COLÓN Y FRAY DIEGO DE DEZA
Los modernos historiadores colombinos, todos, amigos como adversarios del gran descubridor, están contestes en contar entre los mayores favorecedores de Colón y de su empresa al sabio catedrático de la Universidad salmantina, maestro doctísimo del Príncipe Don Juan, D. Fr. Diego de Deza.
En cambio, ni los primitivos historiadores de Indias, ni el único cronista de los Reyes Católicos que trata del descubrimiento, ni los antiguos biógrafos del insigne dominico, nos han dejado noticia alguna referente á este punto. El silencio de Pedro Mártir de Angleria y el de Gonzalo Fernández de Oviedo son menos de notar que el del célebre Cura de los Palacios, que fué Capellán de Deza, y que, en su virtud, debía estar bien enterado en la materia, y tenía motivos de gratitud y respeto para no haber callado hechos que, de ser verdaderos, honraban sobremanera á su ilustre favorecedor y Prelado.
Todavía, por lo que toca á Fernández de Oviedo, es de advertir que no sólo en su Historia general de las Indias, sino en las noticias que escribió de Deza en sus Quincuagenas, omite por completo toda memoria concerniente á la participación del preceptor del Príncipe Don Juan en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Y sube de punto la extrañeza teniendo en cuenta que Oviedo fué paje del primogénito de los Reyes Católicos, que conoció y trató mucho á Deza, y, sobre todo, que en las Quincuagenas nos habla de diferentes protegidos de D. Fray Diego, y nada mas nos dice, ni de lejos ni de cerca, del primer Almirante de las Indias.
Bien es verdad que la biografía de Oviedo, como las de otros biógrafos del mismo gran Prelado, no pueden servir de guía para conocer los hechos principales de su vida, ya omitidos, ya muy á la ligera indicados en estas narraciones, mientras que, por el contrario, se alargan por extremo refiriendo cosas y sucesos de escasa ó de ninguna importancia. La mitad del relato de Oviedo se reduce á contarnos que Deza, siendo Arzobispo de Sevilla, tenía un león domesticado que le acompañaba á todas partes, incluso á la Catedral, con el susto y espanto consiguiente de los diocesanos.
De igual manera, el Licenciado Sánchez Gordillo, en la biografía de Deza, comprendida en su Catálogo de los Arzobispos de Sevilla, original é inédito en la Real Academia de la Historia, dedica las dos terceras partes de su escrito á relatar menudamente la Fiesta del Obispillo, como si su establecimiento hubiera sido la obra capital del pontificado de nuestro Arzobispo. Asimismo, las dos monografías que ha merecido á su Orden el docto dominico, las de Quetif y Echard y Tourón, pasan en silencio hechos principalísimos de la vida de Deza. La biografía más extensa de éste que se conoce, la del sevillano D. Diego Ignacio de Góngora, contenida en su Historia del Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla, fundación admirable de Deza, historia recientemente publicada, se compone de noticias de referencia en lugar de primera mano, siendo, además, bastante deficiente en lo que á la vida y hechos del Prelado hispalense se refiere, como atinadamente observa un religioso de la Orden de Predicadores tan conspicuo como el Cardenal D. Fr. Ceferino González en el prológo de dicha Historia.
Trata Góngora de la intervención de Deza en el descubrimiento del Nuevo Mundo, pero ignorando las primeras fuentes y refiriéndose siempre á autores que escribieron más de un siglo ó siglo y medio después del descubrimiento. Básteme decir que el primero de los historiadores de Indias que menciona la participación de Deza en la obra colombina, Fray Bartolomé de Las Casas, no viene comprendido entre los autores consultados por Góngora.
Es, en efecto, el P. Las Casas el primer historiador que consigna la intervención de su hermano de Orden en la empresa descubridora. Y, ante todo, es de notar en este punto que el Obispo de Chiapa, que en tantos otros sigue á la letra la Historia del Almirante de su hijo D. Fernando, se apartó de ella en este caso, toda vez que aquél omite por entero en su relato el nombre de Deza; en lo cual obró cuerdamente Las Casas, porque lo que calla D. Fernando Colón lo cuenta D. Cristóbal, su padre, como vamos á ver, y entre el testimonio del padre y el del hijo en este asunto no es dudosa la preferencia.
«El Sr. Obispo de Palencia, siempre, desde que yo vine á Castilla, me ha favorecido y deseado mi honra», escribía Colón á su hijo Don Diego, en carta fechada en Sevilla el 21 de Noviembre de 1504. Y en otra carta al mismo D. Diego, de 21 de Diciembre del propio año, añadía el Almirante que el Sr. Obispo de Palencia «fué causa que sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino para fuera.» El Sr. Obispo de Palencia se llamaba Don Fray Diego de Deza. Ante tan terminantes y categóricas declaraciones del mejor testigo y juez de los hechos, terminan los olvidos, acaban las injusticias, y Deza entra en legítima y perpetua posesión del puesto de honor y gloria que le corresponde en la historia del descubrimiento de América.
Examinemos ahora, parte por parte, las declaraciones contenidas en la ejecutoria de nobleza que acabamos de leer.
Colón vino á Castilla en 20 de Enero de 1485. En esta fecha su protector no había aún alcanzado las altas dignidades que después obtuvo, á saber: Obispo, sucesivamente, de Zamora, Salamanca, Palencia y Jaén; Arzobispo de Sevilla y electo de Toledo; Canciller Mayor de Castilla, Capellán Mayor, y del Consejo Real, Inquisidor General de España y Confesor del Rey Católico. Las ayudas de costa que se dieron á Colón desde el 5 de Mayo de 1487 á 16 de Junio de 1488, por cédulas expedidas por Alonso de Quintanilla, con mandamiento del Obispo, no pueden referirse á Fr. Diego de Deza, como se viene escribiendo, porque Deza no fué Obispo hasta tres años después del descubrimiento, en 1495, en que lo fué de Zamora. Y menos aún como Obispo de Palencia, porque lo fué de esta Diócesis en 1500, por fallecimiento de Fray Alonso de Burgos, ocurrido el 8 de Diciembre de 1499.
Cuando Colón vino á Castilla, Deza era entonces una de estas dos cosas: ó catedrático, todavía, de Prima de Teología, en la Universidad de Salamanca, puesto que había alcanzado en 1477, ó maestro ya del primogénito de los Reyes Católicos. El P. Las Casas da por sentado esto último, y de Las Casas lo han tomado los demás. Sin embargo, si Deza no fué maestro del Príncipe, como otros creen, hasta que éste tuvo ocho años, no pudo serlo hasta el año siguiente de 1486, porque Don Juan nació en Sevilla el 30 de Junio de 1478. Por mi parte, la mención más antigua que conozco del magisterio de Deza se refiere á 1491. Se lee en la portada de su obra principal: «In defensiones Sancti Thome ab inpugnationibus magistri Nicholai», en la cual se titula: «magni ac serenissimi principis Hispaniarum et Siciliæ preceptore.»
De todos modos, catedrático de Teología ó maestro del Príncipe, Deza favoreció á Colón desde la llegada de éste en 1485. Colón venía con el único y exclusivo objeto de proponer á los Reyes la empresa descubridora: ésta fué sometida al examen de sabios y letrados: ¿fué Deza de los miembros de la junta encargada de dicho examen? No hay documento alguno que lo acredite, pero es bien verosímil y probable, ya que no verdadero y positivo. Era Deza uno de los mayores teólogos de su tiempo, versadísimo en el conocimiento de las Sagradas Escrituras y Doctores, como lo prueban sus escritos y la cátedra misma que desempeñó en Salamanca, que era, como queda dicho, nada menos que la de Prima de Teología. Las doctrinas de Colón se referían, además, en muchos casos, á la Escritura y los Doctores: ¿no era, pues, natural que al examen de aquellas doctrinas fuese llamado el insigne teólogo salmantino?
Mucho se ha escrito sobre la ida de Colón á Salamanca después que sus proyectos fueron desechados por la mayoría de los vocales de la famosa junta, de su hospedaje en San Esteban, de sus conferencias en este convento y en la quinta de Valcuevo, las cuales atrajeron á su opinión, no sólo á los frailes dominicos, sino también á los principales maestros de la Universidad, y, sobre todo, de la principal parte que en todo esto corresponde á Deza. Pero es de advertir, desde luego, que no consta en documento alguno de la época la existencia de estas conferencias; que Colón habla sólo del patrocinio personal de Deza, sin referirse en lo más mínimo á los frailes de San Esteban; que el P. Las Casas, con pertenecer á la Orden, tampoco menciona la participación ó intervención de dichos frailes, sino exclusivamente la de Deza, y que semejante intervención ó participación en tales conferencias comienza á ser nombrada nada menos que á principios del siglo XVII, en Remesal (1619) y Pizarro y Orellana (1639), como no han podido menos de reconocer los apologistas más entusiastas del convento de San Esteban, Doncel, Rodríguez Pinilla y Torre y Vélez. Este último, en sus Estudios críticos acerca de un período de la vida de Colón, obra recién publicada, de extraordinaria erudición é ingenio, declara lealmente que «el hospedaje de Colón en San Esteban no ha sido consignado hasta entonces», si bien cree que tiene por base antiguas tradiciones. Pero, como es consiguiente, semejantes tradiciones, aun admitiendo que real y efectivamente existieran anteriormente, no bastan por sí solas para constituir indiscutibles pruebas en el terreno de la historia verdaderamente científica. Además, ni la Orden de Santo Domingo ni la Escuela Salmantina necesitan nuevas glorias en lo tocante al descubrimiento de América. Bástanle á la gran Universidad los nombres de Mendoza, Talavera y Deza, esto es, las tres personas que mayor influjo ejercieron en las negociaciones colombinas. Deza, por su parte, asocia la Orden de Santo Domingo á la gloria del descubrimiento en mayor grado que ninguna otra Orden, como más tarde Las Casas y tantos otros dominicos, al generoso apostolado del derecho y la justicia.
Pasemos ahora á la segunda de las declaraciones de Colón referentes á Deza. Afortunadamente dice cuanto necesitamos saber en este punto, á saber: que Fray Diego fué causa de que el gran navegante quedase en Castilla cuando ya estaba de camino para fuera. Si la primera declaración del Almirante nos pone de manifiesto la injusticia de su hijo D. Fernando omitiendo el nombre de Deza entre los favorecedores de su padre, la segunda deshace por completo otra injusticia aún más grande, pues que al referir las últimas causas que detuvieron al descubridor en Castilla, no sólo omite la principal, la única, esto es, Deza, sino que (en el supuesto de que el relato que ha llegado á nosotros esté tal y como lo escribió) atribuye á Santángel la quedada de Colón en Castilla que el mismo Colón atribuye á Deza en las palabras que ya conocemos.
Llegados á este punto, podemos fácilmente desvanecer la flamante y peregrina especie que supone que los castellanos favorecedores de Colón, á saber: Mendoza, el Duque de Medinaceli, el maestro del Príncipe Don Juan, Fray Diego de Deza, el Contador mayor Quintanilla y los demás castellanos, que fueron los primeros que obsequian y atienden á Colón, «pasado cierto tiempo se cansan, al parecer, y remiten de su entusiasmo y dan al fin la cosa por desesperada, dejando que Colón se marche del Real de Santa Fe y abandone á España, tal vez para siempre;» mientras que los aragoneses Santángel, Coloma, Cabrero, y Gabriel Sánchez, si llegan á última hora, «su acción es más certera y eficaz, su entusiasmo tal vez más íntimo y profundo, y el resultado de su acción más seguro y definitivo.» ¿Caben más inexactitudes en menos palabras? Baste en este caso lo relativo á Deza. Según acabamos de ver, el amigo leal é infatigable, el favorecedor incesante, la persona de mayor confianza de Colón, el que fué causa de que se quedase en Castilla, aparece en este relato todo lo contrario, esto es, entre los que pasado cierto tiempo se cansan y dan al fin la cosa por desesperada, dejando que Colón se marche del Real de Santa Fe y abandone á España.
Así escribe la ceguedad y la pasión; pero, afortunadamente, contra esas ceguedades y pasiones estará siempre el testimonio del gran navegante, recabando para su favorecedor la gloria merecida. Estarán también los testimonios y las altas pruebas de veneración y cariño que el gran Prelado recibió, á porfía, de los Reyes Católicos, ya unidos confiándole la educación de su primogénito y elevándole á las mayores dignidades, ya individualmente cada uno de los regios consortes, la Reina instituyéndole su albacea, el Rey nombrándole su confesor y confiriendo con él hasta su muerte los asuntos más arduos de Aragón y de Castilla. Á más de otras, en la Real Academia de la Historia existen muchas cartas originales y autógrafas del insigne Prelado, que acreditan cumplidamente la estimación, el respeto y la confianza que mereció siempre en justicia del Rey Católico.
Pruébanlo no menos las cartas de Colón á su hijo D. Diego, así como también la incansable protección que recibió siempre del Confesor del Rey y «la tanta confianza que en su merced tengo», como Colón escribía catorce años después del descubrimiento. En los días de las mayores tribulaciones del desposeído Virrey y Gobernador de las Indias, cuando con mayor ahinco reclamaba las reparaciones merecidas y ofrecidas, ¿á quién acudía en demanda de favor y de auxilio? Á su favorecedor de siempre, escribiéndole y escribiendo también á sus hijos (son sus palabras) «de le suplicar que le plega de entender en el remedio de tantos agravios míos y que el asiento y cartas de merced que sus Altezas me hicieron, que las manden cumplir y satisfacer tantos daños.»
Refiere el P. Las Casas que cuando Colón se presentó al Rey en Segovia, en Mayo de 1505, «suplicando que le renovase las mercedes fechas, con acrescentamiento, el Rey le respondió que bien via él que le había dado las Indias y había merecido las mercedes que le había hecho, y que para que su negocio se determinase sería bien señalar una persona, dijo el Almirante: «Sea la que Vuestra Alteza mandare,» y añadió: «¿quién lo puede mejor hacer que el Arzobispo de Sevilla, pues había sido causa, con el Camarero, que Su Alteza hobiese las Indias?... Respondió el Rey al Almirante que lo dijese de su parte al Arzobispo, el cual respondió que, para lo que tocaba á la hacienda y rentas del Almirante, que señalase letrados, pero no para la gobernación: quiso decir, según yo entendí, porque no era menester ponello en disputa, pues era claro que se le debía.»
De esta suerte, en el transcurso de más de veinte años, desde su venida á Castilla hasta su muerte, tuvo Colón en Deza el más constante y eficaz de sus protectores y amigos.
Christophori Colombi generosus fidusque patronus (protector generoso y fiel de Cristóbal Colón) se lee en el sepulcro de Deza. Ningún título más exacto ni de mayor gloria para el ilustre Arzobispo de Sevilla.
EL NUEVO MUNDO DESCUBIERTO POR COLÓN
COMEDIA DE LOPE DE VEGA
Hecho de la magnitud del descubrimiento de América había de ser, necesariamente, tema fecundo de poéticas inspiraciones, sobre todo en la epopeya y en el drama.
En este último género bien puede decirse que no es escaso el número de las composiciones escritas hasta el presente, dentro y fuera de España. En Italia y Francia, acaso más que en nuestro país, Colón y su empresa han sido objeto de diferentes tentativas dramáticas. Por lo que toca á la primera de dichas naciones, baste citar aquí las obras de Polleri, Garassini, Giacometti, Gherardi d’Arezzo, Briano y Cerlone; y por lo que á Francia respecta, las de J. J. Rousseau, Mestépès y Barré, Lemercier y Lhermite. He dicho tentativas, porque en realidad ninguna de las composiciones aludidas ha logrado traspasar los límites de meros ensayos, aun las de Giacometti y Lhermite, que son quizás los autores que han revelado en las suyas más felices disposiciones dramáticas.
Obras de imaginación, invenciones novelescas, apenas si tiene cabida en ellas la verdad histórica, casi siempre ó puesta en olvido ó desfigurada, aun tratándose de los hechos más elementales y conocidos. Así, por ejemplo, en la obra de Lhermite, Colomb dans les fers, muere asesinado Bobadilla; en el Colombo de Mestépès y Barré, el Guardián de la Rábida es arrojado por una tempestad á las playas de Génova, donde lo conoce Colón; y en Il ritorno di Colombo, de Cerlone, es México la primera tierra descubierta por el gran navegante, y, lo que es más, bautizada por éste con el nombre de América, reconociendo que Américo Vespucio había tenido noticia antes que él de tal tierra. Semejantes desatinos sólo pueden compararse con los que contiene el drama Columbus del alemán Dedekind, publicado en Leipzig este año, entre los cuales sobresale, sin duda, en primer término la originalísima especie de que la amistad de Colón con los Pinzones tuvo origen en la Universidad de Pavía, siendo condiscípulos en sus aulas el marino genovés y los célebres pilotos de Palos.
En comparación con tales dislates, insignificantes resultan los errores históricos de los dramaturgos españoles, comenzando por frey Lope Félix de Vega Carpio.
El Nuevo Mundo descubierto por Christoual Colon es anterior á 1604, fecha en que había sido ya escrita esta comedia, como lo prueba el hecho de venir incluída en la lista publicada en El Peregrino, dada á luz en aquel año. Diez más tarde, en 1614, fué impresa en la Cuarta parte de comedias de Lope. Como hasta ahora, que sepamos, no ha merecido estudio especial, bueno será dar alguna noticia de ella con ocasión del presente Centenario.
Al descubrimiento de América se refieren propiamente, en esta obra, la mayor parte del acto primero, las primeras escenas del segundo y las últimas del tercero. Las demás tienen por asunto, ya la conquista de Granada, ya los compañeros que dejó Colón en las primeras tierras descubiertas entre los cuales incluye Lope á D. Bartolomé Colón y al P. Buil, que no fueron en el primer viaje, como es notorio. Las escenas de esta parte abarcan más de la mitad del acto segundo y casi todo el tercero. La celebración de la primera Misa, y los amores y amoríos de indias é indios, indias y españoles, groseramente presentados, les sirven de argumento. Nada de esto se refiere, pues, directamente á Colón ni á la empresa descubridora.
Tratemos de ésta únicamente. Y desde luego diremos que, desde el principio hasta el fin, las escenas de nuestra comedia se ajustan esencialmente á la historia del descubrimiento contenida en las crónicas españolas que corrían por entonces. El poeta tomó de unas y otras lo que tuvo á bien escoger, permitiéndose luego algunos ensanches y alteraciones. Con razón podríamos, pues, calificar su obra de crónica dialogada, lo mismo en lo que toca á los preliminares del descubrimiento, que en lo relativo al primer viaje, que en lo tocante al regreso y presentación de Colón á los Reyes en Barcelona.
Ni las mocedades de Colón, ni sus amores con D.ª Beatriz Enríquez, explotados después por otros dramaturgos, así como tampoco la supuesta intervención de la Universidad de Salamanca en las negociaciones colombinas, y menos aún las decantadas burlas de sus maestros de los proyectos del gran navegante, figuran en modo alguno en nuestra comedia. Lope nos presenta solamente al descubridor en los tres momentos capitales de su empresa: buscando favorecedores hasta que los encuentra en los Reyes Católicos; llevando á cabo su inmortal viaje; regresando vencedor á España á noticiar su triunfo.
De estos tres momentos, el primero es el tratado con mayor extensión en nuestra comedia. Colón, viviendo en la isla de la Madera, hospeda en su casa á un piloto, el cual, al morir, en premio de la hospitalidad recibida, le entrega sus papeles, y con ellos el secreto de la existencia de un Nuevo Mundo. Porque es de saber que aquel piloto, navegando por el mar Océano en una carabela empujada por contrarios vientos y arrastrada por las corrientes, había arribado á América. Refiérelo á Colón, añadiendo que
La misma tormenta fiera
Que allí me llevó sin alas,
Casi por el mismo curso
Dió conmigo vuelta á España.
No se vengó solamente
En los árboles y jarcias,
Sino en mi vida, de suerte
Que ya, como ves, se acaba.
Toma esas cartas, y mira
Si á tales empresas bastas,
Que si Dios te da ventura,
Segura tienes la fama.
Que Lope no inventó tal historieta, no hay que decirlo. Es ésta en un todo la misma que nos refiere ya Oviedo, teniéndola por falsa, repetida después, creyéndola verdadera, por López de Gómara, el Inca Garcilaso, Acosta y otros, que bautizaron al piloto con el nombre de Alonso Sánchez de Huelva. Lo más curioso del caso está en que, siendo Colón, según esta historieta, el único depositario del secreto, y no habiéndolo revelado jamás á nadie, se haya sabido, sin embargo. Que es saber.
Poseedor de tan inapreciable secreto, Colón propone su empresa al Rey de Portugal, quien se mofa del futuro descubridor en los siguientes términos:
No sé cómo te he escuchado,
Colón, sin auer reído,
Hasta el fin, lo que has hablado;
El hombre más loco has sido
Que el cielo ha visto y criado
Un muerto con frenesí
Te pudo mover ansí
Con dos borrados papeles:
Si de engañar vivir sueles,
¡Cómo te atreves á mí!
La repulsa del Monarca portugués es histórica; pero seguramente no están en ese caso ni los motivos ni el lenguaje que Lope le atribuye. Por lo demás, si Colón no hubiera tenido otro argumento que emplear en apoyo de su empresa que el simple dicho del muerto piloto, habría obrado cuerdamente al rechazarla el Rey de Portugal. Lo extraño es que, sin otras pruebas, se dé por convencido y abogue en pro de Colón un Duque de Alencastre que Lope introduce en los consejos del Monarca lusitano.
En cambio los españoles Duques de Medina Sidonia y Medina Celi, á quienes Colón acude una vez venido á Castilla, se pronuncian resueltamente en contra de sus proyectos, y eso que en esta ocasión, más cauto y mejor avisado, el primer Almirante de las Indias ofrecía en apoyo de sus ideas más valederas razones, por ejemplo: la esfericidad de la tierra, la habitabilidad de la zona tórrida, la existencia de los antípodas, y otros argumentos por el estilo.
¿Inventó Lope las repulsas de ambos Duques? En manera alguna. Leyólas en los cronistas que las refieren. Lo único que hizo fué pintarlas á su modo, poniendo también en esta ocasión en boca de uno y otro prócer groserías semejantes á las que coloca en los labios del Rey de Portugal. En cuanto á la verdad histórica, los cronistas leídos por Lope están bien lejos de reproducirla fielmente, porque ni el Duque de Medina Celi fue adversario, sino favorecedor de Colón, hasta el punto de haber estado dispuesto á llevar á cabo por su cuenta la expedición, que creyó prudente reservar á la Reina Católica, ni tampoco el Duque de Medina Sidonia dejó de favorecer á Colón por encontrar disparatados sus proyectos, sino más bien por estar en desgracia de los Reyes y no atreverse á acometer empresa de esta índole.
Afortunadamente, los proyectos de Colón tuvieron en nuestra patria, si no muchos, señalados favorecedores en todas las clases de la sociedad: en la aristocracia, con personalidades como el Duque de Medina Celi y la Marquesa de Moya; en la Iglesia, en el Cardenal Mendoza y fray Diego Deza; y en el pueblo, doblemente representado en los frailes mendicantes y en la gente de mar.
Prosigamos el examen de nuestra comedia. Después de los Duques de Medina Sidonia y Medina Celi, es Enrique VII de Inglaterra quien rechaza las ofertas de Colón, hechas por conducto de su hermano Bartolomé. Ya no le resta otra esperanza que los Reyes Católicos. Pinzón, el Contador mayor Quintanilla y el Cardenal Mendoza, que dan crédito á sus proyectos, le instan vivamente á que espere la rendición de Granada. Lograda ésta, los Reyes aceptan la empresa, presta Santángel el dinero necesario y parte Colón para Palos, prometiendo á la Reina dar nombre
Á la tierra que hallare conveniente
Del vuestro, y que llamándola Isabela
Exceda á la de César y Alexandro;
promesa que no cumple luego, poniendo á la tierra descubierta por nombre el de Deseada, de la cosecha de Lope.
Salvo el patrocinio de Pinzón, en los demás se atuvo Lope á las tradiciones y las crónicas. Es de advertir también que en los tratos de Colón con los Reyes no es Doña Isabel, en nuestra comedia, quien principalmente interviene, sino Don Fernando.
El viaje de Colón que Lope nos presenta se reduce, en suma, á la escena del motín á bordo de las naves descubridoras, motín puesto en duda y aun negado hoy por algunos, contra el unánime sentir de los historiadores primitivos de Indias, Pedro Mártir de Angleria, el Cura de los Palacios y Fernández Oviedo.
No son sólo, en nuestra comedia, simples marineros los alzados, sino también Pinzón. En boca de los amotinados pone Lope estos versos:
Este, pues, Luzbel Segundo
Como Dios se quiso hacer;
Y mirad en qué me fundo:
Que por mostrar su poder
Quiso formar otro mundo.
Pues quien le quiso igualar
Y su poder y gobierno
Como aquel ángel tomar,
Ya que no cae al Infierno,
Justo es que cayga en la mar.
Y así lo habrían hecho sin la bondadosa intervención del P. Buil, que no fué en este viaje.
Descubierta al fin la anhelada tierra, regresa Colón á España. Llega con seis indios bozales, barras de oro, papagayos y alcones.
Ya sois Duque de Beragua.
le dice Don Fernando, anticipando á Colón el ducado que no llevaron hasta bastantes años después sus descendientes. Duplícale también las armas que el verdadero Rey Católico le concediera, otorgándole.
Dos castillos, dos leones,
Y aquí, Senado, se acaba
La historia del Nuevo Mando.
Si no tuviera Lope otros títulos que presentar á la admiración de las edades que el de autor de esta comedia, medrada sería la gloria del Fénix de los Ingenios. Bien es verdad que no han sido mucho más afortunados los demás dramaturgos españoles y extranjeros. Si en alguna de las obras de éstos podemos hallar más poesía, en cambio la verdad histórica suele salir peor librada que en las escenas que acabamos de examinar. De todos modos, fuerza es decirlo, la gigantesca figura de Colón y su asombrosa empresa no han tenido hasta el día intérpretes de primer orden en el teatro. Dudamos que los tenga en lo futuro, y no tanto por carencia de facultades en los poetas, cuanto por la índole y grandeza del asunto. Lo mismo sucede con la epopeya y por iguales causas.