LOS RESTOS DE PIZARRO

El conquistador del Perú fué asesinado en la mañana del 26 de Junio de 1541. La crueldad y la saña de los matadores quisieron después arrastrar el cadáver hasta la plaza, cortarle la cabeza y ponerla en la picota. Impidiéronlo la compasión y energía del Obispo electo de Quito D. Garci Díaz, pero no pudieron éstas evitar que el cuerpo del fundador de Lima fuese, como fué, bárbaramente profanado con «muchas cosas de inuminia (ignominia) é vituperio», por valerme de las mismas palabras del Cabildo del Cuzco en carta al Emperador Carlos V.

Por la noche, D. Juan de Barragán y su esposa, el Secretario López y algunos indios, envolvieron piadosamente el cadáver en un paño blanco (tal vez el manto santiaguista), y lo enterraron en un hoyo, en la Catedral. «E aún les faltó la tierra para acabar de cobrir su sepultura», escribía el cronista Fernández de Oviedo.

Al cabo de tres siglos y medio, todavía á principios del año anterior, la especulación de los sacristanes de la Catedral satisfacía la curiosidad de los viajeros que preguntaban por los restos de Pizarro, conduciéndoles á la cripta bajo el altar mayor, señalándoles como la sepultura del conquistador un nicho longitudinal con puertas de madera y rejillas de hierro, incrustado en el espesor del muro del lado izquierdo.

En aquel nicho, y en un cajón de madera ordinaria, pintado de negro, yacía un cadáver, rígido, completamente desecado y momificado, de color bruno claro, semejante al de las momias peruanas, enteramente desnudo, conservando sólo una ligadura, de trapo ordinario, en la parte inferior de la articulación de la rodilla izquierda.

Notábase asimismo en él, á primera vista, la falta completa de las manos y casi todos los dedos de los pies, la de la piel y partes blandas de algunas regiones, como la genital y perineal, y las de la cara superior é interna de ambos muslos. La masa cerebral había quedado reducida á polvo de color castaño. En el cráneo existía incrustado un ojo, del que se llegaba á distinguir el círculo de la pupila. Por último, se advertían substancias calcáreas en algunas partes del cuerpo.

¿Era éste en realidad el de Pizarro? ¿Cuándo y cómo había sido trasladado á la cripta de la Catedral, junto á los sepulcros de los Arzobispos de Lima? No existe documento alguno que refiera y compruebe esta traslación. Ni la caja ni el nicho tenían tampoco inscripción alguna, ni siquiera el nombre del muerto.

Por toda prueba de autenticidad é identidad de los restos se invocaba, como en otros muchos casos semejantes, la tradición únicamente.

Desde el mes de Junio del año pasado se pueden ofrecer pruebas de mayor peso que la simple tradición, á saber: el examen antropológico y antropométrico del cadáver, practicado por los Catedráticos de la Facultad de Medicina de Lima Dr. D. José Anselmo de los Ríos y D. Manuel Antonio Muñiz, y el informe evacuado por los Sres. D. Eugenio Larraburo y Unánue, D. José Antonio Lavalle y D. Ricardo Palma, correspondientes, en Lima, de nuestra Real Academia de la Historia.

Las deducciones del examen técnico, que tengo á la vista, fueron, á la letra, las siguientes:

«1.ª Que el cadáver examinado ha sido inhumado en un terreno artificialmente rico de cal.

«2.ª Que la talla medida directamente en el cadáver es de un metro 673 milímetros.

«Aplicando las diversas tablas de talla existentes (Orfila), se encuentra que á un número de 31 centímetros corresponde una talla de un metro 67; á un radio de 24 centímetros, una talla de un metro 67, etc.; de modo que la talla de un metro 675 milímetros de este cadáver se halla comprobada por las tablas de reconstitución.

«Esta talla, según la clasificación de Topinard, está comprendida en el grupo de tallas «sobre la media

«3.ª Que la edad á que murió ha sido de más de setenta años.

«4.ª Que el cadáver examinado pertenece al sexo masculino, tanto porque están unánimemente conformes todos los caracteres dependientes del cráneo, pelvis, fémur, etc., correspondientes á este sexo, cuanto por su mismo aspecto exterior y la ausencia de mamas.

«5.ª Que parece haber sido de individuo perteneciente á una raza superior (la blanca).

«6.ª Que á pesar de su completa momificación, presenta señales precisas de destrucción, debidas probablemente á la putrefacción de algunas regiones del cuerpo (lado derecho del cuello, parte superior é izquierda del tórax, antebrazo izquierdo, etc.), siendo muy posible que correspondan á heridas (una mortal) recibidas en vida; y

«7.ª Que el examen de este cadáver demuestra la existencia de algunas anormalidades individuales, prognatismo facial inferior, profundidad de la bóveda palatina, existencia de la fosita occipital mediana de Lombroso, diámetro extraordinario del empeine de los pies, etc.»

Veamos ahora las pruebas que se desprenden de las deducciones facultativas, sobre todo de la 6.ª, que es la más importante por las concordias históricas que se pueden establecer. Pizarro murió á consecuencia de una terrible cuchillada en la garganta, por cierto dirigida de costado y traidoramente. Recibió también otras heridas en el brazo y en el pecho, y un fuerte golpe en la cabeza, que le dio el soldado Barragán con una jarra de plata, cuando aún respiraba en el suelo el vencedor de los Incas. Ahora bien: el cadáver examinado por los médicos presenta vestigios que pueden fundadamente ser atribuídos á heridas y contusiones como las recibidas por Pizarro.

En efecto; la momificación general del cadáver se interrumpe en todas las partes correspondientes á las heridas, debido, probablemente á la putrefacción que inmediatamente sobrevino en dichas partes á consecuencia de las heridas. Así, por ejemplo, en la garganta han desaparecido sólo los tendones por efecto de dicha putrefacción, mostrándose el paso del cuchillo por entre dos vértebras de la espina dorsal, mientras que la piel cubre casi íntegramente el rostro, uniendo la cabeza con el tronco.

De la misma manera, la completa desaparición de las regiones genital y perineal, quedando sólo informes restos de músculos desecados, sólo se explica, en sentir de los médicos, por algo de extraordinario ocurrido desde el primer momento de la muerte, tanto por la falta de momificación de estas regiones, cuanto por no existir señales de sección ó arrancamientos posteriores á la momificación; observaciones que concuerdan perfectamente con las históricas, pues ese algo extraordinario ocurrido desde el primer momento de la muerte, en aquellas regiones, puede explicarse cumplidamente por las muchas cosas de inuminia é vituperio con que fué profanado el cuerpo de Pizarro apenas fallecido.

Por estas y otras concordancias, como la del prognatismo de la barba, con los retratos conocidos de Pizarro, fué declarada la autenticidad é identidad de los restos examinados, proclamándose en el dictamen académico que «Lima podía, pues, sentirse orgullosa de estar en posesión de tan rico tesoro, y de poder tributarle los honores á que el Marqués Don Francisco tenía derecho; pues si grandes defectos tuvo el descubridor del Perú, no se le puede negar su perseverancia ejemplar, su valor heroico y su verdadero cariño de padre á esta ciudad, que levantó desde sus cimientos.»

El Municipio de Lima, en 30 de Abril de 1891, considerando de dignidad nacional dar honrosa sepultura á dichos restos, acordó trasladarlos á una capilla de la Catedral, solicitando para ello la licencia correspondiente del Ilmo. Señor Arzobispo y del Cabildo metropolitano. Uno y otro, aplaudiendo la feliz idea del Ayuntamiento, designaron desde luego la capilla de los Reyes, fundando esta elección en la especial circunstancia de estar á ella vinculados grandes recuerdos de la Iglesia peruana. Allí se recibieron por autorización apostólica las informaciones de vida y milagros de la Santa Patrona de Lima, de San Francisco Solano y de los beatos Fr. Juan Macías y Fr. Martín de Porres.

Después del reconocimiento facultativo arriba indicado, fueron colocados los restos en un ataúd forrado de paño negro, con placas plateadas, siendo la parte superior de cristal, para que así pudiese ser visto el cadáver.

Con gran solemnidad, en presencia del Presidente de la República, Cabildo Catedral, Ayuntamiento, Jefes y oficiales del Ejército, Corporaciones científicas y literarias, y con asistencia de D. Emilio de Ojeda, Ministro plenipotenciario de España, fué depositado el ataúd en una urna de mármol y cristales, en cuya base había sido esculpida la inscripción siguiente: «Capitán general D. Francisco Pizarro, fundador de Lima en 18 de Enero de 1535. Muerto en 26 de Junio de 1541. Fueron depositados sus restos en esta urna el 26 de Junio de 1891, por acuerdo del Honorable Concejo provincial de Lima, y por iniciativa del Sr. Alcalde D. Juan Revoredo.»

En este acto pronunciaron elocuentes discursos el Alcalde, el Deán de la Catedral, el Ministro de España y el Presidente de la Comisión organizadora de la ceremonia, Dr. D. Manuel Aurelio Fuentes. «Por la primera vez,—decía el Sr. Ojeda,—desde hace tres siglos y medio, agrúpanse peruanos y españoles en derredor de los manes del ilustre fundador de Lima, confundidos en un mismo profundo sentimiento de gratitud y admiración.» «Ha querido el Concejo,—decía el Sr. Fuentes,—en primer lugar, sentar que se debe á todo trance mantener en un pueblo el constante recuerdo de su origen y de su historia... Ni hijo sin padre; ni pueblo sin fundador.» Y más adelante añadía: «La nación generosa y noble que en otra época mirara á nuestro país como parte componente de sus vastos dominios, no ha desprendido nunca de nosotros su mirada, como no la desprende el padre del hijo que al amparo de la ley se emancipa. Verá por eso gustosa que no renegamos de nuestro origen, y que, no sólo lo proclamamos, sino que aun decimos que es honroso para nosotros tributar hoy justo homenaje al que, sin rehuir sacrificios ni privaciones, puso la primera piedra de la ciudad de Lima y sentó la base, en los países de América, de la verdadera fe y de la civilización del Viejo Mundo.

«Tardío acto de justicia, pero prueba evidente de que la actual Municipalidad de Lima ha tenido en cuenta su deber. Sea el reconocimiento de este vínculo de sangre y de este vínculo histórico un nuevo motivo para que la nación española vea la justicia con que sus antiguos hijos proceden para con la que antaño fué la madre patria.»

España entera, con profunda gratitud y cariño, ha visto, en efecto,—añadiremos nosotros—la noble y generosa conducta de sus hijos peruanos. Pizarro debía ser y ha sido el vínculo común de la fraternidad y la concordia. Como el Cid, ha ganado batallas después de muerto, pero batallas incruentas, las batallas de la paz y del amor, de más fecundos y durables efectos que las batallas de la conquista.