III
La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su paciencia.
La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los que en la actualidad saben componer un libro. No acontece esto porqué la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la claridad y la medida.
El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la obra bien definida, clara y armónica, como la Odisea, las Siracusanas de Teócrito, el Hermann y Dorotea de Goethe, sigue por los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal belleza del universo.
Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico (digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la Odisea y la Eneida, ni al Quijote y el Gil Blas de Santillana, á pesar de sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.
No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo, como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó producir lo que hoy se llama color local, esto es, descubrir el misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del Quijote cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia, con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson, Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.
Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados. El libro del primero titulado Recuerdos de la Casa de los Muertos es más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del escritor italiano titulada Mis prisiones, no tan vigorosa, es más pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con verdadero encanto.
Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir largo significa en muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica, según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no pueda y deba desarrollarse con medida. El Ramayana, la Iliada y la Odisea, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público, así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto, porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de Clarisa Harlowe y de Pamela, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna, apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la naturaleza les ha favorecido.
Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela.