CAPITULO XX.
Como se portaba en la prision Motezuma con los suyos y con los Españoles. Traen preso á Qualpopóca, y Cortés le hace castigar con pena de muerte, mandando echar unos grillos á Motezuma mientras se executaba la sentencia.
Vieron los Españoles dentro de breves dias convertido en palacio su alojamiento, sin dexar de guardarle como carcel de tal prisionero. Perdió la novedad entre los Mexicanos aquella gran resolucion. Algunos, sintiendo mal de la guerra que movió Qualpopóca en la Vera Cruz, alababan la demostracion de Motezuma, y ponderaban como grandeza suya el haber dado su libertad en rehenes de su inocencia. Otros creían que los Dioses, con quien tenia familiar comunicacion, le habrian aconsejado lo mas conveniente á su persona. Y otros, que iban mejor, veneraban su determinacion, sin atreverse á exâminarla: que la razon de los Reyes no habla con el entendimiento, sino con la obligacion de los vasallos. El hacia sus funciones de Rey con la misma distribucion de horas que solia: daba sus audiencias, escuchaba las consultas ó representaciones de sus ministros, y cuidaba del gobierno político y militar de sus reynos, poniendo particular estudio en que no se conociese la falta de su libertad.
La comida se le traia de palacio con numeroso acompañamiento de criados, y con mayor abundancia que otras veces: repartianse las sobras entre los soldados Españoles, y él enviaba los platos mas regalados á Cortés y á sus Capitanes: conocialos á todos por sus nombres, y tenia observados hasta los genios y las condiciones; de cuya noticia usaba en la conversacion, dando al buen gusto y á la discrecion algunos ratos, sin ofender á la Magestad ni á la decencia. Estaba con los Españoles todo el tiempo que le dexaban los negocios: y solia decir que no se hallaba sin ellos. Procuraban todos agradarle, y era su mayor lisonja el respeto con que le trataban: desagradábase de las llanezas; y si alguno se descuidaba en ellas, procuraba reprimir el exceso, dando á entender que le conocia: tan zeloso de su dignidad, que sucedió el ofenderse con grande irritacion de una indecencia que le pareció advertida en cierto soldado Español, y pidió al Cabo de la guardia que le ocupáse otra vez lejos de su persona, ó le mandaria castigar, si se le pusiese delante.
Algunas tardes jugaba con Hernan Cortés al totoloque: juego que se componia de unas bolas pequeñas de oro, con que tiraban á herir ó derribar ciertos bolillos ó señales del mismo metal á distancia proporcionada. Jugabanse diferentes joyas y otras alhajas, que se perdian ó ganaban á cinco rayas. Motezuma repartia sus ganancias con los Españoles, y Cortés hacia lo mismo con sus criados. Solia tantear Pedro de Alvarado, y porque algunas veces se descuidaba en añadir algunas rayas á Cortés, le motejaba con galantería de mal contador; pero no por eso dexaba de pedirle otras veces que no se le olvidáse la verdad. Parecia Señor hasta en el juego, sintiendo el perder como desayre de la fortuna, y estimando la ganancia como premio de la victoria.
No se dexaba de introducir en estas conversaciones privadas el punto de la Religion. Hernan Cortés le habló diferentes veces, procurando reducirle con suavidad á que conociese su engaño. Fray Bartolomé de Olmedo repetia sus argumentos con la misma piedad, y con mayor fundamento. Doña Marina interpretaba estos razonamientos con particular afecto, y añadia sus razones caseras, como persona recien desengañada, que tenia presentes los motivos que la reduxeron; pero el demonio le tenia tan ocupado el ánimo, que se dexaba conquistar su entendimiento, y se quedaba inexpugnable su corazon. No se sabe que le habláse, ó se le apareciese, como solia, desde que los Españoles entraron en México; ántes se tiene por cierto que, al dexarse ver la cruz de Christo en aquella ciudad, perdieron la fuerza los conjuros, y enmudecieron los oráculos; pero estaba tan ciego y tan dexado á sus errores, que no tuvo actividad para desviarlos, ni supo aprovecharse de la luz que se le puso delante. Pudo ser esta dureza de su ánimo fruto miserable de los otros vicios y atrocidades con que tenia desobligado á Dios, ó castigo de aquella misma negligencia con que daba los oídos y negaba la inclinacion á la verdad.
A veinte dias, ó poco mas, llegó el Capitan de la guardia que partió á la frontera de la Vera Cruz, y truxo preso á Qualpopóca con otros Cabos de su exército, que se dieron al sello real sin resistencia. Entró con ellos á la presencia de Motezuma, y él los habló reservadamente, permitiéndolo Cortés, porque deseaba, que los reduxese á callar la órden que tuvieron suya, y dexarse engañar de aquella exterior confianza en que le mantenia. Pasó despues con ellos el mismo Capitan al quarto de Cortés y se los entregó, diciéndole de parte de su Amo:
"Que se los enviaba para que averiguáse la verdad, y los castigáse por su mano con el rigor que merecian."
Encerróse con ellos:
"Y confesaron luego los cargos de haber roto la paz de su autoridad: haber provocado con las armas á los Españoles, de la Vera Cruz, y ocasionado la muerte de Arguello, hecha de su órden á sangre fria en un prisionero de guerra";
sin tomar en la boca la órden que tuvieron de su Rey, hasta que, reconociendo que iba de veras su castigo, tentaron el camino de hacerle complice para escapar las vidas; pero Hernan Cortés negó los oídos á este descargo, tratándole como invencion de los delinqüentes. Juzgóse militarmente la causa, y se les dió sentencia de muerte, con la circunstancia de que fuesen quemados públicamente sus cuerpos delante del palacio real, como reos que habian incurrido en caso de lesa Magestad. Discurrióse luego en la execucion, y pareció no dilatarla; pero temiendo Hernan Cortés que se inquietáse Motezuma, ó quisiese defender á los que morian por haber executado sus órdenes, resolvió atemorizarle con alguna bizarría, que tuviese apariencias de amenaza, y le acordase la sujecion en que se hallaba. Ocurrióle otro arrojamiento notable, á que le debió de inducir la facilidad con que se consiguió el de su prision, ó el ver tan rendida su paciencia. Mandó buscar unos grillos de los que se traían prevenidos para los delinqüentes, y con ellos descubiertos en las manos de un soldado se puso en su presencia, llevando consigo á Doña Marina, y tres ó quatro de sus Capitanes. No perdonó las reverencias con que solia respetarle; pero dando á la voz y al semblante mayor entereza, le dixo:
"Que ya quedaban condenados á muerte Qualpopóca y los demas delinqüentes, por haber confesado su delito, y ser digno de semejante demostracion; pero que le habian culpado en él, diciendo afirmativamente que le cometieron de su órden: y así era necesario que purgáse aquellos indicios vehementes con alguna mortificacion personal: porque los Reyes, aunque no estaban obligados á las penas ordinarias, eran súbditos de otra ley superior que mandaba en las coronas, y debian imitar en algo á los reos, quando se hallaban culpados, y trataban de satisfacer á la justicia del Cielo."
Dicho esto, mandó con imperio y resolucion que le pusiesen las prisiones, sin dar lugar á que le replicáse: y en dexándole con ellas, le volvió las espaldas, y se retiró á su quarto, dando nueva órden á las guardias para que no se le permitiese por entónces la comunicacion de sus ministros.
Fué tanto el asombro de Motezuma, quando se vió tratar con aquella ignominia, que le faltó al principio la accion para resistir, y despues la voz para quejarse. Estuvo mucho rato como fuera de sí: los criados que le asistian, acompañaban su dolor con el llanto, sin atreverse á las palabras, arrojándose á sus pies para recibir el peso de los grillos: y él volvió de su confusion con principios de impaciencia; pero se reprimió brevemente: y atribuyendo su infelicidad á la disposicion de sus Dioses, esperó el suceso, no sin cuidado, al parecer, de que peligraba su vida; pero acordándose de quien era, para temer sin falta de valor.
No perdió tiempo Cortés en lo que llevaba resuelto: salieron los reos al suplicio, hechas las prevenciones necesarias para que no se aventuráse la execucion. Consiguióse á vista de innumerable pueblo, sin que se oyése una voz descompuesta, ni hubiese que rezelar. Cayó sobre aquella gente un terror, que tenia parte de admiracion, y parte de respeto. Extrañaban aquellos actos de jurisdiccion en unos extrangeros, que, quando mucho, se debian portar como Embaxadores de otro Príncipe; y no se atrevieron á poner duda en su potestad, viéndola establecida con la tolerancia de su Rey: de que resultó el concurrir todos al espectáculo con un género de quietud amortiguada, que, sin saber en que consistia, dexó su lugar al escarmiento. Ayudó mucho en esta ocasion el estar mal recibida entre los Mexicanos la invasion de Qualpopóca, y se hizo su delito mas aborrecible con la circunstancia de culpar á su Rey: descargo que pasó por increible; y aun siendo verdadero, se culpára como atrevido sedicioso. Débese mirar este castigo como tercer atrevimiento de Cortés, que se logró como se habia discurrido, y se discurrió sobre principios irregulares. El lo resolvió, y lo tuvo por conveniente y posible: conocia la gente con quien trataba, y lo que suponia en qualquier acontecimiento la gran prenda que tenian en su poder. Dexémonos cegar de su razon, ó no la traygamos al juicio de la Historia, contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez executado, fué de gran conseqüencia para dar seguridad á los Españoles de la Vera Cruz, y reprimir por entónces los principios de rumor que andaban entre los nobles de la ciudad.
Volvió luego Cortés al quarto de Motezuma, y con alegre urbanidad le dixo:
"Que ya quedaban castigados los traydores que se atrevieron á manchar su fama: y él habia cumplido ventajosamente con su obligacion, sujetándose á la justicia de Dios con aquella breve intermision de su libertad."
Y sin mas dilacion le mandó quitar los grillos, ó como escriben algunos, se puso de rodillas para quitarselos él mismo por sus manos: y se puede creer de su advertencia que procuraria dar con semejante cortesanía mayor recomendacion al desagravio. Recibió Motezuma con grande alborozo este alivio de su libertad: abrazó dos ó tres veces á Cortés, y no acababa de cumplir con su agradecimiento. Sentáronse luego en conversacion amigable; y Cortés usó con él de otro primor, como los que andaba siempre meditando, porque mandó que se retirasen las guardias, diciéndole que se podria volver á su palacio, quando quisiese, por haber cesado ya la causa de su detencion. Y le ofreció este partido sobre seguro de que no le aceptaria, por haberle oido decir muchas veces con firme resolucion, que ya no le convenia volverse á su palacio, ni apartarse de los Españoles hasta que se retirasen de su corte, porque perderia mucho de su estimacion, si llegasen á entender sus vasallos que recibia de agena mano su libertad. Dictámen que se hizo suyo con el tiempo, siendo en la verdad influido; porque Doña Marina, y algunos de los Capitanes le habian puesto en él á instancia de Cortés, que se valia de su misma razon de estado para tenerle mas seguro en la prision. Pero entónces, conociendo lo que traía dentro de sí la oferta de Cortés, dexó este motivo, tratándole como ageno de aquella ocasion, y se valió de otro mas artificioso: porque le respondió:
"Que agradecia mucho la voluntad con que deseaba restituirle á su casa; pero que tenia resuelto no hacer novedad, atendiendo á la conveniencia de los Españoles; porque una vez en su palacio, le apretarian sus nobles y ministros en que tomáse las armas contra ellos, para satisfacerse del agravio que habia recibido."
Por cuyo medio quiso dar á entender, que se dexaba estar en la prision para cubrirlos y ampararlos con su autoridad. Alabó Cortés el pensamiento, agradeciendo su atencion, como si la creyera; y quedaron los dos satisfechos de su destreza, creyendo entrambos que se entendian, y se dexaban engañar por su conveniencia, con aquel género de astucia ó disimulacion que ponen los políticos entre los misterios de la prudencia, dando el nombre de esta virtud á los artificios de la sagacidad.
HISTORIA
De la Conquista, Poblacion y Progresos de Nueva España.