V

TRILLA se había acostado por la noche calenturiento, nervioso. La cosa no era para menos. Había perdido por segunda vez el semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.

Se lo había dicho el corazón antes de entrar en el examen:—«Jacobo, te van á preguntar con seguridad el péndulo, que es en lo que estás más flojo.»—Y en efecto, así que tomó asiento delante del tribunal, ¡zas! el profesor de mecánica le dice con acento almibarado:

—Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teoría del péndulo.

El cadete se levanta un poco pálido y mira con ojos extraviados al tribunal. El profesor de álgebra sonríe irónicamente adivinando su confusión. ¿Por qué le había tomado tal ojeriza aquel tío? Utrilla sólo se lo explicaba por envidia. El profesor le había visto haciéndose el oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trémula algunas cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y se vuelve al tribunal. El profesor de Mecánica vuelve la cabeza, varias veces en signo negativo:

—No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.

El cadete borra con la esponja las cifras que había trazado, y vuelve á comenzar la operación. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de descanso; más signos negativos por parte del profesor.

—Tampoco es eso, Sr. Utrilla.

Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza á trazar guarismos. Pero esta vez desfallecido, confuso, lívido, pensando ya en la muerte.

—Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla—manifiesta el profesor con acento compasivo.

El de Álgebra sonríe mefistofélicamente, y dice con retintín en andaluz cerrado:

—De tre manera lo sé esí... percuraaor... porcurador y precurador.

Los señores del tribunal se tapan los ojos con la mano para ocultar la risa. Aquella burla le llega al alma á nuestro cadete, quien muda de color varias veces en pocos momentos.

—Puede usted retirarse—le dice el profesor de Mecánica, haciendo esfuerzos inútiles por ponerse serio.

El hijo de Marte se retira tropezando con todos los objetos, porque no ve. El cuello más largo, la nuez más abultada, el corazón roído por el despecho y la cólera.

Después vino á casa, y por consejo del ama de llaves se desmayó. Su padre, al saber la causa, lejos de socorrerle, exclamó furioso:

—¡Así te murieses, gran tuno! Me lleva consumido este chico más paciencia y más dinero que él vale.

Después vino la consiguiente escena de familia. Al salir del desmayo le pasaron recado de que su padre y su hermano le esperaban en el despacho del primero. Allí padeció nuestro soldado nueva y dolorosa humillación. Su padre le increpó con saña, le llamó imbécil y badulaque y le mostró el libro de cuentas donde constaban sus gastos:—Por tantos meses de preparación de matemáticas... tanto; clases de dibujo... tanto; uniforme de gala... tanto; ídem de diario... tanto; etc., etc.

Mientras su señor padre daba lectura con voz alterada de esta cuenta, su hermano mayor rechinaba los dientes como un condenado. De vez en cuando dejaba escapar un sonido gutural lamentable, como si algún diablo previsor viniese en aquel instante á echar más carbón en el horno donde le tostaban. Al fin, en un momento de respiro, pudo exclamar sordamente:

—¡Y que un hombre se esté mortificando de la mañana á la noche, metido entre sebo y porquería, para que lo que él suda se lo gaste un señorito en cintajos y copas de cognac!

—¡No sucederá más, Rafal, te lo juro!—gritó el padre.—Desde mañana este mocoso te ayudará en la fábrica. ¡Allí aprenderá cómo se gana el pan!

El ex-cadete quedó anonadado. ¡Él, un caballero cadete del cuerpo más aristocrático del ejército, pasar de pronto al servicio de una fábrica de bujías! Para Utrilla, esto era el colmo de la degradación. Guardó unos instantes de silencio, y al cabo profirió grave y pausadamente con su voz de bajo profundo:

—Si se ha de arrastrar mi dignidad hasta convertirme en un capataz de fábrica, valiera más que me sacasen ustedes al campo y me pegasen cuatro tiros.

—¡Cuatro palos que te deslomen te voy á dar yo, haraganazo! ¡Aguarda, aguarda!

Y el honrado fabricante giró en torno del despacho la irritada vista, y percibiendo un bastón de caña, arrimado á la pared, se lanzó con furia á empuñarlo. Pero ya Aquiles, el de los pies ligeros, había salido de la habitación y en cuatro trancos se había retirado á su tienda.

Una vez en ella, después de haber dado vuelta á la llave con admirable escrupulosidad y haber escuchado atentamente un rato con el oído pegado á la cerradura, á fin de cerciorarse de que Peleo no había pasado del promedio del corredor, pudo entregarse libremente á la meditación. Comenzó á recorrer la estancia en sentido oblicuo con las manos en los bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, los hombros levantados, pensando seriamente en que... Pero la espada tropezaba á cada instante en los muebles y se le metía entre las piernas, estorbándole para andar. Se despojó de ella y la tiró con displicencia militar sobre el sofá. Pensó en que tenía dos caminos delante de sí. Uno, el de escaparse de casa, sentar plaza y satisfacer de esta suerte la única vocación de su vida. Otro, el de asistir á la fábrica y trabajar en ella como su hermano. Era preciso tomar una resolución decisiva, como convenía á su carácter inflexible y enérgico. Y en efecto, nuestro ex cadete, con una energía que no encontrará muchos imitadores en esta época degenerada, adoptó prontamente el acuerdo de trabajar en la fábrica de bujías. Resuelto este punto importantísimo, quedó más tranquilo, y pudo detenerse un momento á encender un pitillo. Quedaba otro, no obstante, de gran trascendencia, el de lavar la afrenta que el profesor de Álgebra le había hecho durante el examen. Utrilla razonaba de este modo:

—Si continuase en el ejército, la burla no sería injuria, porque ya se sabe que la disciplina impide al inferior, pedir satisfacción al superior, de las ofensas; pero una vez fuera del cuerpo y trasformado en paisano, la cosa varía de aspecto... ¡Vaya si varía!—repitió arrugando el entrecejo de un modo imponente.—Mañana quedará resuelto este punto.

Y en esta disposición aciaga de espíritu, nuestro cadete se puso á redactar el borrador de la carta que pensaba dirigir al profesor de Álgebra: «Muy señor mío: Si tiene usted alguna delicadeza (lo cual me permito dudar), comprenderá usted que, después de la grosera burla que usted ha tratado de hacerme ayer prevaliéndose del sitio que ocupaba, es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca de la tierra. Para el efecto, se entenderá usted con mis amigos los señores (aquí dos blancos para los nombres, pues aún no había decidido cuáles habían de ser). Queda siempre á sus órdenes, etc.»

Después de leída tres ó cuatro veces esta carta, le pareció poco enérgica. La rompió, y acto continuo escribió esta otra: «Caballero: Es usted un miserable. Si esta ofensa no le basta para mandarme sus padrinos, tendrá el gusto de ir á escupirle en el rostro su seguro servidor, Q. B. S. M., Jacobo Utrilla».

Satisfecho plenamente del fondo y de la forma de la anterior misiva, el heroico mancebo la puso en limpio con particular esmero, la cerró con lacre bajo un sobre y la guardó en el cajón de la mesa hasta el día siguiente en que pensaba mandarla á su destino. Ya se llegaba la noche, y se metió en la cama sin querer tomar alimento alguno. El sueño tardó en visitarle. El ángel de la desolación batía las alas sobre su frente, inspirándole proyectos de exterminio á cual más horrendos. ¡Y sin embargo, á aquella misma hora el profesor de Álgebra dormía acaso tranquilamente sin sospechar siquiera la desventura que se cernía sobre su cabeza! Al ocurrírsele tal pensamiento, Utrilla no pudo menos de sonreir entre las sábanas de un modo siniestro. Al fin Morfeo logró apoderarse de él, mas no para darle un sueño dulce y reparador. Mil ensueños funestos le agitaron toda la noche. Desde la una hasta las seis de la madrugada se batió con un enemigo por todos los procedimientos conocidos hasta el día, y por algunos también de su exclusiva invención. Ahora se veía al frente del odioso profesor con un florete en la mano. Aquél le había herido en la mano derecha, pero incontinenti, Utrilla había exclamado:—¡Vamos con la izquierda! dejando á los testigos admirados de su sangre fría. Y con la mano izquierda, ¡zas! á los pocos golpes le hundía la espada hasta el pomo en el vientre. Ahora se hallaban ambos con una pistola en la mano. Los testigos dan la señal de avanzar. El profesor dispara y su bala le roza la mejilla; pero él avanza, avanza siempre. Entonces el profesor, próximo á morir, se deja caer de rodillas y le pide la vida. Él se la concede disparando al aire, no sin decir antes con desprecio:—¡Y que este hombre haya insultado á Jacobo Utrilla!

La Áurora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del Guadarrama cuando el mancebo despertó en la misma fatídica disposición de ánimo. ¡Triste día, aquel que comenzaba, para una familia inocente (el profesor de Álgebra tenía seis hijos) si Júpiter no se hubiera apresurado á enviar á la cabecera del héroe á su hija Minerva en figura de ama de gobierno!

—Jacobito, querido, te estarás muriendo de debilidad, hijo mío. Aquí te traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que más te gusta.

Restregóse los ojos el mancebo, dirigió una severísima mirada al chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso á tomarlo, no sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma á la buena D.ª Adelaida.

—Vamos, Jacobito, hijo mío, no te apures ni te disgustes tanto, que vas á caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar nada ha sido una locura. Tu padre se irá conformando, al cabo, y todo se arreglará. Habrás dormido muy mal, ¡claro está! ¡Te empeñas en jugar con el estómago!... ¿Y ahora qué piensas hacer, hijo mío? Te tengo miedo con ese geniazo tan arrebatado que Dios te dió.

Jacobo al oir esta pregunta suspendió un instante la faena odiosa de engullir el chocolate, levantó la airada vista hacia el ama y exclamó con furor reconcentrado:

—¿Qué pienso hacer?... ¡Ya se verá, ya se verá lo que pienso hacer!

Y aquí se puso de nuevo á rechinar los dientes de tal modo que D.ª Adelaida, sobresaltada, se apresuró á decir:

—¡Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y que tu santa madre, que te dejó bien chiquito la pobre, me ha encargado velar por ti. Si hicieses algún disparate, me matarías de pena... Vamos, hijo mío, díme qué piensas hacer...

El mancebo, rechazando con un movimiento enérgico la jícara vacía y rodando convulsimamente los ojos, gritó más que dijo:

—¿Quiere usted saber lo que pienso hacer?... ¡Pues voy á decírselo ahora mismo!... Iré á la fábrica, me pondré la blusa, mancharé mis manos con el sebo, arrastraré las cajas de bujías, me tostaré la cara al pie de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue á la fábrica, los obreros podrán decir:—¡Ese que usted ve ahí sucio, asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un cadete de Estado Mayor!... ¡Ah—terminó con voz sorda,—no saben, no saben todavía de lo que es capaz Jacobo Utrilla!

El ama que, aunque esperaba una resolución violenta, no era de este carácter, prorrumpió en un grito de alegría.

—¡Eso, eso, hijo mío! Esa es la mejor manera de darles en cara á tu padre y á tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves para nada, que eres un holgazán...

—Mas antes de eso—interrumpió Jacobo extendiendo ambas manos en ademán de contener alguna avalancha que se viniese encima—es forzoso que uno de los dos perezca.

—¡Virgen de Atocha!—exclamó D.ª Adelaida.—¿Quién ha de perecer, Jacobito? ¡Por Dios, no te vuelvas loco! ¿Quieres que muera tu padre?

—¡No es eso, señora, no es eso! Se trata del profesor de Álgebra, con el cual probablemente esta tarde ó á más tirar mañana por la mañana cambiaré una bala.

—¿Y qué te ha hecho el profesor de Álgebra? ¿Sacarte mal en el examen? Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera sucedido eso.

—¡Señora—gritó Utrilla con voz estentórea, infernal, de tal modo que D.ª Adelaida dió un paso atrás asustada,—no hable usted de lo que no entiende! El Álgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre, ¿sabe usted?

—Vamos, sosiégate, Jacobito. Estás muy alterado desde ayer. Acaso no sea eso que tú piensas. Puede que ese señor no haya tenido intención de burlarse de ti.

—Aunque no haya tenido intención, el hecho es que se ha burlado, y yo no he tolerado hasta ahora, no tolero, no toleraré jamás que nadie se quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy especial.

—Ya lo sé, Jacobito, ya lo sé. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo (q. e. g. e.). ¡Qué señor aquel! Era una pólvora. Figúrate que una vez estando afeitándose oyó un grito en el patio; volvió la cara tan deprisa, que se dió un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario contenerse, hijo mío, reprimir un poco el genio para poder vivir en el mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido reír de ti, lo que debes hacer es reirte de él.

Tal fué, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos de la Grecia dió Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenón. Fuerza es reconocer que nuestro héroe no se mostró tan sumiso á las órdenes de la diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como éste la espada inmediatamente y someterse, se negó á incoar otro procedimiento que no fuese el de la fuerza. Lo único que D.ª Adelaida pudo conseguir, después de muchos ruegos, fué que aplazase para otro día la destrucción del profesor.

Aquella misma mañana, sin embargo, puso por obra su enérgica decisión de ir á la fábrica y trabajar allí todo el día «como un perro», lo cual es de presumir que dejaría enteramente avergonzados y confusos á su señor padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta suerte, gracias á su increíble audacia y sangre fría, la mayor parte de las dificultades que su posición excepcional le había originado, lo único que le traía desasosegado era que Julita no llevase á bien aquel prematuro retiro del servicio militar. Así que tardó algunos días en comunicárselo. Mas no fué parte sólo el temor de enojarla para ello, sino también el que desde hacía algún tiempo no veía tan á menudo á su novia como antes. Julita había dado en la funesta manía de no salir al balcón sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstáculos al envío regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribió una noticiándole que «por razones de familia, y para atender al arreglo de sus intereses, se había separado del servicio». Fué la manera más decorosa que halló de decirle que le habían reprobado. Contra lo que él presumía, á Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tardó cinco ó seis días en contestarle, y al cabo le dijo: «que si había dejado la carrera porque así le conviniese, hacía perfectamente; pero que de allí en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de la portera, pues tenía razones para oponerse, y que esperase á que ella le dijese á quién había de entregarle la carta.»

Justamente en estos días fué cuando Miguel tropezó con el ex cadete dos veces. Éste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpatía y cariño, que Rivera no podía menos de corresponderle, llevando su magnanimidad hasta llamarle alguna vez «futuro cuñado».—Si de todos modos se ha de llevar un pillo á mi hermana, más vale que sea usted, amigo Utrilla—le decía. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta rompérsele el pellejo, no sólo por la perspectiva del matrimonio con Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas entrevistas le rogó encarecidamente que le hiciese el honor de visitar su fábrica, pues tenía grandes deseos de mostrársela, y de manifestarle las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y hermano (que aquí para los dos son unos rutinarios) no se oponían fuertemente. Con tal viveza expresó su deseo, que al fin cierta tarde, Miguel se decidió á tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos, donde no le fué difícil topar con la fábrica de bujías de Utrilla y Compañía.

—¿Está el Sr. Utrilla?

—D. Manuel no suele venir por la fábrica. Vive en la calle del Sacramento, número cuarenta y seis.

—Busco á su hijo.

—¡Ah, D. Rafael!—dijo el portero.—Sí, señor, está pase usted.

—Es á D. Jacobo á quien busco.

—¿D. Jacobo?—manifestó el portero indeciso y sonriendo.—¡Ah, sí señor, Jacobito! ¡Ya no me acordaba! También está, pase usted.

Utrilla estaba escribiendo en compañía de su señor hermano, el cual, al saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dignó levantar la vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se puso colorado hasta las orejas y vino á abrazarle con presteza.

—¡D. Miguel! ¿Usted por aquí?... ¡Cuánto le agradezco!... Rafael—añadió dirigiéndose á su hermano,—voy á enseñar la fábrica al Sr. Rivera...

Rafael sin levantar la cabeza respondió secamente:

—Está bien.

Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parándose á examinar el mecanismo de cada operación, que Utrilla explicaba en voz alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.

—Pepe, tráete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.

Los subordinados no se apresuraban á cumplimentar estas órdenes, y era necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiaría cualquier bajo de ópera.

El traje del ex cadete por la fábrica no podía ser más sencillo: pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual daba á su figura cierta expresión de hombre arruinado por los vicios; y esto era lo que á él le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se autorizó con las operarias algunas libertades, como guiñarles el ojo, tirarles suavemente del pañuelo y decirles una que otra cosita picaresca.

—Usted me dispensará, D. Miguel; son resabios de la vida militar. Aunque á uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna guasa á las muchachas.

—Nada, nada, por mí no se reprima usted, amigo Utrilla.

—Hombre, va usted á ver una cosa muy original que se me ha ocurrido estos días. ¡Se va usted á sorprender!... Ya me decía el maestro del taller: «Lo que á usted no se le ocurre, señorito, no se le ocurre al diablo».

—Veamos.

Le condujo entonces al depósito, y abriendo un armario le mostró algunos paquetes de bujías con unas etiquetas litografiadas que decían Julia (bujía extra-fina).

—¿Qué tal?—preguntó con aspecto radiante y triunfal.

—¡Muy bonito! ¡Muy delicado!—repuso Miguel sonriendo.

—Llévese usted un paquete.

—Hombre, no, muchas gracias.

—Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envío.

Desde allí le condujo á un cuarto que era un departamento destartalado, con un mal sofá de paja, tres ó cuatro sillas y una mesa con pupitre. En la pared había una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confesó á su amigo que no podía mirar á aquella panoplia sin tristeza, recordando «los buenos tiempos del servicio».—¡Qué vida tan alegre la del militar! Crea usted, Sr. Rivera, que á pesar de lo riguroso de la ordenanza, la echo mucho de menos.—Después le ofreció un cigarro, y sacando una gran boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente á culotearla, refiriéndole al mismo tiempo, con la satisfacción de un veterano, algunas anécdotas de su vida de academia.

—Es bonita esa boquilla. ¿Qué representa?

—Un cañón sobre una pila de proyectiles... Quédese usted con ella, D. Miguel.

—No faltaba más—respondió éste devolviéndosela.—Está muy bien empleada.

—Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la tomo.

—¡Vamos, no sea usted así, amigo Utrilla!

—Tírela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.

Y no hubo más remedio que guardarla.

Después el antiguo cadete hizo que la conversación recayese sobre Julia, para implorar de su hermano protección, pues le había escrito cuatro cartas y á ninguna había contestado.

—Usted comprenderá, querido Utrilla—dijo Miguel poniéndose serio,—que este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de ustedes.

—Es que—repuso el cadete exhalando un suspiro—con este carácter violento que Dios me dió, le he mandado hoy una carta diciéndole que, si persistía en su conducta, hiciese el favor de no escribirme más... y temo que se enfade de veras.

—Yo también temo—dijo Miguel riendo—que cumpla al pie de la letra su encargo.

El cadete quedóse algunos momentos pensativo y sombrío. Después, saliendo de su estupor doloroso y pasándose la mano por la frente, dijo:

—Pero, á todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.

Éste le miró con sorpresa.

—En la fábrica—siguió el cadete—siempre se ensucian. Aquí tiene usted jofaina y jabón.

—Muchas gracias, no las tengo sucias.

Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de agua clarísima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer enemigo de la limpieza, consintió en lavárselas. El jabón despedía un fuerte olor á naranja.

—¿Sabe usted que es un jabón muy fino y muy agradable?—dijo Rivera por decir algo.

—¿Le gusta?... Pues voy á darle á usted una pastilla...

—¡Amigo mío, por Dios!

Utrilla, sin escuchar sus protestas, sacó del pupitre el jabón, lo envolvió en un papel y se lo metió casi á la fuerza en el bolsillo. De allí en adelante se guardó Miguel de alabarle ningún objeto que estuviese á la mano.

Al despedirse, el ex cadete le apretó las manos con efusión y le dijo con voz conmovida:

—No deje de hablarla. ¡Si viera usted qué triste y qué inquieto estoy!

La verdad es que harto motivo tenía para ello, como se verá en el capítulo siguiente.