IV.
Lucio recuenta grandes trabajos que padeció por causa de venir a poder y manos de un mal rapaz.
Ya que pasaron muchos días después, me buscó otro mayor engaño. Vendió la carga de leña que yo traía en una casa de aquella aldea, y tornome vacío a casa, dando voces que no podía ya su fuerza bastar a mi maldad, y que él no quería más servir en este miserable oficio, y las quejas que inventaba contra mí, eran de esta manera:
—Vosotros veis este perezoso tardón y grande asno, además de otras maldades que cada día me hace, ahora me fatiga con menos peligros: como ve por ese camino a algún caminante, ahora sea mujer vieja, ahora moza doncella para casar, o muchacho de tierna edad, luego, echada la carga en el suelo, y aun algunas veces la albarda y cuanto trae encima, con mucha furia corre, como enamorado de personas humanas, y echados por aquel suelo, prueba de hacer con ellos lo que es contra natura, y aun muérdelos con su boca sucia, que parece que los quiere besar, lo cual nos es causa de muchas lites y cuestiones, y aun quizá algún día nos traerá a mayor daño. Que ahora halló en el camino una moza honesta y hermosa, y como la vio, echada por el suelo la carga de leña que traía, arremetió a ella con ímpetu furioso, y el gentil enamorado derribó a la mujer por el suelo, y trabajaba cuanto podía por dormir con ella, en tal manera, que si no acudieran unos labradores y se la quitaran de entre las manos, cierto él hiciera mal, a pesar de la moza, y la matara, y a nosotros diera harto trabajo y mala ventura.
Con estas tan falsas mentiras, que mucho me atormentaban, incitó cruel y fieramente los ánimos de los pastores para destrucción mía. Finalmente, que uno de ellos dijo:
—Pues si así es, ¿por qué no sacrificamos este marido público y adúltero común de todos, así como lo merecen sus bodas contra natura? Y tú, mozo, ¿oyes? Mátalo luego y echa las entrañas y asadura a nuestros perros, y la otra carne se salará para que la coman los gañanes, y el cuero llevaremos a nuestro amo, y con él haremos pago, diciendo que le mató un lobo.
Cuando esto oyó aquel mortal enemigo y acusador mío, estaba muy alegre, por ser ejecutor de la sentencia de los pastores, y procurando siempre mi mal, recordándose de aquellas coces que le había dado, comenzó luego a aguzar el cuchillo en una piedra. Entonces, uno de la compañía de aquellos labradores, dijo:
—Grande mal es que matemos de esta manera un asno tan hermoso como este y que por lujuria de amores de personas humanas él sea acusado, y carezcamos de su buen trabajo y servicio tan necesario, cuanto más, quitándole los compañones, nunca será más celoso ni se alzará para hacer mala cosa; a nosotros quitaremos de peligro, y él se hará más hermoso y grueso; porque yo he visto muchos, no solamente de estos asnos perezosos, mas caballos muy fieros que eran celosos en gran manera, y por aquella causa, bravos y crueles, y haciéndoles este remedio de castrarlos, se tornaban muy mansos sin ninguna furia; y por esto no eran menos hábiles para traer la carga y hacer todo lo otro que era menester. Si todo esto que os digo creéis, y os parece bien, de aquí un poco de rato yo he acordado de ir a este mercado que aquí cerca se hace, y tomadas de casa las herramientas que son menester para hacer esta cura, tornaré a vosotros muy presto, y castrado este enamorado, cruel y bravo, yo entiendo tornarlo más manso que un cordero.
Con esta sentencia yo fui revocado de las manos de la muerte, pero como quedé desde entonces reservado para aquella pena, yo lloraba y gemía, viendo que era ya muerto en la última parte de mi cuerpo. Finalmente, yo deliberaba de dejarme morir de hambre, o de matarme, echándome de unos riscos abajo, porque aunque hubiese luego de morir, muriese entero.
Entretanto que yo tardaba en pensar y elegir cuál de estas muertes tomaría, a la mañana, aquel malvado mozo que me quería matar, me llevó a aquel monte donde solíamos traer leña, y allí atome muy bien del ramo de una grande encina; yo muy bien atado, él se fue un poco adelante con su hacha, para cortar la leña que había de llevar, cuando de una grande cueva que allí estaba salió una osa espantable, alzada, la cual como yo vi con su vista repentina, muy espantado y temeroso, colgué todo el peso del cuerpo sobre las corvas de los pies, la cerviz alta tiré cuanto pude. De manera que quebré el cabestro con que estaba atado, y eché a huir cuanto pude por allí abajo; no solamente corría con los pies, más con todo el cuerpo; medio tropezando salí por esos campos llanos, huyendo con grandísimo ímpetu de aquella grande osa, y del bellaco del mozo, que era peor que la osa.
Entonces un caminante que por allí pasaba, como me vio vagabundo y solitario, cabalgó encima de mí, y con un palo que traía en la mano comenzome a echar y guiar por otro camino que yo no sabía. Pero yo no iba contra mi voluntad, antes caminaba lo más que podía, por alejarme de aquella cruel carnicería de mis compañones, y tampoco me curaba mucho porque aquel me daba con el palo; porque yo estaba acostumbrado, que cada día me desollaban a palos; mas aquella fortuna cruel que siempre me fue contraria, no permitió que esto fuese adelante, antes ordenó otra cosa.
Aquellos mis pastores andaban a buscar una vaquilla que se les había perdido, y habiendo atravesado y andado por muchas partes, acaso encontraron con nosotros, y luego, como me conocieron, tomáronme por el cabestro, y comenzáronme a llevar; pero aquel otro resistía con mucha osadía, llamando ayuda y protestando la fe de los hombres, y el señorío que en mí tenía, diciendo:
—¿Por qué me robáis lo mío? ¿Por qué me salteáis?
Ellos dijeron:
—Tú dices que te tratamos descortésmente, llevando como llevas nuestro asno hurtado. Antes has de decir dónde escondiste el mozo que traía el asno, el cual tú mataste.
Y diciendo esto, dieron con él en tierra, y sacudiéronle muy bien de coces y puñadas, y él juraba que nunca había visto quién trajese el asno, mas que lo cierto era que él lo había hallado suelto y solo por ese camino, y que lo había tomado por ganar el hallazgo; pero que la verdad era que él tenía pensamiento de restituirlo a su dueño, y que pluguiese a Dios que este asno pudiera hablar, para que declarara y diera testimonio de su inocencia, porque cierto a ellos les pesara de la injuria que le habían hecho.
De esta manera, porfiando y defendiendo su causa, ninguna cosa le aprovechaba, porque los pastores, enojados, le echaron las manos al pescuezo, y así lo tornaron hasta aquel cerro donde el mozo acostumbraba hacer leña, el cual nunca pareció en todo aquel monte; pero al cabo hallaron su cuerpo desmembrado y despedazado, derramado por muchas partes, lo que yo entendía ser hecho por los dientes de la osa, y cierto yo dijera lo que sabía, si el hablar me ayudara.
Los pastores cogieron todos aquellos pedazos del cuerpo, y con mucha ansia los enterraron allí.
De esta manera, culpando a mi nuevo guiador, diciendo que era cruel, ladrón y matador, llevándolo bien preso y atado, tornáronle a sus casas y chozas, diciendo que al otro día siguiente lo llevasen ante los alcaldes para que le diesen la pena que merecía.
Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su hijo, he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al cual no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban dijo:
—No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos.
En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro día.
Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos, siendo muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo esto, nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque la madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos, aullando y gritando, y de esta manera lanzose en mi establo, adonde, abofeteándose la cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta manera:
—Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió.
Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente, porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la mano.
Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles, que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio, en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor.