LAS AVES.
EVÉLPIDES (Al grajo que le sirve de guía).
¿Me dices que vaya en línea recta hacia aquel árbol?
PISTETERO (A la corneja que trae en mano).
¡Peste de avechucho! Ahora grazna que retrocedamos.
EVÉLPIDES.
Pero, infeliz, ¿a qué caminar arriba y abajo? Con estas idas y venidas nos derrengamos inútilmente.
PISTETERO.
¡Qué imbécil he sido en dejarme guiar por esta corneja! Me ha hecho correr más de mil estadios.[384]
EVÉLPIDES.
¿Mayor desdicha que la de llevar de guía a este grajo, que me ha destrozado todas las uñas de los dedos?
PISTETERO.
Ni siquiera sé en qué lugar de la tierra estamos.
EVÉLPIDES.
¿No podrías hallar desde aquí tu patria?
PISTETERO.
No por cierto: ni Execéstides[385] la suya.
EVÉLPIDES.
¡Ay!
PISTETERO.
Toma esa senda, amigo mío.
EVÉLPIDES.
¡Qué terriblemente nos ha engañado Filócrates,[386] ese atrabiliario vendedor de pájaros! Nos aseguró que estas dos aves nos guiarían mejor que ninguna otra a la morada de Tereo, la Abubilla, que fue transformado en pájaro; y nos vendió este grajo, hijo de Tarrélides,[387] por un óbolo, y por tres aquella corneja, que solo saben darnos picotazos. (Al grajo.) ¿Por qué me miras con el pico abierto? ¿Quieres precipitarnos desde esas rocas? Por ahí no hay camino.
PISTETERO.
Ni senda tampoco.
EVÉLPIDES.
¿No dice nada tu corneja?
PISTETERO.
Nada absolutamente; grazna ahora como antes.
EVÉLPIDES.
Pero, en fin, ¿qué dice de nuestra ruta?
PISTETERO.
¿Qué ha de decir sino que a fuerza de roer acabará por comérseme los dedos?
EVÉLPIDES.
¡Esto es insoportable! Queremos irnos a los cuervos;[388] ponemos para conseguirlo cuanto está de nuestra mano, y no logramos hallar el camino. Porque habéis de saber, oyentes míos, que nuestra enfermedad es completamente distinta de la que aflige a Saccas: este, no siendo ciudadano, se obstina en serlo, y nosotros que lo somos, y de familias distinguidas, aunque nadie nos expulsa, huimos a toda prisa de nuestra patria. No es que aborrezcamos a una ciudad tan célebre y afortunada, y abierta siempre a todo el que desee arruinarse con litigios; porque es una triste verdad que si las cigarras solo cantan uno o dos meses entre las ramas de los árboles, en cambio los atenienses cantan toda la vida posados sobre los procesos. Esto es lo que nos ha obligado a emprender este viaje y a buscar, cargados del canastillo, la olla y las ramas de mirto,[389] un país libre de pleitos, donde pasar tranquilamente la vida. Nos dirigimos con tal objeto a Tereo, la Abubilla, para preguntarle si, en las comarcas que ha recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que deseamos.
PISTETERO.
¡Eh, tú!
EVÉLPIDES.
¿Qué hay?
PISTETERO.
La corneja hace rato que me indica que hay algo arriba.
EVÉLPIDES.
También mi grajo mira con el pico abierto en la misma dirección, como si quisiera señalarme alguna cosa: no puede menos de haber aves por aquí. Pronto lo sabremos haciendo ruido.
PISTETERO.
¿Sabes lo que has de hacer? Dar un golpe con la rodilla en esa peña.
EVÉLPIDES.
Y tú, con la cabeza, para que el ruido sea doble.
PISTETERO.
Vamos, coge esa piedra y llama.
EVÉLPIDES.
Está bien; ¡esclavo! ¡esclavo!
PISTETERO.
Pero ¿qué haces? Para llamar a una Abubilla, gritas ¡esclavo! ¡esclavo! En vez de ¡esclavo! debes gritar: ¡Epopoi! ¡Epopoi![390]
EVÉLPIDES.
¡Epopoi! Tendré que llamar otra vez. ¡Epopoi!
EL REYEZUELO.[391]
¿Quién va? ¿Quién llama a mi dueño?
EVÉLPIDES.
¡Apolo nos asista! ¡Qué enorme pico![392]
EL REYEZUELO.
¡Horror! ¡Son cazadores!
EVÉLPIDES.
El miedo que me causa no es para dicho.
EL REYEZUELO.
¡Moriréis!
EVÉLPIDES.
Pero si no somos hombres.
EL REYEZUELO.
¿Pues qué sois?
EVÉLPIDES.
Yo soy el Tímido, ave africana.
EL REYEZUELO.
¡A otro con esas!
EVÉLPIDES.
Pregúntaselo a mis pies.[393]
EL REYEZUELO.
Y ese otro, ¿qué pájaro es? Contesta.
PISTETERO.
El Ensuciado, ave de Fasos.[394]
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿qué animal eres?
EL REYEZUELO.
Yo soy un pájaro esclavo.
EVÉLPIDES.
¿Te ha vencido algún gallo?[395]
EL REYEZUELO.
No; pero cuando mi dueño fue convertido en Abubilla quiso que yo también me transformase en pájaro, para tener quien le siguiera y sirviese.
EVÉLPIDES.
Pues qué, ¿las aves necesitan criados?
EL REYEZUELO.
Este sí, tal vez porque fue antes hombre. Cuando se le antojan anchoas del Falero,[396] yo cojo una escudilla y corro a por anchoas; cuando quiere comer puches, como se necesitan una cuchara y una olla, corro a por la cuchara.
EVÉLPIDES.
Por las señas, este pájaro es un Corredor.[397] ¿Sabes lo que has de hacer, Reyezuelo? Llamar a tu señor.
EL REYEZUELO.
Pero si acaba de dormirse, después de haber comido bayas de mirto y algunos gusanos.
EVÉLPIDES.
No importa, despiértale.
EL REYEZUELO.
Aunque estoy seguro de que se va a enfadar, lo haré por complaceros.
(Vase.)
PISTETERO (Al Reyezuelo).
Que el cielo te confunda: no me has dado mal susto.[398]
EVÉLPIDES.
¡Oh desgracia! ¡De miedo se me ha escapado el grajo!
PISTETERO.
¡Grandísimo cobarde! Te has dejado escapar el grajo de miedo.
EVÉLPIDES.
Y tú, ¿no te has dejado marchar la corneja al caer?
PISTETERO.
No por cierto.
EVÉLPIDES.
¿Pues dónde está?
PISTETERO.
Voló.
EVÉLPIDES.
¿Y no se te ha escapado? ¡Vaya el valentón!
LA ABUBILLA.
Abre la selva para que salga.[399]
EVÉLPIDES.
¡Por Hércules!, ¿qué animal es ese? ¡Qué alas! ¡Qué triple cresta![400]
LA ABUBILLA.
¿Quién pregunta por mí?
EVÉLPIDES.
Sin duda, los doce grandes dioses te han maltratado.
LA ABUBILLA.
¿Acaso os burláis de la forma de mis alas? Sabed, extranjeros, que antes he sido hombre.
EVÉLPIDES.
No nos burlamos de ti.
LA ABUBILLA.
¿Pues de qué?
PISTETERO.
Tu pico nos da risa.[401]
LA ABUBILLA.
Pues de esta facha representó ignominiosamente Sófocles en sus tragedias a Tereo.[402]
EVÉLPIDES.
¿Pero eres Tereo, o un ave, o un pavo real?
LA ABUBILLA.
Soy un ave.
EVÉLPIDES.
¿Y las alas?
LA ABUBILLA.
Se me han caído.
EVÉLPIDES.
¿Alguna enfermedad?
LA ABUBILLA.
No; pero en el invierno mudan todas las aves, y les salen después nuevas plumas. Y vosotros, ¿qué sois?
EVÉLPIDES.
¿Nosotros? mortales.
LA ABUBILLA.
¿De qué país?
EVÉLPIDES.
Del de las hermosas trirremes.[403]
LA ABUBILLA.
¿Seréis jueces?[404]
EVÉLPIDES.
Nada de eso; antijueces.[405]
LA ABUBILLA.
¿Se siembra allí ese grano?
EVÉLPIDES.
Rebuscando en todo el campo, hallaréis un poquito.
LA ABUBILLA.
¿Qué os trae aquí?
EVÉLPIDES.
El deseo de hablarte.
LA ABUBILLA.
¿Para qué?
EVÉLPIDES.
Porque en otro tiempo fuiste hombre, como nosotros; en otro tiempo tuviste deudas, como nosotros; y en otro tiempo te gustaba el no pagarlas, como a nosotros: después, cuando fuiste transformado en ave, recorriste en tu vuelo todos los mares y tierras, y llegaste a reunir la experiencia del pájaro y la del hombre. Esto nos trae a ti para suplicarte que nos indiques alguna pacífica ciudad donde podamos vivir blanda y sosegadamente, como el que se acuesta sobre mullidos cojines.
LA ABUBILLA.
¿Buscas, pues, una ciudad más grande que la de Cranao?[406]
EVÉLPIDES.
Más grande no, más agradable para nosotros.
LA ABUBILLA.
Claro está que buscas un país aristocrático.
EVÉLPIDES.
¿Yo? ni por pienso: si detesto al hijo de Escelias.[407]
LA ABUBILLA.
¿Pues en qué ciudad queréis vivir?
EVÉLPIDES.
En una donde los negocios más importantes sean, por ejemplo, venir muy de mañana a mi puerta un amigo y decirme: «Te ruego por Júpiter olímpico que al salir del baño vengáis a mi casa tú y tus hijos, pues voy a dar un banquete de bodas. ¡Cuidado con faltar! ¡Como no vengas, no tienes que poner los pies en mi casa hasta que me abandone la fortuna!»[408]
LA ABUBILLA.
Vamos, veo que tienes afición a las desgracias. ¿Y tú?
PISTETERO.
Tengo los mismos gustos.
LA ABUBILLA.
¿Cuáles?
PISTETERO.
Quisiera una ciudad en la que al verme el padre de un hermoso muchacho, me dijese como si le hubiera ofendido: «¡Muy bien, muy bien, Estilbónides! Te encontraste ayer con mi hijo que volvía del baño y del gimnasio, y no fuiste para darle un beso, ni hablarle, ni acariciarle.[409] ¿Quién dirá que eres amigo mío?»
LA ABUBILLA.
¡Hola, hola! Pues no es nada las desdichas que apeteces, buen hombre. En la costa del Mar Rojo hay una ciudad, afortunada como la que deseáis.
EVÉLPIDES.
¡Ah! No me hables de ciudades marítimas; el mejor día amanecería la galera Salamina[410] trayendo un alguacil. ¿No puedes decirnos alguna ciudad griega?
LA ABUBILLA.
¿Por qué no emigráis a Lépreo, en Élide?
EVÉLPIDES.
¡Por todos los dioses! Aunque no he visto a Lépreo, lo aborrezco ya a causa de Melantio.[411]
LA ABUBILLA.
Hay también en la Lócride la ciudad de Opunte, donde podréis vivir muy bien.
EVÉLPIDES.
No quisiera ser Opuncio[412] ni por un talento de oro. ¿Pero qué tal pasan la vida los pájaros? Tú debes saberlo bien.
LA ABUBILLA.
La vida no es desagradable; en primer lugar, hay que prescindir de la bolsa.
EVÉLPIDES.
Pues con eso habéis suprimido la ocasión de muchos fraudes.
LA ABUBILLA.
Comemos en los jardines sésamo blanco, mirto, amapolas y menta.
EVÉLPIDES.
¿De modo que vivís como recién casados?[413]
PISTETERO.
¡Oh, oh! ¡Qué magnífica idea se me ha ocurrido para la gente alada! ¡Seréis omnipotentes si me obedecéis!
LA ABUBILLA.
¡Obedecerte! ¿En qué?
PISTETERO.
¿En qué? Primero en no andar revoloteando por todas partes con el pico abierto: eso es indecoroso. Entre nosotros, cuando vemos a uno de esos botarates que no paran un instante, acostumbramos a preguntar: «¿Quién es ese chorlito?» Y Téleas[414] responde: «Es un inconstante; tiene siempre la cabeza a pájaros; no está un momento en un sitio.»
LA ABUBILLA.
Tienes razón, por Baco. ¿Qué hemos de hacer?
PISTETERO.
Fundad una ciudad.
LA ABUBILLA.
¿Qué ciudad hemos de fundar las aves?
PISTETERO.
A la verdad, tu pregunta es necia si las hay. Mira abajo.
LA ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora arriba.
LA ABUBILLA.
Ya miro.
PISTETERO.
Ahora vuelve la cabeza a todos lados.
LA ABUBILLA.
¿Qué voy a sacar de retorcerme así el pescuezo?[415]
PISTETERO.
¿Ves algo?
LA ABUBILLA.
Sí, las nubes y el cielo.
PISTETERO.
¿No es ese el polo de las aves?
LA ABUBILLA.
¿El polo? ¿Qué es polo?
PISTETERO.
Como si dijéramos el país; se llama polo[416] porque gira y atraviesa todo el mundo. Si fundáis en él una ciudad y la rodeáis de murallas, en vez de polo se llamará población;[417] entonces reinaréis sobre los hombres, como ahora sobre las langostas; y mataréis a los dioses de hambre canina.[418]
LA ABUBILLA.
¿Cómo?
PISTETERO.
El aire está entre el cielo y la tierra, y del mismo modo que cuando nosotros queremos ir a Delfos pedimos permiso a los beocios para pasar, así vosotros, cuando los hombres hagan sacrificios a los dioses, si estos no os pagan tributo, podréis impedir que el humo de las víctimas atraviese vuestra ciudad y vuestro espacio.
LA ABUBILLA.
¡Oh! ¡Oh! ¡Lo juro por la tierra, las nubes, los lazos y las redes, jamás he oído una idea más ingeniosa! Estoy dispuesto a fundar contigo esa ciudad, si las demás aves son de mi opinión.
PISTETERO.
¿Quién les dará a conocer el proyecto?
LA ABUBILLA.
Tú mismo. Antes eran bárbaros, pero en el largo tiempo que he estado en su compañía les he enseñado a hablar.
PISTETERO.
¿Pero cómo las vas a convocar?
LA ABUBILLA.
Muy fácilmente. Voy a entrar en esa espesura; despertaré a mi Procne[419] y las llamaremos; en cuanto oigan nuestra voz acudirán sin detenerse.
PISTETERO.
¡No te detengas, queridísimo pájaro! Por favor, entra pronto en esa espesura y despierta a tu amable compañera.
LA ABUBILLA.
Despierta, dulce compañera de mi vida; entona esos himnos sagrados que, como armoniosos suspiros, brotan de tu garganta divina cuando con melodiosa y pura voz deploras la triste suerte de nuestro llorado Itis. Tu sonoro canto sube, atravesando los copudos tejos, hasta el trono de Júpiter; junto al cual Febo, de áurea cabellera, responde con los acordes de su lira de marfil a tus plañideras endechas, y reúne los coros de los dioses, y de sus bocas inmortales brota un celestial aplauso.[420]
(Se oye una flauta dentro.)
PISTETERO.
¡Júpiter soberano! ¡Qué garganta la de ese pajarillo! Ha llenado de miel toda la espesura.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Qué hay?
EVÉLPIDES
¿No callarás?
PISTETERO.
¿Por qué?
EVÉLPIDES.
La Abubilla se prepara a entonar nuevos cantos.
LA ABUBILLA.
Esopo, popo, popo, popo, popoí ¡io! ¡io! venid, venid, venid, venid, alados compañeros. Todos cuantos taláis las fértiles campiñas, tribus innumerables que recogéis y devoráis los granos de cebada, catervas infinitas de rápido vuelo y melodioso canto, acudid, acudid; vosotros, los que posados en un terrón os complacéis en gorjear débilmente entre los surcos: tio, tio, tio, tio, tio, tio, tio tio; los que en los jardines saltáis sobre las yedras, o en las montañas picoteáis el madroño y la silvestre aceituna, acudid a mi voz: trioto, trioto, toto, brix. Vosotros también, los que devoráis punzadores mosquitos en los valles pantanosos; los que pobláis los prados húmedos de rocío y el campo ameno de Maratón; francolines de matizadas alas; aves que revoloteáis con los alciones sobre las alborotadas olas del mar, venid a escuchar la grata nueva: congréguense aquí las aves de largo cuello. Sabed que ha venido un anciano ingenioso, autor de una nueva idea; que pretende realizar nuevos proyectos. Venid todos a deliberar aquí. Torotorotorotorotix. Kiccabau, kiccabau. Torotorotorotorolililix.
PISTETERO.
¿Ves algún pájaro?
EVÉLPIDES.
Ninguno, por Apolo, aunque estoy mirando al cielo con la boca abierta.
PISTETERO.
Me parece que ha sido inútil que la Abubilla, imitando al pardal,[421] se haya metido en el bosque como a empollar huevos.
UN FENICÓPTERO.[422]
Torotix, torotix.
PISTETERO.
Ah, querido, ya viene alguna ave.
EVÉLPIDES.
Sí, una ave, ¿pero cuál? ¿Es el pavo real?[423]
PISTETERO.
Ese nos lo dirá. ¿Qué ave es esa?
LA ABUBILLA.
No es de las que veis todos los días; es una ave acuática.
PISTETERO.
¡Oh qué hermoso color de púrpura fenicia!
LA ABUBILLA.
Es verdad, por eso se llama el Fenicóptero.
EVÉLPIDES.
¡Eh! ¡Eh! ¡Tú!
PISTETERO.
¿Por qué gritas?
EVÉLPIDES.
Otra ave.
PISTETERO.
Cierto; otra ave, y exótica al parecer. ¿Cómo se llama esa ave montañesa[424] de aspecto tan solemne como estúpido?
LA ABUBILLA.
Se llama el Meda.[425]
PISTETERO.
¡El Meda! ¡Hércules poderoso! ¿Cómo siendo el Meda ha venido sin camello?[426]
EVÉLPIDES.
Ahí se presenta otra ave copetuda.
PISTETERO.
¿Qué prodigio es este? No eres tú la única Abubilla, puesto que hay esa otra.
LA ABUBILLA.
Esa Abubilla es hijo de Filocles, que a su vez es hijo de la Abubilla; yo soy su abuelo paterno; es como si dijeras: Hipónico, hijo de Calias,[427] y Calias hijo de Hipónico.[428]
PISTETERO.
¿Luego Calias es un pájaro? ¡Oh, y cómo se le caen las plumas![429]
LA ABUBILLA.
Es generoso; por eso los delatores le despluman y las mujeres le arrancan las alas.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! Un nuevo pájaro de diversos colores. ¿Cómo se llama ese?
LA ABUBILLA.
El glotón.[430]
PISTETERO.
¿Hay, pues, otro glotón además de Cleónimo?
EVÉLPIDES.
¿Crees que si fuese Cleónimo hubiera podido conservar el penacho?[431]
PISTETERO.
¿Pero qué significan todas esas crestas? ¿Quizá acuden estas aves a disputar el premio del doble estadio?[432]
LA ABUBILLA.
Son como los carios,[433] que no abandonan las crestas de las montañas para estar más seguros.
PISTETERO.
¡Oh Neptuno! ¡Mira, mira qué terrible multitud de aves se reúne!
EVÉLPIDES.
¡Soberano Apolo! ¡Qué nube! ¡Oh! ¡Oh! Sus alas no dejan ver la entrada de la escena.
PISTETERO.
Esa es la perdiz; aquel el francolín; ese el penélope; el otro el alción.
EVÉLPIDES.
¿Y aquel que viene detrás del alción?
PISTETERO.
¿Ese? El barbero.[434]
EVÉLPIDES.
¿Cómo? ¿El barbero es pájaro?
PISTETERO.
¿Pues no lo es Espórgilo, y de cuenta?[435] Ahí viene la lechuza.
EVÉLPIDES.
¿Qué dices? ¿Quién trae una lechuza a Atenas?[436]
PISTETERO.
Mira, mira, la urraca, la tórtola, la alondra, el eleas, la hipotimis, la paloma, el nerto, el azor, la torcaz, el cuco, el eritropo, la ceblepiris, el porfirión,[437] el cernícalo, el somormujo, la ampelis, el quebrantahuesos, el pico.
EVÉLPIDES.
¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas aves! ¡Oh, cuántos mirlos! ¡Cómo pían y corren con estrépito! Pero qué, ¿nos amenazan? ¡Ay, cómo abren los picos y nos miran!
PISTETERO.
Me parece lo mismo.
CORO.
¿Po po po po po po por dónde anda el que me llamó? ¿En qué lugar se encuentra?
LA ABUBILLA.
Estoy aquí hace tiempo; yo nunca abandono a los amigos.
CORO.
¿Ti ti ti ti ti ti ti tienes algo bueno que decirme?
LA ABUBILLA.
Un asunto de interés común, seguro, justo, agradable, útil. Dos hombres de sutil ingenio han venido a buscarme.
CORO.
¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué dices?
LA ABUBILLA.
Digo, que dos ancianos han venido del país de los hombres, a proponernos una empresa prodigiosa.
CORO.
¡Oh tú que perpetraste el mayor crimen de que he oído hablar en mi vida! ¿Qué es lo que estás diciendo?
LA ABUBILLA.
No te asustes de mis palabras.
CORO.
¿Qué has hecho?
LA ABUBILLA.
Acoger a dos hombres que desean vivir con nosotros.
CORO.
¿Y te has atrevido?
LA ABUBILLA.
Y cada vez me alegro más.
CORO.
¿Y están ya entre nosotros?
LA ABUBILLA.
Como yo.
CORO.
¡Ay, estamos vendidos; somos víctimas de la traición más negra! Nuestro amigo, el que partía con nosotros el fruto de los campos, ha hollado nuestras antiguas leyes, ha quebrantado los juramentos de las aves; nos ha atraído a un lazo, nos ha puesto en manos de una raza impía con la que estamos en guerra desde que vimos la luz. Tú, traidor, nos darás luego cuenta de tus actos; mas primero castiguemos a esos hombres. ¡Ea! ¡A despedazarlos!
PISTETERO.
¡Somos perdidos!
EVÉLPIDES.
Tú solo tienes la culpa de lo que nos sucede. ¿Para qué me trajiste?
PISTETERO.
Para tenerte a mi lado.
EVÉLPIDES.
Mejor para hacerme llorar a mares.
PISTETERO.
Tú deliras: ¿cómo has de llorar cuando te hayan sacado los ojos?[438]
CORO.
¡Io! ¡Io! ¡Al ataque! Precipítate sobre el enemigo; hiérele mortalmente; despliega tus alas; envuelve con ellas a esos hombres; que paguen su culpa y den alimento a nuestros picos. Nada podrá librarles de mi furor; ni las sombrías montañas, ni las etéreas nubes, ni el piélago espumoso. ¡Ea, caigamos sobre ellos y desgarrémosles sin tardanza! ¿Dónde está el taxiarco? Que haga avanzar el ala derecha.[439]
EVÉLPIDES.
Llegó el momento supremo. ¿A dónde huiré, infeliz?
PISTETERO.
¡Eh! Firme en tu puesto.
EVÉLPIDES.
¿Para qué me hagan trizas?
PISTETERO.
¿Pues cómo piensas escaparte?
EVÉLPIDES.
No lo sé.
PISTETERO.
Pues yo te digo que es preciso combatir a pie firme y coger las ollas.
EVÉLPIDES.
¿De qué nos servirá la olla?
PISTETERO.
La lechuza no nos acometerá.[440]
EVÉLPIDES.
¿Y contra esas de ganchudas uñas?
PISTETERO.
Coge el asador y ponlo en ristre.
EVÉLPIDES.
¿Y los ojos?
PISTETERO.
Defiéndelos con un plato o con la vinagrera.
EVÉLPIDES.
¡Qué ingenio! ¡Qué habilidad digna de un general consumado! Sabes más estrategia que Nicias.[441]
CORO.
Adelante, adelante,[442] con el pico bajo: no retrasarse. Pica, desgarra, hiere, arranca, rompe primero la olla.
LA ABUBILLA.
Deteneos: decidme, animales cruelísimos, ¿por qué queréis matar y despedazar a dos hombres que ningún mal os han hecho y que son además de la misma tribu y familia que mi esposa?[443]
CORO.
Pues qué, ¿se perdona a los lobos? ¿No son nuestros más feroces enemigos? Nunca encontraremos otros más dignos de castigo.
LA ABUBILLA.
Si la naturaleza los hizo enemigos, su intención les hace amigos, y vienen aquí a darnos un consejo útil.
CORO.
¿Qué consejo útil pueden darnos ni decirnos los enemigos de nuestros abuelos?
LA ABUBILLA.
Los sabios aprenden muchas cosas de sus enemigos. La desconfianza es la madre de la seguridad. Con un amigo jamás aprenderíamos a ser cautos, al paso que un enemigo nos obliga a serlo; las ciudades en un principio aprendieron de sus enemigos, y no de sus amigos, a rodearse de altas murallas, y a construir largas naves, y con esta lección a defender hijos, casas y haciendas.
CORO.
Sea: me parece que podrá ser útil el oírles antes; puede recibirse alguna buena lección de un enemigo.
PISTETERO.
Su cólera parece calmarse. Retrocede un paso.
LA ABUBILLA.
Es muy justo; debéis de estarme agradecidos.
CORO.
En ninguna otra cosa te hemos sido contrarios.
PISTETERO.
Cada vez se manifiestan más pacíficos; por consiguiente, deja en el suelo la olla y los platos: ahora con la lanza terciada, digo, con el asador, paseémonos dentro del campamento, junto a la olla, y sin perderla de vista. No debemos huir.
EVÉLPIDES.
Tienes razón. Y si morimos, ¿dónde nos enterrarán?
PISTETERO.
En el Cerámico.[444] Para ser sepultados a cuenta del Estado, diremos que hemos muerto peleando con los enemigos junto a Orneas.[445]
CORO.
Todo el mundo a su puesto: depongamos nuestra cólera como el soldado sus armas; preguntemos quiénes son, de dónde vienen y qué proyectan. ¡Eh, Abubilla! Ven acá.
LA ABUBILLA.
¿Qué deseas saber?
CORO.
¿Quiénes son esos hombres, y de dónde vienen?
LA ABUBILLA.
Son extranjeros, venidos de Grecia, la patria de los sabios.
CORO.
¿Qué les ha inducido venir a buscarnos?
LA ABUBILLA.
La afición a vuestra vida y costumbres, y el deseo de participarla y vivir con nosotros.
CORO.
¡Será verdad! ¿y cuáles son sus proyectos?
LA ABUBILLA.
Increíbles, inauditos.
CORO.
¿Hallan alguna ventaja en habitar aquí, o esperan que viviendo con nosotros podrán vencer a su enemigo y favorecer a sus amigos?
LA ABUBILLA.
Nos anuncian una felicidad inmensa, indecible e increíble, y demuestran con irrefutables argumentos que cuanto hay aquí y allí, y en todas partes, todo nos pertenece.
CORO.
¿Estarán locos?
LA ABUBILLA.
Su discreción no es para dicha.
CORO.
¿Tienen talento?
LA ABUBILLA.
Son dos zorros redomados, la astucia personificada, gente muy corrida e ingeniosa.
CORO.
Diles, diles que vengan a hablarnos. Sin más que oír tus palabras, ya vuelo de gozo.
LA ABUBILLA.[446]
Recoged vosotros esas armas y colgadlas de nuevo en la cocina, junto al hogar,[447] bajo la protección de los dioses domésticos. (A Pistetero.) Expón y demuestra a la asamblea el objeto para el cual ha sido convocada.
PISTETERO.
No, por Apolo; nada diré mientras no prometan, como aquel mono armero a su mujer, no morderme, ni desgarrarme, ni taladrarme...
CORO.
¿El...? Nada temas.
PISTETERO.
No, los ojos.
CORO.
Lo prometo.
PISTETERO.
Júralo.
CORO.
Lo juro, y si cumplo mi promesa, que obtenga el premio por el voto unánime de todos los jueces y espectadores.
PISTETERO.
Convenido.
CORO.
Y si no la cumplo, que la gane por un solo voto.
PISTETERO.
¡Pueblos, escuchad! Recojan los soldados sus armas y vuelvan a sus hogares, e infórmense de las órdenes que se fijen en los tablones.[448]
CORO.
El hombre es un ser siempre y en todo falso; habla tú, sin embargo. Quizá me reveles algún proyecto que te parezca útil, o un medio de aumentar mi poder que a mí se me haya pasado por alto y que tú hayas visto. Habla; en inteligencia de que lo haces para el bien general, porque los bienes que me procures los dividiré contigo. Manifiesta confiadamente los proyectos que te han traído aquí, pues por ningún pretexto romperé la tregua que contigo he pactado.
PISTETERO.
No deseo otra cosa: la masa de mi discurso está ya dispuesta y solo me falta sobarla. Esclavo, tráeme una corona y agua para las manos; pero pronto.
EVÉLPIDES.
¿Vamos a cenar o qué?[449]
PISTETERO.
No, por Júpiter; estoy buscando algunas palabras magníficas y sustanciosas para ablandar sus ánimos. (Dirigiéndose al Coro.) Sufro tanto por vosotros que en otro tiempo fuisteis reyes...
CORO.
¡Nosotros reyes! ¿De quién?
PISTETERO.
Reyes de todo cuanto existe; de mí, en primer lugar; de este; del mismo Júpiter; porque sois anteriores a Saturno, a los Titanes y a la Tierra.
CORO.
¿A la Tierra?
PISTETERO.
Sí, por Apolo.
CORO.
No había oído semejante cosa.
PISTETERO.
Es que sois ignorantes y descuidados y no habéis manoseado a Esopo. Esopo dice que la alondra nació antes que todos los seres y que la misma Tierra: su padre murió de enfermedad, cuando la Tierra aún no existía; permaneció cinco días insepulto, hasta que la alondra, ingeniosa por la fuerza de la necesidad, enterró a su padre en su cabeza.
EVÉLPIDES.
Por eso el padre de la alondra yace ahora en Céfale.[450]
LA ABUBILLA.
¿De modo que si las aves son anteriores a la Tierra y a los dioses, a ellas les pertenecerá el mando por derecho de antigüedad?
EVÉLPIDES.
Esa es la verdad: procura, por tanto, fortificar tu pico, pues Júpiter no devolverá así como quiera su cetro al pito real.
PISTETERO.
Hay infinitas pruebas de que las aves, y no los dioses, reinaron sobre los hombres en la más remota antigüedad. Principiaré por citaros al gallo, que fue rey y mandó a los Persas antes que todos sus monarcas, antes que Darío y Megabises; y en memoria de su reinado se le llama todavía el ave pérsica.
EVÉLPIDES.
Por eso es la única de las aves que anda majestuosamente, como el gran rey, con la tiara recta sobre la cabeza.[451]
PISTETERO.
Fue tan grande su poder y tan respetada su autoridad, que hoy mismo, como un vestigio de su dignidad antigua, en cuanto canta al amanecer, corren al trabajo y se calzan en la oscuridad todos los herreros, alfareros, curtidores, zapateros, bañeros, panaderos, y fabricantes de liras y de escudos.
EVÉLPIDES.
Pregúntamelo a mí; precisamente un gallo ha tenido la culpa de que perdiese un fino manto de lana frigia. Estaba yo en la ciudad convidado a un banquete que se daba para celebrar el acto de poner nombre a un niño; bebí algo y empecé a dormitar; en esto, y antes de que los demás convidados se sentasen a la mesa, se le ocurre cantar a un gallo: creyendo que era de día, marcho en dirección a Alimunte;[452] apenas salgo extramuros, un ladrón me asesta en la espalda un terrible garrotazo; caigo al suelo; voy a pedir socorro; pero era tarde, ya había desaparecido con mi manto.
PISTETERO.
El milano fue antiguamente jefe y rey de los griegos.
LA ABUBILLA.
¿De los griegos?
PISTETERO.
Él fue durante su reinado quien les enseñó a arrodillarse a la vista de los milanos.[453]
EVÉLPIDES.
Sí, por Baco; un día que me prosterné en presencia de uno de ellos, me echó al suelo con la boca abierta y me tragué un óbolo;[454] por lo cual volví a casa con mi saco vacío.[455]
PISTETERO.
El cuco fue rey del Egipto y de toda la Fenicia; así es que cuando cantaba ¡cucú! todos los fenicios iban al campo a segar el trigo y la cebada.
EVÉLPIDES.
De ahí sin duda viene el proverbio: ¡Cucú! los circuncidados al campo.[456]
PISTETERO.
Tan grande fue el poder de la gente alada, que los reyes de las ciudades griegas, Agamenón y Menelao, llevaban en el extremo de su cetro una ave que participaba de sus presentes.
EVÉLPIDES.
No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates[457] y los regalos con que se deja sobornar.
PISTETERO.
Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.
EVÉLPIDES.
¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan esas aves?
PISTETERO.
Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter. Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso.[458] ¡En tanta estima y veneración tenían entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos, redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes corrompidas.
CORO.
Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra soberanía.
PISTETERO.
Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.
LA ABUBILLA.
¡Oh Cebrión, oh Porfirión,[459] qué terrible plaza fuerte!
PISTETERO.
Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón, declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no gozarlas más.[460] Enviad en seguida otro alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito macho.
EVÉLPIDES.
Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene ahora el gran Júpiter!
LA ABUBILLA.
¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por grajos, al ver que volamos y tenemos alas?
PISTETERO.
No sabes lo que dices. Mercurio, siendo todo un dios, tiene alas y vuela, y lo mismo otras muchas divinidades: la Victoria vuela con alas de oro, el Amor tiene las suyas, y Homero compara a Iris con una tímida paloma.[461]
LA ABUBILLA.
¿No tronará Júpiter? ¿No lanzará contra nosotros su alígero rayo?
PISTETERO.
Si los hombres en su ceguedad se obstinan en despreciaros, y en tener por dioses solo a los del Olimpo, lanzad sobre la tierra una nube de gorriones que arrebaten de los surcos las semillas: veremos si Ceres baja a distribuir trigo a los hambrientos.
EVÉLPIDES.
No lo hará, de seguro: veréis cómo alega mil pretextos.
PISTETERO.
Además, que los cuervos, para probar que sois dioses, saquen los ojos a los bueyes de labranza y a otros ganados, y que en seguida los cure Apolo, que es médico; para eso le pagan.
EVÉLPIDES.
¡Eh, no! aguarda a que haya vendido mi parejita.
PISTETERO.
Por el contrario, si los hombres os tienen a ti por un dios, a ti por la vida, a ti por Saturno, a ti por Neptuno, lloverán sobre ellos todos los bienes.
LA ABUBILLA.
Dime siquiera uno de ellos.
PISTETERO.
En primer lugar, las langostas no devorarán las flores de sus viñas, porque un solo escuadrón de lechuzas y cernícalos dará buena cuenta de ellas. Después sus higos estarán libres de mosquitos y cínifes, que serán devorados por un escuadrón de tordos.
LA ABUBILLA.
¿Cómo les daremos las riquezas, que es lo que más quieren?
PISTETERO.
Cuando consulten a las aves, indicaréis al adivino las minas más ricas y los tráficos más lucrativos; ni un marino perecerá.
LA ABUBILLA.
¿Por qué no perecerá?
PISTETERO.
Porque cuando consulte los auspicios sobre la navegación no faltará nunca un ave que le diga: «No te embarques; habrá tempestad;» o «embárcate; tendrás ganancias.»
EVÉLPIDES.
Compro un navío, y me lanzo al mar; no quiero ya vivir con vosotros.
PISTETERO.
Revelaréis también a los hombres el lugar donde se ocultan los tesoros enterrados por sus padres; porque todas lo sabéis. De aquí el proverbio: «Nadie sabe dónde está mi tesoro, como no sea algún pájaro.»
EVÉLPIDES.
Vendo mi barco; compro un azadón, y ¡a desenterrar ollas de oro!
LA ABUBILLA.
¿Y cómo darles la salud que vive entre los dioses?
PISTETERO.
¿Qué mejor salud que la felicidad? Créeme, un hombre desgraciado nunca está bueno.
LA ABUBILLA.
¿Pero cómo llegarán a la vejez? Porque como esta habita en el Olimpo, habrán de morir en la infancia.
PISTETERO.
Todo lo contrario, las aves prolongaréis su vida trescientos años.
LA ABUBILLA.
¿De quién los tomaremos?
PISTETERO.
¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora corneja vive cinco vidas de hombre?
EVÉLPIDES.
¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!
PISTETERO.
¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a Delfos o Amón,[462] sino que parándonos delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.
CORO.
¡Oh anciano, que después de haberme sido tan odioso me eres ahora tan querido, nunca por mi voluntad me apartaré de tus consejos! Animado por tus palabras he prometido y jurado que si tú, fiel a tus santas promesas, te unes a mí, sin dolo alguno, para atacar a los dioses, estos no conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece. Todo lo que dependa de la fuerza, queda a nuestro cargo; y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.
LA ABUBILLA.
¡Por Júpiter! no es tiempo de dormirse y dar largas a la manera de Nicias,[463] sino de obrar con energía y rapidez. Entrad en mi nido de pajas y ramaje, y decidnos vuestros nombres.
PISTETERO.
Es fácil: me llamo Pistetero.
LA ABUBILLA.
¿Y ese?
PISTETERO.
Evélpides, de la aldea de Cría.
LA ABUBILLA.
Salud a entrambos.
PISTETERO.
Aceptamos el augurio.
LA ABUBILLA.
Entrad, pues.
PISTETERO.
Vamos, dirígenos tú.
LA ABUBILLA.
Venid.
PISTETERO.
¡Ah cielos! Ven, vuelve acá. ¿Cómo este y yo, que no tenemos alas, os hemos de seguir cuando voléis?
LA ABUBILLA.
Muy fácilmente.
PISTETERO.
Piénsalo bien: mira que Esopo dice en sus fábulas que a la zorra le causó grave perjuicio su alianza con el águila.[464]
LA ABUBILLA.
Nada temas; hay una raíz, que en cuanto la comáis os saldrán alas.
PISTETERO.
Entremos con esa condición. Ea, Jantias, y tú, Manodoro,[465] coged nuestro equipaje.
CORO.
¡Hola! ¡Eh, Abubilla! A ti te llamo.
LA ABUBILLA.
¿Qué me quieres?
CORO.
Llévate a esos y dales bien de comer; pero déjanos a la melodiosa Procne, cuyos cantos son dignos de las musas: hazla salir para que nos divirtamos con ella.
PISTETERO.
Sí, cede a sus deseos: hazla salir de entre las floridas cañas. Por los dioses te pido que la llames para que contemplemos también nosotros al ruiseñor.
LA ABUBILLA.
Puesto que lo deseáis, fuerza es obedeceros: sal, Procne, y muéstrate a nuestros huéspedes.
(Sale Procne.)[466]
PISTETERO.
¡Oh venerado Júpiter! ¡Qué hermosa avecilla! ¡Qué tierna! ¡Qué brillante!
EVÉLPIDES.
¿Sabes que la estrecharía con gusto entre mis brazos?[467]
PISTETERO.
¡Cuánto oro trae sobre sí! Parece una doncella.
EVÉLPIDES.
Tentado estoy de darle un beso.
PISTETERO.
Pero, desdichado, ¿no ves que tiene por pico dos asadores?
EVÉLPIDES.
¿Qué importa? ¿Hay más que quitarle la cascarilla que le cubre la cabeza como si fuese un huevo, y besarla después?
LA ABUBILLA.
Vamos.
PISTETERO.
Guíanos en hora buena.
CORO.
Amable avecilla, el más querido de mis alados compañeros, mi señor, que presides nuestros cantos; al fin viniste a mi presencia; viniste para dejar oír tu suavísimo gorjeo. Tú, que en la flauta armoniosa tañes primaverales melodías, preludia nuestros anapestos.[468] Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños mentirosos, escuchad a las aves, seres inmortales y eternos, aéreos, exentos de la vejez, y ocupados siempre en pensamientos perdurables; nosotros os daremos a conocer los fenómenos celestes, la naturaleza de las aves, y el verdadero origen de los dioses, de los ríos, del Erebo y del Caos; con tal enseñanza podréis causar envidia al mismo Pródico.[469] En el principio solo existían el Caos y la Noche, el negro Erebo y el profundo Tártaro; la Tierra, el Aire y el Cielo no habían nacido todavía; al fin, la Noche de negras alas puso en el seno infinito del Erebo un huevo sin germen, del cual, tras el proceso de largos siglos, nació el apetecido Amor con alas de oro resplandeciente, y rápido como el torbellino. El Amor, uniéndose en los abismos del Tártaro al Caos alado y tenebroso, engendró nuestra raza, la primera que nació a la luz. La de los inmortales no existía antes de que el Amor mezclase los gérmenes de todas las cosas; pero, al confundirlos, brotaron de tan sublime unión el Cielo, la Tierra, el Océano, y la raza eterna de las deidades bienaventuradas. He aquí cómo nosotros somos muchísimo más antiguos que los dioses. Nosotros somos hijos del Amor; mil pruebas lo confirman; volamos como él, y favorecemos a los amantes. ¡Cuántos lindos muchachos, habiendo jurado ser insensibles, se rindieron a sus amantes al declinar su edad florida, vencidos por el regalo de una codorniz, de un porfirión, de un ánade o de un gallo! Nos deben los mortales sus mayores bienes. En primer lugar, anunciamos las estaciones; la primavera, el invierno y el otoño: la grulla al emigrar a Libia advierte al labrador[470] que siembre; al piloto que cuelgue el timón[471] y se entregue al descanso; a Orestes[472] que se mande tejer un manto, para que el frío no le incite a robárselo a los transeúntes. El milano anuncia, al aparecer, otra estación y el momento oportuno de trasquilar los primaverales vellones; y la golondrina dice que ya es preciso abandonar el manto y vestirse una túnica ligera. Las aves reemplazamos para vosotros a Amón, a Delfos, a Dodona y a Apolo. Para todo negocio comercial, o compra de víveres, o matrimonios nos consultáis previamente y dais el nombre de auspicios a todo cuanto sirve para revelaros el porvenir: una palabra es un auspicio;[473] un estornudo es un auspicio; un encuentro es un auspicio; una voz[474] es un auspicio; el nombre de un esclavo es un auspicio; un asno es un auspicio. ¿No está claro que somos para vosotros el fatídico Apolo? Si nos reconocéis por dioses, hallaréis en nosotros las Musas proféticas, los vientos suaves, las estaciones, el invierno, el estío, un calor moderado; no iremos como Júpiter a posarnos orgullosos sobre las nubes, sino que, viviendo a vuestro lado, dispensaremos a vosotros y a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos, riquezas y salud, felicidad, larga vida, paz, juventud, risas, danzas, banquetes, delicias increíbles;[475] en fin, tal abundancia de bienes, que llegaréis a saciaros. ¡Tan ricos seréis todos!
Musa silvestre de variados tonos, tio tio tio tio tio tio tio tix,[476] yo canto contigo en las selvas y en la cumbre de los montes, tio tio tio tio tix, posado entre el follaje de un fresno copudo, tio tio tio tio tix, exhalo de mi delicada garganta himnos sagrados, tio tio tio tix que se unen en las montañas a los augustos coros en honor de Pan y la madre de los dioses, to to to to to to to to to tix. En ellos, a modo de abeja, liba Frínico el néctar de sus inmortales versos y de sus dulcísimas canciones, tio tio tio tio tix.
Espectadores, si alguno de vosotros quiere pasar dulcemente su existencia viviendo con las aves, que acuda a nosotros. Todo lo que en la tierra es torpe y se halla prohibido por las leyes, goza entre la gente alígera de no pequeño honor. Entre los hombres, por ejemplo, es un crimen odioso el pegar a su padre; entre las aves nada más bello que acometerle gritando: si riñes, coge tu espolón. El siervo prófugo, marcado con infamante estigma,[477] pasa aquí por pintado francolín: un bárbaro, un frigio, tal como Espíntaro, será entre nosotros el frigilo, de la familia de Filemón:[478] un esclavo de Caria, Execéstides,[479] por ejemplo, podría proveerse entre las aves de abuelos y parientes. ¿Qué más? ¿Quiere el hijo de Pisias[480] abrir las puertas a los infames? Pues trasfórmese en perdiz, digno hijo de su padre, que por acá no es deshonroso escaparse como la perdiz.
Así los cisnes, tio tio tio tio tio tio tio tix, uniendo sus voces y batiendo las alas, cantan a Apolo tio tio tio tix; deteniéndose en las orillas del Hebro,[481] tio tio tio tix, sus acentos atraviesan las etéreas nubes; escúchanlos las fieras arrobadas y el mar serenando sus olas, to to to to to to to to to tix; todo el Olimpo resuena: los dioses inmortales, las Musas y las Gracias repiten gozosos aquella melodía, tio tio tio tix. Nada hay mejor, nada hay más agradable que tener alas. Si uno de vosotros las tuviese, podría, cuando asistiendo impaciente y mal humorado a una interminable tragedia se siente desfallecer de hambre, volar a su casa, comer, y regresar satisfecho su apetito. Si Patróclides se viera acosado en el teatro por una apremiante necesidad, no tendría que ensuciar su manto, pues volaría a otra parte, y después de desahogarse, tornaría a su asiento recobradas las fuerzas. Aún más: si alguno de vosotros, no importa quién, abrasado por adúltera llama, distinguía al marido de su amante en las gradas de los senadores, podría extendiendo sus alas trasladarse a la amorosa cita, y satisfecha su pasión volver a su puesto. ¿Comprendéis ahora las inmensas ventajas de ser alado? Por eso Diítrefes,[482] aunque solo tiene alas de mimbre, ha sido nombrado filarco primero; después hiparco; y de hombre de nada, se ha convertido en gran personaje, y hoy es ya el gallito de su tribu.
PISTETERO.[483]
Ya está hecho. ¡Por Júpiter! No he visto nunca cosa más ridícula.
EVÉLPIDES.
¿De qué te ríes?
PISTETERO.
De tus alas. ¿Sabes lo que pareces con ellas? Un ganso pintado de brocha gorda.
EVÉLPIDES.
Y tú un mirlo con la cabeza desplumada.
PISTETERO.
Nosotros lo hemos querido; y como Esquilo dice: «No son plumas de otro, sino nuestras».[484]
LA ABUBILLA.
¡Ea! ¿Qué debemos hacer?
PISTETERO.
Lo primero dar a la ciudad un nombre ilustre y pomposo; después ofrecer un sacrificio a los dioses.
EVÉLPIDES.
Opino lo mismo.
LA ABUBILLA.
Pues veamos el nombre que ha de ponérsele.
PISTETERO.
¿Queréis que le demos uno magnífico tomado de Lacedemonia? ¿Queréis que la llamemos Esparta?
EVÉLPIDES.
¡Por Hércules! ¿Esparta mi ciudad? Cuando ni siquiera consiento que sea de esparto[485] mi lecho, aunque solo tenga una estera de junco.
PISTETERO.
¿Pues qué nombre le daremos?
EVÉLPIDES.
Uno magnífico, tomado de las nubes y de estas elevadas regiones.
PISTETERO.
¿Qué te parece Nefelococigia?[486]
LA ABUBILLA.
¡Oh! ¡Oh! Ese sí que es bello y grandioso.
EVÉLPIDES.
¿No es en Nefelococigia donde están todas las grandes riquezas de Teógenes y Esquines?[487]
PISTETERO.
No, donde están es en el llano de Flegra,[488] en el que los dioses aniquilaron la arrogancia de los gigantes.
EVÉLPIDES.
Será una ciudad hermosísima. ¿Pero cuál será su divinidad protectora? ¿Para quién tejeremos el peplo?[489]
PISTETERO.
¿Por qué no escogemos a Minerva Poliada?
EVÉLPIDES.
¿Podrá estar bien arreglada una ciudad en que una mujer vaya completamente armada y Clístenes se dedique a hilar?
PISTETERO.
¿Quién guardará el muro pelárgico?[490]
LA ABUBILLA.
Uno de los nuestros oriundo de Persia, que se proclama el más valiente de todos, un pollo de Marte.[491]
EVÉLPIDES.
¡Oh pollo señor! ¡Es un dios a propósito para vivir sobre las piedras!
PISTETERO.
Ea, vete al aire, a ayudar a los albañiles que construyen la muralla; llévales morrillos; desnúdate y haz mortero; sube la gamella; cáete de la escala; pon centinelas; guarda el fuego bajo la ceniza; ronda con tu campanilla,[492] y duérmete; envía luego dos heraldos, uno arriba a los dioses, otro abajo a los hombres, y después vuelve a mi lado.
EVÉLPIDES.
Tú quédate aquí, y revienta.[493]
PISTETERO.
Anda, amigo mío, a donde te envío; nada de cuanto te he dicho puede hacerse sin ti. Yo voy a ofrecer un sacrificio a los nuevos dioses, y a llamar al sacerdote para que presida la procesión. ¡Eh, tú, esclavo! trae el canastillo y la sagrada vasija.[494]
CORO.
Yo uno a las tuyas mis fuerzas y mi voluntad, y te exhorto a dirigir a los dioses súplicas espléndidas y solemnes, y a inmolar una víctima en acción de gracias. Entonemos en honor del dios canciones píticas acompañadas por la flauta de Queris.
PISTETERO (Al flautista).
Deja de soplar, Hércules. ¿Qué es eso? Por Júpiter, muchos prodigios he visto, pero nunca a un cuervo con bozal.[495] Sacerdote, cumple tu deber, y sacrifica a los nuevos dioses.
EL SACERDOTE.
Lo haré. ¿Dónde está el que tiene el canastillo? Rogad a la Vesta de las aves, al milano protector del hogar, y a todos los pájaros, olímpicos y olímpicas, dioses y diosas...
PISTETERO.
¡Salve, gavilán protector de Sunio, rey pelásgico![496]
EL SACERDOTE.
Al cisne Pítico y Delio, a Latona madre de las codornices,[497] a Diana jilguero...
PISTETERO.
En adelante no habrá Diana Colenis,[498] sino Diana jilguero.
EL SACERDOTE.
A Baco pinzón, a Cibeles avestruz, augusta madre de los dioses y los hombres...
PISTETERO.
¡Oh poderosa Cibeles avestruz, madre de Cleócrito![499]
EL SACERDOTE.
Que den salud y felicidad a los nefelococigios y a sus aliados de Quíos.[500]
PISTETERO.
Me gusta ver en todas partes a los de Quíos.
EL SACERDOTE.
A los héroes, a las aves, a los hijos de los héroes, al porfirión, al pelícano, al pelecino, al fléxide, al tetraón, al pavo real, al elea, a la cerceta, al elasa, a la garza, al mergo, al becafigo, al pavo...
PISTETERO.
Acaba, hombre infernal; acaba tus invocaciones. Desdichado, ¿a qué víctimas llamas a los buitres y a las águilas de mar? ¿No ves que un milano basta para devorar estas viandas? ¡Lárgate de aquí con tus ínfulas! Ya ofreceré yo solo el sacrificio.
EL SACERDOTE.
Es preciso que para la aspersión entone un nuevo himno sacro y piadoso, e invoque a los dioses, a uno siquiera, si es que tenéis bastantes provisiones, pues vuestras decantadas víctimas veo que se reducen a barbas y cuernos.
PISTETERO.
Oremos al sacrificar a los dioses alados.
UN POETA.
Celebra, oh Musa, en tus himnos y canciones a la feliz Nefelococigia.
PISTETERO.
¿Qué significa esto? Di, ¿quién eres?
EL POETA.
Yo soy un cantor melifluo, un celoso servidor de las musas, como dice Homero.
PISTETERO.
Si eres esclavo, ¿cómo llevas largo el cabello?[501]
EL POETA.
No es eso; todos los poetas somos celosos servidores de las Musas, al decir de Homero.
PISTETERO.
Ya no me asombro: tu manto demuestra muchos años de servicio. Pero, desdichado poeta, ¿qué mal viento te ha traído aquí?
EL POETA.
He compuesto versos en honor de vuestra Nefelococigia, y muchos hermosos ditirambos y partenias,[502] en el estilo de Simónides.
PISTETERO.
¿Y cuándo los has compuesto?
EL POETA.
Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que yo canto a esta ciudad.
PISTETERO.
¡Pero si en este instante celebro la fiesta de su fundación, y acabo de ponerla un nombre como a los niños de diez días![503]
EL POETA.
¡Qué importa! La voz de las Musas vuela como los más rápidos corceles. ¡Oh tú, padre mío, fundador del Etna, tú cuyo nombre recuerda los divinos templos, otórgame propicio los bienes que para ti desearías!
PISTETERO.
No nos vamos a quitar de encima esta calamidad, si no le damos alguna cosa. Tú,[504] que tienes ese abrigo sobre la túnica, quítatelo y dáselo a este discretísimo poeta. Toma este abrigo; pues me parece que estás tiritando.
EL POETA.
Mi Musa acepta regocijada este presente. Escucha tú estos versos pindáricos...[505]
PISTETERO.
¿No se marchará nunca este importuno?
EL POETA.
Sin vestido de lino
Vaga Estratón en el confín helado
Del errabundo escita:
Burdo manto le han dado,
Pero aún túnica fina necesita.[506]
¿Comprendes lo que quiero decir?
PISTETERO.
Vaya si comprendo: quieres que te regale una túnica. Quítatela: es preciso obsequiar a los poetas. Tómala, márchate.
EL POETA.
Me voy, y al irme compongo estos versos en honor de vuestra ciudad:
Numen de áureo trono,
Celebra esta ciudad
Que tirita a los soplos
De un céfiro glacial.
Yo su campiña fértil,
Vengo de visitar,
Alfombrada de nieve.
¡Tralalá, tralalá!
(Vase.)
PISTETERO.
Sí, pero te escapas de estos helados campos con una buena túnica. Jamás hubiera creído, Júpiter soberano, que ese maldito poeta pudiera adquirir tan pronto noticias de esta ciudad. (Al sacerdote.) Coge la vasija y da vuelta al altar.
EL SACERDOTE.
¡Silencio!
UN ADIVINO.
No inmoles el chivo.[507]
PISTETERO.
¿Quién eres tú?
EL ADIVINO.
¿Quién soy? un adivino.
PISTETERO.
¡Vete en hora mala!
EL ADIVINO.
Amigo mío, no desprecies las cosas divinas: hay una profecía de Bacis[508] que se refiere claramente a Nefelococigia.
PISTETERO.
¿Por qué no me hablaste de ese oráculo antes de fundar la ciudad?
EL ADIVINO.
Un dios me lo impedía.
PISTETERO.
No hay inconveniente en que oigamos el vaticinio.
EL ADIVINO.
«Cuando los lobos y las encanecidas cornejas habitaren juntos en el espacio que separa a Corinto de Sicione...»[509]
PISTETERO.
¿Pero qué tenemos que ver con los Corintios?
EL ADIVINO.
Bacis, al expresarse de ese modo, se refería al aire. «Sacrificad primeramente a Pandora un blanco vellocino; y después regalad al profeta que interprete mis oráculos un buen vestido y zapatos nuevos...»
PISTETERO.
¿Están también los zapatos?
EL ADIVINO.
Toma y lee. «Y dadle además una copa y un buen trozo de las entrañas de la víctima.»
PISTETERO.
¿También hay que darle un trozo de las entrañas?
EL ADIVINO.
Toma y lee. «Joven divino, si obedecieres mis mandatos, serás un águila en las nubes: si no le das nada, ni tórtola, ni águila, ni pito real.»
PISTETERO.
¿También está eso?
EL ADIVINO.
Toma y lee.
PISTETERO.
Pero tu oráculo en nada se parece a otro que escribí yo mismo bajo la inspiración de Apolo. «Cuando, sin que nadie le llame, venga un charlatán a molestarte mientras estás ofreciendo un sacrificio, y pida una porción de las entrañas, deberás molerle las costillas a palos.»
EL ADIVINO.
Tú deliras.
PISTETERO.
Toma y lee. «Y no le perdones, aunque sea un águila en las nubes, aunque sea Lampón, aunque sea el gran Diopites.»[510]
EL ADIVINO.
¿También está eso?
PISTETERO.
Toma y lee, ¡y lárgate al infierno!
EL ADIVINO.
¡Ay, pobre de mí!
PISTETERO.
Pronto, pronto, vete a profetizar a otra parte.
METÓN.[511]
Vengo a...
PISTETERO.
Otro importuno. ¿Qué te trae aquí? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Qué te propones viniendo tan encopetado con tus coturnos?
METÓN.
Quiero medir las llanuras aéreas, y dividirlas en calles.
PISTETERO.
En nombre de los dioses, ¿quién eres?
METÓN.
¿Quién soy? Metón, conocido en toda la Grecia y en la aldea de Colona.[512]
PISTETERO.
Dime, ¿qué es eso que traes ahí?
METÓN.
Reglas para medir el aire. Pues todo el aire, en su forma general, es enteramente parecido a un horno.[513] Por tanto, aplicando por arriba esta línea curva y ajustando el compás... ¿Comprendes?
PISTETERO.
Ni una palabra.
METÓN.
Con esta otra regla trazo una línea recta, inscribo un cuadrado en el círculo, y coloco en su centro la plaza; a ella afluyen de todas partes calles derechas, del mismo modo que del sol, aunque es circular, parten rayos rectos en todas direcciones.
PISTETERO.
¡Este hombre es un Tales... Metón!
METÓN.
¿Qué?
PISTETERO.
Ya sabes que te quiero; pues bien, voy a darte un buen consejo: márchate cuanto antes.
METÓN.
¿Pues qué peligro...?
PISTETERO.
Aquí, como en Lacedemonia,[514] es costumbre expulsar a los extranjeros, y en la ciudad llueven garrotazos.
METÓN.
¿Hay alguna sedición?
PISTETERO.
Nada de eso.
METÓN.
¿Pues qué?
PISTETERO.
Hemos tomado por unanimidad la resolución de echar a todos los charlatanes.
METÓN.
Pues huyo.
PISTETERO.
Creo que ya es tarde: la tempestad estalla. (Le pega.)
METÓN.
¡Desdichado de mí! (Huye.)
PISTETERO.
¿No te lo decía hace tiempo? Vete con tus medidas a otra parte.
UN INSPECTOR.
¿Dónde están los próxenos?[515]
PISTETERO.
¿Quién es este Sardanápalo?
EL INSPECTOR.
Soy un inspector[516] designado por la suerte para vigilar en Nefelococigia.
PISTETERO.
¡Un inspector! ¿Quién te ha enviado?
EL INSPECTOR.
Un maldito decreto de Téleas.[517]
PISTETERO.
¿Quieres recibir tu sueldo, y marcharte, sin tomarte la menor molestia?
EL INSPECTOR.
Sí, por cierto; precisamente tenía hoy necesidad de estar en Atenas para asistirá la asamblea: tengo un asunto de Farnaces.[518]
PISTETERO.
Toma y llévate esto; este será tu sueldo. (Le pega.)
EL INSPECTOR.
¿Qué es esto?
PISTETERO.
Es la asamblea en que has de defender a Farnaces.
EL INSPECTOR.
¡Sed testigos de que me pega! ¡A mí! ¡A un inspector!
PISTETERO.
¿No te irás con tus malditas urnas judiciales? Esto es insoportable; ¡enviar inspectores a una ciudad antes de haberse ofrecido el sacrificio de consagración!
UN VENDEDOR DE DECRETOS.
«El nefelococigio que faltase a un ateniense...»
PISTETERO.
¿Qué nueva calamidad es esta, cargada de pergaminos?
EL VENDEDOR DE DECRETOS.
Soy un vendedor de decretos, y vengo a venderos leyes nuevas.
PISTETERO.
¿Cuáles?
EL VENDEDOR DE DECRETOS.
«Los habitantes de Nefelococigia tendrán las mismas leyes, pesos y medidas que los Olofixios.»[519]
PISTETERO.
Ahora vas a conocer las de los Ototixios.[520]
EL VENDEDOR DE DECRETOS.
Eh, ¿qué haces?
PISTETERO.
¿No te largas con tus decretos? Pues te voy a aplicar unos bien crueles.
EL INSPECTOR (Volviendo).
Cito por injurias a Pistetero para el mes Muniquion.[521]
PISTETERO.
¡Cómo! ¿Aún estabas ahí?
EL VENDEDOR DE DECRETOS.
«El que expulsare a un magistrado y no le recibiese como prescribe el edicto fijado en la columna...»
PISTETERO (Al inspector).
¡Oh, desdicha! ¿Ahí estabas también tú?
EL INSPECTOR.
¡Ya me las pagarás! Te he de hacer condenar a diez mil dracmas de multa.
PISTETERO.
Yo haré pedazos tus urnas.
EL INSPECTOR.
¿Te acuerdas de aquella tarde en que hiciste tus necesidades junto a la columna de edictos?
PISTETERO.
Ea, echadle mano a ese. ¡Hola! parece que no te quedas.
EL SACERDOTE.
Marchémonos de aquí cuanto antes, y sacrifiquemos dentro el macho cabrío.
(Vanse todos.)
CORO.
Ya todos los mortales ofrecerán sus votos y sacrificios a mí que todo lo inspecciono y gobierno. Porque con mi vista abarco el mundo entero y conservo los frutos en flor, destruyendo las infinitas castas de animales que, en el seno de la tierra o en las ramas de los árboles, los devoran antes de que hayan brotado del tierno cáliz. Yo mato los insectos que corrompen con su fétido contacto los perfumados huertos; y todos los reptiles y venenosos sapos mueren al golpe de mis forzudas alas.
Hoy que se pregona principalmente este edicto: «El que matase a Diágoras Meliense,[522] recibirá un talento: el que matase a uno de los tiranos nuestros,[523] recibirá un talento», queremos nosotros promulgar también este decreto: «El que matare a Filócrates el pajarero, recibirá un talento; cuatro el que lo traiga vivo: él es quien ata los pinzones de siete en siete y los vende por un óbolo; él es quien atormenta a los tordos inflándolos para que parezcan más gordos; él atraviesa con plumas el pico de los mirlos; él reúne palomas y las encierra obligándolas a reclamar a otras y atraerlas a sus redes. Este es nuestro edicto: mandamos además que todo el que tenga aves encerradas en su patio, las suelte inmediatamente. El que no obedeciere será apresado por las aves, y servirá cargado de cadenas para señuelo de otros hombres.»
¡Oh raza afortunada la de las aves! ni en invierno tenemos necesidad de túnicas, ni en estío nos molestan los abrasadores rayos de un sol canicular. En los valles floridos, a la sombra del tupido follaje, hallo fresco reposo, mientras la divina cigarra, enfurecida por el calor del mediodía deja oír su agudo canto: cuevas profundas, en que jugueteo con las monteses ninfas, me abrigan en invierno; y en primavera, picoteo las blancas y virginales bayas del mirto, y saqueo los huertecillos de las Gracias.
Queremos decir a los jueces una palabra sobre el premio: si nos lo adjudican, les otorgaremos toda clase de bienes; bienes más preciosos que los que recibió el mismo Paris.[524] En primer lugar, cosa la más apetecida por todos los jueces, las lechuzas de Laurium[525] no os abandonarán jamás; habitarán dentro de vuestras casas, anidarán en vuestros bolsillos y empollarán en ellos pequeñas moneditas. Además vuestras habitaciones parecerán templos magníficos, porque elevaremos sus techos en forma de alas de águila.[526] Si conseguís una magistratura y queréis robar algo, armaremos vuestras manos con las garras veloces del azor. Y si vais a un banquete, os proveeremos de espaciosos buches. Pero si no nos adjudicáis el premio, ya podéis proveeros de sombrillas como las de las estatuas;[527] que el que no la lleve nos las pagará todas juntas. Pues cuando salga ostentando su túnica blanca, todas las aves se la mancharemos con nuestras inmundicias.
PISTETERO.
Aves, el sacrificio ha sido favorable; pero me extraña que no venga de la muralla ningún mensajero para anunciamos cómo va la obra. ¡Ah! Ahí viene uno corriendo sin aliento.[528]
MENSAJERO PRIMERO.
¿Dónde, dónde está? ¿Dónde, dónde, dónde está? ¿Dónde, dónde, dónde está? ¿Dónde está Pistetero, nuestro jefe?
PISTETERO.
Aquí estoy.
MENSAJERO PRIMERO.
Tus murallas están construidas.
PISTETERO.
Muy bien.
MENSAJERO PRIMERO.
Es una obra soberbia y hermosísima: la anchura del muro es tan grande, que si Proxénides el fanfarrón y Teógenes[529] se encontrasen sobre él dirigiendo dos carros tirados por caballos tan grandes como el de Troya, pasarían sin dificultad.[530]
PISTETERO.
¡Magnífico!
MENSAJERO PRIMERO.
Su largura (yo mismo la he medido) es de cien brazas.[531]
PISTETERO.
¡Por Neptuno, qué largura! ¿Quiénes han construido tan gigantesca muralla?
MENSAJERO PRIMERO.
Las aves, y nadie más que las aves; allí no ha habido ni albañiles egipcios, ni canteros; todo lo han hecho por sí mismas con una habilidad asombrosa. De África vinieron cerca de treinta mil grullas que descargaron su lastre de piedras,[532] las cuales, después de arregladas por el pico de los rascones, han servido para los cimientos. Diez mil cigüeñas fabricaron los ladrillos. Los chorlitos y demás aves fluviales subían al aire el agua de la tierra.
PISTETERO.
¿Quiénes traían el mortero?
MENSAJERO PRIMERO.
Las garzas, en gamellas.
PISTETERO.
¿Pero cómo pudieron echarlo en las gamellas?
MENSAJERO PRIMERO.
¡Oh, es una invención ingeniosísima! Los gansos revolvían con sus patas, a guisa de paletas, el mortero, y después lo echaban en las gamellas.
PISTETERO.
¿Qué no harán los pies?[533]
MENSAJERO PRIMERO.
Era de ver cómo traían ladrillos los ánades. También ayudaban a la faena las golondrinas trayendo mortero en el pico y la llana en la cola, como si fuesen niños.
PISTETERO.
¿Qué necesidad habrá ya de pagar operarios? Pero dime: ¿quiénes labraron las maderas necesarias?
MENSAJERO PRIMERO.
Los pelícanos, como habilísimos carpinteros, arreglaron con sus picos las jambas de las puertas: cuando desbastaban las maderas, se oía un ruido parecido al de los arsenales. Ahora está ya todo cerrado con puertas y cerrojos y cuidadosamente guardado: las rondas recorren el recinto con sus campanillas: hay centinelas en todas partes, y antorchas en las torres. Pero yo corro a lavarme: a ti te toca terminar la obra.
CORO.
Vamos, ¿qué haces? ¿Te admiras de la prontitud con que el muro ha sido construido?
PISTETERO.
Sí por cierto; la cosa es digna de admiración; parece una fábula. Pero ahí viene uno de los centinelas de la ciudad con marcial continente.
MENSAJERO SEGUNDO.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
PISTETERO.
¿Qué ocurre?
MENSAJERO SEGUNDO.
Una cosa indigna. Uno de los dioses de la corte de Júpiter ha atravesado las puertas y ha penetrado en el aire burlando la vigilancia de los grajos qué dan la guardia de día.
PISTETERO.
¡Oh indigno y criminal atentado! ¿Qué dios es?
MENSAJERO SEGUNDO.
Lo ignoramos; solo sabemos que tiene alas.
PISTETERO.
¿Por qué no habéis lanzado en seguida guardias en su persecución?
MENSAJERO SEGUNDO.
Hemos enviado tres mil azores, arqueros de caballería: todas las aves de ganchudas uñas, cernícalos, gerifaltes, buitres, águilas y gavilanes vuelan en su busca, haciendo resonar el aire con el rápido batir de sus alas. El dios no debe estar lejos; si no me engaño, helo ahí.
PISTETERO.
¡Armémonos de la honda y el arco! Aquí, mis amigos; disparad todos vuestras saetas; dadme una honda.
CORO.
Declárase una guerra, una guerra nefanda entre nosotros y los dioses. Hijos del Erebo, guardad cuidadosos el aire y las nubes que le entoldan para que ningún dios las atraviese: vigilad todo el circuito. Ya se oye cerca un ruido de alas, como el de un inmortal cuando vuela.
(Iris aparece volando y es detenida.)
PISTETERO.
¡Eh, tú! ¿A dónde vuelas? Estate quieta, inmóvil. ¡Alto! detente. ¿Quién eres? ¿De qué país? Es preciso que digas de dónde vienes.
IRIS.
Vengo de la mansión de los dioses olímpicos.
PISTETERO.
¿Cómo te llamas, navío o casco?[534]
IRIS.
La rápida Iris.
PISTETERO.
¿La Paralos, o la Salamina?[535]
IRIS.
¿Qué dices?
PISTETERO.
¿No habrá un gerifalte[536] que emprenda el vuelo y se lance sobre ella?
IRIS.
¿Que se lance sobre mí? ¿Qué significan estos ultrajes?
PISTETERO.
Vas a llorar a mares.
IRIS.
Pero esto es absurdo.
PISTETERO.
¿Por qué puerta has penetrado en la ciudad, gran malvada?
IRIS.
¿Por qué puerta? No lo sé, por vida mía.
PISTETERO.
¿Oís cómo se burla de nosotros? ¿Te has presentado al capitán de los grajos? Responde. ¿Traes un pase autorizado con el sello de las cigüeñas?
IRIS.
¿Qué es esto?
PISTETERO.
¿No lo traes?
IRIS.
¿Estás en tu juicio?
PISTETERO.
¿No te ha enviado un salvoconducto algún jefe de las aves?
IRIS.
Nadie me ha enviado nada, imbécil.
PISTETERO.
¿Y te has atrevido a atravesar en silencio el aire y una ciudad extraña?
IRIS.
¿Pues por dónde hemos de pasar los dioses?
PISTETERO.
No lo sé; pero no por aquí. Lo cierto es que tú has delinquido. ¿Sabes que si te aplicase la pena merecida nos apoderaríamos de ti y moriría la bella Iris?
IRIS.
Soy inmortal.
PISTETERO.
No por eso dejarías de morir. Esto es insoportable; mandamos en todos los seres del mundo, y ahora nos vienen los dioses echándoselas de insolentes y negándose a obedecer a los más fuertes. Vamos, contesta: ¿a dónde dirigías tu vuelo?
IRIS.
¿Yo? Llevo encargo de mi padre de ordenar a los hombres que ofrezcan víctimas a los dioses del Olimpo; que inmolen bueyes y ovejas, y llenen las calles con el humo de los sacrificios.
PISTETERO.
¿Qué dices? ¿A qué dioses?
IRIS.
¿A qué dioses? a nosotros, a los dioses del cielo.
PISTETERO.
¿Pero vosotros sois dioses?
IRIS.
¿Pues qué, hay otros?
PISTETERO.
Las aves son ahora los dioses de los hombres; y a ellas, por vida mía, han de ofrecerse los sacrificios y no a Júpiter.
IRIS.
¡Ah, insensato, insensato! No provoques las graves iras de los dioses; guarda que la Justicia, armada del terrible azadón de Júpiter, no extirpe de raíz toda tu raza; teme que sus rayos vengadores te reduzcan a cenizas con todos tus palacios.[537]
PISTETERO.
Oye, déjate de palabras campanudas, y estate quieta. Dime, ¿crees que me vas a espantar con ese lenguaje, como si fuese algún esclavo lidio o de la Frigia?[538] ¿Sabes que si Júpiter me molesta más, enviaré águilas igníferas que incendien su morada y el palacio de Anfión?[539] ¿Sabes que puedo mandar al cielo contra él más de seiscientos alados porfiriones[540] cubiertos con pieles de leopardos? Y cuenta que uno solo le dio mucho que hacer. Y a ti, bella mensajera, como me incomodes, te agarro y te doy a conocer, con asombro tuyo, que, aunque viejo, pocos me ganan en las lides amorosas.
IRIS.
¡Ojalá revientes, estúpido, con tus dicharachos!
PISTETERO.
¿Te marchas o no? ¡Largo pronto! ¡Cuidado con los golpes!
IRIS.
¡Ah! Mi padre castigará tu insolencia.
PISTETERO.
¡Vaya un susto! ¡Vuela, vuela, vete a llenar con el humo y el hollín de tus rayos a otros más jóvenes que yo!
CORO.
Queda prohibido a los dioses, hijos de Júpiter, el paso por nuestra ciudad; prohíbese también a los mortales cuando les ofrezcan sacrificios el que hagan atravesar por aquí el humo de sus víctimas.
PISTETERO.
Temo que no acabe de volver el heraldo que envié a los hombres.
UN HERALDO.
¡Oh feliz Pistetero! ¡Oh sapientísimo! ¡Oh celebérrimo! ¡Oh sapientísimo! ¡Oh hermosísimo! ¡Oh felicísimo! ¡Oh...! Vamos, apunta.[541]
PISTETERO.
¿Qué estás diciendo?
EL HERALDO.
Todos los pueblos, admirados de tu sabiduría, te ofrecen esta corona de oro.
PISTETERO.
La acepto; pero ¿por qué los pueblos me decretan tan señalado honor?
EL HERALDO.
Tú no sabes, ilustre fundador de una ciudad aérea, la inmensa estimación en que te tienen los mortales, y la afición extraordinaria que se ha desarrollado por este país. Antes de que echases los cimientos de esta célebre ciudad, todos los hombres atacados de la lacomanía se dejaban crecer el cabello, ayunaban, iban sucios, vivían socráticamente,[542] y llevaban bastones espartanos; ahora ha cambiado la moda y les domina la manía por las aves, complaciéndose en imitar su modo de vivir. En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y vuelan, como nosotros, a su pasto habitual; después se dirigen a los carteles y se atracan de decretos. Su manía por las aves es tan grande que muchos llevan nombres de volátiles: un tabernero cojo, se llama perdiz; Menipo, golondrina; Opuncio, cuervo tuerto; Filocles, alondra; Teógenes, ganso-zorro; Licurgo, ibis; Querefonte, murciélago; Siracosio, urraca; y Midias se llama codorniz, porque, en efecto, tiene toda la traza de una codorniz muerta de un porrazo en la cabeza.[543] La pasión por las aves hace que se canten versos, donde es de rigor hablar de golondrinas, de penélopes, de gansos, de palomas, o por lo menos algo de plumaje. Así anda la cosa. ¡Ah!, te advierto que pronto vendrán aquí más de diez mil personas pidiéndote alas y garras ganchudas; por tanto, ya puedes hacer provisión de plumas para los nuevos huéspedes.
PISTETERO.
Entonces no hay tiempo que perder. Anda, llena de alas todos los cestos y cestillos, y dile a Manes[544] que me los traiga aquí. Yo me encargo de recibir a los que vengan.
CORO.
Esta ciudad va a ser pronto muy populosa.
PISTETERO.
Si la fortuna nos favorece.
CORO.
El amor a nuestra ciudad se propaga.
PISTETERO (Al esclavo).
Trae eso pronto.
CORO.
¿Qué falta en ella de cuanto puede hacer grata su mansión? Aquí se encuentran la Sabiduría, el Amor, las Gracias inmortales, y el plácido semblante de la querida Paz.
PISTETERO.
¡Qué calma, justo cielo! Trae eso pronto.
CORO.
Sí, traed pronto un cesto lleno de alas; y tú hazle moverse a palos, como lo hago yo: es más pesado que un asno.
PISTETERO.
Sí, Manes es un perezoso.
CORO.
Tú, pon en orden esas alas, las musicales,[545] las proféticas,[546] las marítimas.[547] Procura después que cada uno se lleve las que le convengan.
PISTETERO (A Manes).
¡Ah, lo juro por los cernícalos! Esta no te la perdono, si continúas tan perezoso y tardón.
UN PARRICIDA.
¡Quién fuera el águila de altísimo vuelo, para cernerse sobre las ondas cerúleas del estéril mar![548]
PISTETERO.
Veo que el mensajero dijo la verdad; ahí viene no sé quién cantando a las águilas.
EL PARRICIDA.
¡Oh, nada hay tan delicioso como volar! Yo adoro las leyes de los pájaros; la afición a las aves me vuelve loco; yo vuelo, yo quiero vivir con vosotros, soy apasionado por vuestras leyes.
PISTETERO.
¿Por cuáles?, pues las aves tienen muchas clases.[549]
EL PARRICIDA.
Por todas; más principalmente por esa en virtud de la cual es lícito a un pájaro morder a su padre y retorcerle el pescuezo.
PISTETERO.
Es verdad, nosotros tenemos por muy valiente al que, pollito aún, pega a su padre.
EL PARRICIDA.
Por eso he emigrado a esta región; deseo estrangular a mi padre para heredar todos sus bienes.
PISTETERO.
Pero tenemos también otra ley inscrita en la columna de edictos de las cigüeñas: «Cuando la cigüeña haya criado sus hijos y los haya puesto en disposición de volar, estos tendrán a su vez obligación de alimentar a sus padres.»
EL PARRICIDA.
¡Pues bastante he ganado con venir, si tengo que sostener a mi padre!
PISTETERO.
No, no; ya que con tan benévolas intenciones has acudido a nosotros, te emplumaré como conviene a un pájaro huérfano.[550] Además, pobre joven, te daré un buen consejo que aprendí en mi niñez. No maltrates a tu padre; coge esta ala en una mano y ese espolón en la otra; figúrate que tienes una cresta de gallo, y haz guardias, vete a la guerra, vive de tu estipendio, y deja en paz a tu padre. Ya que eres tan belicoso, dirige tu vuelo a Tracia,[551] y combate allí.
EL PARRICIDA.
¡Por Baco! Tu consejo me parece excelente, y lo seguiré.
PISTETERO.
Obrarás discretamente.
CINESIAS.
Vuelo al Olimpo con ligeras alas;[552]
Y a su batir resuelto voy cruzando
Las sendas de la gaya poesía...
PISTETERO.
Este va a necesitar un fardo entero de alas.
CINESIAS.
Otras nuevas buscando,
Mi cuerpo y mi indomable fantasía...
PISTETERO.
Un abrazo a Cinesias, el Tilo.[553] ¿A qué vienes dando vueltas a tu pie cojo?
CINESIAS.
Quiero, ansío ser ave,
Ser ruiseñor, y con gorjeo suave...
PISTETERO.
Basta de música, y explícame tus deseos.
CINESIAS.
Ponme alas; pues anhelo subir por los aires y recoger de las nubes nuevos cantos, aéreos y caliginosos.
PISTETERO.
¿Cantos en las nubes?
CINESIAS.
Sí; en ellas estriba hoy todo nuestro arte. Los más brillantes ditirambos son aéreos, caliginosos, tenebrosos, alados. Pronto lo verás; escucha.
PISTETERO.
No, no oigo nada.
CINESIAS.
Pues oirás, mal que te pese:
En forma de volátil,
Cuyo ondulante cuello
Surca del éter fúlgido
La azul inmensidad,
Recorreré los aires,
Que te obedecen ya.
PISTETERO.
¡Hop![554]
CINESIAS.
¡Ah! ¡Quién con vuelo rápido
Al hálito vehemente
Cediendo de los ímpetus
De indómito Aquilón
Pudiera sobre el piélago
Cernerse bramador!
PISTETERO.
¡Ya reprimiré yo tus hálitos o ímpetus...!
CINESIAS.
Y ora hacia el Noto cálido
Enderezando el vuelo,
Ora a la región frígida
Del Bóreas glacial,
El oleaje férvido
Del éter...
(A Pistetero que le apalea.) ¡Anciano! ¡Anciano! ¡Vaya una hábil e ingeniosa invención!
PISTETERO.
¿No deseabas volar?
CINESIAS.
¿Así tratas a un poeta ditirámbico que se disputan todas las tribus?
PISTETERO.
¿Quieres quedarte con nosotros y enseñar a la tribu Ceropia un coro de aves voladoras, tan ligero como el espirituado Leotrófides?[555]
CINESIAS.
Te burlas de mí, está claro. Pero no importa; ten presente que no descansaré un momento hasta que surque los aires, transformado en pájaro.
UN DELATOR.
Di, golondrina de alas esplendentes
Por la Febea luz tornasoladas,
¿Quiénes son esas aves indigentes
De tan varios plumajes adornadas?[556]
PISTETERO.
El mal toma serias proporciones. Otro se acerca zumbando.
EL DELATOR.
«Por la Febea luz tornasoladas,» repito.
PISTETERO.
Creo que esa canción la dirige a su manto, porque parece que tiene necesidad urgente de la vuelta de la golondrina.[557]
EL DELATOR.
¿Quién distribuye alas a los recién llegados?
PISTETERO.
Yo mismo; pero es preciso decir para qué.
EL DELATOR.
¡Alas! ¡Necesito alas![558] No me preguntes más.
PISTETERO.
¿Acaso quieres volar en línea recta a Pelene?[559]
EL DELATOR.
No; soy acusador de las islas,[560] delator...
PISTETERO.
¡Buen oficio!
EL DELATOR.
E investigador de pleitos. Quiero tener alas, para girar con rapidez mi visita a las ciudades y citar a los acusados.
PISTETERO.
¿Los citarás mejor teniendo alas?
EL DELATOR.
No, por Júpiter; pero podré librarme de ladrones, y volveré como las grullas, trayendo por lastre infinitos procesos.
PISTETERO.
¿Y esa es tu ocupación? ¡Cómo! ¿Siendo joven y robusto, te dedicas a delator de extranjeros?
EL DELATOR.
¿Qué he de hacer? No sé cavar.
PISTETERO.
Pero, por Júpiter, hay otras ocupaciones con las cuales un hombre de tu edad puede ganarse honradamente la vida, sin acudir al vil oficio de zurcidor de procesos.
EL DELATOR.
Amigo mío, no te pido consejos, sino alas.
PISTETERO.
Ya te doy alas con mis palabras.
EL DELATOR.
¿Cómo puedes con palabras dar alas a un hombre?
PISTETERO.
Las palabras dan alas a todos.
EL DELATOR.
¿A todos?
PISTETERO.
¿No has oído muchas veces en las barberías a los padres decir hablando de los jóvenes?: «Son terribles las alas para la equitación que le han dado a mi hijo las palabras de Diítrefes.[561]» «Pues yo, dice otro, tengo un hijo que en alas de la imaginación ha dirigido su vuelo a la tragedia.»
EL DELATOR.
¿Luego las palabras dan alas?
PISTETERO.
Ya te he dicho que sí: ellas elevan el espíritu, y levantan al hombre. He ahí por qué con mis útiles consejos pretendo yo levantar tu vuelo a una profesión más honrada.
EL DELATOR.
Pero yo no quiero.
PISTETERO.
¿Pues qué harás?
EL DELATOR.
No quiero desmerecer de mi raza: el oficio de delator está vinculado a mi familia. Dame, pues, rápidas y ligeras alas de gavilán o cernícalo, para que, en cuanto haya citado a los isleños, pueda regresar a Atenas a sostener la acusación, y volar en seguida a las islas.
PISTETERO.
Comprendo: a fin de que el isleño sea condenado aquí, antes de llegar.
EL DELATOR.
Precisamente.
PISTETERO.
Y después, mientras él navega en esta dirección, volar tú allá y arrebatarle todos sus bienes.
EL DELATOR.
Exacto. Deseo ser un verdadero trompo.
PISTETERO.
A propósito de trompos: tengo aquí excelentes alas de Córcira.[562]
EL DELATOR.
¡Pobre de mi! ¡Es un azote!
PISTETERO.
¡Fuera de aquí volando! ¡Lárgate pronto, canalla insoportable! Ya te haré yo sentir lo que se gana corrompiendo la justicia. (Al esclavo.) Recojamos las alas y partamos.
CORO.
En nuestro vuelo hemos visto mil maravillas, mil increíbles prodigios. Hay lejos de Cardias[563] un árbol muy extraño llamado Cleónimo, completamente inútil, aunque grande y tembloroso. En primavera produce siempre, en vez de yemas, delaciones; y en invierno, en vez de hojas, deja caer escudos. Hay también un país, junto a la región de las sombras en los desiertos oscuros, donde los hombres comen y hablan con los héroes, excepto a la noche; cuando esta llega su encuentro es peligroso. Pues si algún mortal tropezare entonces con Orestes,[564] sería despojado de sus vestidos, y molido a palos de pies a cabeza.
PROMETEO.
¡Qué desgraciado soy! Procuremos que no me vea Júpiter. ¿Dónde está Pistetero?
PISTETERO.
¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Un hombre tapado?
PROMETEO.
¿Ves algún dios detrás de mí?
PISTETERO.
Ninguno, por vida mía. ¿Pero quién eres?
PROMETEO.
¿Qué hora es?
PISTETERO.
¿Qué hora? Un poco más del medio día. ¿Pero quién eres?
PROMETEO.
¿Es el declinar del día o más tarde?
PISTETERO.
¡Oh, qué fastidioso!
PROMETEO.
¿Qué hace Júpiter? ¿Disipa o amontona las nubes?[565]
PISTETERO.
¡Vete al infierno!
PROMETEO.
Entonces, me descubriré.
PISTETERO.
¡Oh, querido Prometeo!
PROMETEO.
¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡No grites!
PISTETERO.
¿Qué ocurre?
PROMETEO.
¡Silencio! No pronuncies mi nombre; soy perdido si Júpiter me llega a ver aquí. Si me cubres la cabeza con esta sombrilla, para que no me vean los dioses, te contaré todo lo que pasa en el Olimpo.
PISTETERO.
¡Ah, ja, ja! Idea excelente y digna de Prometeo. Métete pronto aquí debajo, y habla sin temor.
PROMETEO.
Escucha, pues.
PISTETERO.
Soy todo oídos: habla.
PROMETEO.
Júpiter está perdido.
PISTETERO.
¿Desde cuándo?
PROMETEO.
Desde que habéis fundado esta ciudad en el aire. Ningún mortal ofrece ya sacrificios a los dioses, y no sube hasta nosotros el humo de las víctimas. Privados de todas sus ofrendas, ayunamos como en las fiestas de Ceres.[566] Los dioses bárbaros, enfurecidos por el hambre, gritan como los ilirios, y amenazan bajar contra Júpiter, si no hace que vuelvan a abrirse los mercados, para que puedan introducirse las entrañas de las víctimas.
PISTETERO.
¿Luego hay dioses bárbaros que habitan encima de nosotros?
PROMETEO.
¿Pues si no hubiese dioses bárbaros, cuál podría ser el patrón de Execéstides?[567]
PISTETERO.
¿Y cómo se llaman esos dioses?
PROMETEO.
¿Cómo? Tríbalos.[568]
PISTETERO.
Comprendo. De ahí, sin duda, viene la frase: «Ojalá te trituren».[569]
PROMETEO.
Está claro. Te aseguro que pronto bajará para estipular las condiciones de paz una embajada de Júpiter y de los Tríbalos superiores; pero vosotros no debéis hacer pacto alguno mientras Júpiter no restituya el cetro a las aves, y te dé por esposa a la Soberanía.
PISTETERO.
¿Quién es la Soberanía?
PROMETEO.
Una hermosísima doncella que maneja los rayos de Júpiter y a cuyo cargo están todas las demás cosas: la prudencia, la equidad, la modestia, la marina, las calumnias, la tesorería, y el pago del trióbolo.
PISTETERO.
De modo que es un administrador universal.
PROMETEO.
Precisamente. De suerte que si te la otorga, serás dueño de todo. He venido para darte este consejo, pues siempre he querido mucho a los hombres.
PISTETERO.
Es verdad; tú eres el único dios a quien debemos los asados.[570]
PROMETEO.
Sabes también que aborrezco a todos los dioses.
PISTETERO.
Sí, tú fuiste siempre su enemigo.
PROMETEO.
Un verdadero Timón[571] para ellos. Pero dame la sombrilla para que me vaya cuanto antes; si Júpiter me ve así desde el cielo, creerá que voy siguiendo a una canéfora.[572]
PISTETERO.
Para fingir mejor, coge este asiento y llévatelo con la sombrilla.
CORO.
En el país de los Esciápodas[573] hay un pantano donde evoca los espíritus el desaseado Sócrates; allá fue también Pisandro,[574] pidiendo ver su alma que le había abandonado en vida; traía un camello por víctima en vez de un cordero, y cuando lo degolló, dio un paso atrás como Ulises:[575] después Querefonte,[576] el murciélago, subió del Orco para beber la sangre.
NEPTUNO.
Estamos a la vista de Nefelococigia, a cuya ciudad venimos. (Al Tríbalo.) ¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¿Te echas el manto sobre el hombro izquierdo? ¿No lo cambias al derecho?[577] ¡Cómo, desdichado!, ¿tendrás el mismo defecto que Lespodias?[578] ¡Oh democracia! ¿A dónde vamos a parar? ¡Verse los dioses obligados a elegir semejante embajador!
EL TRÍBALO.
Déjame en paz.
NEPTUNO.
¡Peste de estúpido! No he visto dios más bárbaro. Dime, Hércules, ¿qué haremos?
HÉRCULES.
Ya lo has oído; mi intención es estrangular, sea el que sea, a ese hombre que nos ha bloqueado.
NEPTUNO.
Pero, amigo mío, si hemos sido enviados a tratar de la paz.
HÉRCULES.
Razón de más para estrangularle.
PISTETERO.[579]
Alárgame el rallador; trae silfio; dame queso; atiza los carbones.
HÉRCULES.[580]
Mortal, tres dioses te saludan.
PISTETERO.
Lo cubro de silfio.
HÉRCULES.
¿Qué carnes son esas?
PISTETERO.
Son unas aves que se han sublevado y conspirado contra el partido popular.
HÉRCULES.
¿Y las cubres primero de silfio?
PISTETERO.
¡Salud, oh Hércules! ¿Qué ocurre?
HÉRCULES.
Venimos enviados por los dioses para cortar la guerra.
UN CRIADO.
No hay aceite en la alcuza.
PISTETERO.
Pues estos pajarillos tienen que estar bien rehogados.
HÉRCULES.
Nosotros nada ganamos con hacer la guerra; y vosotros, si sois nuestros amigos, tendréis siempre agua de lluvia en las balsas y disfrutaréis de días serenos. Venimos perfectamente autorizados para estipular sobre este punto.
PISTETERO.
Nunca hemos sido los agresores, y ahora mismo estamos dispuestos a hacer la paz que deseáis si os avenís a una condición equitativa: tal es la de que Júpiter nos devuelva el cetro a las aves. Después de arreglado este particular, invito a los embajadores a comer.
HÉRCULES.
Por mí eso basta, y declaro...
NEPTUNO.
¿Qué? ¡Desdichado! Eres glotón e imbécil. ¿Así piensas despojar del mando a tu padre?
PISTETERO.
Te equivocas. ¿Acaso no seréis más poderosos si las aves reinan sobre la tierra? Ahora, al abrigo de las nubes y bajando la cabeza, los mortales perjuran impunemente de vosotros; pero si tuvieseis por aliadas a las aves, cuando alguno jurase por el cuervo y por Júpiter, el cuervo se acercaría furtivamente al perjuro, y le saltaría un ojo de un picotazo.
NEPTUNO.
¡Bien dicho, por Neptuno![581]
HÉRCULES.
Me parece lo mismo.
PISTETERO (Al Tríbalo).
Y tú, ¿qué opinas?
EL TRÍBALO.
Nabaisatreu.[582]
PISTETERO.
¿Lo ves? Es de la misma opinión. Oíd otra de las ventajas que nuestra alianza os proporcionará. Si un hombre ofrece un sacrificio a alguno de vosotros, y después difiere su realización diciendo: «Los dioses tendrán paciencia», y por avaricia no cumple su voto, nosotros le obligaremos.
NEPTUNO.
¿Cómo? ¿De qué manera?
NEPTUNO.
Cuando nuestro hombre esté contando su dinero, o sentado en el baño, un gavilán le arrebatará, sin que lo note, el precio de dos ovejas y se lo llevará al dios burlado.
HÉRCULES.
Confirmo mi declaración de que debe devolvérsele el cetro.
NEPTUNO.
Pregunta a Tríbalo.
HÉRCULES.
¡Eh, Tríbalo! ¿Quieres... una paliza?
EL TRÍBALO.
Saunaca bactaricrousa.
HÉRCULES.
Dice que con mucho gusto.
NEPTUNO.
Si ambos sois de esa opinión, yo me adhiero a ella.
HÉRCULES.
Consentimos en la devolución del cetro.
PISTETERO.
¡Por vida mía, si me olvidaba de otra condición! Dejo a Júpiter su Juno; pero exijo que me dé por esposa a la joven Soberanía.
NEPTUNO.
Está visto que no quieres la paz. Retirémonos.
PISTETERO.
Poco me importa. — Cocinero, que esté sabrosa la salsa.
HÉRCULES.
¡Qué particular es este Neptuno! ¿A dónde vas? ¿Hemos de emprender la guerra por una mujer?
NEPTUNO.
¿Pues qué hemos de hacer?
HÉRCULES.
¿Qué? La paz.
NEPTUNO.
¡Cómo! ¿No conoces, imbécil, que te está engañando? Tú mismo te arruinas. Si Júpiter muere después de haberle entregado el mando, quedarás reducido a la miseria, pues a ti han de pasar todos los bienes que tu padre deje a su muerte.
PISTETERO.
¡Ah, desdichado! ¡Cómo trata de confundirte! Ven acá y te diré lo que hace al caso. Tu tío te engaña, pobre amigo; según la ley, no puedes heredar ni un hilo de los bienes paternos, porque eres hijo bastardo y no legítimo.
HÉRCULES.
¿Yo bastardo? ¿Qué dices?
PISTETERO.
La pura verdad: por ser hijo de una mujer extranjera. Y si no, dime: ¿cómo Minerva, siendo hembra, pudiera ser única heredera de Júpiter, si tuviera hermanos legítimos?
HÉRCULES.
¿Y si mi padre al morir me lega la parte correspondiente a los bastardos?
PISTETERO.
La ley no se lo permite. El mismo Neptuno que ahora te provoca será el primero en disputarte la herencia paterna, alegando su cualidad de hermano legítimo. Escucha el texto de la ley de Solón: «El bastardo no puede heredar si hay hijos legítimos. Si no hay hijos legítimos, la herencia debe pasar a los colaterales más próximos».[583]
HÉRCULES.
¿Luego ningún derecho tengo a suceder a mi padre?
PISTETERO.
Ninguno absolutamente. Dime: ¿tuvo tu padre cuidado de inscribirte en el registro de alguna tribu?[584]
HÉRCULES.
No por cierto; y a la verdad esto me admiraba.
PISTETERO.
Déjate de miradas feroces y de amenazas al cielo. Vive con nosotros, que yo te nombraré rey, y te procuraré una vida a pedir de boca.
HÉRCULES.
Pues bien, creo justa tu petición de la doncella y te la concedo.
PISTETERO.
Y tú ¿qué dices?
NEPTUNO.
Yo me opongo.
PISTETERO.
La resolución del asunto depende del Tríbalo. ¿Qué opinas tú?
EL TRÍBALO.
La grande y hermosa doncella, la Soberanía, al pájaro la concedo.[585]
HÉRCULES.
Dice que la concede.
NEPTUNO.
No, por Júpiter, no dice que se la concede sino en caso de que emigre como las golondrinas.
PISTETERO.
Luego dice que es necesario concedérsela a las golondrinas. Arreglaos los dos como podáis, y estipulad las condiciones: yo, puesto que así os agrada, me callaré.
HÉRCULES.
Nos place concederte cuanto pides. Vente pronto con nosotros al cielo, y te se entregará la Soberanía y todo lo demás.
PISTETERO.
Estas aves han sido muertas con mucha oportunidad para las bodas.
HÉRCULES.
¿Queréis que entretanto me quede yo a asarlas? Vamos, idos.
NEPTUNO.
¿Tú asarlas? Eres muy glotón. ¿No vienes con nosotros?
HÉRCULES.
¡Qué bien lo hubiera pasado!
PISTETERO.
Traedme un vestido nupcial.
CORO.
En Fanes,[586] junto a la Clepsidra, vive la pérfida nación de los Englotogastros,[587] que siegan, siembran, vendimian y recogen los higos[588] con la lengua; son de raza bárbara, y entre ellos se encuentran los Gorgias y Filipos.[589] Estos Filipos Englotogastros han sido la causa de que se introdujese en el Ática la costumbre de cortar aparte la lengua de las víctimas.[590]
UN MENSAJERO.
¡Oh vosotros cuya dicha no puede expresarse con palabras, raza de las aves tres veces feliz, recibid al nuevo rey en vuestras afortunadas mansiones! Ya se acerca a su palacio resplandeciente de oro, rodeado de un esplendor que envidiarían los astros: el claro sol no ha brillado nunca tanto como la esposa que trae consigo, beldad incomprensible en cuya diestra vibra el alado rayo de Júpiter: los más deliciosos perfumes suben hasta el cielo. ¡Espectáculo encantador! Una nube de perfumes impulsada por los Céfiros se eleva en ondulante columna. Hele ahí. Musa divina, abre tus sagrados labios, y entona cantos propicios.
SEMICORO.
¡Atrás! ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Adelante![591] ¡Revolotead en torno de ese mortal feliz, que la fortuna colme de sus bienes! ¡Ah! ¡Qué gracia! ¡Qué hermosura! ¡Oh matrimonio dichoso para esta ciudad! ¡Gloria a ese hombre! Él ha abierto nuevos e inmensos horizontes a las aves. Saludadle con el canto nupcial; saludad también a su esposa la Soberanía.
SEMICORO.
Entre semejantes himnos enlazaron las Parcas a la olímpica Juno con el rey de los dioses, de sublime trono. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo! El sonrosado Amor de áureas alas tenía las riendas y dirigía el carro en las bodas de Júpiter y la celeste Juno. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
PISTETERO.
Me deleitan vuestros himnos, me complacen vuestros cantos, me hechizan vuestras palabras. Celebrad ahora el mugir de los truenos subterráneos, los relámpagos brillantes del nuevo Júpiter, y sus terribles y deslumbradores rayos.
CORO.
¡Oh áureo fulgor del relámpago! ¡Oh dardos inflamados de Júpiter! ¡Oh mugidos subterráneos y retumbantes truenos, nuncios de la lluvia! En adelante, por orden de nuestro rey, haréis temblar la tierra. A la posesión de la bella Soberanía debe este poder inmenso. ¡Oh Himeneo! ¡Himeneo!
PISTETERO.
Aves de toda especie, seguidme al palacio de Júpiter y al tálamo nupcial. Dame la mano, esposa querida. Cógeme de las alas, y bailemos. Yo te elevaré por los aires.
CORO.
¡Ea! ¡Ea! ¡Peán! ¡Viva el ilustre vencedor! ¡Viva el más grande de los dioses!
FIN DE LAS AVES.