II

ESPUÉS de almorzar, se encontraron sin agua. Maximina tenía sed. En la primer estación Juana se apeó, y vino con un vaso lleno. Durante su corta ausencia, se supone con algún fundamento que Miguel besó á su mujer en otro sitio distinto de la mano; pero no podemos asegurarlo. En Venta de Baños entraron en el mismo coche otros cuatro viajeros, tres señoras y un caballero. Pasaban de los cuarenta todos. Eran hermanos, según se enteraron después, y hablaban con marcado acento gallego. Miguel pasó á ocupar el asiento al lado de su mujer, colocando á la doncella enfrente, y decidió aparecer circunspecto, á fin de que aquellos señores no conociesen que eran recién casados. Sin embargo, no pudo escapárseles esta circunstancia. Las miradas insistentes y la conversación secreta que los novios sostenían, los denunciaban claramente. Las señoras sonrieron primero, hablaron luego entre sí y, por último, pusieron los medios para trabar conversación, consiguiéndolo presto. No tardaron tampoco en informarse de cuanto deseaban saber; con lo cual, se les despertó, sin saber por qué, una viva simpatía hacia Maximina, y procuraron demostrársela colmándola de atenciones. La niña, que no estaba avezada á ser objeto de ellas, mostrábase confusa y acortada, sonriendo con aquella apariencia vergonzosa que la caracterizaba.

Esto concluyó de seducir á las gallegas. Decididamente la tomaban bajo su protección. Eran solteras todas, y el hermano lo mismo. Ninguno había querido casarse «por el dolor que les causaba la idea solamente de separarse»: esto afirmaban á una voz. Por lo demás, ¡Virgen del Carmen, las proporciones que habían despreciado! Una de ellas, Dolores, al decir de las otras dos, había estado en relaciones seis años con un estudiante de derecho, en Santiago. Al concluir la carrera, Dolores, sin saber por qué, cortó las relaciones, y el estudiante se fué á su pueblo, donde despechado se casó inmediatamente con una prima rica. Otra, Rita, había tenido unos amores contrariados por su papá. El joven que amaba era poeta; estaba pobre. Nada pudo vencer la resistencia del papá á aceptarlo por yerno. Desesperado, desapareció, cuando menos se pensaba, de Santiago, después de haberse despedido tiernamente de Rita (los pormenores románticos de esta despedida no quiso la interesada que se contasen), y no volvió á saberse más de él. Algunos aseguraban que había perecido entre las garras de un tigre, buscando en California una mina de oro. En cuanto á la tercera, Carolina, era una verdadera locuela. Nunca habían conseguido sus hermanos que sentase la cabeza. Cuando más creído tenían en casa que estaba enamorada y que la cosa iba seria, ¡pum! de la noche á la mañana dejaba plantado al novio, y lo reemplazaba con otro. Carolina, que tendría unos cuarenta y cinco años, mal contados, quiso ruborizarse al escuchar estas afirmaciones, y exclamó sonriendo graciosamente:

—¡No haga usted caso, Maximina! ¡Qué tonta es esta niña!... Yo no puedo negar que me gusta la variación; pero ¿á quién no le gusta un poco? Á los hombres hay que castigarlos de vez en cuando, porque son muy malos, ¡muy malos! No se enfade usted, Sr. Rivera... Por eso yo me dije... lo que es á mí no me la da ninguno.

—Eso consiste—dijo Rita—en que todavía no te has enamorado de veras.

—Podrá ser. Hasta ahora no he sentido esos afanes y esas fatigas que pasan los enamorados, según dicen. Ningún hombre me gusta más de quince días.

—¡Qué horror!—exclamaron riendo Dolores y Rita.

—No digas esas cosas, loca.

—¿Por que no he de decir lo que siento, Rita?

—Porque está mal visto. Las jóvenes deben tener cuidado con las palabras.

—Vamos, Carolina—manifestó Miguel revistiéndose de gravedad,—yo, en nombre de la humanidad, le suplico que aplaque usted sus rigores y haga pronto á algún hombre feliz.

—Sí, ¡buenos pillos están ustedes!

—¡Muchacha!—gritó Dolores.

—Déjela usted, déjela usted—interrumpió Miguel.—Con el tiempo ya llegará á sentar esa cabecita. Tengo esperanza de que no tardará alguno en vengarnos á todos.

—¡Ca!...

Á todo esto, el hermano, que era un señor obeso con grandes bigotes blancos, roncaba como una foca. Maximina escuchaba sorprendida aquellas cosas, que apenas podía comprender, y miraba á Miguel de vez en cuando, tratando de inquirir si hablaba en serio ó se estaba burlando.

Las señoritas de Cuervo (que éste era su apellido) iban á Madrid á pasar una temporada. Todos los años hacían lo mismo. El resto del invierno lo pasaban en Santiago, y el verano en una aldea muy pintoresca donde se espaciaban á su talante, corriendo como cervatillas por el campo, subiéndose á los árboles para comer las cerezas y los higos y las manzanas, bebiendo el agua en las manos, haciendo excursiones en borrico á las aldeas vecinas (¡qué risa! ¡cuánto se divertían, madre mía!), presenciando las faenas agrícolas y bebiendo la leche que el criado acababa de ordeñar.

—Esta Carolina se pone insufrible en cuanto llegamos. Se sale por la mañana y nadie vuelve á saber de ella hasta la hora de comer. Con el bocado en la boca vuelve á salir, y hasta la noche.

—¡Pues tú puedes hablar, Lola! Yo me voy con las demás muchachas á buscar nidos ó á lavar la ropa al río... Pero tú te pasas las horas muertas dando palique desde el corredor á los galanes que te hacen la rosca...

—¡Jesús, qué atrocidad! Supongo, Sr. Rivera, que usted no creerá á esa aturdida, insustancial... ¡Figúrese usted que los galanes que allí hay son todos labradores!...

—Eso no importa—manifestó Miguel.—También tienen los labradores corazón y pueden amar las cosas bellas. No dudo que usted tendrá mucho partido entre ellos.

—En cuanto á eso—respondió Lola con rubor—si he de decir la verdad, sí, señor, me quieren mucho. Todos los años, en cuanto saben que vamos á llegar, se preparan los mozos para darme una serenata y cortan un arbolito para ponérmelo delante de la ventana.

—La serenata no es á ti sola—interrumpió vivamente Carolina.—Es á todas.

—Pero el árbol sí—respondió malhumorada Lola.

—El árbol, bueno; pero la serenata no—replicó aquélla un poco picada.

Lola le dirigió una mirada penetrante y siguió:

—Figúrese usted, Rivera, si tendrán pasión por mí, que cuando vinieron los ingenieros á construir un puente, yo dije que no me gustaba que lo pusiesen donde lo tenían marcado, sino más arriba. Pues en cuanto los mozos se enteraron de lo que yo había dicho, se presentaron á los ingenieros y les dijeron que el puente se había de hacer donde la señorita Lola quería, y que no se pensara en otro sitio, porque ellos lo estorbarían. Y como los ingenieros no quisieron variar el plano, así se está el puente sin construir hace ya cuatro años.

—Todo eso—dijo Miguel,—no tanto le honra á usted como á esos inteligentes jóvenes.

—¡Son tan buenos los pobrecillos!

—Nada santifica tanto el alma como el amor y la admiración—volvió á decir sentenciosamente Rivera.

Lola dijo—¡Ah!—y se ruborizó.

Aquellas tres señoritas vestían de un modo inverosímil y, si podemos decirlo así, anacrónico. Sus trajes eran vistosos, pintorescos y hasta un si es no es fantásticos, como sólo se consiente á las niñas de quince años. Carolina llevaba el cabello partido en dos trenzas con lacitos de seda en las puntas, y apretaba su flaco y arrugado cuello una cinta de terciopelo azul, de donde pendía una crucecita de esmeraldas. Las otras, como un poco más formales, lo llevaban recogido, aunque no con menos perifollos.

La noche ya había llegado tiempo hacía. La familia Cuervo propuso que se cenase, convidando galantemente á sus nuevos amigos con las viandas que llevaban: Aceptaron éstos presentando también las suyas, y en buen amor y compaña se pusieron á engullirlas, extendiendo previamente las servilletas sobre las rodillas. El hermano, que había despertado muy apropósito, comió como un elefante. Durante la cena dijo pocas frases, pero buenas. Una de ellas fué:

—Yo, para el tomate, ¡soy un águila!

Miguel se le quedó mirando un buen rato, y al cabo comprendió la profundidad que guardaba este concepto estrambótico.

Había llegado á establecerse entre todos una confianza ilimitada. No siendo bastante llamar á Miguel por su nombre en vez del apellido, Dolores propuso á Maximina que se tratasen de tú.

—Yo no puedo tener confianza con una amiga si no la tuteo... Además, entre chicas es la costumbre.

La joven sonrió avergonzada de aquella extraña proposición. Las gallegas, sin más preámbulos, comenzaron á menudear el segundo pronombre de lo lindo. Pero Maximina, aunque la serrasen viva, no podía corresponder al tuteo, y á la primera ocasión se le escapó el usted. Entonces las de Cuervo se mostraron ofendidas. La pobre niña se vió precisada á dar mil rodeos á fin de no hablarles directamente. Miguel, por vengarse alegremente de la molestia que ocasionaban á su esposa, comenzó á su vez á hablarles con gran familiaridad, lo cual no dejó de sorprenderlas al principio; pero se acostumbraron pronto de buen grado. No contento con esto, al poco rato sacudió rudamente por el brazo al señor de los bigotes blancos:

—Oyes, chico, no duermas tanto... ¿Quieres un poco de ginebra?

D. Nazario, que así se llamaba, abrió los ojos muy espantado, se echó al coleto la copa que le ofrecían, y volvió á quedar inmediatamente dormido.

Ya era hora de hacer todos lo mismo. Miguel corrió la cortinilla del farol, y «para que les molestase menos la luz», metió todavía un periódico doblado entre ambos. El coche quedó casi en tinieblas. Sólo por las ventanas entraba el pálido resplandor de las estrellas. Era una noche de Enero serena y fría como sólo se ven en las llanuras de Castilla. Acomodóse cada cual lo mejor que pudo en un rincón rebujándose en los abrigos y mantas. Rivera dijo á su esposa:

—Reclina la cabeza sobre mí. Yo no puedo dormir en el tren.

La niña obedeció á su pesar: creía molestarle.

Todo quedó en silencio. Miguel tenía cogida una de sus manos y la acariciaba suavemente. Al cabo de un rato, inclinando la cabeza y rozando con los labios la frente de su mujer, le dijo muy quedo al oído:

—Maximina, te adoro—y con más emoción volvió á repetir:—¡Te adoro, te adoro!

La niña no contestó, fingiéndose dormida. Miguel le preguntó con voz insinuante:

—¿Me quieres tú? ¿me quieres?

La misma inmovilidad.

—¿Me quieres, dí? ¿me quieres?

Entonces Maximina, sin abrir los ojos, hizo un leve signo de afirmación, y dijo después:

—Tengo mucho sueño.

Miguel sonrió advirtiendo el temblor de su mano, y repuso:

—Pues duerme, hermosa.

Y ya no se oyeron en el coche más que los ronquidos de D. Nazario, el cual era especialista en el ramo. Comenzaba generalmente á roncar de un modo acompasado, solemne, en períodos firmes y llenos. Poco á poco se iba precipitando, haciéndolos más concisos y enérgicos, y al mismo tiempo acentuando la nota gutural, que en un principio apenas se advertía. Desde las fosas nasales bajaba la voz á la garganta, volvía á subir, tornaba á bajar, y así por largo tiempo. Pero á lo mejor, dentro de aquel ritmo al parecer invariable, se dejaba oir un silbido agudo y penetrante como anuncio de tempestad. Y en efecto, al silbido contestaba prontamente un gruñido profundo y amenazador, y después otro más alto, y después otro... Repetíase de nuevo el silbido aún más estridente, y al momento era ahogado por un confuso rumor de chiflidos discordantes que infundían pavura en el alma. Y este rumor iba creciendo, creciendo hasta que, sin saber por qué, se trasformaba súbito en tos asmática y perruna. Don Nazario daba un gran suspiro, descansaba breves momentos y cogía de nuevo el hilo de su oración en tono mesurado y digno.

Miguel soñaba con los ojos abiertos. Á su imaginación acudían en tropel ideas risueñas, mil presagios de ventura. La vida se le presentaba con un aspecto suave y amable que hasta entonces no había descubierto. Se había divertido, había gozado de los placeres mundanales; mas siempre detrás de ellos, y á veces enmedio, percibía un dejo amargo, la estela de tedio y de dolor que el demonio va trazando en la vida de sus adoradores. ¡Qué diferencia ahora! Su corazón le decía: «Has hecho bien, serás feliz». Y su entendimiento, pesando escrupulosamente y comparando el valor de lo que abandonaba con lo que recogía, también le daba el pláceme. Por largo rato estuvo así despierto, sintiendo en el hombro el peso de la cabeza de su mujer. De vez en cuando la miraba de reojo, y aunque parecía tener los ojos cerrados, dudaba que durmiese. Al cabo prendióle á él el sueño. Cuando abrió los ojos entraba ya en el coche la claridad de la aurora. Miró á su esposa, y observó que estaba despierta.

—Maximina—le dijo con voz de falsete para no turbar á los demás.—¿Hace mucho que estás despierta?

—No; un poco—respondió la niña incorporándose.

—¿Y por qué no te has levantado?

—Porque temía quitarte el sueño al moverme.

—¡Pues qué más hubiera querido yo! ¿No sabes que tenía ya muchos deseos de hablar contigo?

Y los jóvenes entablaron un diálogo en voz tan apagada, que más se adivinaban que se oían; mientras las señoritas de Cuervo, su hermano y Juana dormían en varia y original postura. ¿De qué hablaron en aquellos momentos? Ni ellos mismos lo sabían. Las palabras tenían un valor convencional, y todas ellas, sin exceptuar una, expresaban lo mismo. Miguel, huyendo de hablar de sí mismos porque advertía que á Maximina le causaba vergüenza, encauzaba la conversación hacia algún asunto alegre, y procuraba hacerla reir á fin de que desapareciese su natural embarazo. No obstante, se aventuró á decir una vez, mirándola fijamente:

—¿Estás contenta?

—Sí.

—¿No te pesa de ser mía?

—¡Oh, no! ¡Si supieras!

—¿Qué?

—Nada, nada.

—Sí, algo ibas á decir; habla.

—Era una tontería.

—Pues dímela; tengo derecho ya á saber hasta lo más insignificante que cruce por tu imaginación.

Necesitó instarla mucho y muy cariñosamente para lograr saberlo.

—Vamos, dímelo bajito.

Y la atrajo suavemente. Maximina depositó en su oído:

—Ayer he pasado muy mala noche.

—¿Por qué?

—Desde que me dijiste que tenías tiempo aún á dejarme, no pude pensar en otra cosa... Se me figuró que me lo habías dicho con cierto retintín... Toda me volvía dar vueltas en la cama... ¡Ay, madre mía, qué pena!... Me levanté antes que nadie en la casa y fuí descalza hasta tu cuarto; puse el oído á la cerradura á ver si escuchaba tu respiración; pero nada. ¡Me dió una congoja! Cuando la criada se levantó, le pregunté como quien no quiere la cosa si te había llamado. Me dijo que sí, y respiré. Pero aún no las tenía todas conmigo. Tenía miedo que al preguntarte el cura si me querías dijeses que no... Cuando te oí decir sí, ¡me entró una alegría! y dije para mí: ¡Ya estás cogido!

—¡Y bien que lo estoy!—exclamó el joven besándola en la frente.

El tren corría ya por los campos vecinos á Madrid. Las señoritas de Cuervo despertaron. La luz natural no favoreció gran cosa sus naturales gracias; pero se apresuraron á venir en su ayuda con una serie de minuciosos trabajos que dejaban bien probadas sus inclinaciones artísticas. De un magno estuche de piel de Rusia sacaron peines, cepillos, pomada, horquillas, polvos de arroz y un frasquito de colorete. Y unas á otras se fueron aliñando y retocando escrupulosamente en medio de mil frases cariñosas y carocas infantiles.

—Vamos, chica, estáte quieta... Mira que te voy á pinchar... ¡Jesús, qué niña tan mala!

—Estoy nerviosa, Lola, estoy nerviosa.

—Ya se conoce que vas á ver pronto á quien tú sabes y yo me callo.

—¡Qué tonta! Calla. Rivera se lo va á creer.

Maximina contemplaba sorprendida, con los ojos muy abiertos, aquel repentino tocado. Las de Cuervo la invitaron á hacer lo mismo, y entonces salió de su estupor dando confusamente las gracias.

En la estación aguardaban á nuestros viajeros la brigadiera Ángela y Julia. Ésta abrazó y besó repetidas veces á su cuñada. Aquélla le dió la mano y también la besó en la frente. Después de despedirse las gallegas con mil ofrecimientos amistosos, subieron á la carretela que la brigadiera había traído, colocándose ésta y Maximina en el sitio de preferencia por indicación de Julia, que no quitaba ojo á su nueva hermana y le tenía cogidas las manos apretándoselas á menudo con efusión. Ésta procuraba vencer su cortedad para mostrarse cariñosa; y con gran trabajo lo conseguía. La madrastra se mostraba afable y atenta, mas sin que pudiera abandonarla aquella apariencia altiva y desdeñosa que siempre había caracterizado su persona. La joven esposa le echaba de vez en cuando rápidas y tímidas miradas. Al llegar á casa, Julia fué corriendo á enseñarle la habitación que les tenían destinada y que ella había arreglado con minucioso esmero. No faltaba un solo pormenor, ni se había visto jamás diligencia más fina para prevenir todas las necesidades de la vida de una dama, desde los ramos de flores y el estuche de costura hasta el abrochador de guantes y las horquillas. Desgraciadamente, Maximina no podía apreciar estos refinamientos de la elegancia y del buen gusto. Todo era para ella igualmente nuevo y hermoso.

Miguel encontró á su hermana en un corredor.

—¿Dónde está Maximina?

—La he dejado en su cuarto quitándose el abrigo. Aguarda á su doncella, que dice que le trae las zapatillas.

—Yo también voy á quitarme el abrigo y á cepillarme un poco—dijo el joven algo vacilante.

Julia le soltó una carcajada en las narices y echó á correr.

Al entrar en el cuarto se despojó efectivamente del gabán, y dirigiéndose á su mujer, que ya estaba con su trajecito gris, la estrechó fuertemente contra su corazón y la dió repetidos besos. Después, llevándola por la mano hacia una silla, la sentó sobre sus rodillas y tornó á besarla apasionadamente. Maximina estaba roja como una cereza, y aunque entendía que todo aquello debía ser así, todavía procuraba con suavidad desasirse. Miguel, que también estaba turbado, la dejó levantarse y salir de la habitación, siguiéndola poco después.

Era domingo y precisaba oir misa. Como la brigadiera y Julia ya la habían oído, salieron solamente Maximina, Miguel y Juana, y entraron en San Ginés. La criada, que jamás había transigido con no ver al cura de pies á cabeza, rompió por entre la gente y fué á colocarse cerca del altar. Los esposos se quedaron hacia atrás. Nunca le pareció tan bien á nuestro joven el incruento sacrificio ni asistió tan á su placer á él, aunque su imaginación no volaba precisamente hacia el Gólgotha ni sus ojos iban siempre derechos al oficiante. Pero el cielo, que es muy clemente con los recién casados, le ha perdonado ya estos pecados.

Después de almorzar, Miguel propuso dar un paseo por el Retiro. La tarde, aunque fría, estaba serena y apacible. La brigadiera no quiso acompañarles. ¡Con qué gozo pasó Julita á ocuparse en el adorno y tocado de su cuñada! Ella eligió el traje que había de ponerse, y le ayudó á vestírselo, ella la peinó á la moda, ella le puso el aderezo y las flores en el pecho, y hasta ella misma le abrochó las botas. Estaba roja de placer ejecutando estos oficios. Luego que se vieron en la calle, marchaba ebria de orgullo llevando á su cuñada en el medio, como si fuese diciendo á la gente: «¿Ven ustedes esta jovencita, más niña que yo todavía?... ¡Pues es una señora casada! Respétenla ustedes». Antes de llegar al Retiro, echando casualmente la vista atrás, acertó Miguel á ver muy lejano, muy lejano, desvaído en el ambiente de la calle de Alcalá, el perfil finísimo de Utrilla, aquel famoso cadete de marras, y dijo á su esposa con seriedad:

—Aquí donde nos ves, Maximina, que parecemos simples particulares yendo á tomar el sol al Retiro, llevamos escolta.

Julita se puso colorada.

—¿Escolta? No veo nada—contestó volviendo la cabeza.

—No es fácil. Más adelante te daré los gemelos, á ver si logras distinguirla.

Julita la apretó la mano, diciéndola por lo bajo:

—¡No hagas caso de ese tonto!

Ya que estuvieron en el Retiro, el perfil de Utrilla se fué señalando mejor en la atmósfera serena, á modo de raya delicada. Maximina iba contemplando, con mezcla de sorpresa y de vergüenza, aquella balumba de caballeros y señoras que á su lado cruzaban, y que la miraban fija y descaradamente al rostro y al vestido, con esa expresión altiva é inquisitorial con que los madrileños suelen mirarse unos á otros en el paseo. Y hasta se le figuró escuchar á su espalda algunos comentarios acerca de su persona: «—El traje es rico, sí, ¡pero qué mal lo lleva esa chica! Parece una santita de aldea». No le ofendió esto, porque estaba bien convencida de su insignificancia al lado de tanto gran señor y señora; pero le causaba tristeza no hallar siquiera un rostro amigo, y se estrechaba á menudo contra su esposo, buscando refugio contra la vaga é injustificada hostilidad que en torno suyo percibía. Mas al volver los ojos á éste, observó que marchaba también con el entrecejo fruncido, reflejando en su fisonomia la misma indiferencia desdeñosa y el mismo tedio que todos los demás. Y se le apretó aún más el corazón, porque no sabía que el sentimiento á la moda en Madrid es el odio, y que si no se siente, como es de obligación, precisa aparentarlo, al menos, cuando nos hallamos en público. Pero de estos refinamientos de la civilización no era posible que estuviese enterada todavía nuestra heroína.

Cuando hubieron dado unas cuantas vueltas, dijo Miguel á su hermana:

—Oyes, Julita, ¿por qué no se acerca Utrilla, ahora que no va mamá con nosotros?

—Porque yo no quiero—repuso aquélla inmediatamente y con gran decisión.

—¿Y por qué no quieres?

—Porque no quiero.

Miguel la miró un instante con expresión burlona y dijo:

—Bien... pues como quieras.

Mientras duró el paseo, Utrilla trazó con increíble habilidad geométrica una serie de circunferencias, elipses, parábolas y otras curvas cerradas ó erráticas, de las cuales eran siempre foco nuestros amigos. Cuando volvieron á casa, tomó también la línea recta, si bien procurando en la medida de sus fuerzas que el contorno de su silueta se borrase en los confines del horizonte. Antes de retirarse, entraron en el reservado del Suizo á tomar chocolate. Estando allí, Rivera percibió, por un instante no más, el rostro del cadete pegado á los cristales.

—Julita, ¿me permites que salga á invitar á ese muchacho á tomar chocolate?

—¡No quiero! ¡no quiero!—exclamó la joven, poniéndose muy seria.

—Es que me da lástima...

—¡No quiero! ¡no quiero!—volvió á exclamar en tono casi rabioso.

No hubo más remedio que dejarla mortificar á su gusto al desdichado hijo de Marte.

—¿A que no sabes, Maximina—dijo al entrar en casa la cruel madrileña—cómo se llaman estos chicos que nos siguen hasta el portal?

—¿Cómo?

—Encerradores.

Y subió riendo la escalera.

Se comió en buen amor y compaña. La brigadiera hizo sol aquel día, como solía decir Miguel; habló bastante, autorizándose contar con su gracioso acento sevillano algunas anécdotas de las personas conocidas en Madrid. Pero al llegar los postres, Maximina comenzó á sentir algún desasosiego, porque se había convenido antes entre todos que aquella noche no saldrían y se retirarían temprano, no sólo por Miguel y por ella, sino también por la brigadiera y Julita, que á causa del madrugón necesitaban descanso. El problema de levantarse de la mesa y retirarse cada cual á su habitación se presentaba terrible y pavoroso para la niña de Pasajes. Por fortuna, la brigadiera estaba en vena y Julia también. La sobremesa se prolongaba sin advertirlo nadie más que ella. Según iban trascurriendo los minutos crecía su confusión y su temor, y sentía un temblor extraño que corría por el interior de su cuerpo y le impedía, bien á su pesar, tomar parte en la conversación. Y en efecto, así como lo temía, llegó un instante en que ésta comenzó á languidecer. Miguel, para ocultar también su migajita de vergüenza, procuró reanimarla, y lo consiguió por un buen cuarto de hora. Mas sin saber por qué feneció de pronto. La brigadiera bostezó dos ó tres veces. Julita levantó la vista hacia el reloj, que señalaba las nueve y media. Maximina clavó los ojos en el mantel jugando con el aro de la servilleta, mientras su marido, presa de cierta inquietud, hacía rechinar la silla. Al fin Julita se levantó bruscamente, salió del comedor, y volvió enseguida con una palmatoria en la mano, se acercó rápidamente á su cuñada y la besó en la mejilla diciendo:

—Hasta mañana.

Y salió otra vez corriendo, con la sonrisa en los labios, para ocultar la vergüenza que también ella sentía.

—Vaya, niños—dijo la brigadiera levantándose con decisión,—podéis retiraros, que todos necesitamos descanso... Isabel, encienda usted luz en el cuarto de los señoritos.

Maximina, ruborizada, desfallecida casi de vergüenza, fué á besarla. Miguel, disfrazando con una sonrisa de hombre de mundo la inquietud verdadera que sentía, hizo lo mismo.