XIX
UES estando Miguel con este afán y congoja por el temor de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qué extraña inclinación se despertó en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse más que á la del lobo de que nos habla el apólogo, quien teniendo á su disposición el rebaño entero de un rico fué á devorar la única oveja que un pobre poseía.
Como el caballero andaluz no era hombre avezado á los desdenes, ó porque tropezase casi siempre con mujeres fáciles, ó porque su figura arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las firmes, quedó altamente desabrido de la escena del baile en que tan ridículo papel había hecho á sus propios ojos. La carencia absoluta de coquetería, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que más le mortificaba precisamente, pues no podía siquiera forjarse la ilusión de que la indiferencia con que había acogido sus galanteos fuese en poco ó en mucho fingida. Decir que después del baile su afición subió de punto grandemente, sería hacer poco honor á la penetración de los lectores. Nadie ignora que para el amor el desdén no suele ser el mejor calmante y que en la mayoría de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con un contingente respetable el amor propio.
No enloqueció Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en aventuras de esta clase, determinó no perder otra vez su sangre fría y establecer el bloqueo de la plaza según las reglas que de su experiencia había sacado. Penetrando pronto en el carácter de Maximina, comprendió que con ella no servía de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el acatamiento empapado de desdén con que había enamorado á su prima Julia. Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no podía ser atacada por la vanidad. Era preciso dirigirse al corazón. Propúsose, pues, ganarla poco á poco, no en calidad de amante desdeñado, que esto bien se le alcanzaba que era perder para siempre su estimación, sino como amigo sincero, cariñoso y servicial. Procuró con todas sus fuerzas ahuyentar las sospechas que la conversación del baile pudiera haber dejado en el ánimo de la joven esposa. Pronto se cercioró de que la agitación en que entonces se hallaba no le había permitido fijarse en que la estaba galanteando: y pudo á su sabor desplegar el plan de campaña que había meditado.
Poco á poco empezó á frecuentar más la casa, venciendo con maña la antipatía que Miguel no era poderoso á ocultar. Para ello dejóle entrever cierto cambio en su conducta favorable á las ideas de orden y á la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrósele en algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y desengañado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones literarias y científicas, pidióle algunos libros, y después de leerlos le habló de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacían reir á nuestro joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendió, y no dejó de admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D. Alfonso no había leído en su vida más que unas cuantas novelas francesas; y hacía algunas veces tales preguntas, que pasmarían á cualquier niño de la segunda enseñanza.
—Es uno de nuestros salvajes más distinguidos—decía á su esposa hablando de aquella nueva afición á los libros.
Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.
—Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al tiempo de retirarse también se toma algo.
Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores, preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para salir solas por la calle y aun para viajar.
—Vamos, el gran país para Maximina—decía Miguel.—Le da vergüenza ir sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.
—Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte calzoncillos.
—Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante de gente.
—¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?
—Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión—respondió Miguel.
—No haga usted caso—dijo Saavedra riendo.—Para aquellas damas los dependientes de comercio no son gente.
También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.
—La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.
—Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.
—Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco ciegamente.
El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se casase.
—Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para esposa—contestaba él.
—¿Por qué no se casa usted con Julia?—le dijo un día á boca de jarro, con la ingenuidad que la caracterizaba.
D. Alfonso quedó un poco confuso.
—Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es bonita... Pero aquí, en confianza, Maximina, ¿cree usted que yo sería feliz con Julia?
—¿Por qué no?—replicó la niña.
Saavedra guardó silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva. Después, dijo:
—Ya comprenderá usted que siendo usted su cuñada y yo su primo, ni uno ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla, cuanto más que lo merece por muchísimos conceptos. Pero con usted tengo confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los dos...
Y D. Alfonso puso los dedos índices uno frente á otro.
—Pues yo creía que se querían ustedes.
—Sí, nos queremos, pero... de eso á casarse hay alguna distancia... Le recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga nada de esto á Miguel. Es su hermano y la cosa más insignificante podría molestarle.
De esta manera insidiosa quiso la serpiente introducirse en aquel paraíso. Y lo consiguió al cabo. Como tenía prudencia bastante para no abusar, entró pronto en la casa con cierta familiaridad, pero siempre á las horas en que Miguel estaba. Bien se le alcanzaba que una sombra de sospecha que por la mente de éste pasase, bastaría para que todo concluyese Dios sabe cómo. Aprovechaba también las ocasiones en que la brigadiera y Julia venían á visitar al matrimonio, para acompañarlas. Los celos, que había sentido la noche del baile, se le habían borrado por completo á la hija del brigadier, al ver la confianza fraternal con que don Alfonso trataba á su cuñada y el empeño que ésta mostraba en reunirlos y verlos conversar aparte.
—Tú me has casado á mí. Yo me he empeñado en casarte á ti—le decía.
—Sí; pero yo te he casado con el hombre que querías—contestaba Julia riendo.
—Tú también quieres á Alfonso: no finjas, Julita—replicaba Maximina besándola.
Por otra parte, Saavedra, en vez de romper el lazo amoroso que le unía á su prima, habíalo apretado más en los últimos tiempos, quizá para apartar toda sospecha de su plan, ó por ventura porque tuviese otro y pretendiese conducirlos á un tiempo; que todo podía esperarse de su carácter depravado.
Pero habían trascurrido ya algunos meses, y su nefanda empresa no había adelantado un solo paso. Verdad que en la casa de Miguel se le otorgaba cada día más confianza, que comía con ellos á menudo, que venía de tertulia muchas noches, y otras les acompañaba al teatro, que Maximina le trataba ya como un hermano. Pero esto, justamente, era lo que impacientaba al caballero. En aquella casa le trataban como á un hermano futuro. La joven esposa no se había dejado vencer de su negativa, y al verle persistir en sus relaciones amorosas, creía que sólo había negado por hipocresía ó por no dar su brazo á torcer, pero que en el fondo estaba profundamente enamorado de su prima. Y así era razón, dado que Julia (tal lo creía Maximina) era la joven más hermosa y más seductora de Madrid.
Cuando se efectuó el feliz alumbramiento de la joven esposa, Saavedra se condujo como un amigo consecuente, prestando los servicios que estaban en su mano, viniendo diariamente á saber el estado de la enferma, demostrando, en fin, tanta adhesión y cariño á los esposos, que el corazón tierno de Maximina correspondió con afectuosa gratitud, como no podía menos. Ya hemos indicado que ésta, después de aquel crítico suceso, había cobrado nueva gracia y atractivo en su figura. Como todas las mujeres que han nacido de veras para esposas y para madres, y se han unido al hombre que aman, cada uno de estos sucesos impresionaba y sacudía favorablemente su naturaleza. Era difícil reconocer en aquella linda joven de mejillas sonrosadas y ojos dulces y brillantes á la pálida y encogida niña de Pasajes.
La impaciencia iba penetrando poco á poco en el ánimo del caballero andaluz. La primera parte de su plan estratégico se había desenvuelto punto por punto, como él tenía previsto: había ganado la estimación, y aun el cariño de Maximina. Faltaba la segunda, que era la más escabrosa y peliaguda en su ejecución, la más dulce en el resultado. ¿Cómo empezar? Á pesar de su inconcebible orgullo, D. Alfonso temía mucho que en cuanto diese los primeros pasos le iba á faltar tierra, y dilataba el ataque para no despeñarse. No obstante, como el deseo y la impaciencia le pinchaban cada día más fuertemente, y no era hombre á quien en ninguna ocasión le faltase la audacia, túvola para dirigirle algunos embozados galanteos, que la niña recibió como bromas de un amigo mimado, y también para apretarla demasiadamente la mano al saludarla, rozar suavemente sus pies por debajo de la mesa, y sacarla una horquilla del pelo con disimulo, estando su dueño reclinado en una butaca. Maximina, en un principio, atribuyó algunos de estos actos á casualidad, y no se fijó en ellos. Mas habiendo el andaluz insistido, se sobresaltó un poco, aunque sin darse cuenta clara del peligro, procuró no colocarse nunca cerca de él, y le tuvo, desde entonces, un miedo vago. Con este resultado tan poco lisonjero en sus primeros tanteos, D. Alfonso acabó de enardecerse, y, aunque él no quería confesárselo, estaba muy predispuesto á perder la sangre fría de que tanto se gloriaba, y á echar la casa por la ventana. Como así pasó, según vamos á referir.
Miguel era muy partidario de que el niño se orease. Estaba imbuído en las modernas teorías de la educación, y creía que los niños debían vivir el mayor tiempo posible al aire libre, desde su nacimiento. Así que, en cuanto Maximina estuvo para salir, comenzó con ella á dar largos paseos por el Retiro. ¡Qué feliz era nuestra chica llevando al lado á su marido y delante á su hijo! ¡Y qué hijo aquél! Era necesario haber seguido paso á paso, como ella, sus progresos, durante mes y medio, para comprender las portentosas facultades de que estaba dotado, y los infinitos recursos de su ingenio privilegiado. Mucho le ofendería quien supusiese que todavía se mamaba los dedos, cuando topaba con ellos casualmente. Nada de eso. Á los quince días de estar en este valle de lágrimas, ya se llevaba el dedo pulgar á la boca, con la intención firme y deliberada de mamárselo, no con otro propósito. Lo cual no significa, ni mucho menos, que dicho dedo pulgar le pareciese tan bien como el pecho de su mamá: lo hacía, únicamente, por no aburrirse en los momentos de ocio. Igualmente demostró su gusto exquisito y delicado, rechazando con energía la harina lacteada que Juana tuvo la osadía de proponerle cuando la señorita estaba durmiendo. La expresión airada del semblante, y los gritos con que recibió la proposición, no daban lugar á dudas. Antes prefería morirse de hambre, que echar á perder el estómago con drogas tan insustanciales como nocivas.
Pero el asunto en que mejor se mostró su talento práctico, al par que la entereza de su carácter, fué en el sueño. Desde que nació se había propuesto dormir veinte horas diarias, poco más ó menos. Cuanto se hizo para disuadirle de este propósito, fué en vano: al parecer, tenía poderosas razones fisiológicas para ello. Cuando, desgraciadamente, algún cuidado ó preocupación que le desvelase descomponía su plan, ponía el grito en el cielo y la casa en conmoción. Miguel era el primero que acudía, le cogía en brazos, y comenzaba á dar furiosos paseos por el corredor pretendiendo ¡el iluso! dormirle de este modo. El infante protestaba cada vez más ruidosamente contra medio tan poco adecuado. El padre se ponía nervioso, al cabo de algún tiempo, y, «por no estrellarlo contra la pared», lo entregaba al brazo secular de Juana, la cual pocas veces lograba hacerle callar. Era necesario entregarlo á la madre, quien poseía en su hermoso y abundante pecho el secreto de ahuyentar los pensamientos lúgubres, y hacerle ver el mundo de color de rosa.
—¿Pero ha de estar mamando siempre ese chicuelo?—decía Miguel incomodado.—Te va á agotar.
Maximina sonreía encogiéndose de hombros, y daba un beso á su hijo, como diciéndole que estaba aparejada á dar mil vidas por él.
Mas cuando menos se esperaba, Juana, fértil en trazas, como Ulises, halló una que por lo nueva y lo eficaz, dejó pasmados á todos. Y como la mayor parte de los inventos fecundos y peregrinos, tenía el mérito además de la sencillez. Consistía en mantener al niño entre los brazos boca arriba, meciéndole arriba y abajo suavemente, y cantándole al propio tiempo, con voz algo plañidera, cierta melodía. Hemos sido siempre partidarios de que las grandes invenciones de resultados prácticos para la humanidad se difundan lo más pronto posible. Por consiguiente, no tendremos el egoísmo de callar este originalísimo cuanto simple recurso, que acaso el lector pueda utilizar (yo se lo deseo de todo corazón) algún día. La letra de la canción es como sigue:
Ea, ea, ea,
¡Qué gallina tan fea!
¡Cómo se sube al palo!
¡Cómo se balancea!
En cuanto á la música, yo creo que no estaba en ella el toque. Puede, por tanto, ponérsele cualquiera en la seguridad de obtener un feliz resultado, con tal que (entendámonos), con tal que se repita varias veces y en tono moribundo el último verso. Oirla el testarudo infante y quedarse arrobado con los ojos fijos en contemplación extática de no se sabía qué, era todo uno. Tal vez sería de la terrible gallina que sin cesar se balanceaba sobre el palo. Lo cierto es que aquellos ojillos tan abiertos y espantados, se cerraban blandamente al poco rato. Los habitantes todos de la casa daban un suspiro de satisfacción. El niño pasaba acto continuo al gran lecho nupcial, donde se le dejaba perdido en un rincón como un envoltorio de ropa.
Digo que en un principio Miguel se avenía de buen grado á salir con su esposa de paseo. Cuando el niño pedía el pecho, Maximina se lo daba sentándose en un banco, que procuraba estuviese en algún lugar solitario. Después solían entrar en la casa de vacas que allí hay, donde la joven tomaba chocolate. Mas al cabo de algunos días el hijo del brigadier, bien porque sus negocios lo exigiesen, ó porque tuviese ganas de charlar con sus amigos, dejó de acompañarla, proponiéndole que fuese sola con la niñera, pues de ningún modo quería que su hijo dejase de tomar el aire. Con harto dolor de su alma, aunque disimulándolo lo mejor que pudo, cedió ella á este deseo. El niño le infundía valor, es verdad; pero nunca pudo vencer enteramente la vergüenza y el miedo que las calles de Madrid le inspiraban cuando no iba con su marido.
Los primeros dos días no le fué mal en la excursión; mas al tercero, caminando por una calle solitaria del Retiro para comer un pedazo de pan que la niñera llevaba á prevención—pues por nada en el mundo hubiera osado entrar sola en la chocolatería,—se encontraron de manos á boca con Saavedra. A pesar de haberle visto el día anterior en casa, sintió un leve estremecimiento sin saber por qué y se puso fuertemente colorada, señal que no le desagradó al audaz lechuguino. Saludóla con efusión, hizo mil fiestas al niño, y sin pedir permiso se emparejó con ella. La niñera, por respeto, marchó delante. La conversación versó sobre los tópicos ordinarios del tiempo, lo saludable del paseo para los niños, etc., etc. De pronto Saavedra, parándose, le preguntó sonriendo:
—¿Qué ha hecho usted del pedazo de pan que estaba comiendo, Maximina?
La niña quedó tan confusa que no supo qué responder.
—Estoy seguro de que lo ha dejado usted caer al suelo. ¿Por qué le da á usted vergüenza comer cuando está criando un niño tan hermoso y robusto?
Animada con este elogio, que para ella era el más sabroso que en este mundo podían hacerle, contestó:
—Ahora siento debilidad á media tarde...
—El pan seco no le sentará á usted bien, criatura. Vamos á la chocolatería.
—¡Oh, no, ya estoy bien! No tengo ganas de chocolate.
—No sea usted hipocritilla. Cuando sale usted con Miguel lo toma usted todas las tardes. Ni ayer ni anteayer lo ha tomado usted, acaso porque no se atreve á entrar sola... Usted dirá ahora: «¿Cómo Alfonso sabrá todas estas cosas?»
—Es verdad; no comprendo...
—Y yo le diré á usted muy bajito, muy bajito (don Alfonso acercó los labios al oído de la niña): porque la he seguido á usted estas tardes.
La niña sintió que su miedo crecía. Hubiera hecho en aquel momento cualquier sacrificio por verse en su casa. No respondió una palabra y siguió caminando. D. Alfonso también siguió silencioso para que la bolita de veneno hiciese mejor operación. Cuando calculó que la imaginación de Maximina había ya dado bastantes vueltas, reanudó nuevamente la conversación por donde había comenzado, esto es, por los lugares comunes al uso. Entabló una plática familiar como dos amigos íntimos, haciéndole numerosas preguntas acerca del niño, por ser el tema más socorrido y el que más debía agradar á la joven, la embromó cariñosamente, sacó á plaza las manías de su tía la brigadiera: en suma, procuró con gran habilidad calmar su agitación y que reinase otra vez la confianza entre ellos. Mas no lo pudo acabar. Maximina estaba trémula, aunque hacía esfuerzos prodigiosos por ocultarlo, y contestaba con voz alterada y ronca á sus preguntas. Sin embargo, á fuerza de tiempo y saliva, Saavedra logró serenarla á medias. Instóla con fervorosos ruegos para que fuera á la chocolatería; pero ella se negó terminantemente y manifestó que ya era tiempo de regresar á casa; aunque no fuese verdad.
El sol desparramaba todavía sus rayos por las arenosas calles. Corría un aliento tibio y perfumado que presagiaba la primavera próxima: las yemas hinchadas de los árboles también la denunciaban con alegría. Veíanse muchos niños con el cabello por la espalda, elegantemente vestidos, corriendo detrás de los aros y de las pelotas, seguidos de sus padres ó ayos. Maximina se había dicho muchas veces en días anteriores: «¡Cuándo el mío será así!» Mas ahora los miraba desfilar por delante de ella acaso sin verlos; tan honda era la emoción que la embargaba.
D. Alfonso había procurado retenerla algún tiempo; pero cuanto más él instaba por que se quedase, más vivos deseos expresaba ella de irse. Caminando, pues, hacia la salida del Retiro y considerando por un lado que pronto tendría que dejarla y por otro que el paso que había dado era demasiado atrevido para poder volverse atrás, resolvió echar el pecho al agua y dijo parándose de nuevo:
—A todo esto, Maximina, usted todavía no me ha preguntado por qué la seguía estas tardes pasadas.
La niña sintió un estremecimiento más fuerte, su faz empalideció, las piernas le flaquearon.
No quiso ó no pudo contestar á lo que le preguntaban.
—Pues voy á decírselo: porque experimento por usted, Maximina, lo que hasta ahora no he experimentado por ninguna mujer de este mundo. En cuanto empecé á tratar á usted me inspiró una simpatía viva, irresistible, de esas que nos subyugan. En seguida comprendí que esta simpatía iba á convertirse en amor y luché con todas mis fuerzas por que no sucediese. Ha sido inútil. He tratado á muchísimas mujeres, he amado ó he creído amar á algunas; pero le juro que el sentimiento que me inspiraron estaba muy lejos de parecerse al que ahora me domina. Las trataba de igual á igual, veía sus cualidades y sus defectos, me admiraba y me enardecía su hermosura; ¡pero ahora! ahora no es amor solamente lo que siento, es una adoración profunda á su carácter sencillo é ingenuo, un respeto que ha enfrenado hasta ahora mi lengua á pesar de que el secreto pugnaba por salir. En mis ojos podía usted leerlo siempre que la miraba. Hace unos cuantos meses que mi espíritu está impregnado de tal modo de usted, hermosa y buena Maximina...
El gentil caballero decía toda esta retahila cursi, con labio balbuciente y ademanes descompuestos como es uso entre los seductores, aunque éstos sean como él «hombres de mundo». La observación me ha hecho aprender que los «hombres de mundo», los que se han llamado sucesivamente pisaverdes, lechuguinos y lyones, no son espirituales, ó mejor en castellano, no hablan con ingenio y donaire más que en las novelas. En la vida, y sobre todo cuando se despojan del aspecto lánguido y aburrido que los caracteriza, suelen ser tan vulgares y tan cursis como el último estudiante de medicina.
La pobre Maximina quedó tan turbada escuchando aquella algarabía amorosa, de la cual no entendió sino el sentido general, que de pálida se puso lívida; después la sangre afluyó repentinamente al rostro, los ojos se le nublaron y estuvo á punto de caer. Mas por un movimiento automático, del cual ella más tarde no se daba cuenta alguna, separándose violentamente de su acompañante, echó á correr gritando: «¡Plácida, Plácida!» Hasta que se emparejó con ella, y entonces le dijo: «¡Corra usted, corra usted, que me siento mal!» Ambas corrieron buen rato hasta que la fatiga les obligó á aflojar el paso. Pero ya estaban muy lejos de Saavedra, quien permanecía en el mismo sitio maravillado y extático ante aquella súbita é inesperada fuga.
Buscada y meditada de antemano una lección severa para tal insolencia y ruindad como la que D. Alfonso acababa de cometer, no hubiera salido más dura y cruel que aquella huída. Maximina, sin saberlo, no sólo había salvado su dignidad, sino que había impuesto al atrevido el castigo más doloroso en casos semejantes, que es el del ridículo. Saavedra quedó clavado al suelo de rabia hasta que, viendo pararse á algunos transeúntes y mirarle con curiosidad y volver después los ojos hacia las que huían, dió la vuelta y á paso largo se apartó de aquellos sitios.
Por fortuna cuando Maximina llegó á casa no estaba en ella Miguel. Si estuviese, al verla tan turbada, hubiera indagado la causa, y quizá entrado en sospechas. Tuvo tiempo á serenarse. Las criadas creyeron de buena fe que se había puesta enferma, y lo mismo él cuando llegó á comer. Sin embargo, aquella noche y el día siguiente nuestra niña estuvo muy intranquila. No sabía qué partido tomar. Por lo pronto determinó no salir á paseo sola, pretextando que temía le acometiese un desmayo como el que le había amagado. Pero si D. Alfonso venía á visitarla, ¿cómo se presentaría delante de él? Estaba segura de turbarse. El aborrecimiento y el miedo que le había tomado eran tan grandes, que por fuerza habían de salir á la cara. Quiso Dios que D. Alfonso lo entendiese también así, y no vino más por casa de Miguel. A éste, acostumbrado á verle á menudo, le llamó la atención su ausencia, y dijo estando á la mesa:
—Muchos días hace que no viene por aquí Alfonso.
Maximina no respondió y siguió comiendo con la cabeza baja. Al cabo de un momento añadió:
—Me alegraría de que no volviese. Por más que hago, no consigo tragar á ese hombre. El miércoles, según me han dicho, ha tenido un duelo que á mi juicio fué una verdadera cobardía. Se batió con un ingeniero que en su vida había cogido un arma, y, claro está, al primer encuentro le hirió peligrosamente. El que va á batirse con la seguridad que él iba en este caso, no es un hombre leal, ni siquiera una persona decente.
—¡Oh qué razón tienes!—hubiera exclamado de buena gana Maximina.
Pero se calló. La pobrecilla se figuraba que ya Saavedra no se acordaría más de ella. Sin que su adorado Miguel hubiese tenido disgusto alguno, todo había quedado resuelto satisfactoriamente. Poco sabía la cándida niña en achaque de pasiones humanas. Pronto aprendió, por desdicha, lo que la soberbia y la lujuria unidas son capaces de acometer.