I.

El arcediano de Sevilla Diego López de Cortegana, escribía a fines del siglo XV, al frente de su traducción de El asno de oro, las siguientes noticias biográficas del autor de esta novela latina:

«Lucio Apuleyo, de noble linaje y en su secta platónica, fue natural de la ciudad de Orán, en África, que en aquel tiempo era colonia y población de los romanos, la cual está asentada en los fines de Numidia y Getulia, de donde el mismo Apuleyo confiesa ser; y asimismo Platónico le llama Sidonio de Orán.

»Su padre se llamaba Teseo, de los principales de la ciudad, y la madre había nombre Salvia, dueña de mucha virtud; su linaje es muy noble, pues desciende de aquel Plutarco Queronense, y de Sexto, filósofo.

»La mujer de Apuleyo se llamaba Pudentila, adornada de todas las virtudes y hermosura.

ȃl era de buena estatura, los ojos verdes y el cabello rubio.

»Floreció en la ciudad de Cartago, teniendo por cónsules Juliano Abito y Claudio Máximo, adonde él, en su mocedad, se empleó en todas las artes liberales, y se aprovechó de la doctrina de los maestros cartagineses, de donde, no sin causa, él se alaba de ser criado en la ciudad insigne de Cartago, a la cual llama venerable maestra de África.

»Y también estuvo en la ciudad de Atenas, de donde en aquel tiempo se sacaban los ríos de todas las ciencias, de donde él bebió gran parte; conviene a saber: la afición de la poesía y la política, geometría, y la dulce música, la austeridad de la dialéctica y el manjar real de la filosofía, en tal manera, que con su continuo estudio alcanzó las nueve ciencias liberales.

»Después vino a Roma, adonde fue tan dado a la ciencia de la lengua latina, que llegó a la cumbre de la facundia romana, en tal manera, que él fue habido por muy elocuente. Aquí fue ordenado y juntado en el número de los sacerdotes principales de Osiris, el cual se llama el Colegio Sacrosanto, adonde por mandado de aquel ídolo, que por Dios adoraban, él tomó cargo de abogar por los pobres.

»Escribió algunos tratados y libros, no menos doctos que elocuentes, de los cuales, los que han parecido, son cuatro libros que se llamaban floridos, en los cuales su florida facundia y olorosa doctrina bien se mostró. Asimismo la oración copiosísima por la cual se defiende contra sus enemigos que le imponían que era mágico, con tanta fuerza y vehemencia de doctrina y elocuencia, que parece que a sí mismo se vence.

»Escribió también un libro del Demonio de Sócrates, cuya autoridad alega el bienaventurado San Agustín, en la definición de los demonios y en la descripción de los hombres.

»Asimismo escribió dos libros de la enseñanza de Platón, donde recoligió breve y doctamente lo que Platón escribió en diversos libros.

»Escribió un libro de cosmografía, adonde no poco se contiene de los meteoros de Aristóteles, y el diálogo de Trismegisto y estos once libros de El asno de oro, con tanta hermosura y elegancia y diversidad de materias, que no hay cosa que se pueda decir más hermosa y elegante, ni más florida, en tal manera, que con mucha razón se puede llamar Asno de oro, por el estilo, cubierto de oro, y la hermosura de su decir.

»Y porque en semejantes libros se acostumbra querer saber la intención del que los escribió, y por qué les puso tal nombre, para esto es de saber que Apuleyo imitó en el argumento de esta su obra a Luciano, filósofo griego; pero en este envolvimiento y oscuridad de transformación, parece que quiso notar la natura de los hombres y sus costumbres malas, porque entendamos que nos tornamos de hombres en asnos cuando, como brutos animales, seguimos tras los deleites y vicios carnales con una asnal torpeza, y que no reluce en nosotros una centella de razón y virtud. Y en esta manera el hombre, según que enseña Orígenes en sus libros, es hecho como caballo y mulo; y así se transmuda el cuerpo humano en cuerpo de bestia. Demás de esto, la reformación de asno en hombre significa que, vencidos los vicios y quitados los deleites corporales, resucita la razón, y el hombre de dentro, que es verdadero hombre, salido de aquella cárcel y cieno del pecado, mediante la virtud y religión, torna a la clara y luciente vida, en tal manera, que podemos decir que los mancebos poseídos de los deleites se tornan en asnos, y después, cuando son más ancianos, mirando con claros ojos la virtud, la abrazan, y entonces, apartando de si la figura de bestia, tornan a recibir la de hombre.

»Porque (según dice Platón) entonces ven los hombres las cosas perfectamente, cuando los dejan sus concupiscencias. Y Próculo dice que en esta vida hay muchos lobos, puercos, y otras muchas formas de bestias. De lo cual no nos maravillemos, pues que en esta ínsula vive aquella falsa Circe, que transforma los hombres en puercos. Y esto es, cuando nuestro entendimiento es tan terreno que tiene la voluntad embriagada en los vicios del mundo; entonces nos tornamos bestias, hasta que gustamos las rosas, esto es, la ciencia, que alumbra la razón, cuyo olor suavísimo gustado, se torna en humana forma y razonable entendimiento, apartada de sí la gruesa cobertura de las cosas terrenales. Y cierto que muy pocos hombres se hallan que, estando revueltos en los vicios corporales, vivan templadamente y sin perturbación alguna.

»También se puede referir esta materia de transmutación a los muchos trabajos y muchas variedades de la vida humana, en los cuales el hombre casi cada día se transmuta. Y porque estas prefaciones nos enseñan el argumento de la materia propuesta, dejaré de más alargarme en esto y en la vida de Lucio Apuleyo.

»Suplico a los lectores, que de estas historias se avisen para bien vivir.»

Hasta aquí lo que Cortegana escribió de Apuleyo, y pocos detalles pueden añadirse a esta biografía, por no citarle los autores contemporáneos, y sí solo los Padres de la Iglesia para combatir sus doctrinas filosóficas.

Se sabe que nació en el año 114 de J. C., cuando ocupaba el trono imperial Trajano; que su padre era duunviro en la pequeña población de Mandaura (hoy Orán), es decir, el primer magistrado de la ciudad, y su madre sobrina de Plutarco.

De sus primeros años ninguna noticia ha llegado a nosotros, si no es la de que profesaba grandísima afición a las letras y a las bellas artes, afición que aumentó con la edad; que joven abandonó su patria, recorrió Egipto y Grecia y se detuvo en Italia; que estudió las doctrinas de los neoplatónicos y asistió a las escuelas de los sofistas de Atenas, como también a las de los retóricos de Roma, enamorándose de la elocuencia declamatoria tan en boga en su época, elocuencia que se aplicaba a todos los asuntos y a la exposición de todas las ciencias; que agotado su patrimonio, no por ello se desalentó, llegando a vender hasta sus propios vestidos; que aprendió solo la lengua latina y estudió el derecho y la retórica.

Estos datos y los demás que hay de la vida de este escritor, en su mayor número están tomados de la defensa que de él hizo cuando los parientes de su mujer, Pudentila, le acusaron de practicar la magia.

Apuleyo volvió a África en el año 148, cuando ya gozaba de gran reputación, y los cartagineses le acogieron con entusiasmo. Fijó su residencia en Cartago, y al poco tiempo le hicieron célebre sus discursos.

En su Apología, que es la antes citada defensa contra la acusación de los parientes de su esposa, habla del entusiasmo que inspiraba, de las estatuas que le dedicaron y de la influencia que gozaba en el Senado y entre los magnates. Recuerda con énfasis la variedad de sus aptitudes y su admirable facilidad de palabra, que le proporcionaron tantos rivales y acaso tantos enemigos.

Estos aprovecharon el casamiento de Apuleyo con una viuda rica, Pudentila, acusándole de haber empleado artes de magia para hacerse amar de una mujer que era de bastante más edad que él, y Pontiano, hijo de Pudentila, le citó ante el tribunal del procónsul Claudio Máximo, donde Apuleyo pronunció su Apología, inspirándole la defensa de su honor y acaso de su vida, rasgos de grande elocuencia.

Fue absuelto, pero le quedó el apodo de mágico.

No se conocen más detalles de la vida de Apuleyo. Sábese únicamente que murió en el reinado de Antonino, el año 184 de J. C.

Deseoso Apuleyo de que sus obras llegaran a la posteridad, dejó coleccionadas las flores de su elocuencia, panegíricos en verso y prosa, novelas, himnos en honor de los héroes y diversos tratados de filosofía; pero perdidas muchas de estas obras, y entre ellas todas las poéticas, solo han llegado a nosotros su Metamorfosis, o como vulgarmente se la llama, El asno de oro, los fragmentos de sus discursos y arengas, llamados Las floridas, su Apología y dos tratados sobre las opiniones del Pórtico y de la Academia, la filosofía de Sócrates y la de Platón.

Durante largo tiempo solo fue conocido de Apuleyo El asno de oro, y aun hoy día es esta obra la que mantiene su fama.

«El asno de oro, dice Schœll en su historia de la literatura latina, es una novela satírica en la cual se burla Apuleyo con mucho ingenio y originalidad de las ridiculeces y vicios que dominaban en su siglo, de la general superstición, de la inclinación a lo maravilloso y a la magia, de la trapacería de los sacerdotes del paganismo y de la mala policía en el Imperio romano, que permitía a los ladrones ejecutar impunemente toda clase de fechorías.

»El héroe de la novela, cuya curiosidad y lubricidad son castigadas al ser convertido en asno, corre aventuras que le ponen en relación con diversas clases de individuos, y le dan a conocer lo que pasa en el interior de las casas y en las sociedades más secretas. Las abominaciones cubiertas con el velo de sagrados misterios, están pintadas con vivos colores. Termina la novela con una bella descripción de los misterios de Isis, en los cuales es iniciado el héroe, depurando con ellos sus debilidades y regenerándose.»