IV.
Cómo vinieron los ladrones de robar, y lo que acaeció a Lucio
y a la doncella.
Muy de prisa entraron los ladrones en su cueva, diciendo que habían peleado muy fuertemente. Y dejando en casa algunos de los heridos para que se curasen, los más esforzados, comiendo de prisa unos bocados, sacaron del establo a mí y a mis compañeros y lleváronnos a una cueva lejos de allí y cerca de un pueblo, a donde nos cargaron de muchas cosas, y luego a gran prisa nos hicieron caminar con tantos palos y rempujones, que me hicieron caer, y para levantarme me dieron tantos golpes, que me lisiaron en un pie, que como yo iba cojeando, uno de aquellos ladrones dijo:
—¿Hasta cuándo hemos de mantener de balde a este asnillo cansado y ahora cojo?
A esto respondió otro:
—Después que este entró en nuestro poder, siempre anduvo de mal en peor. ¡Oh! yo os prometo que cuando llevare estas cargas, lo hemos de despeñar.
Como yo esto oí, con el miedo hice alas de los pies, caminando cuanto podía. Cuando llegamos, luego prestamente nos quitaron de encima lo que llevábamos, y no curando de nuestra salud ni tampoco de mi muerte, llamaron a sus compañeros que habían quedado en casa heridos, y, según lo que ellos decían, era para contarles el enojo que habían habido de nuestra tardanza.
En todo esto no tenía yo poco miedo a la muerte de que me habían amenazado, y, pensando en ella, decía entre mí de esta manera:
—¿En qué estás, Lucio? ¿qué cosa más extrema puedes esperar? Esta muerte muy cruel te está aparejada por deliberación y acuerdo de estos ladrones, y en el cierto peligro, poco aprovecha el esfuerzo. Ya ves estos riscos y peñas muy agudas; a cualquier parte que cayeres por ellas, te desmembrarán y harán pedazos, porque el arte mágica que tú andabas a buscar no te dio tan solamente la cara y las fatigas y trabajos de asno, mas aun cercote de un cuero grueso como de asno. Pues que así es, ¿por qué no te esfuerzas, y en tanto que puedes aconsejas a tu salud? Ahora tienes muy buena oportunidad para huir, en tanto que los ladrones no están en casa. ¿Has de temer, por ventura, la guarda de una vieja medio muerta, la cual puedes matar con una coz de tu pie cojo? Pero ¿hacia dónde podré huir, o quién me acogerá en su casa? Este pensamiento, ciertamente me parece necio y de asno, porque, ¿qué caminante me hallará en el camino que no cabalgue encima de mí y me lleve consigo?
Diciendo esto, con muy alegre esfuerzo quebré el cabestro con que estaba atado, y eché a correr cuanto más presto pude, por huir los ojos de milano de aquella falsa vieja, la cual, como me vio suelto, tomando un grande ánimo y esfuerzo, más que la edad y condición le podían dar, arrebatome por el cabestro y porfiome a quererme tornar por fuerza al establo; pero yo, recordándome del propósito mortal de aquellos ladrones, no me moví a piedad alguna; antes, alzando los pies, le di un par de coces en aquellos pechos, que di con ella en tierra.
La vieja, como quiera que estaba en tierra, todavía me tenía fuertemente por el cabestro; de manera que, aunque yo corría, la llevaba arrastrando, la cual luego comenzó con grandes voces y gritos a pedir ayuda de otra más fuerza que la suya. Pero en balde hallaba ayuda con sus voces, porque nadie había que le pudiese socorrer, salvo aquella doncella que allí estaba presa, la cual, a las voces que la vieja daba, salió y vio un aparato para reír; conviene saber: la vejezuela trabada, no de un toro, mas de un asno; y como aquello vio, tomada en fin fuerza y ánimo de varón, osó hacer una hazaña maravillosa. Primeramente trabome del cabestro, y con palabras de halagos comenzome a detener un poco, y luego saltó encima de mí. Desde que se vio encima incitábame a que corriese, y yo, por la gana que tenía de huir, como por librar a aquella doncella, corría como un caballo, y aun tentaba de responder a las palabras que la delicada doncella decía, y muchas veces, fingiendo quererme rascar en el espinazo, volvía la cabeza y besaba los hermosos pies de la moza.
Entonces ella, suspirando, decía:
—¡Oh soberanos dioses, dad ayuda y favor a mis extremos peligros, y tú, cruel fortuna, deja ya de perseguirme! Y tú, asno, remedio de mi libertad, si me llevares en salvo a mi casa, y me tornares a mis padres y hermoso marido, cuántas gracias te daré y de cuántas comidas te hartaré. Esas tus crines muy bien peinadas, te adornaré las cerdas de tu cola, que por negligencia están revueltas, con mucho cuidado las puliré y ataviaré. Tú serás comparado a los antiguos milagros, porque por tu ejemplo creeremos que Frixo pasó la mar encima de un carnero, y Arión escapó encima de un delfín, y Europa huyó encima de un toro; porque si fue verdad que Júpiter se transfiguró en buey, bien puede ser que este mi asno esconda la figura de algún hombre y la imagen de algún dios.
Entretanto que la hermosa doncella esto decía, llegamos adonde se apartaban tres caminos. Cuando allí llegamos, ella, tirándome del cabestro con toda cuanta fuerza podía, tiraba y porfiaba de enderezarme por el camino de a mano derecha, porque aquella era la vía para ir a casa de sus padres. Mas yo, sabiendo que aquellos ladrones habían ido por allí a hacer otros robos, resistíale fuertemente, y entre mí decía de esta manera:
—¿Qué haces, moza desventurada? ¿Por qué quieres perder a ti y a mí? ¿No sabes que este es el camino de los ladrones?
Estando nosotros altercando cada uno en su porfía, contendiendo sobre el camino que habíamos de tomar, he aquí que los ladrones, cargados de lo que habían robado, nos tomaron a manos, y como con la claridad de la luna nos conocieron un poco de lejos, con una risa falsa y cruel nos comenzaron a saludar, y el uno de ellos dijo de esta manera:
—¿Hacia dónde tan de prisa trasnocháis este camino, que no teméis las brujas y fantasmas de la soledad de la noche; y tú, muy buena doncella, das mucha prisa en ir a ver a tus padres? Pues que así es, nosotros socorreremos a tu soledad, y te mostraremos el camino bien ancho para ir a tus padres.
Y sirviéndola con las palabras y no con el hecho, echó mano del cabestro y tornome para atrás, dándome buenos palos y guinchones con un palo nudoso que traía en la mano.
Entonces yo, contra mi voluntad tornado a la muerte que me estaba aparejada, acordeme del dolor de la uña, y comencé cabeceando a cojear; pero aquel que me tornó para atrás, dijo:
—¿Y cómo tú otra vez vas titubeando y vacilando, y estos tus pies podridos pueden huir y no saben andar, y ahora poco ha vencías la celeridad de Pegaso, aquel caballo que volaba?
En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta manera, sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de su casa, cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una soga de la rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, y así, con su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, y entrando en casa, después que hubieron atado la doncella con sus cordeles, dieron en la cena que la desventurada vieja en su última diligencia había aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron diferentes las sentencias que cada uno daba.
El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar viva aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras; el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la muerte le estaba aparejada.
Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras agradables comenzó a hablar de esta manera:
—No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre de cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte que hace días ha merecido, y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes penas, así del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y los bocados que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores dolores y fatigas.
Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer y sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa podía hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?