IV.

Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a Roma donde fue ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el colegio de los sacerdotes de la diosa Isis.

Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con doce vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo hablar sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos que estaban presentes lo vieron.

Estaba en medio del templo sagrado, delante la imagen de la diosa, hecho un cadalso de madera, encima del cual yo estaba muy adornado de una vestidura, que era blanca de lino, pero de diversas flores pintada, que me colgaba de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era tan rica y preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de diversos colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una parte había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que nacen y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de aves. A esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica.

En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y quedé descubierto en presencia de todo el pueblo.

Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión, hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la solemnidad y perfección de mi entrada.

Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo prendado de tan grande beneficio.

Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi posibilidad, aunque no tan por entero como era razón, las gracias del beneficio y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con gran pena rotas las áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque tardía) para tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara ante sus pies, y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con grandes sollozos y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi oración a la diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de su pescuezo, dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía remunerar ni agradecerle tantos beneficios como de él había recibido.

Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las gracias y ofrecimientos, nos partimos.

Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a la casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto.

De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina Isis, llamado Campense.

He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y me faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual era que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de la reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del padre de todos los dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas y estaban juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la profesión.

Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un sacerdote de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella religión. Este sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta señal, andaba poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que, quitada toda oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego de mañana, acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a cada uno, quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi uno de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo andaba hecho asno.

Visto esto, fuile luego a hablar, pero él no estaba incierto de lo que yo le decía, que ya había sido avisado por semejante orden como me había de administrar y admitir en estas cosas de sus sacrificios y religión, porque en sueños había oído la noche pasada al gran Osiris, estándole ataviando la corona, por su propia boca, con la cual dice y declara las venturas de cada uno, cómo le era enviado un hombre de Orán, virtuoso, al cual él luego recibiese a sus sacrificios.

En esta manera, estando yo destinado para entrar en la religión, estaba impedido contra mi voluntad por la pobreza, por no tener para cumplir lo que era necesario para la costa, porque los grandes gastos de mi larga peregrinación habían consumido las fuerzas del patrimonio, y también los gastos que había de hacer en Roma precedían y eran mayores que los que se habían hecho en Acaya, donde tomé el hábito. Así que, con la pobreza y necesidad que tenía, estaba en mucha fatiga puesto, como dice el proverbio, «entre el cuchillo y la piedra»; demás de lo cual ya era amonestado que vendiese las alhajas y ropa que tenía, aunque poca, lo que luego hice, con que hice alguna suma de dineros. Así que, ya aparejadas abundantemente todas las cosas que eran menester, otra vez torné a ayunar tres días, contentándome con manjares de hierbas y no comer otra alguna cosa.

Demás de esto, siendo amonestado por las nocturnas fantasmas de Osiris, estaba ya muy satisfecho para entrar en su religión, por ser hermano de la gran reina Isis, y por esto yo frecuentaba su servicio, lo cual daba gran descanso y placer a mi larga peregrinación y trabajo; no menos me ayudaba, y daba abundantemente lo necesario a mi vivir, el oficio de abogar causas, que con el favor de mi buena dicha yo ejercitaba y tenía, en que yo era muy diligente y harto solícito. He aquí que después, a poquito tiempo, no pensándolo yo, otra vez fui amonestado por mandamientos de los dioses, para que tercera vez me ordenase en su religión, lo cual no poco cuidado y pena me dio, y con gran congoja y pena de mi corazón pensaba qué cosa podría ser esta nueva y no oída intención de los dioses, qué quería decir, o a dónde se enderezaba, o qué faltaba a la profesión y entrada que ya dos veces había hecho.

Estando yo en este pensamiento como hombre sin seso, me apareció en sueños una persona que mansamente me instruyó, y dijo de esta manera:

—No hay causa de que te puedas espantar, porque sabe que por tu bien te mandan ordenar tercera vez, que es cosa que a nadie se permitió, y mira bien que te pertenece morar en Roma, en el templo de la diosa Isis, con el hábito y vestiduras de su religión, que tomaste en la provincia de Acaya; y no puedes en los días solemnes suplicar ni hacer cosa alguna sin este felice y glorioso hábito, lo cual, porque para ti sea dichoso y de buenaventura, recíbelo otra vez con ánimo gozoso y placentero, pues lo mandan y son autores de ello los dioses grandes y soberanos.

Hasta aquí, de la manera que he contado, me persuadió la revelación de la profesión, diciéndome todo lo que era menester para mi entrada. En adelante no dilaté ni olvidé el negocio, antes luego me fui al sacerdote principal, y dichas todas las cosas que había visto, me puse a la obediencia y yugo de la castidad, y abstinencia de comer cosas de sangre; y por la ley perpetua de aquellos diez días, yo de propia gana multipliqué otros más adelante. De manera que largamente aparejé todo lo que era menester para mi profesión y entrada, porque muchas cosas de aquellas me fueron dadas más por virtud y piedad de algunos, que por precio de dineros, aunque a mí no me pesaba del trabajo ni del gasto, pues que liberalmente la providencia de los dioses me había proveído en los negocios y causas de mi abogar.

Finalmente, después, a bien pocos días, el dios principal, Osiris, me apareció en sueños, mandándome que sin alguna tardanza tomase cargo de patrocinar y ayudar en las causas y pleitos de los que poco pueden, y no temiese las envidias y murmuraciones de los que mal me querían, las cuales allí se causaban y divulgaban por la doctrina y trabajo de mi estudio. Y no solamente su gran majestad tenía por bien que yo fuese juntado en la compañía de los sacerdotes, mas que fuese uno de los principales entre los Decuriones, que de cinco en cinco años se elegían.

Finalmente, que yo, trayendo mi cabeza rasa de cada parte, según la ceremonia e institución del antiguo colegio que se instituyó en los tiempos de Sila, me ejercitaba y servía mis oficios y cargos, perseverando en ellos con mucho placer y alegría.

FIN.


LAS FLORIDAS


FRAGMENTOS DE DISCURSOS

DE

LUCIO APULEYO