II

Una mañana de otoño,

cuando los campos se aran,

sobre un otero, que tiene

el cielo de la mañana

por fondo, la parda yunta

de Juan lentamente avanza.

Cardos, lampazos y abrojos,

avena loca y cizaña

llenan la tierra maldita,

tenaz a pico y escarda.

Del corvo arado de roble

la hundida reja trabaja

con vano esfuerzo; parece

que al par que hiende la entraña

del campo y hace camino,

se cierra otra vez la zanja.

“Cuando el asesino labre,

será su labor pesada;

antes que un surco en la tierra,

tendrá una arruga en su cara.”


III

Martín, que estaba en la huerta

cavando, sobre su azada

quedó apoyado un momento;

frío sudor le bañaba

el rostro.

Por el Oriente

la Luna llena, manchada

de un arrebol purpurino,

lucía tras de la tapia

del huerto.

Miguel tenía

la sangre de horror helada.

La azada que hundió en la tierra,

teñida de sangre estaba.


IV

En la tierra en que ha nacido

supo afincar el indiano;

por mujer a una doncella

rica y hermosa ha tomado.

La hacienda de Alvargonzález

ya es suya, que sus hermanos

todo le vendieron: casa,

huerto, colmenar y campo.