LAS JUNTERAS.


PRAXÁGORA. (Adelantándose con una lámpara en la mano.)

¡Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla,[410] que desde esta altura atraes todas las miradas; tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del amor, sola nos asistes, y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos movimientos. Tú sola, al abrasar su vegetación feraz, iluminas nuestros recónditos encantos.[411] Tú sola nos acompañas cuando furtivamente penetramos en las despensas llenas de báquicos néctares y sazonadas frutas; y, aunque cómplice de nuestras fechorías, jamás se las revelas a la vecindad. Justo es, por tanto, que sepas también los actuales proyectos aprobados por las mujeres mis amigas en las fiestas de los Esciros.[412] Pero ninguna de las que deben acudir se presenta, y empieza ya a clarear el día y de un momento a otro dará principio la asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros puestos, que, como yo recordaréis, dijo el otro día Firómaco,[413] deben ser los otros,[414] y una vez sentadas, mantenernos ocultas. ¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido ponerse las barbas postizas como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse de los trajes de sus maridos? — ¡Ah!, allí veo una luz que se aproxima. Voy a retirarme un poco, no sea un hombre.


MUJER PRIMERA.

Ya es hora de marchar: cuando salíamos de casa, el heraldo ha cantado por segunda vez.[415]

PRAXÁGORA.

Yo he pasado toda la noche en vela esperándoos. Aguardad, voy a llamar a esta vecina arañando suavemente su puerta; porque es preciso que su marido nada note.

MUJER SEGUNDA.

Ya he oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no estaba dormida; pero mi esposo, que es un marinero de Salamina, no me ha dejado descansar en toda la noche; en este mismo momento he podido por fin apoderarme de sus vestidos.

MUJER PRIMERA.

Ya vienen Clináreta, Sóstrata y su vecina Filéneta.

PRAXÁGORA.

¡Apresuraos! Glice ha jurado que la que llegue la última pagará en castigo tres congios de vino y un quénice de garbanzos.

MUJER PRIMERA.

¿Ves a Melística, la mujer de Esmicitión, que viene con los zapatos de su marido? Esa es la única, a mi parecer, que se ha separado sin dificultad de su esposo.

MUJER SEGUNDA.

Mirad a Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano, acompañada de las esposas de Filodoreto y Querétades.

PRAXÁGORA.

Veo también a otras muchas, flor y nata de la ciudad, que se dirigen hacia nosotras.

MUJER TERCERA.

Querida mía, me ha costado un trabajo infinito el poder escaparme de casa sin que me vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche[416] por haber cenado demasiadas sardinas.

PRAXÁGORA.

Sentaos; y ya que estáis reunidas, decidme si habéis cumplido o no lo que acordamos en la fiesta de los Esciros.

MUJER CUARTA.

Yo sí. Lo primero que hice, como convinimos, fue ponerme los sobacos más hirsutos que un matorral. Después, cuando mi marido se iba a la plaza, me untaba con aceite de pies a cabeza, y me tostaba al sol durante todo el día.[417]

MUJER QUINTA.

Yo también he suprimido el uso de la navaja[418] para estar completamente velluda, y no parecer mujer en nada absolutamente.

PRAXÁGORA.

¿Traéis las barbas con que acordamos presentarnos todas en la asamblea?

MUJER CUARTA.

¡Por Hécate! Yo tengo una hermosísima.

MUJER QUINTA.

Y yo otra más bella que la de Epícrates.[419]

PRAXÁGORA.

Y vosotras, ¿qué decís?

MUJER CUARTA.

Hacen señas afirmativas.

PRAXÁGORA.

También veo que os habéis provisto de lo demás; pues traéis calzado lacedemonio, bastones y trajes de hombre, como dijimos.

MUJER SEXTA.

Yo traigo el bastón de Lamia, a quien se lo he quitado mientras dormía.

PRAXÁGORA.

Es uno de aquellos bastones bajo cuyo peso se doblega.[420]

MUJER SEXTA.

¡Por Júpiter salvador! Si ese hombre se pusiera la piel de Argos,[421] sería el único para administrar la cosa pública.

PRAXÁGORA.

Ea, mientras hay todavía estrellas en el cielo dispongamos lo que debemos hacer; pues la asamblea, para la cual venimos dispuestas, principiará con la aurora.

MUJER PRIMERA.

¡Por Júpiter! Tú debes tomar asiento al lado de la tribuna, frente a los Pritáneos.

MUJER SÉPTIMA.

Yo me he traído esta lana para carmenarla durante la asamblea.

PRAXÁGORA.

¿Durante la asamblea? ¡Desdichada!

MUJER SÉPTIMA.

Sin género de duda. ¿Dejaré de oír porque esté cardando? Tengo a mis hijitos desnudos.

PRAXÁGORA.

¡Esta quiere cardar cuando es preciso no dejar ver a los asistentes ninguna parte de nuestro cuerpo! ¡Estaría bonito que en medio de la multitud una de nosotras se lanzase a la tribuna, y se dejase ver al natural![422] Por el contrario, si envueltas en nuestros mantos ocupamos los primeros puestos, nadie nos reconocerá; y si además sacamos fuera del embozo nuestras soberbias barbas y las dejamos extenderse sobre el pecho, ¿quién será capaz de no tomarnos por hombres? Agirrio,[423] gracias a la barba de Prónomo,[424] engañó a todo el mundo: antes era mujer, y ahora, como sabéis, ocupa el primer puesto en la ciudad. Por tanto, yo os conjuro por el día que va a nacer, a que acometamos esta audaz y grande empresa para ver si logramos apoderarnos del gobierno en pro de la república; porque al presente ni a remo ni a vela se mueve la nave del Estado.

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero cómo podrán encontrarse oradores en una junta de mujeres?

PRAXÁGORA.

Nada más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes más disolutos sean en general los de mejor palabra; y, por fortuna, esta condición no nos falta a nosotras.

MUJER SÉPTIMA.

No sé, no sé; la inexperiencia es peligrosa.

PRAXÁGORA.

Por eso mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos. Vamos, poneos pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado en hablar.

MUJER OCTAVA.

Pero, loca, ¿quién de nosotras no sabe hablar?

PRAXÁGORA.

Ea, ponte la barba y conviértete cuanto antes en hombre. Aquí dejo las coronas;[425] ahora me voy a plantar yo también la barba, por si acaso tengo necesidad de decir algo.

MUJER SEGUNDA.

Querida Praxágora, ¡mira, mira qué ridiculez!

PRAXÁGORA.

¿Cómo ridiculez?

MUJER SEGUNDA.

Nuestras barbas parecen una sarta de calamares asados.

PRAXÁGORA.

Purificador, da vuelta con el gato;[426] adelante; silencio. Arífrades,[427] pasa y ocupa tu puesto. ¿Quién quiere usar de la palabra?

MUJER OCTAVA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Ponte esa corona,[428] y buena suerte.

MUJER OCTAVA.

Ya está.

PRAXÁGORA.

Principia, pues.

MUJER OCTAVA.

¿Antes de beber?

PRAXÁGORA.

¿Cómo beber?

MUJER OCTAVA.

Pues si no, necia, ¿para qué necesito la corona?

PRAXÁGORA.

Vete; quizá allí nos hubieras hecho lo mismo.

MUJER OCTAVA.

¿Pero suelen beber los hombres en la asamblea?

PRAXÁGORA.

¡Vuelta al beber!

MUJER OCTAVA.

Sí, por Diana, y de lo más puro. Por eso, a los que los examinan y estudian detenidamente les parecen sus insensatos decretos resoluciones de borrachos. Además, si no hubiese vino, ¿cómo harían las libaciones a Júpiter, y demás ceremonias? Por otra parte, suelen maltratarse como personas que han bebido demasiado, y los arqueros se ven obligados a llevarse de la asamblea a más de un borracho revoltoso.

PRAXÁGORA.

Vete y siéntate; no sirves para nada.

MUJER OCTAVA.

Para eso, maldita la falta que me hacía el haberme puesto la barba: la sed me abrasa las entrañas.

PRAXÁGORA.

¿Hay alguna otra que quiera hablar?

MUJER NOVENA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Pues ponte la corona: la cosa marcha. Procura pronunciar un discurso bello y vigoroso, apoyándote con majestad sobre tu báculo.

MUJER NOVENA.

«Hubiera deseado ciertamente que cualquiera de los que están avezados a las lides oratorias me hubiera permitido con lo excelente de sus proposiciones permanecer tranquilo en mi lugar; mas no puedo consentir, por lo que a mí respecta, que en las tabernas se construyan aljibes.[429] ¡No, por las dos diosas!...»

PRAXÁGORA.

¡Por las dos diosas![430] ¿En qué estás pensando, desdichada?

MUJER NOVENA.

¿Qué hay? Todavía no te he pedido de beber.

PRAXÁGORA.

Es verdad; pero, siendo hombre, has jurado por las dos diosas: lo demás ha estado bien.

MUJER NOVENA.

Tienes razón, por Apolo.

PRAXÁGORA.

¡Basta! No doy un paso para ir a la asamblea sin que todo quede perfectamente arreglado.

MUJER NOVENA.

Dame la corona: voy a arengar de nuevo. Ahora ya creo que lo he pensado bien. «En cuanto a mí, oh mujeres aquí reunidas...»

PRAXÁGORA.

¡Desdichada! ahora dices «mujeres» en vez de hombres.

MUJER NOVENA.

Epígono[431] tiene la culpa. Le estaba mirando, y he creído que hablaba delante de mujeres.

PRAXÁGORA.

Retírate a tu asiento. Yo misma hablaré por vosotras y me ceñiré la corona, pidiendo antes a los dioses que concedan un éxito feliz a nuestra empresa.

«La felicidad de este país me interesa tanto como a vosotros, y me conduelen y lastiman los desórdenes de nuestra ciudad. Véola, en efecto, siempre gobernada por perversos jefes; y considero que si uno llega a ser bueno un solo día, luego es malo otros diez. ¿Queréis encomendar a otro el gobierno? De seguro que será peor. Difícil es, ciudadanos, corregir ese vuestro descontentadizo humor, que os hace temer a los que os aman, y suplicar incesantemente a los que os detestan. Hubo un tiempo en que no teníamos asambleas, y pensábamos que Agirrio[432] era un bribón; hoy, que las tenemos, el que recibe dinero no tiene boca para ponderarlas; mas el que nada recibe, juzga dignos de pena capital a los que trafican con las públicas deliberaciones.»

MUJER PRIMERA.

¡Muy bien dicho, por Venus!

PRAXÁGORA.

¡Infeliz, has nombrado a Venus! Nos dejarás lucidas si sales con esa pata de gallo en la asamblea.

MUJER PRIMERA.

Pero no lo diré.

PRAXÁGORA.

Bueno es que no te acostumbres.

«Cuando deliberábamos sobre la alianza,[433] todo el mundo decía que era inminente la perdición de la república si no se llegaba a hacer: hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer.[434] Es necesario armar naves —sostienen los pobres. —No es necesario —opinan los labradores y los ricos. —¿Os indisponéis con los corintios? Ellos os pagan en la misma moneda. Ahora, pues, que los tenéis amigos, sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero Hierónimo es un sabio.[435] ¿Asoma una ligera esperanza de salvación?[436] En seguida la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo[437] si fuese llamado...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»[438]

MUJER PRIMERA.

¡Qué hombre tan hábil!

PRAXÁGORA.

Ese elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos estos males! Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado, con lo cual cada uno mira solo a su particular provecho, y la cosa pública anda cojeando como Ésimo.[439] Pero si me atendéis, aún podéis salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno de la ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras casas.»

MUJER SEGUNDA.

¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Prosigue, amigo mío, prosigue.

PRAXÁGORA.

«Os demostraré que son infinitamente más sensatas que nosotros. En primer lugar, todas, según la antigua costumbre, lavan la lana en agua caliente, y jamás se las ve intentar temerarias novedades. Si la ciudad de Atenas imitase esta conducta y se dejase de innovaciones peligrosas, ¿no tendría asegurada su salvación? Se sientan para freír las viandas, como antes; llevan la carga en la cabeza, como antes; celebran las Tesmoforias, como antes; amasan las tortas, como antes; hacen rabiar a sus maridos, como antes; ocultan en casa a los galanes, como antes; sisan, como antes; les gusta el vino puro, como antes; y se complacen en el amor, como antes. Entregándoles, oh ciudadanos, las riendas del gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo que van a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, considerando solamente que, como son madres, pondrán todo su empeño en economizar soldados. Además, ¿quién les suministrará con más celo las provisiones que la que les parió? La mujer es ingeniosísima como nadie para reunir riquezas; y si llegan a mandar, no se las engañará fácilmente, por cuanto ya están acostumbradas a hacerlo. No enumeraré las demás ventajas; seguid mis consejos, y seréis felices toda la vida.»

MUJER PRIMERA..

¡Divina, admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar tan bien, amiga mía?

PRAXÁGORA.

En el tiempo de la fuga[440] habité con mi esposo en el Pnix, y, a fuerza de oír a los oradores, he aprendido a arengar.

MUJER PRIMERA.

Ya no me extraña que seas tan hábil y elocuente. Tú serás nuestro jefe: procura poner en práctica tus proyectos. Pero si Céfalo[441] se lanza sobre ti para injuriarte, ¿cómo le replicarás en la asamblea?

PRAXÁGORA.

Le diré que delira.

MUJER PRIMERA.

Eso lo sabe todo el mundo.

PRAXÁGORA.

Que es un atrabiliario.

MUJER PRIMERA.

También eso se sabe.

PRAXÁGORA.

Que es tan buen político como mal alfarero.[442]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te insulta el legañoso Neóclides?[443]

PRAXÁGORA.

A ese le diré que vaya a mirar por el trasero de un perro.[444]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te empujan?[445]

PRAXÁGORA.

Les empujaré yo; en ese ejercicio pocos me ganarán.

MUJER PRIMERA.

En una cosa no hemos pensado: si se te llevan los arqueros, ¿qué harás?

PRAXÁGORA.

Me defenderé poniéndome así, en jarras, y no me dejaré coger por medio del cuerpo.

MUJER PRIMERA.

Si te sujetan, nosotras les diremos que te suelten.

MUJER SEGUNDA.

Todo eso está perfectamente dispuesto; pero de lo que no nos hemos ocupado es de la manera de levantar las manos[446] en la junta: nosotras que solo estamos acostumbradas a levantar las piernas.[447]

PRAXÁGORA.

Eso es lo difícil; y sin embargo no hay más remedio que alzar las manos, descubriendo el brazo hasta el hombro. Vamos, levantaos las túnicas, y poneos pronto los zapatos lacedemonios como habéis visto que lo hacen nuestros maridos todos los días al salir o al dirigirse a la asamblea. En cuanto os hayáis calzado perfectamente, sujetaos las barbas; después de atadas estas con todo esmero, envolveos en los mantos sustraídos a vuestros esposos, y marchad, apoyándoos en los bastones, y entonando alguna vieja canción a imitación de los campesinos.

MUJER SEGUNDA.

Bien dicho; pero cojámosles la delantera, pues creo que otras mujeres vendrán del campo al Pnix.

PRAXÁGORA.

Apresuraos; ya sabéis que los que no están en el Pnix desde el amanecer, vuelven sin recibir el menor regalo.

CORO.

Llegó el momento de partir, ¡oh hombres! (esta palabra no debe caérsenos nunca de la boca por temor a un descuido, porque a la verdad no lo pasaríamos muy bien, si se nos sorprendiera fraguando esta conspiración en las tinieblas). Hombres, vamos a la asamblea.

El tesmoteta[448] ha dicho que todo el que a primera hora y antes de disiparse las tinieblas de la noche no se haya presentado cubierto de polvo, contento con su provisioncilla de ajos, y mirando severamente, se quedará sin el trióbolo. Caritímides, Esmícito, Draces, apresuraos y procurad no olvidar nada de lo que es necesario hacer. Cuando hayamos recibido nuestro salario, sentémonos juntos para votar decretos favorables a nuestras amigas. ¿Qué estoy hablando? Quería decir nuestros amigos.

Procuremos expulsar a los que vengan de la ciudad; antes, cuando solo recibían un óbolo[449] por asistir a la asamblea, se estaban de sobremesa charlando con sus convidados; pero ahora la concurrencia es extraordinaria. En el arcontado del valiente Mirónides[450] nadie se hubiera atrevido a cobrar sueldo por su intervención en los negocios públicos, sino que todo el mundo acudía trayéndose su botita de vino con un pedazo de pan, dos cebollas y tres o cuatro aceitunas. Hoy, en cuanto se hace algo por la república, en seguida se reclama el trióbolo, como un mercenario albañil.

(Vanse.)


BLÉPIRO.

¿Qué es esto? ¿Adónde se ha marchado mi mujer? La aurora despunta ya y no parece por ninguna parte. Largo rato hace que, atormentado por una perentoria necesidad,[451] ando a oscuras buscando mi manto y mis zapatos; pero, a pesar de mi empeño, no he podido encontrarlos a tientas; y como el ciudadano excremento llama impaciente a mi puerta, me he visto obligado a coger este chal de mi mujer y a calzarme los borceguíes pérsicos. ¿Mas dónde encontraré un lugar limpio en que poder hacer del cuerpo? ¡Eh!, de noche todos los sitios son buenos, y nadie me verá. ¡Pobre de mí! ¡Qué desgraciado soy por haberme casado en la vejez! ¡Oh! ¡bien merezco ser majado a golpes! De seguro que no habrá salido para nada bueno. Pero sea lo que sea, desahoguémonos.[452]

UN HOMBRE.

¿Quién va? ¿No es mi vecino Blépiro? ¡Por Júpiter! El mismo. Dime, ¿qué es eso de color rojo? ¿Cinesias[453] te ha llenado quizá de inmundicia?

BLÉPIRO.

No. He salido de casa con el vestido de color de azafrán que suele ponerse mi mujer.

EL HOMBRE.

¿Pues dónde está tu manto?

BLÉPIRO.

No lo sé: lo he estado buscando mucho tiempo sobre la cama, y no lo he podido hallar.

EL HOMBRE.

¿Y por qué no has dicho a tu mujer que te lo buscase?

BLÉPIRO.

¡Si no está en casa! ¡Si se ha escurrido yo no sé cómo! Por lo cual temo no me esté jugando alguna mala partida.

EL HOMBRE.

Por Neptuno, entonces te pasa lo mismo que a mí. También mi mujer ha desaparecido llevándoseme el manto que suelo usar; y no es eso lo peor, sino que también me ha cogido los zapatos, pues no he podido encontrarlos en ninguna parte.

BLÉPIRO.

Por Baco, ni yo mi calzado lacedemonio; y como apremiaba la necesidad, me he puesto a toda prisa sus coturnos, por no ensuciar la colcha, que está recién lavada.

EL HOMBRE.

¿Qué podrá ser esto? ¿Le habrá convidado a comer alguna de sus amigas?

BLÉPIRO.

Eso creo yo; porque no es mala, que yo sepa.

EL HOMBRE.

¿Pero estás haciendo sogas?[454] Ya es hora de ir a la asamblea; pero tengo que hallar mi manto, pues no tengo más que uno.

BLÉPIRO.

Yo también, en cuanto acabe. Una maldita pera silvestre me obstruye la salida.

EL HOMBRE.

Será la misma que se le atravesó a Trasíbulo[455] con motivo de los lacedemonios.

BLÉPIRO.

¡Por Baco, no hay quien la arranque! ¿Qué haré? Porque no es solo el mal presente lo que me aflige, sino el pensar por dónde habrá de salir lo que coma. Este maldito Acradusio[456] ha cerrado la puerta a cal y canto. ¿Quién me traerá un médico? ¿Y cuál? ¿Cuál es el más entendido en esta especialidad de la obstetricia? ¿Quizá Aminón?[457] Pero no querrá venir. Buscadme a Antístenes[458] a toda costa: a juzgar por sus suspiros debe ser práctico en esto de estreñimientos. ¡Augusta Lucina,[459] no me dejes morir de esta obstrucción para ser después juguete de los cómicos![460]


CREMES.

¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¿Tus necesidades?

BLÉPIRO.

¿Yo? No; me levanto: ya he concluido.

CREMES.

¿Te has puesto el vestido de tu mujer?

BLÉPIRO.

Lo he cogido sin saber, en la oscuridad. ¿De dónde vienes tú?

CREMES.

De la asamblea.

BLÉPIRO.

Pues qué, ¿se ha concluido?

CREMES.

Ya lo creo, al amanecer. Por Júpiter, no me he reído poco viendo la pintura roja[461] extendida con profusión por todo el recinto.

BLÉPIRO.

¿Habrás recibido el trióbolo?

CREMES.

¡Ojalá! Llegué tarde. Eso es lo que siento: volverme a casa con el zurrón vacío.[462]

BLÉPIRO.

¿Cómo ha sido eso?

CREMES.

Ha habido en el Pnix una concurrencia de hombres como no hay memoria. Al verles, les tomamos a todos por zapateros,[463] pues solo se veían rostros blancos en aquella muchedumbre que llenaba la asamblea; por eso no he cobrado el trióbolo, y como yo, otros muchos.

BLÉPIRO.

¿De suerte que yo tampoco lo cobraría aunque fuera?

CREMES.

No, por cierto; aunque hubieses ido al segundo canto del gallo.

BLÉPIRO.

¡Infeliz de mí! «¡Oh Antíloco! Llórame más vivo sin el trióbolo que muerto con él: perdido soy.»[464] ¿Pero por qué acudió esa multitud tan temprano?

CREMES.

Los Pritáneos habían resuelto abrir un debate sobre el medio de salvar la república. Al instante se plantó el primero en la tribuna el legañoso Neóclides,[465] y al punto gritó el pueblo en masa (ya puedes figurarte con qué fuerza): «¿No es una indignidad que, tratándose de la salvación de la república, se atreva a arengarnos ese que ni siquiera ha podido salvar sus pestañas?» Entonces Neóclides, replicando y mirando en derredor: «¿Pues qué debía hacer?»,[466] ha dicho.

BLÉPIRO.

«Machacar ajos, con jugo de laserpicio y euforbio de Lacedemonia y untarte con ello los párpados a la noche», le contesto yo, si estoy presente.

CREMES.

Después de Neóclides, el ingenioso Eveón[467] se ha presentado desnudo, según creían los más,[468] aunque él aseguraba que llevaba manto, y ha pronunciado un discurso lleno de espíritu popular. «Ya veis, decía, que yo mismo tengo necesidad de ser salvado, y que me hacen falta precisa dieciséis dracmas;[469] sin embargo, no por eso dejaré de hablar de los medios de salvar a la república y a los ciudadanos. En efecto, si al principiar el invierno los bataneros suministrasen mantos de abrigo a los necesitados, ninguno de nosotros sería atacado nunca por la pleuresía. Además, propongo que los que carezcan de camas y de colchas, se vayan después del baño a dormir a casa de un curtidor, el cual, si se niega a abrir la puerta en invierno, debe ser condenado a pagar tres pieles de multa.»

BLÉPIRO.

¡Excelente idea! Pero hubiera debido añadir (y de seguro que nadie le contradice) que los vendedores de harina tendrán obligación de dar tres quénices a los indigentes bajo las más severas penas; así, al menos, Nausícides[470] podría ser útil al pueblo.

CREMES.

Luego ha subido a la tribuna un hermoso joven,[471] muy blanco y parecido a Nicias,[472] y ha principiado por decir que convenía entregar a las mujeres el gobierno de la república. Entóneos la muchedumbre de zapateros[473] empezó a alborotarse y a gritar que tenía razón; pero los habitantes del campo se opusieron vivamente.

BLÉPIRO.

Y les sobraban motivos, ¡por Júpiter!

CREMES.

Pero eran menos. En tanto el orador continuaba vociferando más y mejor, haciendo mil elogios de las mujeres y diciendo tempestades de ti.

BLÉPIRO.

¿Pues qué dijo?

CREMES.

Primero, que eras un bribón.

BLÉPIRO.

¿Y tú?

CREMES.

No me preguntes todavía... Después, un ladrón.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Sí, por cierto; y un delator.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Tú, y toda esa turba.

BLÉPIRO.

¿Quién dirá lo contrario?

CREMES.

«Las mujeres, proseguía, están llenas de discreción y dotadas de especial aptitud para atesorar: las mujeres no divulgan jamás los secretos de las Tesmoforias; al paso que tú y yo (añadía) revelamos siempre las decisiones del Senado.»

BLÉPIRO.

Y no mentía, ¡por Mercurio!

CREMES.

«Las mujeres, continuaba, se prestan unas a otras vestidos, alhajas, plata, vasos, a solas, sin testigos, y se lo devuelven todo religiosamente, sin engañarse nunca, lo cual no hacemos la mayor parte de los hombres.»

BLÉPIRO.

¡Por Neptuno! es cierto; y aunque haya habido testigos.

CREMES.

«Las mujeres jamás delatan ni persiguen a nadie en justicia, ni conspiran contra el gobierno democrático.» En fin, concluyó concediéndoles todas las buenas prendas imaginables.

BLÉPIRO.

¿Y qué se resolvió por último?

CREMES.

Encomendarlas la dirección del Estado: es la única novedad que no se había ensayado en Atenas.

BLÉPIRO.

¿Eso se decretó?

CREMES.

Yo te lo aseguro.

BLÉPIRO.

¿De modo que quedan a cargo de las mujeres todas las cosas que antes estaban al nuestro?

CREMES.

Eso es.

BLÉPIRO.

¿Y en vez de ir yo, será mi mujer la que vaya al tribunal?

CREMES.

Y tu mujer y no tú será la que en adelante alimente a los hijos.

BLÉPIRO.

¿Y no tendré que bostezar desde el amanecer?

CREMES.

No, por cierto, todo es ya cuidado de las mujeres; tú te quedarás en casa con entera comodidad.

BLÉPIRO.

Solo una cosa es de temer para las personas de nuestra edad, y es que en cuanto se apoderen de las riendas del gobierno, no nos obliguen...

CREMES.

¿A qué?

BLÉPIRO.

A pagarles el débito.

CREMES.

¿Y si no podemos?

BLÉPIRO.

No nos darán de comer.

CREMES.

Pues bien, arréglatelas de modo que comas y pagues.

BLÉPIRO.

Siempre es odioso lo que se hace por fuerza.

CREMES.

Pero cuando el bien de la república lo exige, debemos resignarnos: ya sabes que de antiguo se dice que nuestros más insensatos y descabellados decretos son los que suelen darnos resultados mejores. ¡Augusta Palas y demás diosas, haced que así sea! — Yo me voy. Pásalo bien.

BLÉPIRO.

Igualmente, Cremes.

(Vanse.)


CORO.

En marcha, adelante. ¿Nos sigue algún hombre? Vuélvete y mira; ten mucho cuidado, porque hay una multitud de redomados bribones, que espían por detrás nuestro talante. Haz al andar el mayor ruido posible. Sería para todas la mayor vergüenza el ser sorprendidas por los hombres. Envuélvete bien, mira a todas partes, a la derecha, a la izquierda, no fracase nuestra empresa. Apretemos el paso: ya estamos cerca del lugar de donde partimos para la asamblea; ya se ve la casa de nuestra generala, la atrevida autora del decreto aprobado por los ciudadanos. Vamos, no hay que retrasarse y dar tiempo a que alguno nos sorprenda con barbas postizas y nos denuncie. Retirémonos a la sombra, detrás de esa pared, y, mirando con precaución, cambiémonos de traje y vistámonos con el ordinario. No hay que tardar. Mirad, ya viene de la asamblea nuestra generala. Apresuraos todas; es ridículo el tener aún puestas estas barbas, mucho más cuando aquellas compañeras vuelven ya con su habitual vestido.

PRAXÁGORA.

¡Oh mujeres! todos nuestros proyectos se han visto coronados por el éxito más favorable. Antes de que ningún hombre os vea, arrojad los mantos, quitaos ese calzado, desatad las correas lacedemonias y dejad los bastones. Encárgate tú del tocado de esas mujeres; yo voy a entrar con precaución en casa antes de que me vea mi marido, y a poner el manto y demás prendas en el sitio de donde las cogí.

CORO.

Ya están cumplidas todas las órdenes; solo falta que ahora nos digas lo que debemos hacer para demostrarte nuestra sumisión, pues nunca he visto mujer más hábil y enérgica que tú.

PRAXÁGORA.

Quedaos para que me aconsejéis sobre el ejercicio de la autoridad de que acabo de ser investida. Ya en medio del tumulto he tenido ocasión de observar vuestra energía para los más arduos negocios.


BLÉPIRO.

¡Eh, Praxágora! ¿De dónde vienes?

PRAXÁGORA.

¿Qué se te importa, querido mío?

BLÉPIRO.

¿Qué se me importa? ¡Vaya una pregunta!

PRAXÁGORA.

Al menos no dirás que vengo de los brazos de un amante.

BLÉPIRO.

No de uno solo, quizá.

PRAXÁGORA.

Puedes averiguarlo.

BLÉPIRO.

¿Cómo?

PRAXÁGORA.

Mira si mi cabeza huele a perfumes.

BLÉPIRO.

¿Pues qué, los perfumes son indispensables para esas cosas?

PRAXÁGORA.

Para mí sí lo son.

BLÉPIRO.

¿Adónde has ido tan temprano y tan callandito llevándote mi manto?

PRAXÁGORA.

Me ha enviado a llamar una de mis amigas, que estaba con dolores de parto.

BLÉPIRO.

¿Y no podías habérmelo dicho antes de marcharte?

PRAXÁGORA.

Pero, marido mío, ¿había de dejarla sin asistencia en una necesidad tan urgente?

BLÉPIRO.

Bastaba una palabra. Aquí hay gato encerrado.

PRAXÁGORA.

¡No, por las dos diosas! Fui como estaba, porque me decía que acudiera a toda prisa.

BLÉPIRO.

¿Y por qué no llevaste tus vestidos? Lejos de eso te apoderas de los míos, me echas encima la túnica, y te largas dejándome como a un cadáver, salvo las coronas y los perfumes.

PRAXÁGORA.

Hacía frío y yo soy débil y delicada, y te cogí el manto por llevar más abrigo: además, marido mío, te dejé bien calentito bajo las colchas.

BLÉPIRO.

¿Y los zapatos lacedemonios y el bastón, para qué te los llevaste?

PRAXÁGORA.

Para defender el manto, cambié mis zapatos por los tuyos, y me fui a imitación tuya pisando con gran fuerza y golpeando las piedras con el bastón.

BLÉPIRO.

¿Sabes que te has perdido un sextario de trigo, que me hubieran dado en la asamblea?

PRAXÁGORA.

No te apures; ha tenido un niño.

BLÉPIRO.

¿La asamblea?

PRAXÁGORA.

No, hombre, la mujer que me ha llamado. ¿Pero de veras ha habido asamblea?

BLÉPIRO.

Sí, por cierto; ¿no te acuerdas que te lo dije ayer?

PRAXÁGORA.

Sí, ahora recuerdo.

BLÉPIRO.

¿Sabes lo que se ha resuelto en ella?

PRAXÁGORA.

No.

BLÉPIRO.

Pues, hija mía, en adelante ya puedes tratarte a cuerpo de rey. Dicen que se os ha encomendado la república.

PRAXÁGORA.

¿Para qué? ¿Para hilar?

BLÉPIRO.

No, para administrar...

PRAXÁGORA.

¿El qué?

BLÉPIRO.

Todos los asuntos del Estado.

PRAXÁGORA.

¡Por Venus! La república será feliz en adelante.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

Por mil razones. No se permitirá a los atrevidos mancharla con torpes atentados, ni levantar falsos testimonios, ni hacer calumniosas delaciones...

BLÉPIRO.

De ningún modo hagas eso, por todos los dioses; ¿no veis que nos vais a quitar los medios de vivir?[474]

CORO.

Querido mío, deja hablar a tu mujer.

PRAXÁGORA.

Ni robar, ni envidiar a los vecinos, ni estar desnudo, ni ser pobre, ni injuriar, ni tomar prendas a los deudores.

CORO.

¡Por Neptuno!, grandes promesas, si no son mentira.

PRAXÁGORA.

Yo las realizaré; tú (Al Coro) me harás justicia; y tú (A Blépiro) tendrás que callar.


CORO.

Ahora es la ocasión de poner en juego los recursos de tu ingenio, y de probar tu amor al pueblo y lo que sabes hacer en favor de tus amigas. Ahora es la ocasión de desplegar en provecho de todos esa hábil inteligencia que colme de infinitas prosperidades la vida de un pueblo culto, demostrando su inagotable poder. Ahora es, sí, la ocasión, porque nuestra república necesita de un plan sabiamente combinado. Pero tengamos cuidado de hacer cosas nunca hechas ni dichas; porque nuestros hombres aborrecen lo que están acostumbrados a ver. No tardes; pon en seguida manos a la obra. La prontitud es singularmente grata a los espectadores.

PRAXÁGORA.

Yo confío en la bondad de mis consejos; pero mucho temo que los espectadores no quieran aceptar mis novedades, y se aferren a las antiguas y acostumbradas prácticas: esto es lo que me inquieta.

BLÉPIRO.

No temas por tus innovaciones; al contrario, el apetecerlas y aceptarlas es nuestro flaco, así como el despreciar lo antiguo.

PRAXÁGORA.

Pues bien, que nadie me contradiga ni interrumpa antes de conocer mi sistema y de haberme oído. Quiero que todos los bienes sean comunes, y que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea este rico y aquel pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos, y quien carezca de un solo servicio; en una palabra, establezco una vida común e igual para todos.

BLÉPIRO.

¿Cómo ha de ser común?

PRAXÁGORA.

Comiendo tú estiércol antes que yo.[475]

BLÉPIRO.

¿También será común el estiércol?

PRAXÁGORA.

¡No, por cierto! Pero me has interrumpido. Iba a decir que haré primero comunes los campos, el dinero y las demás propiedades. Y después, con todo este acervo de bienes os alimentaremos, administrándolos económica y cuidadosamente.

BLÉPIRO.

¿Y el que no posee tierras, sino dinero, dáricos[476] y otras riquezas que no están a la vista?

PRAXÁGORA.

Las aportará al acervo común, y si no, será reo de perjurio.

BLÉPIRO.

Como que por ese medio las ha ganado.

PRAXÁGORA.

Pero no le servirán absolutamente de nada.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

Porque la pobreza no obligará a trabajar a nadie. Todo será de todos; panes, pescados, pasteles, túnicas, vinos, coronas, garbanzos. ¿Qué provecho obtendría por tanto de no aportar a la comunidad sus bienes? Dinos tu opinión sobre esto.

BLÉPIRO.

¿Los que disfrutan de todas esas cosas no son los ladrones más grandes?

PRAXÁGORA.

Antes sí, amigo mío, bajo el antiguo régimen; mas ahora que todo será común, ¿qué provecho podrá haber en no traer su parte?

BLÉPIRO.

Si alguno ve a una linda muchacha y se le antoja gozar de sus encantos, con los bienes reservados podrá hacerla un obsequio, y de este modo obtener su amor, sin dejar de percibir su parte de los bienes comunes.

PRAXÁGORA.

Es que lo podrá obtener gratis. Pues yo haré que las mujeres sean también comunes y den hijos al que los quiera.

BLÉPIRO.

¿Pero no ves que todos se dirigirán a la más hermosa?

PRAXÁGORA.

Las más feas e imperfectas estarán junto a las más lindas, y todo el que solicite a una de estas, deberá antes consumir un turno con las primeras.

BLÉPIRO.

¿Pero no ves que, conforme a tu sistema, los ya machuchos estaremos exánimes[477] cuando lleguemos a las hermosas?

PRAXÁGORA.

Tampoco se resistirán.

BLÉPIRO.

¿A qué?

PRAXÁGORA.

Tranquilízate, no se resistirán.

BLÉPIRO.

Pero ¿a qué, te digo?

PRAXÁGORA.

Al amor. Esto por lo que a vosotros respecta.

BLÉPIRO.

En cuanto a vosotras está muy bien entendido; pues habéis tomado todas las precauciones para que ninguna carezca de galán.[478] Pero, ¿y los hombres? ¿Qué haremos? Pues las mujeres rechazarán a los feos y se entregarán a los hermosos.

PRAXÁGORA.

Los hombres feos acecharán a los hermosos al salir de los banquetes y en los sitios públicos; y no se permitirá tampoco a las mujeres cohabitar con los buenos mozos sin haber cedido antes a las instancias de los deformes y chiquituelos.

BLÉPIRO.

De suerte que ahora la nariz de Lisícrates[479] hará la competencia a los más gallardos mancebos.

PRAXÁGORA.

¡Eso es, por Apolo! Esta decisión es eminentemente popular. ¡Mira que será mortificación para uno de esos vanitontos que llevan los dedos cargados de sortijas, cuando un viejo calzado con gruesos zapatones le diga: «Amigo mío, paso al más anciano; espera a que yo haya concluido; resígnate a ser plato de segunda mesa!»

BLÉPIRO.

Pero si vivimos de esa manera, ¿cómo podrá cada cual reconocer a sus hijos?

PRAXÁGORA.

¿Y qué necesidad hay? Los jóvenes creerán que son sus padres todas las personas de más edad.

BLÉPIRO.

Pero entonces, so color de ignorarlo, ¿no estrangularán sin ningún empacho a todo viejo,[480] cuando ahora lo hacen, sabiendo a ciencia cierta que son sus padres?

PRAXÁGORA.

Los presentes no lo permitirán. Antes a nadie le importaba que apaleasen a los padres ajenos; pero ahora todo el mundo, en cuanto oiga que ha sido maltratado un anciano, le defenderá en la duda de si será su propio padre.

BLÉPIRO.

En eso no andas descaminada. Pero te aseguro que pasaría un mal rato si Epicuro o Leucólofas[481] se me acercasen llamándome papá.

PRAXÁGORA.

Peor rato pasarías...

BLÉPIRO.

¿Cómo?

PRAXÁGORA.

Si Arístilo[482] te diese un beso llamándote su padre.

BLÉPIRO.

¡Pobre de él, si se atrevía!

PRAXÁGORA.

Pero tú olerías a calamento.[483] Además, como ha nacido antes del decreto, no tienes que temer sus ósculos.

BLÉPIRO.

No podría aguantarlo. ¿Pero quién cultivará la tierra?

PRAXÁGORA.

Los esclavos. Tú no tendrás más que hacer que acudir limpio y perfumado al banquete cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar.[484]

BLÉPIRO.

¿Quién nos proporcionará los vestidos? Quisiera saber esto.

PRAXÁGORA.

Usad por de pronto los que tenéis; después ya os haremos otros.

BLÉPIRO.

Una sola pregunta: Si los magistrados condenan a uno a una multa, ¿de dónde tomará el dinero para pagarla? No es justo que sea del tesoro común.

PRAXÁGORA.

Pero no habrá ya procesos.

BLÉPIRO.

¡Cuánto les pesará a muchos!

PRAXÁGORA.

Así lo he decidido. Además, amigo mío, ¿para qué había de haberlos?

BLÉPIRO.

¡Para mil cosas, por Apolo! En primer lugar, para el caso de negarse una deuda.

PRAXÁGORA.

Siendo todos los bienes comunes, ¿de dónde había de sacar dinero el prestamista? Sería un ladrón manifiesto.

BLÉPIRO.

¡Muy bien, por Ceres! A otra cosa. Los que después de bien bebidos maltratan a los transeúntes, ¿con qué pagarán la indemnización correspondiente? Esto sí que no lo resuelves.

PRAXÁGORA.

Con su ordinaria pitanza: con este castigo de estómago no volverán a excederse así como quiera.

BLÉPIRO.

¿No habrá ya ladrones?

PRAXÁGORA.

¿Quién ha de robar siendo comunes los bienes?

BLÉPIRO.

¿No despojarán a la noche a los transeúntes?

PRAXÁGORA.

No, por cierto. Lo mismo si duermes en tu casa, que si duermes fuera de ella, como sucedía antes, todo el mundo tendrá con qué vivir. Si alguno quiere despojar de sus vestidos a otro, este se los cederá de buen grado; ¿a qué ha de oponerse? Ya sabe que ha de recibir del Estado otros mejores.

BLÉPIRO.

¿No habrá juegos de azar?

PRAXÁGORA.

¿Qué se ha de ganar jugando?

BLÉPIRO.

¿Qué género de vida vas a establecer?

PRAXÁGORA.

Un comunismo perfecto. Atenas será como una sola casa, en que todo pertenecerá a todos, hasta el punto de que se podrá pasar libremente de una habitación a otra.

BLÉPIRO.

¿Dónde se darán las comidas?

PRAXÁGORA.

Todos los pórticos y tribunales se convertirán en comedores.

BLÉPIRO.

¿Y la tribuna para qué servirá?

PRAXÁGORA.

Para colocar las cráteras y los cántaros de agua; un coro de niños celebrará desde ella la gloria de los valientes y el oprobio de los cobardes; así, si hay alguno de estos, se retirará de la mesa avergonzado.

BLÉPIRO.

¡Buena idea, por Apolo! ¿Y dónde colocarás las urnas de los sorteos?

PRAXÁGORA.

Las pondré en la plaza pública y junto a la estatua de Harmodio;[485] iré sacando de ellas los nombres de los ciudadanos, hasta que todos se vayan contentos, sabiendo la letra a qué les ha tocado ir a comer;[486] así, el heraldo pregonará que los de la letra Beta vayan a comer al pórtico Basílico; los de la Zeta, al de Teseo, y los de la Kappa, al mercado de las harinas.

BLÉPIRO.

¿Para atracarse de trigo?

PRAXÁGORA.

No, para cenar.

BLÉPIRO.

Y al que no le toque en suerte ninguna letra para cenar, se le arrojará de todas partes.

PRAXÁGORA.

Eso no sucederá; porque tendremos especial cuidado en dar copiosamente de todo a todos; de manera que cada cual se retirará del banquete, ebrio con su corona y su antorcha. Entonces las mujeres os saldrán al encuentro, cuando volváis del festín, diciéndoos: «Ven acá, tenemos una hermosa muchacha.» «Aquí hay una hermosa y blanca como la nieve —os gritará otra desde un piso alto—, pero antes es preciso que compartas mi tálamo.» Los hombres feos seguiréis a los jóvenes gallardos, exclamando: «¡Eh, tú! ¿a qué tanta prisa? No has de conseguir nada por mucho que corras; la ley nos ha concedido a los feos el derecho de prelación; y en tanto podéis entreteneros en el vestíbulo, jugando con las hojas de higuera.»[487] Vamos, dime, ¿no te agrada este sistema?

BLÉPIRO.

Muchísimo.

PRAXÁGORA.

Ahora tengo que ir a la plaza a recibir los bienes que vayan depositándose, y a escoger por heraldo una mujer de buena voz. Es un deber ineludible que me impone mi cualidad de jefe y la necesidad de proveer a la mesa común, si he de daros hoy, como pienso, el primer banquete.

BLÉPIRO.

¿Desde hoy ya?

PRAXÁGORA.

Sin duda. En seguida voy a suprimir las cortesanas.

BLÉPIRO.

¿Por qué?

PRAXÁGORA.

A la vista está: para que no se nos lleven la flor de la juventud. No es justo que unas esclavas bien adornadas roben sus placeres a las mujeres libres. Cohabitarán solo con los esclavos, y solo para ellos emplearán sus deleites.[488]

BLÉPIRO.

Anda, yo te acompañaré, para que me miren los transeúntes y digan: mirad el marido de nuestra generala.

(Vanse Blépiro y Praxágora.)

(Falta el Coro.)


CIUDADANO PRIMERO.

Voy a preparar mis enseres para llevarlos a la plaza, y a hacer inventario de toda mi hacienda. Ven, hermosa zaranda, tú eres mi bien más precioso; ven, llena aún de la harina de la cual has cernido tantos sacos, a servir de Canéfora[489] en la procesión de mis muebles. ¿Dónde está la porta-sombrilla?[490] Esta olla hará sus veces: ¡qué negra está, justo cielo! no lo estaría más si en ella se hubiesen cocido las drogas con que Lisícrates[491] se tiñe las canas. Ponte a su lado, lindo tocador; y tú, trípode, desempeña las funciones de hidriáfora;[492] a ti, oh gallo, cuyo canto matinal me ha despertado tantas veces para ir a la asamblea, te reservo el papel de citarista. Adelántate, escacéfora,[493] con el gran cuenco de la miel cubierto por entrelazadas ramas de olivo, y tráete también los dos trípodes y la alcuza.[494] Los pucheros y demás menudencias que se queden ahí.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Yo entregar mis bienes? ¡Qué insensatez! ¡Qué locura! Jamás lo haré, por Neptuno. Veamos antes lo que pasa, y después meditemos mucho sobre la tal medida. Pues qué, ¿he de sacrificar sin más ni más el fruto de mis sudores y economías antes de saber a fondo todo lo que hay? — ¡Eh, tú! ¿Qué significan esos muebles? ¿Con qué objeto los has sacado? ¿Vas a mudarte de casa, o los llevas a empeñar?

CIUDADANO PRIMERO.

No.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues para qué has puesto en fila todo tu ajuar? ¿Envías una procesión a Hierón el pregonero?

CIUDADANO PRIMERO.

No, por Júpiter; voy a depositarlo en la plaza pública conforme a la última ley.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿A depositarlo?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Júpiter salvador, tú estás loco!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cómo?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Cómo? A la vista está.

CIUDADANO PRIMERO.

Pues qué, ¿no debo cumplir las leyes?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Cuáles? ¡Desdichado!

CIUDADANO PRIMERO.

Las promulgadas.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Las promulgadas? ¡Qué imbécil eres!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Imbécil?

CIUDADANO SEGUNDO.

Sí, amigo; y el más tonto de todos los tontos habidos y por haber.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Porque cumplo las prescripciones legales?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues qué, un hombre honrado tiene ese deber?

CIUDADANO PRTMERO.

Es el principal.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Estúpido rematado!

CIUDADANO PRIMERO.

¿Pero tú no piensas depositar tus bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Me guardaré muy bien, antes de ver la resolución que adopta la mayoría.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Puede ser otra que la de llevar al acervo común todos los bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Cuando lo vea, lo creeré.

CIUDADANO PRIMERO.

Por las calles no se habla de otra cosa.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se hablará.

CIUDADANO PRIMERO.

Todos dicen que van a llevar su parte.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se dirá.

CIUDADANO PRIMERO.

Me matas con tu desconfianza.

CIUDADANO SEGUNDO.

Se desconfiará.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Que Júpiter te confunda!

CIUDADANO SEGUNDO.

Se te confundirá. ¿Crees que todo ciudadano que tenga un átomo de juicio ha de llevar nada? No estamos acostumbrados a dar: solo nos gusta recibir, en lo cual imitamos a los dioses. Para convencerte, no tienes más que mirarles a las manos: sus imágenes, cuando les pedimos dones y mercedes, nos alargan las manos vueltas hacia arriba; no en actitud de dar, sino de recibir.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Miserable! Déjame cumplir con mi deber. ¿Dónde está mi correa?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pero de veras lo vas a llevar?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí, por cierto; mira, ya he atado este par de trípodes.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Qué locura! ¿Por qué no esperas a ver lo que hacen los demás, y después...?

CIUDADANO PRIMERO.

Después, ¿qué?

CIUDADANO SEGUNDO.

Esperar de nuevo y dar tiempo.

CIUDADANO PRIMERO.

¿A qué?

CIUDADANO SEGUNDO.

A que haya un terremoto o un relámpago de mal agüero, o a que pase una comadreja, y verás, imbécil, cómo nadie lleva nada al depósito.[495]

CIUDADANO PRIMERO.

Tendría gracia que por estar esperando no encontrase dónde depositar mis cosas.

CIUDADANO SEGUNDO.

No te apures por eso, y sí de cómo las has de recuperar. Aunque tardes un mes, hallarás sitio de sobra.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cómo?

CIUDADANO SEGUNDO.

Yo los conozco perfectamente. En seguida dan un decreto, y después no lo cumplen.

CIUDADANO PRIMERO.

Todos aportarán sus bienes, amigo.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si no los aportan?

CIUDADANO PRIMERO.

No te quepa duda, los aportarán.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si no los aportan, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

Les obligaremos.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si son más fuertes?

CIUDADANO PRIMERO.

Dejaré mis muebles y me iré.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si te los venden, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

¡Ojalá revientes!

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y si reviento, qué?

CIUDADANO PRIMERO.

Harás perfectamente.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿De modo que persistes en llevarlos?

CIUDADANO PRIMERO.

Sí, por cierto; pues ya veo a mis vecinos que se disponen a llevar los suyos.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Quién? ¿Antístenes?[496] Prefiriría mil veces el estarse treinta días seguidos sentado en un bacín.

CIUDADANO PRIMERO.

¡Vete al infierno!

CIUDADANO SEGUNDO.

Y Calímaco,[497] el maestro de coros, ¿qué llevará a la comunidad?

CIUDADANO PRIMERO.

Más que Calias.[498]

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Este hombre quiere arruinarse!

CIUDADANO PRIMERO.

¡Maldiciente!

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Maldiciente? ¿Pues no estamos viendo todos los días decretos semejantes? ¿No te acuerdas de aquel que se dio sobre la sal?[499]

CIUDADANO PRIMERO.

Me acuerdo.

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Y de aquel otro sobre las monedas de cobre? ¿Te acuerdas?

CIUDADANO PRIMERO.

Ya lo creo, ¡como que me causó poco perjuicio aquella maldita moneda! Con la venta de mis uvas me había llenado la boca de monedas de cobre, y me dirigí al mercado a comprar harina: tenía ya abierto el saco, para recibirla, cuando, hete aquí que el pregonero grita: «Nadie debe recibir en adelante la moneda de cobre; solo será corriente la de plata.»[500]

CIUDADANO SEGUNDO.

Y hace poco, ¿no jurábamos todos que el impuesto de la cuadragésima, ideado por Eurípides,[501] proporcionaría quinientos talentos al Estado? No había quien no pusiese en las nubes al inventor; pero cuando, vista la cosa con detenimiento, se comprendió que era, como suele decirse: «la Corinto de Júpiter»,[502] y que no producía nada, todo el mundo se desató contra Eurípides.

CIUDADANO PRIMERO.

Las circunstancias han variado. Entonces gobernábamos nosotros, y ahora las mujeres.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Neptuno, ya tendré buen cuidado de que no se orinen en mis barbas!

CIUDADANO PRIMERO.

No sé qué sandeces dices. — Esclavo, cárgate ese fardo.


EL HERALDO.[503]

Ciudadanos, acudid todos, pues principia a plantearse la nueva ley; presentaos a nuestra generala, para que la suerte designe el lugar donde cada uno debe comer; ya están las mesas dispuestas y cargadas de manjares exquisitos, y los lechos adornados de colchas y tapices; ya el agua y el vino se mezclan en las cráteras junto a la fila de las mujeres encargadas de los perfumes; ya se asan pescados, se clavan liebres en los asadores, se tejen coronas y se fríen pastelillos; las jóvenes cuidan los puches de habas que hierven en las ollas, y entre ellas Esmeo,[504] con su uniforme de caballería, friega los platos de las mujeres; Gerón,[505] con una hermosa túnica y finos zapatos,[506] se presenta riendo con otro jovencito; ya se ha desprendido de su manto y grueso calzado. Venid, el panadero os espera; ejercitad bien vuestras mandíbulas.

CIUDADANO SEGUNDO.

Sí, iré. ¿Por qué me había de retrasar cuando la república lo manda?

CIUDADANO PRIMERO.

¿Adónde vas sin haber depositado tus bienes?

CIUDADANO SEGUNDO.

Al banquete.

CIUDADANO PRIMERO.

Si las mujeres tienen un átomo de juicio, no lo consentirán antes de que hagas el depósito.

CIUDADANO SEGUNDO.

Ya lo haré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cuándo?

CIUDADANO SEGUNDO.

Te aseguro que habrá otros menos solícitos que yo.

CIUDADANO PRIMERO.

Y mientras tanto, ¿vas a comer?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues qué he de hacer? Todo hombre sensato debe prestar su apoyo a la república.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te prohíben entrar?

CIUDADANO SEGUNDO.

Bajaré la cabeza y entraré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te apalean?

CIUDADANO SEGUNDO.

Las citaré a juicio.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si se ríen de ti?

CIUDADANO SEGUNDO.

Me apostaré a la puerta...

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y qué harás?

CIUDADANO SEGUNDO.

Y arrebataré al paso los manjares.

CIUDADANO PRIMERO.

Anda, pues; pero detrás de mí. Vosotros, Sicón y Parmenón,[507] cargad con mis enseres.

CIUDADANO SEGUNDO.

Vamos, yo te ayudaré a llevarlos.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Tú?, de ningún modo. Me temo que ante nuestra generala digas que son tuyos los muebles que yo deposito.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Júpiter!, yo necesito hallar un medio de conservar mis bienes y participar de la comida común. — ¡Ah, excelente idea! ¡Pronto, pronto, a comer!

(Vase.)


(A las ventanas de dos casas próximas
se asoman una vieja y una joven.
)

VIEJA PRIMERA.

¿Cómo no vendrá ningún hombre? Pues ya es hora pasada. Yo me estoy aquí llena de albayalde, vestida de amarillo, cantando entre dientes, loqueando, y dispuesta a arrojarme en brazos del primer transeúnte. ¡Oh Musas! Descended a mis labios e inspiradme una voluptuosa canción al modo jonio.[508]

UNA JOVEN.

¿Te has asomado a la ventana antes que yo, vieja podrida? Creías, sin duda, que estando yo ausente ibas a vendimiar la viña abandonada y a atraer alguno con las canciones. Si tú haces eso, yo también cantaré; pues aunque a los espectadores les parecerá gastado y fastidioso el procedimiento, no dejarán de encontrarlo algo cómico y divertido.

VIEJA PRIMERA.

Habla con ese carcamal y llévatelo. — Tú, mi joven flautista, coge tus instrumentos y toca una melodía digna de ti y de mí. Quien ame el placer, debe buscarlo en mis brazos. Las jovencitas carecen de la experiencia, dote de las ya maduras. Ninguna sabe querer como yo a mi amigo; a todas les gusta volar de flor en flor.

LA JOVEN.

No hables mal de las jóvenes: el placer reside en su cuerpo delicado y florece en su blanco seno. Tú, vejestorio, estás expuesta y embalsamada; solo la muerte te llamará: «amor mío».

VIEJA PRIMERA.

¡Ojalá pierdas la sensibilidad! ¡Ojalá no encuentres el lecho cuando quieras entregarte a un hombre![509] ¡Ojalá al ir a besarle estreches una víbora contra tu corazón!

LA JOVEN.

¡Ay!, ¡ay!, ¿qué haré? No viene mi amigo: estoy sola; mi madre ha salido, y de las demás me importa poco. — Nodriza mía,[510] llama a Ortágoras,[511] para que goces de los derechos de tu edad.

VIEJA PRIMERA.

Pobrecilla, eres apasionada como una jonia,[512] y no me pareces novicia en los placeres de Lesbos.[513] Pero no podrás arrebatarme mis placeres, ni robarme un solo instante de las deliciosas horas que me pertenecen.

LA JOVEN.

Canta cuanto quieras y alarga el hocico por la ventana como una gata; a pesar de todo, nadie entrará en tu casa antes que en la mía.

VIEJA PRIMERA.

Si entran, será para llevarte a enterrar.

LA JOVEN.

Sería una cosa nueva, vieja podrida.

VIEJA PRIMERA.

No, por cierto.

LA JOVEN.

Claro, ¿qué puede decirse de nuevo a una vieja?

VIEJA PRIMERA.

Mi vejez no te causará perjuicio.

LA JOVEN.

¿Pues qué? ¿Tu colorete o tu albayalde?

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué me hablas?

LA JOVEN.

¿Por qué miras?

VIEJA PRIMERA.

¿Yo? Le canto a solas a Epígenes, mi amante.

LA JOVEN.

¿Tienes más amante que Geres?[514]

VIEJA PRIMERA.

El mismo Epígenes te lo probará: va a venir dentro de poco. Míralo, ahí está.

LA JOVEN.

Pero no piensa en ti, vieja bribona.

VIEJA PRIMERA.

Sí, por cierto, apestada.

LA JOVEN.

Él mismo nos lo probará: yo me retiro de la ventana.

VIEJA PRIMERA.

Y yo también, para que veas que no me engaño.

EL JOVEN.

¡Oh, si pudiese estrechar entre mis brazos a la joven, sin sufrir antes las caricias de la vieja! Esto es intolerable para un hombre libre.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Las sufrirás, mal que te pese. No creas que esta es una vejez caída en desuso.[515] La ley ha de cumplirse, pues vivimos bajo un régimen democrático. Me retiro para observar sus movimientos.

EL JOVEN.

¡Ojalá, oh dioses, encuentre sola a aquella linda muchacha! El vino, que me enardece, me hace venir a buscarla.

LA JOVEN.

He engañado a la maldita vieja. Se retiró, creyendo que yo me iba a estar en casa.

VIEJA PRIMERA.

Es el mismo, el mismo de quien hablamos. — Ven acá, dueño mío, ven a pasar la noche entre mis brazos. Los bucles de tus cabellos me tienen loca de amor; una pasión frenética arde en mi pecho y me consume. Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo.

EL JOVEN.

Ven acá, ven acá, baja a abrir la puerta, si no quieres verme morir en su dintel. ¡Oh amada mía! quiero embriagarme con tus caricias.[516] ¡Oh Venus! ¿Por qué me inspiras este frenético deseo? — Oye mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo. ¡Qué impotente es la palabra para pintar mi pasión! Abre la puerta, dulce amiga: estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento. Ídolo mío, hija de Venus, abeja de las Musas, alumna de la gracia, vivo retrato del placer,[517] abre la puerta, estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento.

VIEJA PRIMERA.

¡Eh, tú! ¿Por qué llamas? ¿Me buscas?

EL JOVEN.

No.

VIEJA PRIMERA.

Sin embargo, llamabas.

EL JOVEN.

¡Antes morir!

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué vienes con esa antorcha?

EL JOVEN.

Busco a un hombre de Anaflisto.[518]

VIEJA PRIMERA.

¿Cuál?

EL JOVEN.

No es Sebine,[519] a quien tal vez esperas.

VIEJA PRIMERA.

¡Sí, por Venus!, quieras o no.

EL JOVEN.

No entendemos de lo que cuenta sesenta años, y lo dejamos para más adelante; solo juzgamos de lo que tiene menos de veinte.[520]

VIEJA PRIMERA.

Eso era bajo el antiguo régimen, querido mío; pero ahora es preciso que nos juzguéis a nosotras primero.

EL JOVEN.

Si quiero, según la ley del juego de damas.

VIEJA PRIMERA.

Cuando comes no es la ley según el juego de damas.[521]

EL JOVEN.

No te entiendo; voy a llamar a esa puerta.

VIEJA PRIMERA.

Después de haber llamado a la mía.

EL JOVEN.

Por ahora, no tengo necesidad de criba.

(La vieja baja y sale de la casa.)

VIEJA PRIMERA.

Sé que me amas; solo que estás asombrado de verme fuera; vamos, dame un beso.

EL JOVEN.

Pero, amiga mía, tengo miedo a tu amante.

VIEJA PRIMERA.

¿A cuál?

EL JOVEN.

A aquel excelente pintor.[522]

VIEJA PRIMERA.

¿Quién es?

EL JOVEN.

Uno que pinta vasos sobre los féretros. Entra pronto, no vaya a verte en la puerta.

VIEJA PRIMERA.

Ya sé, ya sé lo que tú quieres.

EL JOVEN.

También se yo lo que quieres tú.

VIEJA PRIMERA.

Mas te juro por Venus, que me ha favorecido, que no te he de soltar.

EL JOVEN.

Chocheas, viejecita mía.

VIEJA PRIMERA.

Y tú te chanceas; pero tendrás que compartir mi lecho.

EL JOVEN.

¿Qué necesidad hay de comprar ganchos para sacar los cubos de los pozos? Con echar esta vieja, se conseguirá el mismo objeto.

VIEJA PRIMERA.

Déjate de burlas, pobre muchacho, y sígueme.

EL JOVEN.

Ninguna obligación tengo, a no ser que hayas pagado a la república la quingentésima[523] de tus años.

VIEJA PRIMERA.

Por Venus, sígueme: a mí nada me complace tanto como el amor de los muchachos de tu edad.

EL JOVEN.

Pues a mí nada me desagrada tanto como el amor de tus coetáneas; jamás podré quererlas.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Esto te obligará.

EL JOVEN.

¿Qué es eso?

VIEJA PRIMERA.

Un decreto con arreglo al cual tienes que entrar en mi casa.

EL JOVEN.

Dilo y veamos.

VIEJA PRIMERA.

Escucha: «Han resuelto las mujeres que cuando un joven ame a una doncella no podrá gozar de sus favores sin haber otorgado previamente los suyos a una anciana: si atento solo a su pasión por la joven se negase a cumplimentar el precitado requisito, las mujeres de avanzada edad tendrán derecho a prenderle y a arrastrarle impunemente por donde más lo sienta.»[524]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! Voy a ser un nuevo Procusto.[525]

VIEJA PRIMERA.

Es necesario obedecer nuestras leyes.

EL JOVEN.

¿Y si alguno de mis amigos o conciudadanos viniese a rescatarme?

VIEJA PRIMERA.

Ningún hombre puede disponer de cosa alguna cuyo valor exceda al de una medimna.

EL JOVEN.

¿No puedo oponerme?

VIEJA PRIMERA.

Todos los rodeos están prohibidos.

EL JOVEN.

Alegaré que soy comerciante.[526]

VIEJA PRIMERA.

Y yo haré que te arrepientas de haberlo alegado.

EL JOVEN.

¿Qué debo hacer?

VIEJA PRIMERA.

Entrar en mi casa.

EL JOVEN.

¿Indispensablemente?

VIEJA PRIMERA.

Como si Diomedes[527] lo ordenase.

EL JOVEN.

Pues bien, extiende una capa de orégano sobre cuatro ramas; cíñete de bandas la cabeza, y coloca junto a ti los vasos de perfumes, y en la puerta el cántaro de agua lustral.[528]

VIEJA PRIMERA.

También me comprarás una corona.

EL JOVEN.

¡Sí, por Júpiter! Con tal que sea de cirios,[529] pues creo que expirarás en cuanto entres en tu casa.


LA JOVEN.

¿Adónde arrastras a ese joven?

VIEJA PRIMERA.

A mi casa; porque es mío.

LA JOVEN.

Es una locura. Es demasiado joven para ti; mejor puedes ser su madre que su esposa. Con ese sistema vais a llenar el mundo de Edipos.[530]

VIEJA PRIMERA.

Calla, sierpe. La envidia te hace hablar así; pero la has de pagar.

LA JOVEN.

¡Por Júpiter salvador, qué gran servicio me has prestado librándome de esa vieja! ¡Esta noche te probaré mi ardiente gratitud![531]


VIEJA SEGUNDA.

¡Eh, eh! ¿adónde te llevas a ese? Según la ley, mi derecho a sus abrazos es preferente.

EL JOVEN.

¡Oh desdicha! ¿De dónde sales, vieja condenada? Esta es mil veces peor que la primera.

VIEJA SEGUNDA.

Ven acá.

EL JOVEN. (A la joven.)

¡Por todos los dioses! no dejes que esa vieja me obligue a seguirla.

VIEJA SEGUNDA.

La ley te obliga, yo no.

EL JOVEN.

Di más bien una Empusa[532] con todo el cuerpo plagado de úlceras hediondas.

VIEJA SEGUNDA.

Sígueme, corazoncito mío, y déjate de charla.

EL JOVEN.

Déjame ir a hacer una necesidad, para que pueda recobrarme un poco; si no, el miedo me obligará a pintar de rojo el dintel de esa puerta.

VIEJA SEGUNDA.

Ven, no temas; en casa lo harás.[533]

EL JOVEN.

¡Oh!, temo hacer más de lo que quiero; déjame, te daré dos buenos fiadores.

VIEJA SEGUNDA.

No los admito.


VIEJA TERCERA.

¡Eh, tú! ¿Adónde vas con esa vieja?

EL JOVEN.

No voy, me llevan. Quienquiera que seas, ojalá te colme el cielo de bendiciones, por venir a ayudarme en este apuro.[534] ¡Oh Hércules! ¡Oh Panes! ¡Oh Coribantes! ¡Oh Dióscuros! Ese monstruo es infinitamente más horrible. ¿Pero qué es, Júpiter poderoso? ¿Es una mona rebozada en albayalde, o el espectro de una vieja vuelta de los infiernos?

VIEJA TERCERA.

No te burles, y sígueme por aquí.

VIEJA SEGUNDA.

No, por aquí.

VIEJA TERCERA.

Nunca te soltaré.

VIEJA SEGUNDA.

Yo tampoco.

EL JOVEN.

Me vais a descuartizar, viejas malditas.

VIEJA SEGUNDA.

La ley manda que me sigas.

VIEJA TERCERA.

Como no se presente otra vieja más fea.

EL JOVEN.

Pero si me matáis así, ¿cómo he de poder acercarme a aquella hermosa?

VIEJA TERCERA.

Arréglatelas como puedas; por de pronto obedéceme.

EL JOVEN.

¿Con cuál de vosotras debo cumplir primero?

VIEJA SEGUNDA.

¿No lo sabes? Ven conmigo.

EL JOVEN.

Pues que me suelte esta otra.

VIEJA TERCERA.

No, ven conmigo.

EL JOVEN.

Iré, si esta me suelta.

VIEJA SEGUNDA.

Pues yo no te suelto.

VIEJA TERCERA.

Ni yo.

EL JOVEN.

Sois muy malas barqueras.

VIEJA SEGUNDA.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Porque haréis pedazos a los pasajeros tirando a un lado y a otro.

VIEJA SEGUNDA.

Calla, y ven por aquí.

VIEJA TERCERA.

No, por aquí.

EL JOVEN.

Estamos en el caso del decreto de Canono,[535] pues tengo que partirme en dos para daros gusto. ¿Pero cómo he de poder manejar dos remos a un mismo tiempo?

VIEJA SEGUNDA.

Muy fácilmente, comiéndote un puchero de cebollas.[536]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! ¡Ya estoy junto a la puerta!

VIEJA TERCERA. (A la vieja segunda.)

Nada conseguirás, porque entraré contigo.

EL JOVEN.

No, por todos los dioses: mejor es un mal que dos.

VIEJA TERCERA.

Por Hécate, quieras o no, así ha de ser.

EL JOVEN.

¡Negro infortunio! ¡Permanecer todo el día y toda la noche en brazos de una vieja hedionda, y para fin de fiesta caer de nuevo entre los de esa rana cuyas mejillas parecen dos alcuzas![537] ¿Hay desgracia como la mía? Sin duda nací con mal sino, pues tengo que nadar entre estos monstruos. Si algún mal me sucede al navegar sobre estas fétidas letrinas, acordaos de sepultarme bajo el mismo dintel de la puerta; y a la que me sobreviva untadle todo el cuerpo de hirviente pez. Cubridla hasta el tobillo de fundido plomo, y colocadla sobre mi tumba, a guisa de lámpara funeraria.[538]


UNA CRIADA.[539]

¡Qué felicidad la del pueblo ateniense! ¡Qué felicidad la mía! ¡Y, sobre todo, qué felicidad la de mi señora!

¡Felices todos vosotros, vecinos y conciudadanos, y cuantos estáis a nuestras puertas; y feliz con ellos yo, simple sirvienta, que he llenado mi cabellera de perfumes! ¡Y qué exquisitos, Júpiter soberano! Pero el perfume de las ánforas llenas de vino de Tasos es más exquisito todavía; este aroma se conserva largo tiempo, los otros se desvanecen en seguida. ¡Sí, excelsos dioses, el perfume de las ánforas es mil y mil veces preferible! ¡Echadme vino! Echadme; pues alegra toda la noche a la que ha sabido elegirlo. — Pero, amigas, decidme dónde está mi dueño, el marido de mi señora.

CORO.

Si te quedas ahí, me parece que lo encontrarás.

LA CRIADA.

Tenéis razón; ya viene a cenar. ¡Oh dueño mío! ¡Hombre feliz! ¡Hombre mil veces feliz!

EL DUEÑO.

¿Yo?

LA CRIADA.

Sí, tú, y más feliz que ninguno, por Júpiter. ¿Puede haber nadie más dichoso que tú, que en una población de más de treinta mil ciudadanos eres el único que no ha cenado?

CORO.

Es verdaderamente un hombre feliz.

LA CRIADA.

¿Adónde, adónde vas?

EL DUEÑO.

A cenar.

LA CRIADA.

Serás el último, por Venus. Sin embargo, mi señora me ha dicho que te lleve, y contigo a esas muchachas. Aún queda mucho vino de Quíos y otras mil cosas buenas. — ¡Ea, no tardemos! Los espectadores que nos favorecen, y los jueces imparciales, pueden venir también: les daremos de todo. Así, pues, di generosamente a todo el mundo, sin omitir a nadie, invitando a viejos, jóvenes y niños, que tendrán cena dispuesta para todos... si van a sus casas.

CORO.

Corro al festín, llevando mi antorcha con gracia. ¿Qué esperas tú? ¿Por qué no vienes con esas muchachas? Mientras bajas con ellas, yo entonaré un canto a propósito para abrir el apetito. Pero antes quiero dar al jurado un pequeño consejo. Que los sabios me juzguen por lo que en esta comedia hay de sabio, y los que gusten de chistes por los muchos chistes que en ella he derramado. Así, si no me engaño, me someto al parecer de todos. No me perjudique el haberme tocado en suerte ser el primero;[540] no lo olvidéis; y fieles a vuestro juramento, juzgad siempre con rectitud a los coros; no seáis como esas viles cortesanas que solo se acuerdan de lo último que han recibido.

SEMI-CORO.

¡Ya es hora, amigas mías! Ya es hora, si queremos concluir, de dirigirnos al banquete danzando. Partid y ajustad vuestros pasos al ritmo cretense.

SEMI-CORO.

Así lo hago.

CORO.

Marchad vosotras, ligera y acompasadamente. Pronto se van a servir ostras, cecina, rayas, lampreas, pedazos de sesos en salsa picante, silfio, puerros empapados en miel, tordos, mirlos, palominos torcaces, palomas, crestas de gallo asadas, chochas, pichones, liebres cocidas en arrope, y sustancia de alones.[541] Ya lo sabéis; pronto, amigas mías, coged un plato, y en seguida un vaso, y a comer.

SEMI-CORO.

Las otras devoran ya.

CORO.

¡Saltemos! ¡Bailemos! ¡Ea! ¡Ea! ¡Al festín! ¡Ea! ¡Ea! ¡Victoria! ¡Victoria!

FIN DE LAS JUNTERAS.