I.
Cómo Lucio Apuleyo, deseando saber arte mágica, se fue a la provincia de Tesalia, y en el camino se juntó con dos compañeros, los cuales iban contando admirables acaecimientos de hechiceras.
Yendo yo a Tesalia (que de allí era mi linaje por parte de mi madre, de aquel noble Plutarco, y Sexto su sobrino), después de haber pasado por sierras y valles, deleitosos prados llenos de hierbas y campos arados, ya mi caballo iba rendido, y así por esto, como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de venir caballero, salté de él en tierra y comencé a caminar muy poco a poco, llevándolo por delante. De esta manera alcancé dos compañeros que iban allí cerca, y escuché lo que hablaban.
El uno de ellos, con una risa, dijo:
—Calla ya; no digas esas palabras mentirosas.
Como esto le oí, deseando saber cosas nuevas, dije:
—Señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, porque huelgo mucho de oír cosas tales, y también porque subiendo esta tan áspera cuesta, el hablar nos alivie parte del trabajo.
Entonces, aquel que había comenzado la plática primera, nos dijo:
—Por cierto no es más verdad esta mentira, que si alguno dijese que con arte mágica se vuelven atrás los caudalosos ríos, que la mar se cuaja, que los aires no se mueven, que el sol está fijo en el cielo, que despuma en las hierbas la luna, que se arrancan del cielo las estrellas, que se quita el día y la noche se detiene.
Yo entonces, con un poco más de osadía, dije:
—Oyes, tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proseguir adelante.
Asimismo dije al otro:
—Paréceme que tú, con grueso entendimiento y rudo corazón, menosprecias lo que por ventura es verdad, y no sabes que muchas cosas juzgan los hombres por mentira, o porque nunca fueron vistas, o porque ellas parecen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si bien se mirasen y contemplasen, no solamente serían claras de hallar, pero aun fáciles de hacer. Porque yendo yo un día a Atenas, y llegando a la puerta grande que llamaban Decile, vi un hombre de estos que hacen juegos de manos, que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le dieron, tomó una lanza por el hierro y metiósela por la barriga; de manera que el hierro que entró por la ingle le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y en la punta de él apareció un niño volteando y danzando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos y nudoso, con una serpiente volteando encima. Así que, tú que comenzaste a hablar, torna lo comenzado, que yo solo te creeré, y demás de esto te prometo que en el primer mesón en que entremos te convidaré a comer conmigo, y esta será la paga de tu trabajo.
Él respondió:
—Pláceme aceptar lo que dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado, y primero, te juro por el sol, te he de contar cosas que así han pasado, porque no dudes que cierto por mí pasaron, aunque me pesó, y en esta ciudad que aquí cerca está, es cosa muy sabida y manifiesta. Y porque sepáis quién soy, de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina y ando por estas provincias de Tesalia, Etolia y Beocia, de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros, y como oyese decir que en la ciudad de Hipata (la cual es la más principal de Tesalia) hubiese buen queso, de buen sabor y provechoso para vender, corrí luego allá para comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me sucedió como esperaba, porque otro día antes había venido otro negociador que se llamaba Lobo, y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino, fuime hacia el baño y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra medio vestido, con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía tal como aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y compañero, con todo esto dudé si le conocía, y llegándome a él, dije:
—¡Oh mi Sócrates! ¿Qué es esto? ¿Qué gesto es ese? ¿Qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado; ya a tus hijos han dado tutores los alcaldes. Tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, es importunada por sus parientes que se case, y tú estás aquí como estatua del diablo con nuestra injuria y deshonra.
Él entonces me respondió:
—¡Oh Aristómenes, no sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos!
Y diciendo esto, con su falda rota se cubrió la cara de manera que se descubrió desde el ombligo abajo.
Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él porque se levantase, y él así con la cara cubierta, me dijo:
—Déjame use la fortuna conmigo de su triunfo y siga lo que comenzó.
Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente se la vestí, aunque mejor diría que lo cubrí, e hícelo ir a lavar al baño, y dile todo lo que fue menester para untarse y limpiar la mucha suciedad que tenía. Después de bien curado llevelo al mesón e hícelo asentar a la mesa y comer a su placer, amanselo con el comer, alegrelo con el beber, de manera que ya estaba inclinado a hablar en cosas de juego y placer, para conversar como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro, y con la mano derecha se dio un gran golpe en la cara, diciendo:
—¡Oh mezquino de mí! que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me placía, caí en estas miserias, porque, como tú bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí con mi dinero, un poco antes que llegase a la ciudad de Larisa, pasando por un valle muy grande lleno de espesa arboleda, hay unas grandes decendidas; allí me cercaron los ladrones y me robaron cuanto traía, y yo escapé medio muerto; víneme a la ciudad y posé en casa de una vieja tabernera llamada Meroes, mujer sabia y parlera, a la cual conté lo que me acaeció en el camino y la gana y ansia que tenía por volver a mi casa, contándole mis penas con mucha fatiga y miseria; ella me empezó a tratar humanamente y diome a cenar muy bien y de balde, y así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama. Yo, mezquino luego, como llegué a ella una vez, se me pegó tanta enfermedad y vejez, que por huir su conversación todo cuanto tenía le di, hasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas de las cosas que había ganado. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajeron a este gesto que poco antes me viste.
Yo le respondí:
—Por cierto, tú eres merecedor de cualquier mal que te viniese, pues que una mala mujer, y un vicio carnal tan sucio, te hizo olvidar de tu casa, mujer e hijos.
Sócrates entonces, poniendo el dedo en la boca, mirando en derredor a ver si era lugar seguro para hablar, dijo:
—Calla, calla, no digas mal contra esta mujer que es maga, por ventura no recibas algún daño por tu lengua.
A lo cual yo le respondí:
—¿Cómo es eso de esa tabernera, y tanto puede? ¿Qué mujer es?
Él respondió:
—Es muy astuta hechicera, que puede más que los diablos, y los manda a zapatazos; hará temblar la tierra, y cuajar las aguas, deshacer los montes, oscurecer las estrellas, conjurar los muertos, resistir a los dioses.
Cuando le oí decir estas cosas, le dije:
—Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta, hablemos en cosas comunes.
Sócrates dijo:
—¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Pues has de saber que ella hace que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente aquí los naturales, pero aun los que están muy lejos, aunque sea en el cabo del mundo. Oye ahora lo que en presencia de muchos osó hacer a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer: con una sola palabra lo convirtió en un animal que llaman castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado por los cazadores, córtase su natura porque lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, lo tornó en aquella bestia. Asimismo, a otro su vecino tabernero que le quería mal, convirtió en rana; y ahora el mezquino viejo andaba nadando en la tinaja del vino, y escondiéndose debajo las heces; canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero; y así en esta forma procura ahora los pleitos. Esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria, le hizo tal hechizo, que quedó con la barriga muy grande, como preñada, y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina crece el vientre, como preñez de elefante. La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que determinaron de apedrearla; pero con sus encantamentos, ella supo lo que estaba ordenado, y como aquella Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa, y su hija, y al mismo rey, quemó en vivas llamas, así esta, con sus imprecaciones infernales, que dentro de un sepulcro hizo (según que la beoda me contó), a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras ni abrir las puertas, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no tocarle ni hacer mal alguno, antes de darle todo favor y ayuda. De esta manera amansada, desligó toda la ciudad; pero al autor de este escándalo, con su casa entera, y sus cimientos, a media noche la llevó a otra ciudad cien millas de allí; y porque en la ciudad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad, la puso en el arrabal, y allí la dejó.
Cuando yo le oí esto, díjele:
—Por cierto, mi Sócrates, tú dices cosas muy espantables y crueles, y sin duda que en gran miedo me has puesto. Y porque esta vieja (usando de su encantamento) habrá entendido nuestra plática, vámonos a dormir, y muy de mañana huyamos de aquí lo más lejos que pudiéremos.