II

Es una tarde de otoño.

En la alameda dorada

no quedan ya ruiseñores;

enmudeció la cigarra.

Las últimas golondrinas,

que no emprendieron la marcha,

morirán, y las cigüeñas,

de sus nidos de retamas,

de torres y campanarios,

huyeron.

Sobre la casa

de Alvargonzález, los olmos

sus hojas, que el viento arranca,

van dejando. Todavía

las tres redondas acacias,

frente al atrio de la iglesia,

conservan verdes sus ramas,

y las castañas de Indias

a intervalos se desgajan

cubiertas de sus erizos;

tiene el rosal rosas grana

otra vez, y en las praderas

brilla la alegre otoñada.

En laderas y en alcores,

en ribazos y cañadas,

el verde nuevo y la hierba

aún del estío quemada

alternan; los serrijones

pelados, las lomas calvas,

se coronan de plomizas

nubes apelotonadas;

y bajo el pinar gigante,

entre las marchitas zarzas

y amarillentos helechos,

corren las crecidas aguas

a engrosar el padre río

por canchales y barrancas.

Abunda en la tierra un gris

de plomo y azul de plata,

con manchas de roja herrumbre,

todo envuelto en luz violada.

¡Oh tierras de Alvargonzález,

en el corazón de España;

tierras pobres, tierras tristes,

tan tristes que tienen alma!

Páramos que cruza el lobo

aullando, a la luna clara,

de bosque a bosque; baldíos

llenos de peñas rodadas,

donde, roída de buitres,

brilla una osamenta blanca;

pobres campos solitarios,

sin caminos ni posadas;

¡oh pobres campos malditos,

pobres campos de mi patria!