VIII
La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
al Sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerreotipo viejo.
Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
¡Oh angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella?
No puede ser... Camina... En el azul la estrella.
IX
EL POETA
(En el libro Epifanías, de Martínez Sierra.)
Maldiciendo su destino,
como Glauco, el dios marino,
mira, turbia la pupila
de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.
Él sabe que un Dios más fuerte
con la substancia inmortal está jugando a la muerte,
cual niño bárbaro. Él piensa
que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,
antes de perderse, gota
de mar, en la mar inmensa.
En sueños oyó el acento de una palabra divina;
en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina
sin odio ni amor, y el frío
soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.
Bajo las palmeras del oäsis, el agua buena
miró brotar de la arena;
y se abrevó entre las dulces gacelas y entre los fieros
animales carniceros...
Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor;
y fué compasivo para el ciervo y el cazador,
para el ladrón y el robado,
para el pájaro azorado,
para el sanguinario azor.
Con el Eclesiastes dijo: “Vanidad de vanidades,
todo es negra vanidad”;
y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:
“Sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.”
Y viendo cómo lucían
miles de blancas estrellas,
pensaba que todas ellas
en su corazón ardían.
¡Noche de amor!...
Y otra noche sintió la mala tristeza
que enturbia la pura llama,
y un corazón que bosteza,
y un histrïón que declama.
Y dijo: “Las galerías
del alma que espera están
desiertas, mudas, vacías;
las blancas sombras se van.”
Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado
del ayer. ¡Cuán bello era!
¡Qué hermosamente el pasado
fingía la primavera,
cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,
mísero fruto podrido,
que en el hueco acibarado
guarda el gusano escondido!
¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,
arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!