V
Temblé. Aquello era peor que una impiedad o una profanación; aquello era un sacrilegio. Hacía siglos que ningún viviente (excepción hecha de los frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba allí. ¡El pudridero! Para penetrar en la trágica cripta, en que se descomponían los cuerpos de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tenía derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trágicos jardines de conseja, formaba parte del más allá. Sólo los religiosos de la sombría Orden del Descendimiento poseían el privilegio de entrar en los reinos de la muerte. ¿Y acaso ellos pertenecían al mundo? Sus votos de silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacían de ellos fantasmas que habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.
Sentí el frío de ultratumba y mis dientes castañeteaban. Miré en derredor. La pieza era una sala pequeña, alta de techo, con el suelo y los muros revestidos de basalto. En la bóveda, una alegoría egipcia de la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mármol negro; a la derecha, abierta en el muro, una puerta de ébano y plata. En el dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza, oculta por el largo velo; al otro lado, un ángel, con las alas plegadas, llevábase un dedo a los labios ordenando silencio.
¿Cómo estaba yo allí? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las poderosas empresas periodísticas; pero yo, algunas veces creo que dinero e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la sombra, juega con los humanos. ¿Por qué estaba yo allí? Fuera de las suntuosidades externas y del dolor popular, ¿qué interés podía ofrecerme el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no conocía, a quien ni siquiera había visto más que en las páginas de los semanarios gráficos, a quien unas veces creyera hábil política, otras fanática, y algunas tocada de diletantismo de abnegación teatral, me atraía con fuerza superior a mi menguada voluntad.
Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos, las charangas militares repicaban las bélicas notas del himno guerrero de Nordlandia; los cañones hacían las salvas de ordenanza, y las campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y apareció el féretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hábito, bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha caída sobre los rostros, de los que sólo se divisaban las barbas blancas, y de improviso hízose un silencio absoluto.
Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado de su séquito, desaparecer. Los monjes colocaron el féretro sobre el marmóreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron, dejándome solo con el enigma de aquel cadáver. Entonces, haciendo acopio de valor, salí de mi encierro y me acerqué.
Apesar de los cinco días transcurridos desde la muerte, no se notaba en la muerta síntoma alguno de descomposición. El perfil correcto, los labios pálidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro conservaba la misma beatífica dulzura. Ni una alteración de color, ni una mancha que denunciara la intensa fermentación; nada. La princesa dormía su apacible sueño, como esas bienaventuradas milenarias que duermen en los pétreos sepulcros de las viejas catedrales. ¡Era una santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equívoca volvía inquietadora. Para ver mejor me arrodillé, y púseme a examinar el rostro, sin hallar vestigios de putrefacción. Ni una mancha, ni una de esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el alma, libre de su cárcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Súbitamente, me eché hacia atrás con un gesto instintivo de repulsión: un violentísimo olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposición, un perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. ¡Y el rostro seguía inmutable, sereno, dulcísimo! Mi mano sacrílega tendíase hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la muerte, tropezaron con una sensación tibia. Resbalé; mi mano apoyose en el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rodó por tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, meciéndome sobre un abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que contemplara la noche trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el negro hervir de los gusanos.