II
Discurso del Alcalde de Lima al entregar la urna que debía guardar los despojos mortales de Pizarro.
«Excelentísimo Señor:
«Señor Ilustrísimo:
«Señores:
«Conmemoramos en este momento el aniversario del fallecimiento del ilustre Capitán general D. Francisco Pizarro, acaecido hace hoy trescientos cincuenta años.
«Nos encontramos en presencia de sus restos, de cuya autenticidad no podemos dudar desde que la Historia así nos lo demuestra y desde que las generaciones que se han venido sucediendo nos los han ido haciendo conocer de padres á hijos hasta llegar á nosotros.
«Don Francisco Pizarro fué el conquistador del Perú, el fundador de esta capital, el que en sus propios hombros cargó el primer madero que sirvió para la fabricación del templo en que nos encontramos, y, lo que es más, fué el que nos legó la Religión que profesamos, dándonos hasta su última hora pruebas del respeto y de la veneración que tenía por ella; pues recordaréis que besando la Cruz del Calvario, que con su propia sangre y puño había formado para elevar sus preces al Todopoderoso, exhaló su último aliento. Estamos obligados á creer, señores, que el alma del que así murió tiene que estar gozando de las delicias del Paraíso.
«Toca á nosotros honrar sus inapreciables restos, que continuarán bajo la custodia del Muy Ilustre Cabildo metropolitano.»
III
Contestación de Monseñor Dr. D. Manuel Tovar, Obispo de Marcópolis y Deán de la Catedral, á nombre del Cabildo eclesiástico.
«Señor Alcalde:
«El Venerable Capítulo metropolitano recibe, agradecido, del H. Concejo provincial esta urna cineraria, en la cual se guardarán desde este momento los restos mortales del Capitán general D. Francisco Pizarro.
«Durante tres siglos los hemos conservado, con religioso respeto, junto á las venerandas cenizas de nuestros Sacerdotes y de nuestros Obispos. De este sagrado lugar los levanta hoy la gratitud de Lima para colocarlos en esta histórica capilla. Aquí reposarán en paz, señores, cerca del Ara Santa del Sacrificio y á la sombra de la Cruz de la Redención. Bien merecía este honor el noble é ilustre guerrero que perdonó á sus adversarios, y el héroe cristiano que selló con su generosa sangre la fe de su corazón.
«Como peruano y como Sacerdote, agradezco á la H. Municipalidad la iniciativa que ha tomado para honrar á este hombre extraordinario, y espero que no sea este el último homenaje tributado á su memoria.
«¡Ojalá que en no lejano día los hijos de esta tierra y los extraños que visiten nuestras playas podamos saludar con admiración y respeto, en la Plaza Mayor de la metrópoli peruana, la gloriosa estatua del conquistador del Perú y fundador de Lima!»