VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino, en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria—barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra.—

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor, que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua,

que corre y pasa y sueña;

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!


IX

¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita.

¿Me habéis llegado al alma,

o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino,

que a Dios guardáis como cristianas viejas;

que el sol de España os llene

de alegría, de luz y de riqueza!