VI
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra;
agua transparente y muda,
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa,
que copia cosas eternas;
agua impasible, que guarda
en su seno las estrellas.
—¡Padre!—gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco, “¡Padre!”
repitió de peña en peña.