañana, en que había comenzado, hasta las cinco de la tarde, que llegamos allí, fue la excursión una marcha continuada, sin más que breves minutos de descanso y una parada más larga en el Seigfred Palace (última estación elegante de la montaña) para almorzar. Confieso que ni el paisaje ni las peripecias me compensaron del cansancio, y que así, poco a poco, fuese apoderando de mí un humor de todos los demonios. Miss Decency, en cambio, parecía rejuvenecida, más ágil, alegre y emprendedora que nunca. Hasta había perdido algo de su habitual sequedad y hacíase más comunicativa y parlanchina. Un color saludable invadía sus mejillas, y sus ojos, cansados, relucían llenos de viveza. Rota su corrección británica, hablaba al guía en alemán, le hacía preguntas, bromeaba con él. Realmente, la dama era incansable.

Y así fue todo el día. Delante, el tirolés, un mocetón fornido, musculoso y ágil, ataviado a la moda del país; las piernas, medio desnudas, en las gruesas polainas de lana; pantalón de pana verde, sostenido por bordados tirantes; blanca camisa, que, desabrochada, dejaba el robusto cuello al descubierto; chaquetón de paño al hombro, y caído sobre la oreja un fieltro verde con enhiesta pluma de águila; detrás, la inglesa, y, por fin, yo, lamentable, arrastrándome trabajosamente en su seguimiento. Ya arriba, izaron las tiendas de campaña para pasar la noche (una para la buena señora y otra para mí, pues el guía dormía sobre unas mantas, a la intemperie), y disponíamonos a descansar, pues era preciso levantarse a las tres de la madrugada, para ver la salida del sol.

Envuelto en amplio abrigo intenté dormir, pero el frío y la intensidad misma de mi cansancio me tenían nervioso, impidiéndome conciliar el sueño. Al fin, desesperado, me alcé del improvisado lecho y salí al aire libre.

La noche era bellísima; en el cielo azul y luminoso, la luna brillaba como una patena de plata. A la pálida claridad del satélite, las cumbres nevadas tenían una desolación infinita de paisaje astral. Un silencio augusto me envolvía, y a mis pies, borrados por las tinieblas, las minuciosidades, los abismos, eran misteriosas sombras, rotas de vez en cuando por el espejo de un lago que reflejaba la luna. De improviso oí un quejido, un lamento de angustia, una imploración de auxilio. Permanecí quieto, reconcentrado, prestando una atención anhelante. El quejido volvió a escucharse más desgarrado que la primera vez. Ahora dime cuenta exacta de que venía de la tienda en que dormía la inglesa. Y el guía, ¿qué había sido de él? Angustiado por la soledad en que seguían escuchándose siniestros los lamentos, hice un esfuerzo para dominarme y me aproximé a la tienda. Junto a ella me detuve, y, conteniendo hasta la respiración, escuché. ¡Ya no me cabía duda! Se estaba cometiendo un crimen. Tembloroso, horrorizado, alcé con precaución un pico del lienzo y ahogué un grito. En el suelo, en confuso montón a que la claridad lunar daba imprevistos claroscuros, luchaban la dama y el tirolés. Era una lucha salvaje, feroz, trágica y grotesca, en que se agitaban, se contorsionaban, se retorcían, en posturas absurdas. Medio desnudos, jadeantes, se revolcaban en el lecho de nieve. Una de las piernas de la vieja, enfundada en una media escocesa a cuadros verdes, rojos, amarillos y azules, se agitaba en el aire. ¡El guía estaba violando a miss Decency! Mi primer impulso fue acudir en su socorro; pero en aquel momento él dejose caer al suelo, y la púdica saltó sobre él. ¡Era ella, ella la vestal sagrada, la que atentaba al pudor del pobre chico! Retrocedí anonadado, y silenciosamente volví a mi lecho.

*
* *

Al cesar las risas, el marqués siguió su historia:

—A la mañana siguiente, miss Decency vino a buscarme. Su rostro resplandecía; semejaba así en el arrobol de las mejillas, y el fulgurar de los ojos, más joven, más ágil, liberada por un milagro del peso de unos cuantos años. Con voz velada de emoción, me interrogó:—¡Ha visto usted, amigo mío, qué prodigio! ¡Verdaderamente; sólo en estas alturas nuestras almas pueden volar libres de las impurezas del mundo!

Lucerna-Agosto.

NINON

Púsose en pie, haciendo valer la innata elegancia de su figura, ese no sé qué de distinción suprema, que en el frívolo lenguaje de los salones se califica de un gran aire. Era alta y delgada; el traje, de terciopelo negro, ceñía la esbeltez un poco fatigada de su figura; la piel de zibelina que rodeaba su cuello, la negra toca empenachada de plumas que cubría sus cabellos teñidos de rubio Ticiano y el espeso velo de encaje, disimulaban los estragos del tiempo; el rostro desvastado, el cansancio de las pupilas verdes que brillaban mortecinas en el fondo de las cuencas violetas, y la mueca atrozmente amarga de la boca, en que entre los labios arrugados y marchitos aparecían en una sonrisa cruelmente dolorosa los dientes amarillentos.

—Me voy. Desde mi enfermedad de Venecia, el médico me ha prohibido estar en la calle al anochecer.

Maud Simson interrogó con extrañeza:

—¿Su enfermedad?... No sabía...

Y Julito, a su vez, con un leve matiz irónico:

—¿Tal vez el veneno de Venecia?...

La sonrisa triste acentuóse:

—El veneno de Venecia, sí. Las emanaciones de las aguas estancadas, la humedad malsana, el relente del anochecer... no sé; una calentura horrible, que por poco me cuesta la vida—. La voz era armoniosa, ligeramente cascada, voz de mujer que se aleja a pasos agigantados de la juventud. Después, amable, encarándose con el dueño de la casa:—Ya sabe usted que no salgo casi. Una excepción para venir aquí.

Fred de la Croix, el baroncito atrabiliario y petulante, deslizose del diván de damasco azul cielo con cojines de antiguo brocado y pieles de blancas cabras del Tibet, en que yacía, y con su paso, a la vez perezoso y elástico, que le daba una inquietante semejanza con algunos felinos, aproximose a ella y la cogió las dos manos:

—¡Querida amiga!

La Fronshire sonrió, y luego alejose por la galería, con su ademán cansado de vencimiento.

El saloncillo olía a rosas y a cigarrillos turcos. Era una estancia amable que tenía de baudoir de cocotte y de despacho de artista: damasco azul pálido y maderas alegres; muebles cómodos, voluptuosos, tallados en roble claro de ese estilo borroso en que el Luis XVI se ha adaptado al confort inglés; algún pastel fácil, dos o tres grabados equívocos, y rosas, rosas por todas partes: rosas en los jarrones de mayólica, y en los búcaros venecianos y en los antiguos Sèvres; rosas pálidas, de suave coloración carnosa, y bengalas rojas como la sangre; rosas blancas, livianas y eucarísticas, y rosas amarillas; muchas, muchas rosas, que hacían pesada la atmósfera, con pesadez de jardín invernal.

Volvía el baroncito, y los comentarios, prudentemente contenidos hasta cerciorarse de la partida de la víctima, estallaron como implacable pedrisco sobre la dama que acababa de marcharse.

—¡Qué estropeada está!

—¡Qué vieja!

—¡Yo no la hubiese conocido!—aseguró Maud.

Y la Croix, cruel, implacable, con su sonrisa burlona, la nariz respingada y los labios alzados en las comisuras, hacían aún más cínica e insolente su ambigüedad de colegial vicioso, flageló:

—Ninón, comienza a envejecer.

—Es que, realmente, es un bajón atroz—colaboró la Simson.

—¡El veneno de Venecia!—ironizó Calabrés.

Y Olmeido, con su voz un poco estridente, tan propicia a los sarcasmos, afirmó muy serio:

—El veneno de Venecia ha sido—. Y, como todos rieran, incrédulos:—No se figuren ustedes que es broma mía—aseguró. Al ver que no le creían, insistió en sus afirmaciones:—Si yo les contase la historia.

—¡Sí, sí!—Y Fred, que se moría por los potins, palmoteaba.

A su vez, Julio unió, sus imploraciones a las del dueño de la casa:

—¡Cuenta!

Y Maud Simson, pereciendo de curiosidad, anunciole:

—Es temprano.

Como lo deseaba casi tan ardientemente como ellos, se dejó convencer:

—Estábamos en Venecia el otoño pasado—comenzó—. Habíamos ido a bordo del Hamlet, el prodigioso yacht de Ofir, el judío multimillonario. Llevábamos un mes embarcados y comenzábamos a aburrirnos. De la frívola elegancia de las playas del Norte habíamos pasado a la luminosidad radiante de Cádiz y Nápoles, y de allí a la glauca transparencia de Venecia. Al principio, la novedad de la vida a bordo se nos antojó encantadora; pero pronto, la eterna prisión, con su forzada monotonía, nos cansó. Además, causas imprevistas disminuyeron el número de invitados, y después de haber perdido en Biarritz al gran duque Sergio, llamado con urgencia a Moscou, Lina Monrreal y su marido acababan de dejarnos en Cádiz. Quedábamos la princesa Orlasky, los Rodríguez Torres, los peruanos de París, la Fonseca, Nino Alcolea, Lady Fronshire y yo. No era la primera vez que me tropezaba con la inglesa; habíala encontrado ya en Escocia, en una cacería en Warthon-Castle, el castillo de lord Warthon, en el Pera-Palace, de Constantinopla, y en la feria de Sevilla. Y no sé por qué, en todas partes, la elegancia serena de aquella mujer, su extraña juventud que se conservaba prodigiosamente, desdeñosa al tiempo; su mirada altiva de diosa que camina por las nubes indiferente para las miserias humanas, me inquietaron. Había en su hermetismo, en la mueca de sus labios rojos, en un gesto de rara dejadez que parecía aflojar los resortes de su cuerpo, transformando por un segundo su gran aire en una blanda elasticidad felina, y, sobre todo, en sus ojos azules y profundos, unas veces, verdes y transparentes, otras, un algo que me turbaba. ¡Sus ojos!... Sobre la máscara de frialdad altiva de la dama, aquellos ojos inquietaban como una desgarradura en un tapiz de terciopelo heráldico, por la que se entreviese una escena de burdel. Yo había sorprendido aquellos ojos una tarde de cacería, brumosa y gris, a orillas de un lago, en un rincón de Escocia, después de un día de insaciable galopar, ante el cuadro cruento de los jabalíes muertos y los galgos despanzurrados, fijos con una mirada ardiente en los rojos palafreneros; había vuelto a hallarla, siguiendo como una sombra fatídica los pasos de un torero en el ruedo sevillano, como si esperasen la visión cruenta de una catástrofe; y, por fin, fijos, hipnotizados por la bárbara zalagarda de unos soldados árabes en Constantinopla. Y siempre en el fondo de las pupilas había adivinado el mismo anhelo, la misma ansiedad dolorosa, la misma angustia de contenido deseo.

Apesar de nuestro cansancio, Venecia nos galvanizó. ¡Venecia! Venecia es con Avila, quizás las dos únicas ciudades del mundo en que se siente palpitar el alma de la Edad Media. Tiene de las urbes antiguas la magnificencia y la miseria, la teatralidad propicia a los desfiles triunfales y a las pompas litúrgicas, la inconfortabilidad, la suciedad y la incongruencia. ¡Ah!, la quimérica maravilla de la Piacetta, con su gótico palacio ducal, su oriental San Marcos de oro y pedrerías, sus dos obeliscos coronados por San Jorge y el Dragón, su campanile y su luz violeta que da a las cosas un aspecto irreal! ¡Ah la inquietadora belleza del Gran Canal, con su doble fila de palacios de nombres sonoros; la extraña interrogación de la vieja ciudad con su laberíntica red de callejuelas y sus intrincados canalillos, donde al volver de un recodo sospechoso, lleno de negros y miserables tugurios, surge el prodigio de bizantina balconada! En Venecia queda todavía la huella de la vida remota, cruel, malsana, apasionada y fervorosa, y todavía se adivina en ella el triunfo del orgullo, de la lujuria y de la muerte.

Encantados, andábamos de un lado para otro. Mis compañeros, pasado el primer entusiasmo, jugaban al tennis o tomaban el té en el Lido, o surcaban la laguna en las canoas automóviles; pero yo, más curioso, atraído por la vida misteriosa de la ciudad vieja, vagaba, complaciéndome en perderme en el laberinto de puentes, callejones y encrucijadas. Un día, sin saber cómo, había ido a parar al barrio de la Marinería. Comenzaba a anochecer; en las callejas, a que la angostura, oscuridad y elevación de los edificios daba un aire sombrío, abríanse, bañadas en la claridad lívida de los mecheros de gas, tabernas y chiscones, donde, al través de la espesa atmósfera cargada de humo, divisábanse equívocas figuras de la fauna del hampa mezcladas con marineros y soldados. Mujeres sospechosas que, envueltas en sus pañuelos de crespón, tenían una extraña semejanza con las que pululan en las noches estivales por los barrios bajos de Madrid, paseaban las calles ofreciendo su mercancía de amor. Del fondo de las antros surgían notas truncadas de canciones canallescas, estrofas de barcarolas románticas o cantos patrióticos, y voces que disputaban o que gritaban simplemente por al gusto de gritar, formando horrísona batahola. Avanzaba entre curioso y sobrecogido, cuando una callejuela más oscura y angosta llamó mi atención. Era un pasadizo de metro y medio de ancho, apenas alumbrado por la mortecina luz de un farol colocado al fondo. Un vaho húmedo, cargado de emanaciones pestilentes de miseria, de suciedad y de prostitución, salía de él; un arroyo de agua fétida, negra y viscosa, corría por el centro, y veíanse confusamente figuras sospechosas que iban y venían en las tinieblas. Valientemente, impulsado por una curiosidad más fuerte que el temor, me entré calle adelante. La vía, según se avanzaba, hacíase más estrecha; a ambos lados abríanse portales negros y profundos, y al fondo de los zaguanes adivinábanse sombras humanas, borrosas y confusas, en una hibridación inquietadora, de la que destacábase de tarde en tarde la falda clara de una mujer o la blanca blusa de un marinero. Llegué al final; el pasadizo era un callejón sin salida; en el ángulo, una mujercita, de alto peinado, discutía con un bersaglieri borracho; entonces, no sin cierta escama, emprendí la retirada. Iba a medio camino, cuando de improviso surgió de la sombra una silueta conocida. ¡Lady Fronshire! Dudé: no era posible aquéllo. ¿De dónde había salido? Allí no había sino antros prostibularios o tascas infectas; indudablemente, la inglesa, paseando, habíase extraviado, y al verse en aquel callejón, retrocedía. Pero ¿cómo no había yo visto antes la silueta de elegancia inconfundible que contrastaba de manera tan violenta con el ambiente canallesco? ¡Juraría que Lady Fronshire había surgido de uno de aquellos inmundos portalillos! Y era ella, ella con su gran aire, su cuerpo ágil y serpentino bajo el chic irreprochable del traje sastre. Corrí para alcanzarla, pero en aquel momento llegaba a la calle central, y dando la vuelta desaparecía. Y cuando yo, a mi vez, llegué, no quedaba huella.

—¡Bah! ¡Ilusiones tuyas!—rió Julito.

—¿Ilusiones?—Y Olmeido, amostazado, hablaba con calor:—¡Pues falta la segunda parte!

—¡A ver! ¡A ver!—Y todos, interesadísimos, aprestáronse a oír.

El portugués continuó:

—Cuatro o cinco días después volví a tropezarme con ella. Era nuestra última jornada de Venecia. Ofir, reclamado con urgencia por sus negocios, tenía que volver a Londres, y el Hamlet levaría anclas al día siguiente. Todos nuestros amigos habían aprovechado el esplendor del día (uno de los últimos de septiembre) para hacer su postrera excursión a Murano; pero yo había preferido ir a dar mi adiós a la vieja urbe ducal. Después de visitar San Marcos y el Palacio del Dux y ambular por las calles, retornaba hacia el Lido en uno de los vaporcillos que hacen la travesía, gozándome en la magia del atardecer. Como al través de un lente de amatista, veía, alzándose de la glauca superficie de la laguna, destacarse sobre el cielo violeta la ciudad arcaica, coronada de orientales campaniles. A la izquierda, en un islote, quedaba Santa María de la Salute, que nos habla de uno de los azotes de la Edad Media, de la peste; a la derecha, los jardines, y sobre la esmeralda líquida, las viejas góndolas, fúnebres y románticas. Una evolución del barco me hizo perder de vista la ciudad, y deseoso de contemplarla aún, decidime a bajar a los departamentos de segunda clase. Descendía las escaleras, cuando algo, sobresaltándome, obligome a detenerme. ¡Aquella silueta! Lady Fronshire estaba allí. Indudablemente, había tenido la misma idea que yo, y quería también dar su adiós a Venecia. Mi primer impulso fue dirigirme a ella, pero una fuerza misteriosa me detuvo; ¿por qué estaba allí? Dudé; ¿sería realmente ella? Ella, en persona; no era fácil confundir su porte de gran señora, su elegancia innata, de raza; pero, además, si aún fuese poco, pregonaban su personalidad el atavío de franela blanca, que moldeaba el cuerpo de una juventud pasmosa, el hilo de enormes perlas pendiente de su cuello (aquellas famosas perlas que pertenecían a la Reina Isabel de Inglaterra) y los solitarios que fulguraban en sus orejas. Disipadas mis dudas, iba a seguir descendiendo para hablar con ella, cuando una maniobra extraña que acababa de chocarme me detuvo. Cerca de la inglesa, dos marineros, dos mocetones napolitanos o corsos, de tinte bronceado, casi oliváceo, y rizados cabellos, vestidos con el traje de los marineros italianos, que dejaba al desnudo sus cuellos de hércules, la miraban, sonreían, tornaban a mirarla; en una palabra: ¡la hacían el amor! Indignado por lo que reputaba como incalificable grosería, iba a encararme con ellos, tomando la defensa de mi amiga, cuando noté con asombro que, en vez de indignarse, parecía ella complacerse y aún prestarse a ello. Efectivamente, en lugar de alejarse de allí con un gesto de asco, Lady Fronshire les animaba con rápidas ojeadas y fugaces sonrisas, que revoloteaban un instante en sus labios. Envalentonados, fueron acercándose, hasta que la mano de uno, apoyada en el barandal, rozó la de la dama. Lejos de retirarla, sonrió ella; entonces, el muchacho comenzó a hablar con su compañero, disimulando con risotadas y chocarrerías su turbación. Pero la inglesa, sin volverse, sin perder su ecuánime serenidad, murmuró unas palabras que sumioles en súbito silencio. El barco se detuvo y me apresuré a desembarcar. Oculto, vi surgir la figura elegantísima de la Fronshire, ágil, garbosa, noble. Una vez en tierra, vaciló un segundo, y luego, en vez de seguir el paseo que lleva a los grandes hoteles, internose resueltamente por los arenales y boscajes que bordean el mar, perdiéndose en las tinieblas nocherniegas. Detrás de ella, a algunos pasos, los marineros la seguían.

Tres horas después, unos paseantes rezagados recogiéronla medio muerta entre las malezas. Semidesnunda, tenía el cuerpo lleno de cardenales, el rostro ensangrentado, arrancado el pelo. Las portentosas perlas, las sortijas extrañas y los gruesos solitarios, habían desaparecido. Una oreja desgarrada, llena de sangre, pregonaba la brutalidad del drama. Lleváronla al hotel; terrible fiebre cerebral túvola muchos días entre la vida y la muerte, y, al fin, cuando logró salvarse, su juventud, la prodigiosa juventud que desafiaba burlona al tiempo, se había fundido. Por eso pasea melancólica la convalecencia de ese terrible mal, y nos habla tristemente del veneno de Venecia.

Venecia-Septiembre 1912.