ACASO...
Como atento no más a mi quimera,
no reparaba en torno mío, un día
me sorprendió la fértil primavera,
que en todo el ancho campo sonreía.
Brotaban verdes hojas
de las hinchadas yemas del ramaje,
y flores amarillas, blancas, rojas,
bariolaban la mancha del paisaje.
Y era una lluvia de saetas de oro
el sol sobre las frondas juveniles;
del amplio río en el caudal sonoro
se miraban los álamos gentiles.
—Tras de tanto camino, es la primera
vez que miro brotar la primavera,
dije; y después, declamatoriamente:
—¡Cuán tarde ya para la dicha mía!—
Y luego, al caminar, como quien siente
alas de otra ilusión:
Y todavía
¡yo alcanzaré mi juventud un día!