VIII

partir de este día la dicha serena y apacible que se reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir, espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas infantiles.

—¿Sabes ya—le decía después—lo que cuesta la docena de camisas de niño?

—No—contestaba riendo.

—¡Á que sí!

Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella. Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:

—¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!

Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser que aún no había salido de sus entrañas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de veces en que las instituciones habían quedado «derrocadas» sobre el mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos, servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á fin de despertar su curiosidad.

—D. Servando—decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,—¿piensa usted mañana salir á paseo?

—Siempre, Sr. Marroquín.

—No saque usted á la señora y los niños.

—Hombre, ¿por qué?

—Por nada, por nada. No le digo más que eso.

Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión, como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas, logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato. Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola, prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán, pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D. Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar sus acciones sin poder defenderse.

—¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!—decía luego paseándose por su cuarto á grandes trancos.—¡De qué buena gana le daría un par de mocadas á ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas partes, y particularmente á Marroquín.

—¿Sabe usted, Sr. Marroquín?—le dijo por lo bajo.—Podíamos volver la hoja.

Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:

—No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese, como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la gorda.

—¿Qué gorda?

—La revolución, hombre de Dios.

—¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias, muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo algo que hacer...

Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.

—No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al Gobierno.

—No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.

La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los niños le llamase conspirador, con el tonillo sarcástico que el cura usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el conjurado de Venecia, todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro, «la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre Brutandór, en pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo, pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses, cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la pista.

Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus rodillas, sonó un fuerte campanillazo.

La niña se puso en pie de un salto.

—¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?—dijo Miguel.

—Creo que no.

Juana entró al instante.

—Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.

—¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno... Dígale usted que pase.

—Aguarde, aguarde—dijo Maximina.—Déjeme usted escapar por esta puerta.

Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.

—¡Perico!

—¡Chiiiis!—exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.

—¿Qué ocurre?—preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:

—Nada.

—Ya me lo parecía.

Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:

—He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos lavanderos...

—Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.

—¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

—¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?

—Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía yo en la cama.

—¡Qué calentita y qué riquita estaría!

—Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como comprenderás, me escamó...

—Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.

—Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura... sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba loco buscándolas por toda la casa.

—¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se habla de ti por ahí...

—¿De veras?—exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.

—¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero, querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te escapas sin cuatro tiros.

—¿Crees tú?...—dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.

—Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.

—Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!

—Dificilillo va á ser engañarlas—contestó Miguel riendo de la entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.

Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba, éstas no eran muy favorables para el huésped.

—Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonreía sin contestar.

—Pues es un infeliz.

—Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le importa nada en el mundo más que él mismo.

—Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.

Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que facilitaba el dinero para la publicación de La Independencia le avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á Miguel.

Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba La Independencia. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la cabeza:

—Bien, ¿y qué?...

—Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto, porque no saliendo de casa...

—Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?

Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.

—Pues, amigo mío—dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,—tengo el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni garantías de dinero á nadie.

Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó á decir:

—Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...

Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo sonriendo:

—Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de Yorik.

Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y le dijo:

—¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta mil duros?

—El General es hombre de honor.

—Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.

—Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría pagado.

Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de que no le dejaría en las astas del toro.

Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.

—¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?

Maximina levantó sus dulces ojos rientes.

—¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para mí lo que tú haces siempre está bien hecho.

Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran tontería.

Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una confidencia que le llenó de asombro.

—Tengo que decirte una cosa, Miguel...

—¿Y es?

—Que me caso.

—¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan mal gusto.

—Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.

Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D. Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.

Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida. Después murmuró:

—Muy bien, muy bien; te felicito.

—En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente, me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han pretendido sin conseguir nada.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de Miguel. Se le figuró que aquellas palabras iban dirigidas á él, y tuvo en la punta de la lengua un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situación en que su amigo iba á hallarse le disculpaba.

—Y si no creyeras eso harías muy mal en casarte... Tengo entendido que Lucía posee una bonita fortuna, ¿verdad?—añadió, dejando ver claramente cuáles eran, á su juicio, los motivos de aquel matrimonio.

Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendió y repuso de mal humor:

—No sé, no sé... He conocido á Lucía en casa de Borrell, y desde un principio me gustó. ¡Es tan fina y revela tan buenos sentimientos! Á la pobre la casaron medio á la fuerza con un hombre que podía ser su padre. No hubiera sido extraño que se echase á perder. Sin embargo, ella supo conservar su decoro...

—D. Pablo debió de hacer muy buenos cuartos por América, á más de tener ya bastante renta por su casa—dijo Miguel sin hacer caso de las alabanzas de Mendoza.

—La señora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere á Lucía y la buena opinión que tiene de ella.

—Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los últimos tiempos, según dicen; pero como entraba más por América que salía por España, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en pleno dominio á Lucía. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos años.

Miguel insistía en este asunto, viendo que molestaba á su amigo, para hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunicó la noticia á Maximina, ésta no pudo menos de decirle:

—¿Por qué te enfadas? Aunque Perico se case por interés, no es el primero que lo hace. Lo único que me sorprende es que esa señora concierte el matrimonio siete meses después de la muerte de su marido.

Miguel no podía decirle los motivos que tenía para indignarse, pues procuraba velar á su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte, temía que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calmó repentinamente, y lo echó á risa.

No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se decidió á abandonar su casa.

Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un periódico en la mano.

—¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!—dijo la chica después de un rato largo de silencio.

—¿Qué hemos de ganar, Plácida?

—Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.

—Yo no me ocupo de esas cosas—respondió Mendoza poniéndose repentinamente serio.

—¡Vamos, señorito!—dijo la muchacha.—¿Se figura usted que no estamos enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver ni pintados.

—¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los guindillas?—preguntó Mendoza, pálido ya.

—Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no tenga usted cuidao, señorito—añadió viendo la palidez de Mendoza,—que el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda, anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!

Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.

—¿Qué pasa?—preguntó éste, viéndole tan descompuesto.

—¡Nada—respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y tapándose el rostro con las manos,—que mi cabeza no está segura sobre los hombros!

—Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

—¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme mano.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro escondite. Lo mejor será salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí, ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.

Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó delante del armario de espejo.

—¡Me conozco!—exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y Maximina se echaron á reir como locos.