I
Emilio Zola sostiene que los poetas líricos de ahora son pajaritos que cantan en el árbol de Víctor Hugo. Es la pura verdad. Carduci, Núñez de Arce, Copee, Sully Prudhome, Campoamor y otros pocos no hacen más que glosar con dulzura el canto sublime del titán del siglo XIX, reflejar la luz gloriosa del astro que se está acostando entre vivas y esplendorosas llamaradas.
Los grandes poetas gozan el privilegio de fundar ciclos donde van a reunirse los que cierta misteriosa simpatía y una evidente semejanza en la manera de sentir y pensar arrastra hacia ellos. Sin remontarnos a tiempos antiguos, y fijándonos solamente en la época moderna, saltan a la vista ejemplos. Ahí está Goethe con su brillante falange de poetas alegres, serenos, razonadores y sensibles. Ahí está Byron con su numeroso cortejo de desgraciados, a quienes el mundo no comprende, almas doloridas, corazones que destilan sangre y versos lacrimosos. Y por último, vivo está todavía, por dicha nuestra, el egregio autor de las Orientales y la Hojas de Otoño, y viva también una gran parte de sus discípulos, cuyos trinos y gorjeos escucha el mundo con placer.
Ni quiere decir esto que la circunstancia de estar comprendidos en un ciclo, prive a los poetas de originalidad. No hablamos aquí, ni valiera la pena de que hablásemos, de aquellos que rastrean servilmente la pista del maestro para posar sus pies en las huellas que va dejando, porque no merecen los tales nombre de poetas. Hacemos referencia tan sólo a los que, recibiendo impulso y dirección de algún ingenio extraordinario, caminan solos y sin andadores, representando cada cual dentro del ciclo un brillante color de los muchos en que la luz de la poesía puede descomponerse. Los que hemos citado más arriba pertenecen a ese número. Son poetas, por privilegio, de nacimiento, pero han nacido bajo la influencia de un astro que aún resplandece sobre el horizonte, y no pueden sustraerse a ella. Esto no les quita ningún mérito. Todos los objetos hermosos que existen en el mundo necesitan absolutamente la luz del sol, y, sin embargo, ¿quién se acuerda de éste al contemplar su belleza? Además, en el firmamento las estrellas con luz refleja aparecen tan bellas como las que la tienen propia. Algunas veces, cuando los astros de primera magnitud brillan muy lejos, no ostentan tanta hermosura como otros más pequeños y cercanos; bien así como tal o cual poeta de la antigüedad, con ser mucho más grande, no nos produce la impresión viva y profunda que otros modernos de importancia secundaria, pero que participan de nuestra manera de sentir y pensar, y la reflejan.
Adviértase también que los ingenios extraordinarios que comunican movimiento y señalan derrotero a un período literario, los que Juan Pablo Richter denomina genios activos, son o han sido muy pocos en el mundo. La mayor parte de los poetas que admiramos y nos deleitan pertenecen a la categoría de los que el mismo crítico llama genios pasivos, si bien, a nuestro entender, incluye en este número a algunos que merecen ser colocados entre los primeros, como Rousseau y Schiller.
Dejemos, pues, sentado que nos gustan todos los pájaros, ruiseñores, canarios, malvises y jilgueros que cantan en el árbol de que nos habla Zola. ¡Ojalá nos fuera permitido pasar la vida reclinados dulcemente bajo su frondosa copa escuchándolos! Pero todo el mundo se empeña en aconsejarle a uno que trabaje. Apenas nos distraemos un poquito con sus gorjeos, cuando nos dice la voz de cualquier fiscal municipal o jefe de sección: «¡Hola! ¿Versitos, eh? ¡Vaya una gana que tiene V. de perder el tiempo!»
Y no es eso lo peor. Debajo del árbol no se disfruta tampoco la paz y sosiego necesarios. Los mosquitos y moscones, las arañas, los cínifes y bichos de todo linaje no dejan un instante de atormentarle a uno con su zumbido cuando no con sus pinchazos. Excuso decir que me refiero a la nube de poetastros de todos sexos, edades y condiciones que, para escarmiento de pícaros, existe en la capital.
II
Voy a hablar de algunos de nuestros mosquitos más distinguidos. Conviene de vez en cuando sacudirse las moscas. Divídense en cuatro grandes familias a cual más perversa y endemoniada. La primera es la de los mosquitos sentimentales, que son los de apariencia más inofensiva, aunque en realidad haya motivo para guardarse bien de ellos. Tienen un zumbido dulce y quejumbroso, que al principio no molesta gran cosa, pero que llega a hacerse insoportable. De estos mosquitos, algunos empiezan a disgustarse de la vida así que entran a cursar la segunda enseñanza; salen generalmente suspensos en los exámenes, reciben innumerables coscorrones del jefe de la familia y se enamoran perdidamente y en secreto de una mujer de treinta años. Hasta aquí sus estragos no pasan del círculo de la familia; mas al llegar a los diez y seis años comienzan a hacer coplas amargas como la hiel, inspiradas por lo común en La desesperación de Espronceda, un estúpido y obsceno poema fabricado por algún estudiante de medicina para deshonrar el nombre del ilustre poeta. Estas coplas se escriben con lápiz mientras los papás se figuran que está allá en su cuarto enfrascado en el estudio, y sólo son admiradas de algún amigo discreto que recíprocamente presenta a su admiración otras coplas no menos amargas. Tal vez que otra estas coplas, que ruedan por los bolsillos de los pantalones hasta que se pudren, caen en manos de la mamá al tiempo de coser o acepillar la ropa: la mamá, claro es, no sabe lo que aquello significa, pero corre a mostrárselo al papá, ¡y aquí fue Troya! Éste considera a su hijo sumido en un piélago de liviandades, se pone lívido, lanza profundos suspiros de congoja, y después de un enérgico discurso, encierra al culpable bajo llave durante ocho días. La mamá, más dispuesta como mujer a los sentimientos dulces, acude a la religión y le lleva a confesar con un sabio jesuita, no sin que el joven poeta proteste sordamente, pues ya han huido de su atormentado espíritu las consoladoras creencias de los primeros años. Aunque pide perdón a su mamá y le promete no volver a escribir porquerías, el mosquito sentimental no puede prescindir de continuar zumbando a escondidas de su familia: las persecuciones, lejos de abatirle, encienden más y más el horno de su inspiración y le acaban de persuadir de que la copa de la vida está llena hasta los bordes de cierto licor ponzoñoso, y que él se encuentra obligado a apurarla hasta las heces. Un periódico semanal de la población se encarga de comunicar este su convencimiento al público, expresado en términos solemnes, aunque sin gramática. Desde esta fecha, nuestro mosquito comienza a gozar de una envidiable reputación que se extiende como mancha de aceite por toda la provincia.
No obstante, por más que la opinión favorable de sus paisanos sea un bálsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazón, todavía no está satisfecho y medita seriamente un día y otro en venir a zumbar a Madrid, a fin de que se le oiga en todos los ámbitos de la península. El papá, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegará a ser hombre célebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A los cuatro meses justos publica una composición en cierta revista literaria; a los quince días otra, a los quince días otra, y así sucesivamente sigue zumbando periódicamente durante dos años. Al fin se decide a coleccionar sus poesías en un tomo. El papá vende una finca y le remite dinero. Pide un prólogo a Cañete, y este señor, que jamás se niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que hay en él composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por lo general mucha «elegancia, donaire y estro», y que el joven mosquito, si no se desgracia, llegará a ser un moscón insigne. Desgraciadamente, esta profecía permanece guardada como santa reliquia en el almacén de algún librero que ha aceptado el tomo en comisión. Transcurren meses sin que ningún humano venga en demanda del tomo de Preludios (estos mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algún nombre musical: preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se cansa de tener tanto papel inútil en el almacén y decide volvérselo a su dueño o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste en que D. Modesto Fernández y González interponga su influencia para que el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las bibliotecas públicas. Los súbditos españoles que las frecuentan no podrán menos de agradecer al Ministro el interés con que mira el cultivo de sus facultades imaginativas: todos los años les remite algunos miles de quintales de ternezas rimadas.
De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo de Madrid, están salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxígeno. Cuando alguno anda alicaído, asfixiado por la indiferencia del público y a medio morir, no tiene más que venir a leer ante esta docta corporación, y se le verá inmediatamente revolotear lleno de vida y alegría. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre cariñoso no haría más por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo docente por los mosquitos de que acabo de hablar.
III
Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los mosquitos líricos, es la de los filósofos o trascendentales. No tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte, ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear; de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema, de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo a ratione y en resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos vejámenes en los albores de la vida.
Después de formada su opinión en lo que atañe a la existencia, al amor, a la religión, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la manera que le parece más interesante para zumbarla al oído del público. Unas veces se presenta con un escepticismo risueño y paradójico que parece decir a los lectores: «Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los hombres, ni en la madre que me parió, pero me gusta aprovecharme de las cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos vinos, los paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Su maestro es Campoamor, a quien imita no tan sólo en el pensamiento sino en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y corriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a los pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo pequeño e insignificante.
«Yo no voy a la escuela
aunque me pegue mi señora abuela.»
¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué amable sencillez se advierte en esta y en otras frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbre de poemas no bastante apreciados del público!
Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poéticas y metafísicas, en un misterioso simbolismo atestado de laberintos. Su modelo entonces es el Fausto de Goethe, o el Manfredo de Byron. Pasa unos cuantos años escribiendo un grandioso poema, del cual lee solamente de vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos fragmentos que dejan en suspensión y espanto el ánimo de algunos amigos. En este poema todos los seres animados o inanimados del universo expresan su opinión acerca del misterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone el autor que resulte la clave de todo. Las diversas opiniones se expresan en el poema del mosquito filósofo por medio de voces que van sucesivamente gritando por las páginas del libro. Cuanto existe y cuanto ha existido tiene voz y voto en el poema: la voz de la esclavitud, la voz de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la voz de la iglesia, la voz de la administración, la voz de los colegios electorales, la voz de los tribunales colegiados, la voz de los edificios del Estado, etc., etc. Pero las cosas mejores las dice siempre una voz anónima, que debe de ser la del autor. De todo ello resulta que la vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntad perversa, y que para vencer a esta voluntad no hay otro medio que el suicidio, el suicidio de la humanidad entera.
A pesar de estas lúgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo que mina su preciosa existencia, el mosquito filósofo gusta extremadamente de que El Imparcial y El Globo digan en su hoja literaria que zumba con corrección y elegancia.
Viene después la familia de los legendarios, que estaba a punto de desaparecer de la fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos de la naturaleza poderosamente secundada por la sección de literatura del Ateneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida en estos últimos años.
Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. La única época histórica que les seduce es la comprendida entre la irrupción de los bárbaros y el Renacimiento. Dentro de esta época la institución que despierta en su juvenil fantasía mayor copia de romances octosílabos y endecasílabos, es el feudalismo. El mosquito legendario no comprende cómo se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, puentes levadizos, cascos y cimitarras. El amor no tiene atractivo para él, sino cuando la dama aguarda toda la noche a su galán en una ventana del castillo, sin miedo a catarros ni a reumatismos, y el galán despacha al otro barrio media docena de deudos para llegar hasta ella. Los combates, las emboscadas, los asaltos, los pisos que se hunden para sumirle a uno en profunda mazmorra, los fosos, los despeñaderos, etc., etc., son las únicas cosas que entusiasman a nuestro mosquito. En su concepto, no se puede vivir a gusto, sino con el alma en un hilo. Sus poemas, por consiguiente, están saturados de aquellos elementos que admiten muchas y variadas combinaciones, según puede verse en las infinitas leyendas que los lectores habrán, sin duda, oído recitar en su vida.
El argumento es lo único permanente o inalterable en estas leyendas; un amor desgraciado por la enemistad tradicional de los papás de los novios; dos señores feudales de cortos alcances y que padecen de atrabilis; los chicos que no se resignan a ser desgraciados y continúan sus relaciones hasta que una noche los sorprenden juntos y les arman un belén; el padre de la niña que encierra a su presunto yerno en una mazmorra, y le tiene a pan y agua sujeto con cadenas; el novio que se escapa ayudado por la niña, y viene después con su mesnada a dar un asalto a su suegro; rapto de la novia; el papá suegro que no se resigna, arma su mesnada y va a dar otro asalto a su yerno y le lleva la novia; el yerno, que tiene muy malas pulgas y arma de nuevo su mesnada y vuelve a robar la chica, etc., etc. Los asaltos se prolongan hasta que la novia, fatigada de tanto trasiego de un castillo a otro, se decide a espirar.
Con este sencillo argumento, que muchos años de uso han consagrado, lograron triunfos imperecederos una muchedumbre de mosquitos, cuyos nombres guardará tan cuidadosamente la historia, que nadie los averiguará jamás. Dentro de él caben infinitas combinaciones, bellas e interesantes, según el número y distribución de los asaltos y lo sangriento de la lucha; según la calidad del novio, que puede ser caballero y trovador o caballero solamente; el carácter del paisaje, que puede estar cerca del oceano o en lo interior de la sierra; el corcel del amante, que puede ser blanco, negro o alazán, etc., etc. De todos modos, yo aconsejo a los jóvenes líricos que no se aventuren por ninguna consideración a cambiarlo, pues al romper con los usos establecidos se corre grave peligro, y no en vano está sancionado desde tiempo inmemorial por cien generaciones de mosquitos.
Por último, hablaré del mosquito clásico. Lleva la ventaja a sus compañeros de que ha estudiado regularmente la segunda enseñanza y conoce la retórica de Hermosilla. Ha obtenido siete escribanías de plata en otros tantos certámenes poéticos abiertos en varias provincias de España, y en todas partes se han hecho lenguas de su forma, que los periódicos califican constantemente de gallarda. Como es natural, desprecia profundamente el fondo, en el cual no ha brillado ni brillará, y admira en primer término, tratándose de poesía, la paciencia, que es la facultad que todo clásico debe cultivar con predilección. Así que, cuando habla de alguna composición poética, nunca se mete a averiguar si es elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no tiene inspiración: lo único que aprecia en ella es si está o no está bien trabajada. No puede ver a un buen ebanista dando los últimos toques a una cómoda sin exclamar para sus adentros: ¡Qué lástima de poeta!
Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano Fernández Guerra o a Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que eso no importa, y les lee unos cuantos sáficos adónicos y algunas espinelitas: los académicos se dignan decirle que es muy «donoso y maleante», y que sus composiciones están llenas de «sentencias briosas y sales irónicas». Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, da algunas lecturas en la Juventud Católica y publica varios fragmentos en La defensa de la Sociedad, hasta que, por consejo de sus amigos académicos, deja repentinamente de zumbar. Escribiendo y publicando no se va a ninguna parte. Para que un literato alcance respetabilidad y obtenga la admiración de la gente, es condición ineludible que no escriba poco ni mucho.
Entonces el mosquito clásico se dedica a despellejar a Echegaray, a Castelar, a Pérez Galdós, y en general a los escritores que son leídos y aplaudidos. Al mismo tiempo se deshace en elogios de todo lo ñoño, pobre y ridículo que se publica o se representa, con lo cual satisface sus instintos y a la vez regocija a los astros literarios que le iluminan en su carrera.
Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por eso es el único que tiene buen paradero. Sus compañeros arrastran una vida miserable y triste; o vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyen por los ministerios de auxiliares y escribientes, o entran de factores en alguna compañía de ferrocarriles, o mueren en el hospital. Pero el mosquito clásico ¡ni por pienso! Ahí están sus protectores, que le hacen archivero-bibliotecario, o le dan una comisión lucrativa en país extranjero, o le ayudan a salir diputado y a ser director general y ministro. Después de algunos años de mantenerse firme en no escribir, de frecuentar los salones aristocráticos y de despellejar sin piedad a cualquier escritor que muestre talento y fantasía poco comunes, el mosquito clásico como recompensa de su brillante campaña, es conducido en triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores deseo. Amén.
EL ÚLTIMO BOHEMIO
No hace todavía dos años que pasando por la Carrera de San Jerónimo di con un amigo periodista, que me dijo al tiempo de saludarme:—Vaya usted por la calle de Sevilla y verá V. a Pelayo del Castillo acostado en la acera.
Había oído hablar muchísimo de este personaje y tenía la cabeza llena de sus extravagancias y proezas tabernarias: había visto en los teatros una pieza suya titulada El que nace para ochavo, no desprovista enteramente de gracia: no quise, pues, perder la ocasión de conocerle. A los pocos pasos encontré a Urbano González Serrano, conocido seguramente de todos mis lectores, y le invité a venir conmigo, lo que aceptó con gusto. Ambos nos dirigimos al lugar que me habían designado, o sea, la acera de la calle de Sevilla colocada en el sitio de los recientes derribos, donde tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada en una piedra y expuesto a los rigores del sol, vimos a un mendigo sucio y desarrapado. ¡Cómo se nos había de ocurrir que aquel hombre fuese Pelayo del Castillo! Tenía la cabeza enteramente descubierta y llena de greñas, el rostro encendido, el cuerpo envuelto en un andrajo que parecía el residuo de una capa, los pies metidos en dos cosas asquerosas que en otro tiempo habían sido alpargatas.
Todo nos volvíamos mirar a un lado y a otro explorando la calle en busca de nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin nuestros ojos se encontraron y le pregunté recelosamente designando al mendigo:
—¿Será ese?
—¡Imposible!—replicó Serrano.
No obstante, en la frente de aquel hombre había algo que no suele verse en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente donde se había pensado. Insistí en que lo averiguásemos, y acercándonos a él, Serrano le sacudió levemente:
—Oiga V..... ¿es V. D. Pelayo del Castillo?
El mendigo se incorporó lentamente y restregándose los ojos y abriéndolos con dificultad a causa de la gran irritación de los párpados, contestó mal humorado:
—No señor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.
Serrano se quedó un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin embargo, que era él.
—¿De veras no es V. Pelayo del Castillo?
—No señor.
Después de comunicarnos en voz baja nuestra opinión contraria, sacamos cada cual una moneda del bolsillo.
—Tome V.
—No señor—repuso rechazándolas con la mano y el gesto—yo no puedo aceptar eso..... yo no les conozco a ustedes.
—Somos dos aficionados a las letras; tome V.
Con algún trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entonces la cabeza que tenía doblada sobre el pecho, nos preguntó.
—¿A quién debo dar las gracias?...
—Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura: quede V. con Dios.
Y nos alejamos apresuradamente mientras él repetía esforzando la voz.
—Gracias, caballeros... yo quisiera saber...
A los pocos pasos volví la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle de aquella suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabeza desnuda al sol, me sentí conmovido. ¡Será posible que ese desdichado sea un literato; que haya escuchado los aplausos del público y alternado con los hombres más distinguidos de España! Y en aquel instante se me ocurrió escribir algo acerca del estado en que se hallan los literatos y artistas en nuestra nación. Celebro no haberlo hecho, porque desde entonces hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en este asunto.
Impresionado por el espectáculo que acababa de presenciar, no pude menos de dirigir in mente amargas recriminaciones a la patria que deja perecer de hambre a todo el que se dedica al cultivo de las letras y las artes y ensalza y pone sobre su cabeza a cualquier necio que se engolfa en la política sin más equipaje que su desvergüenza. Algo, y aun mucho de esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un problema es necesario examinarlo en todos sus aspectos.
Primeramente, la nuestra, es una nación de diez y seis millones de habitantes: por lo mismo, es absurdo pretender que el literato que vive del público, sea aquí remunerado como en Francia o Inglaterra, donde la población es más del doble. A más de ser el número de lectores menor en absoluto, lo es también relativamente: si en Francia leen diez por cada ciento, en España no lee siquiera uno, entre otras razones, porque no saben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por ciento eche sobre sus hombros la carga de alimentar a todos los que con razón o sin ella nos dedicamos a escribir para el público. Harto hace, a mi entender, con ayudarnos a vivir modestamente: no le pidamos hoteles, coches y alfombras como en Francia o Inglaterra porque no puede dárnoslos.
Claro es que el número insignificante de lectores depende del atraso del país, del detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regirá, de la influencia venenosa de la política y de otras mil causas enumeradas a la continua en libros y en periódicos. Aquí está la parte de culpa de la nación, que realmente no es menuda.
Mas también los artistas y literatos ayudan con su conducta al estado miserable en que se hallan. En España se ha entendido hasta ahora que el poeta o el artista es un ser mitad humano mitad angélico a quien no sientan bien los deberes y hábitos exigidos a los demás hombres. Todo hombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el literato no. Todo hombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para mañana; pues el literato está exento de tal carga. Pasar la vida holgando y tomar la pluma en los momentos de inspiración (que no suelen venir precisamente cuando se está ayuno); vender los productos del ingenio al primer editor usurero con quien se tropieza; gastarse el dinero alegremente en un día y pasar el resto del mes viviendo del crédito, si es que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor parte de nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspirados de los que no lo son.
Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres más eminentes, calcúlese cuál sería la de los adocenados, los que no pudiendo elevarse hasta ellos por la belleza de las obras imitan su vida exterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces lo consiguen) por medio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una época en que la bohemia invadió toda la literatura. Para ser literato era preciso no sólo ser un perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a la patrona (este era el artículo primero del código bohemio), dormir algunas veces al aire libre, rodar noche y día por los cafés, pedir dinero a todo el mundo con resolución de no devolverlo, ponerse las camisas y las botas de los amigos, dar mico al sastre, jugar, emborracharse, etc., etc. Los que tenían gracia solían emplearla en estas cosas y se hacían célebres. Todavía se cuentan con entusiasmo las pasadas que a sus patronas, sastres y zapateros han jugado algunos escritores de menor cuantía, y hay quien les admira por ellas más que por sus obras: quizá tengan razón, porque estos literatos tan chistosos para no pagar, no solían serlo tanto para escribir.
De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte de los escritores que han parecido de treinta o cuarenta años a esta parte, algunos, muy pocos por supuesto, han conseguido inmortalizarse con sus escritos; otros abandonando la literatura se han hecho personas formales y han entrado en la política o los negocios: éstos son los que mejor han librado; pero uno que otro, o más viciosos o más soberbios o menos aptos han persistido con extraña tenacidad en su vida aventurera y en sus costumbres abyectas que los han conducido rápidamente a un abismo de degradación. El representante genuino de estos últimos, el más empedernido, el que gozaba de más notoriedad era Pelayo del Castillo, fallecido recientemente en el hospital. Este desgraciado fue víctima de su indolencia y de sus vicios, pero en parte también de las ideas dominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe el literato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios, el desaseo, la desvergüenza y el desarreglo de las costumbres, se consideraran como graves y repugnantes defectos, ni éste ni otros desdichados hubiesen llegado a tal extremo de miseria. Nada hay tan funesto como presentar al hombre un ideal que no esté de acuerdo con los preceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus malas propensiones.
Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarán en desaparecer. El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales: es un hombre que debe trabajar como los demás y sacar el mejor partido posible de sus productos. Si no puede vivir de la pluma, porque en España no existan todavía medios de remunerarle cumplidamente, debe alternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa índole. Si puede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente como cualquier otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismas horas de trabajo que a un covachuelista, porque el del escritor es más intenso; pero se marcará las que sin detrimento de la salud pueda llenar. La teoría de la inspiración es falsa y ridícula: la inspiración acude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de los cafés ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, se rompe y se escribe de nuevo preparándose convenientemente con el estudio y la meditación; pero no se van a buscar ideas a la ruleta.
Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo de manifestar. El hombre más inspirado del siglo xix, Víctor Hugo, el inmortal autor de las Hojas de Otoño, trabaja diariamente un número crecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza con él, trabajó más que nadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la inspiración jugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que para hacer lo que estos hombres, además de su ingenio soberano, se necesita un gran vigor corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino lo que puede ejecutar buenamente. En España tenemos dos ejemplos notabilísimos: uno es el del primero de los oradores contemporáneos, D. Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de la salida a la puesta del sol como el último obrero, haciendo sudar a todas las prensas del orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas políticas: es de la raza de los atletas como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustre novelista D. Benito Pérez Galdós, embebido noche y día en un intenso trabajo literario, aprovechando todos los momentos de la existencia para preparar y escribir sus obras inmortales.
Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga de nuestra literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de los intrigantes políticos y de los especuladores avaros. El literato necesita independencia, un relativo bienestar y sosiego para entregarse a su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada me aflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la república de las letras, arrastrarse a los pies de cualquier político estólido en demanda de un destino o una pensión: me parece que aún subsiste aquel doloroso estado del tiempo de Cervantes, en que los literatos eran los domésticos de los magnates; aún peor hoy, pues que tienen que adular a los que han sido sus compañeros, a quienes han aventajado siempre en el talento, y que por dedicarse a la política, maltrechos quizá en la literatura, ocupan altas posiciones y otorgan mercedes.
Pero si todavía es poco lisonjera la situación del escritor en España, en el horizonte se divisan ya señales de un nuevo y mejor estado. De algunos años a esta parte ha mejorado notablemente el aspecto económico de las letras: ya los autores o poetas que abastecen el teatro, pueden vivir de sus obras, y dentro de algunos años tal vez los que escriben libros y artículos puedan hacer lo mismo. Se fundan casas editoriales serias y acaudaladas en sustitución de los editores sórdidos e ineptos que antes se lucraban con la miseria del escritor; muchos literatos administran sus obras con acierto, otros se hacen pagar dignamente, y casi han desaparecido los necios que por verse en letras de molde escriben de balde. En este respecto, preciso es confesar que la población de España que más está haciendo para procurar independencia al literato, beneficiando sus obras con habilidad en la península, explotando los mercados de América para nosotros cerrados hasta ahora y arriesgando fuertes capitales en este negocio, es Barcelona. Siguiendo de tal suerte, y si Madrid no trabaja algo más en pro de las artes y las letras patrias, barrunto que pronto será Barcelona el centro intelectual de España.