I.
Cómo Lucio Apuleyo fue preso y llevado al teatro público, adonde fue acusado de la muerte de tres hombres.
Otro día de mañana yo desperté y comencé a pensar en lo que había hecho antenoche, y lloraba muy reciamente diciendo:
—¿Qué juez puedo yo hallar que me haya de dar por inocente siendo homicida de tantos hombres? Esta es aquella prosperidad de mi camino que el sabio Diófanes me decía.
Esto y otras cosas diciendo, lloraba mi ventura, cuando entraron los alcaldes y alguaciles en casa, pegaron en mí para llevarme por fuerza, a lo que yo no resistí.
Y yendo yo preso, toda la ciudad me salió a mirar, y volviendo a un lado vi una gran maravilla, y fue que entre tanto pueblo como allí estaba, ninguno había que no rompiese las entrañas de risa. Finalmente, habiéndome llevado por todas las calles públicas, de la manera que purgan la ciudad cuando hay algunas malas señales o agüeros, que traen la víctima o animal que han de sacrificar por las calles y rincones de la ciudad. Después de haberme traído por los rincones de ella, pusiéronme delante de la silla de los jueces, que era un cadalso muy alto donde estaban sentados.
Ya el pregonero de la ciudad pregonaba que todos callasen y tuviesen silencio, cuando todos a una voz dicen que por la muchedumbre de la gente que peligraba por la estrechura y apretamiento del lugar, que este juicio se fuese a juzgar al teatro. Y luego sin más tardanza, todo el pueblo fue corriendo al teatro, que en muy poco espacio fue lleno de gente, de manera que las entradas y tejados todo estaba lleno. Unos estaban abrazados con las columnas, otros colgados de las estatuas, y otros a las ventanas y azoteas medio asomados, tanto, que por la gana que tenían de ver se ponían a peligro de su salud. Entonces lleváronme por medio del teatro los ministros de la justicia como a un carnero que quieren sacrificar, y pusiéronme delante del asiento de los jueces. El pregonero, a grandes voces, comenzó a pregonar al acusador, y luego se levantó un viejo para acusarme, y para el término de la acusación pusiéronme allí un reloj de arena; en cuanto caía la arena por un sutil agujero, el viejo comenzó a hablar al pueblo de esta manera:
—Ciudadanos nobles y honrados, no penséis que se tratan aquí cosas de poca sustancia; mayormente, que toca a la paz y bien común de toda la ciudad y al buen ejemplo; yo soy capitán de la guarda que se hace en la noche, y creo que ninguno habrá que culpe mi diligencia. Andando yo anoche casi a las once horas, con mucha diligencia cercando y rondando la ciudad de puerta en puerta, vi este crudelísimo hombre con una espada en la mano, matando cuantos podía, y tenía a sus pies muertos tres, que aún estaban expirando, llenos de sangre, y él, como me sintió y vio el mal que tenía hecho, metiose en una casa con mucha prisa, y como hacía oscuro, fácilmente se me pudo esconder, mas la providencia de los dioses, que no permiten que los malhechores queden sin castigo, quiso que esta mañana lo hallase y lo prendiese, y lo presentase ante la majestad de vuestro juicio; de manera que aquí tenéis este culpado de tantas muertes, que fue tomado en el delito y es extranjero. Así que, con mucha constancia y severidad, pronunciad la sentencia contra este hombre extraño que mató a tres de vuestros ciudadanos.
De esta manera hablando aquel recio acusador, en fin acabó su razón, y luego el pregonero me dijo si quería responder alguna cosa, a lo que aquel decía que comenzase; pero yo en aquel tiempo ninguna otra cosa podía, salvo llorar, y no tanto por oír aquella cruel acusación, como por ser yo matador. Con todo esto Dios me dio una poca de osadía, con que respondí de esta manera:
—No ignoro yo, señores, cuán recia y ardua cosa sea, estando muertos tres ciudadanos, aquel que es acusado de su muerte (aunque diga verdad confesando el delito), cómo podrá persuadir a tanta muchedumbre de pueblo ser inocente y sin culpa; mas si vuestra humanidad me quiere dar un poco de audiencia pública, fácilmente os mostraré que este peligro en que ahora estoy puesto, no por mi culpa y merecimiento, mas por caso fortuito, con mucha razón que tuve, lo padezco. Porque viniendo anoche un poco tarde de cenar y habiendo bebido, y muy bien, lo cual como crimen verdadero no dejaré de confesar, llegando ante las puertas de mi posada, que es en casa de Milón, vuestro ciudadano, vi unos crudelísimos ladrones que tentaban de entrar en su casa y procuraban arrancar las puertas de sus quicios, determinados ya de matar a los que hallaran dentro de ella, de los cuales ladrones, el principal de ellos, así en cuerpo como en fuerzas, incitaba a los otros con estas palabras: «Ea, mancebos, con esfuerzo salteemos a estos que duermen; apartad toda pereza de vosotros; con las espadas en las manos andemos matando por toda la casa al que halláremos durmiendo, y así, matando a todos, nos iremos en salvo si ninguno dejamos vivo en casa.» Yo, señores, confieso que pensando hacer oficio de buen ciudadano, y también temiendo no robasen a mis huéspedes y a mí, eché mano a mi espada, que para semejantes peligros conmigo traía, y arremetí a ellos por hacerlos huir. Ellos, como hombres bárbaros y crueles, no quisieron, antes aunque me vieron con la espada en la mano, pusiéronse a resistirme con grande pertinacia; el capitán de ellos arremetió conmigo con mucha valentía, y con ambas manos me trabó de los cabellos, y volviéndome atrás la cabeza, quería darme con una piedra, y en tanto que la pedía dile una estocada que luego cayó muerto; a otro que me mordía los pies le di por las espaldas; al tercero, que sin discreción vino contra mí, le di por los pechos, y así los despaché a todos tres. En esta manera hice paz, aseguré la casa de mi huésped y defendí las vidas a todos, y no pensaba que por esto me darían pena, antes me galardonarían, porque hasta hoy no se hallara que en cosa alguna yo haya hecho ni cometido crimen, antes siempre fui tenido en honra, y en mi tierra siempre la virtud antepuse a todos otros provechos y utilidades, ni puedo hallar qué razón haya para acusarme de tan justa venganza como fue la que hice contra unos ladrones tan malignos, mayormente, que no se podría mostrar que yo tuviese enemistad con ellos antes de ahora, ni que yo los conociese ni hubiese visto.
Habiendo hablado de esta manera, con las manos alzadas y los ojos llenos de lágrimas, a todos pedía la debida misericordia.
Y como creyese que ya todos estaban conmovidos, habiendo mancillado mis lágrimas, alcé un poco la cabeza, y veo que todo el pueblo quería reventar de risa, y también mi huésped Milón, que se deshacía riendo.
Cuando yo esto vi, dije entre mí: «¡Mirad qué fe y qué proximidad; yo, por la defensa de mi huésped, soy acusado de homicidio, y él, en pago de esto, está riéndose de mí!»