ESPAÑOLISMO DE COLÓN
A la terminación de las fiestas onubenses de Agosto, salieron para Cádiz, á bordo de El Piélago, los Almirantes de las escuadras italiana, portuguesa y española. íbamos con ellos los individuos de la Comisión encargada de examinar los archivos gaditanos, para escoger los documentos que debieran figurar en la Exposición Hispano-Americana. La Compañía Transatlántica nos obsequió espléndidamente, como acostumbra. Llegó, en el banquete, la hora de los brindis: húbolos entusiastas, señaladamente los de los italianos y portugueses. La bondad del Almirante español, mi respetable amigo D. Zoilo Sánchez Ocaña, me concedió la honra de responder á estos brindis, á nombre de los españoles: «Brindo, dije, por las tres patrias de Colón: la de su nacimiento, Italia; la de su iniciación, Portugal; la de su gloria, España.»
De éstas, las verdaderamente patrias, las que Colón amó como tales, reservando para ellas los tesoros de sus afectos y memorias, fueron, á no dudarlo, Italia y España, ó, en términos exactos y precisos, Génova y Castilla: el cariño por la una fué siempre compatible, como era natural y debido, con el amor de la otra, así en su corazón como en los hechos de su vida.
Pero la patria castellana, después del descubrimiento, había de ser para él la principal, y lo fué seguramente. En 1498, en la Institución del mayorazgo, lo consignaba así, del modo más explícito y terminante. He aquí sus mismas palabras: «Item: mando al dicho D. Diego (su primogénito), ó á quien poseyere el dicho mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, no yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey ó de la Reina, nuestros Señores, e de sus Sucesores.» Nada, pues, más justo que mantener vivo el afecto de su tierra natal, pero colocando sobre este afecto la Religión y España. No fué, pues, Colón, ni renegado del país donde nació, ni ingrato y desleal con su nueva patria. La compatibilidad de ambos afectos, así como el orden y subordinación que entre uno y otro establece honran sobremanera á la justicia y nobleza de su alma.
¿Existieron igualmente ese orden y esa subordinación en los hechos del primer Almirante de las Indias? Ó en otra forma: ¿fué siempre Colón fiel á sus Reyes, á su patria adoptiva? No vacilo en responder afirmativamente, sin reservas ni limitaciones de ningún género, sino del modo más estricto y categórico. Si en dos ocasiones distintas fué tachado de desleal y traidor por la malicia y malquerencia de algunos, la primera cuando arribó á Lisboa al regreso de su primer viaje, diciéndose que había ido allí para dar las Indias al Rey de Portugal; la segunda cuando fué despojado por Bobadilla del gobierno de la Española, suponiéndose, entre otros cargos, que había tratado de alzarse con la soberanía de las islas, bien pronto se vió, en el primer caso, que no había ido á Lisboa con tal propósito, ni siquiera por obra de su voluntad, sino de la tormenta que allí le arrojó sin velas. Y por lo que toca al segundo, no cabe en manera alguna poner en tela de juicio la lealtad del Virrey de la Española á sus Reyes y á su patria castellana; el mismo P. Las Casas, que tan duramente censura otros actos del Almirante, es el primero en reconocer y proclamar resueltamente su intachable fidelidad. «Verdaderamente—escribía—á lo que del yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó con gente á poblar esta isla Española el año de 93, de otras personas que le acompañaron y otras que le sirvieron, entrañable fidelidad y devoción tuvo y guardó siempre á los Reyes.»
No sólo por gratitud, hasta por conveniencia había de obrar así el descubridor de las Indias. «¿Quién creerá—decía á los Reyes en la famosa carta de Jamaica, relación del cuarto viaje—que un pobre extranjero se hobiese de alzar en tal lugar contra V. A., sin causa, ni sin brazo de otro Príncipe, y estando solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos mis hijos en su Real corte?» «Bien que yo sepa poco—escribía al ama del Príncipe Don Juan—no sé quién me tenga por tan torpe, que yo no conozca que, aunque las Indias fuesen mías, que yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe. Si esto es así, ¿adónde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad de no ser echado dellas del todo que en el Rey é Reina nuestros señores, que de nada me han puesto en tanta honra, y son los más altos Príncipes, por la mar y por la tierra, del mundo?» El corazón y la inteligencia, la gratitud y el buen sentido hablan de consuno y en tan alto grado en estas palabras, cerrando victoriosamente el paso á maliciosas cuanto mezquinas suposiciones: la lealtad de Colón es indiscutible. Entre sus muchas y relevantes virtudes figurará siempre, al lado de otra fidelidad no menos viva y profunda, la de sus sentimientos religiosos.
Aparte de estas consideraciones, el españolismo de Colón no estriba sólo en su lealtad acendrada, sino también en sus incomparables servicios á nuestra patria. «Yo vine—escribía—con amor tan entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido de servicio de que jamás se oyó ni vido.» Y, en efecto, ¿qué servicio de la naturaleza del suyo? Pudo añadir, igualmente, que fué el mayor servicio que España ha recibido, no ya de extranjero, pero de los nacidos en tierra española.
Dícenos la leyenda que Colón comenzó á ser español desde el punto y hora en que fué objeto de sus amores la cordobesa Beatriz Enríquez. Nada más inexacto. Embarazada estaba doña Beatriz cuando su amante, que no su esposo, andaba en tratos todavía con el Rey de Portugal, sin pensar, pues, en reservar á España su empresa por el hecho de ser su amada española. Colón, consagrado al servicio de una idea, no podía considerar como nueva patria sino á la nación que le ayudase á ponerla por obra, y desde el instante mismo en que comenzase esta ayuda. El primer Almirante de las Indias principió en realidad á ser español el día en que unió para siempre su suerte á la de España en las famosas Capitulaciones de Santa Fe. Desde entonces Colón y España son términos inseparables, porque sólo unidos dan nombre al acontecimiento capital á un tiempo de la vida de Colón y de la vida de España.
El nombre mismo de Colón es vocablo español exclusivamente. El Colombo italiano, pasando por las formas Colomo y Colom, llegó á ser definitivamente el Colón castellano. Diríase que las alteraciones y cambios de la palabra italiana representan al vivo las transformaciones mismas operadas en el navegante genovés hasta su plena naturalización en la tierra castellana. Aun sin tener en cuenta otras muchas consideraciones, baste recordar aquí el hecho de que el gran descubridor llegó de tal manera á abandonar, por la nuestra, la lengua de sus padres, que en castellano escribía á sus mismos compatriotas genoveses.
Española apellidó Colón á la que juzgó más hermosa y principal de las islas descubiertas en el primer viaje. Sin tomarse el trabajo de leer en el Diario del Almirante las razones que tuvo para darle tal nombre, y la genuina significación de éste, en abierta contradicción con la verdad de la Historia, por pura fantasía se ha llegado á decir que dicho nombre podrá ser debido al acaso, á la casualidad, á un capricho ó á un sentimiento de intuición, adivinación ó inspiración; pero es lo cierto que con él quedó impreso, en el descubrimiento de América, el sello de consagración de la unidad de España, desde el momento mismo en que Colón no dió á aquella isla el nombre de castellana, sino el de española. Ahora bien: este nombre no fué debido al acaso ni á ninguna de las supuestas causas que se indican por los autores de la flamante especie. Es Colón quien nos dice en su Diario que aquella isla tenía «unas vegas las más hermosas del mundo y cuasi semejables á las tierra de Castilla.....; por lo cual, añade, puse nombre á la dicha isla, Isla Española.» Como se ve, para Colón Castilla y España, español y castellano, eran términos idénticos. Éranlo también en su época y aun hoy día, en muchos conceptos. Así, por ejemplo, lengua castellana y lengua española son voces equivalentes y de igual significación. Del mismo modo, en la época de Colón se decía indistintamente Rey de España y Rey de Castilla, ó Rey de Castilla y León. Cardenal de España era apellidado D. Pedro González de Mendoza, y España aquí ni tenía ni podía tener entonces otro sentido que sinónimo de León y Castilla, como Castilla á secas denotaba juntamente ambos reinos. En documentos mismos de los Reyes Católicos, al hablar de Santiago, se le llama unas veces Patrón de España y otras de Castilla y León, como frases idénticas.
Ni Colón podía haber dado otro alcance al nombre de Española que el que él mismo nos refiere, no sólo en las palabras transcritas, sino en otros muchos pasajes de su Diario. Por Castilla partió á descubrir; por Castilla tomó posesión de las tierras descubiertas. El título de Almirante le fué conferido «según e como los llevan é acostumbran llevar el nuestro Almirante mayor de los nuestros Reinos de Castilla», dicen los Reyes en el título original, su fecha 30 de Abril de 1492. Las armas que le dieron los mismos Reyes en 20 de Mayo de 1493 fueron un Castillo y un León. Y según su hijo D. Fernando, de orden del Rey Católico se le puso al morir, por epitafio, la consabida letra:
Á Castilla y á León
Nuevo mundo dió Colón,
tan exacta y verdadera que la no menos conocida:
Por Castilla y por León
Nuevo mundo halló Colón.
Las dos publican igualmente el indestructible consorcio de los nombres de Colón y su nueva patria en la empresa más grandiosa de la historia moderna. Pretender separar estos nombres, cuya unión consagraron para siempre el heroísmo de la común aventura y la gloria del común vencimiento, es tan pueril como nocivo. Los que tal hacen acreditan simplemente que desconocen ú olvidan las más elementales nociones de la justicia y de la Historia.