XVII
AN pronto como se vistió al día siguiente, y después de pasar al lado de su esposa un rato mucho más corto de lo que las circunstancias exigían, salió de casa y se dirigió á paso largo á la de Mendoza.
Alojaba éste á la sazón en una de las mejores fondas y más céntricas de Madrid. Cuando Miguel llegó, aún estaba durmiendo. Entró, sin embargo, en la estancia, y se autorizó el abrir por sí mismo las puertas del balcón, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.
—Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande hombre.
Mendoza se restregó los ojos y le miró sorprendido.
—¿Qué es eso, Miguelito? ¿Cómo tan de mañana?
—Amado Perico; lo primero que vas á hacer, es suprimir ese acento protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me protejas y en llamarte usía ilustrísima, si quieres; pero estando solos, hazte cuenta que no soy tu vasallo.
—¡Siempre has de ser el mismo, Miguel!—repuso Mendoza algo amostazado.
—Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. Tú en cambio, haciendo cada día un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy contento, sin embargo, con el mío; tan contento, que el temor de hacer otro distinto es el que me trae tan de mañana á turbar tus sueños de gloria.
—¿Qué quieres decir?...
—Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ó, como decimos los letrados, hidalgo «de solar conocido» y «de devengar quinientos sueldos».—¿Tú no sabes lo que es eso?
—No—respondió con gesto de impaciencia Mendoza.
—Pues es muy sencillo. Si tú me pegas una bofetada (que no me la pegarás), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego á ti (que todo podría suceder), no necesito desembolsar un cuarto... Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolería en el alma empezar el de pobrete ó perdulario que no tengo estudiado.
—No te entiendo.
—Voy allá. Ayer noche se presentó en mi casa Eguiburu, y sin preámbulos me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en La Independencia y que yo garanticé cediendo á tus ruegos... ¿Entiendes ahora?
Brutandór guardó silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva. Después dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus discursos.
—Yo creo que esa cantidad no eres tú quien debe pagarla, sino el Conde de Ríos.
—Ah, ¿crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa Eguiburu esa opinión, seguro estoy de que no se atreverá á reclamarme un cuarto.
—Si te los reclama, es una felonía.
—Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios inmutables del derecho natural. Pero ya sabrás que el derecho positivo está de su parte, y por si le ocurre hacer uso de éste en vez de aquél, quiero saber si tendréis estómago para dejar que me arruine.
Miguel se había puesto muy serio y miraba á su amigo con la expresión fría y dura que era en él signo de cólera reprimida. Mendoza bajó los ojos mostrando confusión.
—Mucho sentiré que te pase una desgracia, Miguel.
—No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al instante, es si el General está dispuesto á pagar esa cantidad.
—Yo creo que el General no tendrá otro deseo...
—Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, ¿lo oyes? quiero saber si paga los treinta mil duros ó no los paga.
—Habrá que escribirle. Ya sabes que está en Alemania.
—Es que si no los paga le llevaré á los tribunales. Tengo cartas suyas en que declara la deuda—dijo paseándose agitadamente por el cuarto.
Mendoza dejó trascurrir unos instantes, y replicó:
—Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por las malas. Adelantarás con ello menos.
—¿Por que me dices eso?—repuso el hijo del brigadier parándose.
—Llevándole á los tribunales no sacarás nada en limpio.
—¿Pues?
—Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda está á nombre de su mujer.
Los ojos de Miguel brillaron de ira.
—¡Miserable!—murmuró sordamente. Y luego añadió:—Me voy convenciendo, además, de que tú eres tan puerco como él.
—¡Miguel, por Dios!
—Lo dicho. Tómalo por donde quieras... Me alegraré que sea por el peor sitio.
Mendoza no quiso ó no se atrevió á replicar. Le dejó seguir paseando en espera de que su cólera se calmase, como hombre que de antiguo le tenía bien conocido. En efecto, á los pocos minutos se encogió de hombros, detúvose junto á la cama, y echándole las manos al cuello con cariñoso ademán, le dijo riendo:
—He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto para ser un pillo.
Mendoza no se enojó por esta singular rectificación.
—Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas á uno sin sangre en las venas.
—Peor es dejarle sin dinero.
—Hombre, tú todavía no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de arreglar.
—¿Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?
—¿Cuál?
—Que garantice también los doce mil duros restantes que ha entregado, y me esperará.
Mendoza no respondió. Ambos quedaron meditabundos.
—A mí no me parece tan mal—dijo al fin aquél.—Al General desde luego te digo que no se le podrán sacar los treinta mil duros: conozco bien sus asuntos, y sé que no está en situación de abonar esa cantidad. Pero si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro público. Me consta que el Gobierno ha abonado ya algún dinero (aunque no cantidades tan crecidas como ésta) de lo que se ha gastado en periódicos, extrayéndolo de los fondos secretos del Ministerio de la Gobernación. El asunto aquí es tener suficiente influencia para que el ministro se avenga á ello.
—Supongo que el General interpondrá toda la suya.
—Desde luego; y yo haré también cuanto pueda. Pero el General no está en Madrid, y ya sabes que estos negocios difíciles ni se pueden tratar por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar siempre á la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar á todos sus amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle con alguna interpelación en las Cortes sobre un asunto delicado que no le agrade menear.
—¡Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces el teje maneje de la política al menudeo!
—¿Cómo al menudeo?
—Hombre, sí, porque esa no es la que definen y explican los tratadistas.
Mendoza se encogió de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios un gesto de desprecio.
—Bien; ¿entonces quieres que traigamos al General á Madrid?—añadió Miguel.
—Eso no es posible.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Mendoza meditó.
—Si tú hubieras sido elegido diputado, la cosa sería más fácil. Al fin y al cabo seríamos dos á pedir, y teniendo al interesado delante, el ministro se miraría más para negarse...
—¡Pero como no soy diputado!
Mendoza meditó otro rato, y dijo:
—Aún pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dejó vacante un distrito, el de Serín, en Galicia. Pronto se procederá á segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto, tienes seguro el triunfo.
Rivera guardó silencio, y pareció también reflexionar.
—Hasta ahora, Perico, no había pensado en ser padre de la patria. Ya sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no tengo carácter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para urdir una trama, ni osadía para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de tal modo conformado, que un continente frío me hiere, una palabra descortés me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo serenidad suficiente para mantener mi independencia frente á la simpatía y el cariño, ó la aversión que los hombres me inspiran: me apasiono y me exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasión digo la palabra que me viene á la boca, por peligrosa que sea. Además, tengo la desgracia de ver siempre el aspecto cómico de las cosas, y no poseo virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones. Los personajes de la política, cuando no son merodeadores dignos de la cárcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebaño de hombres adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el más descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen á repetir en el Congreso los mismos chanchullos que han fraguado en el Ayuntamiento ó la Diputación, los otros despechados de la literatura, las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas notoriedad, la buscan en el campo más accesible de la política. Un joven, á quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis oposiciones á cátedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios libros que permanecen vírgenes y mártires en las librerías. Éstos son los que, penetrando en el salón de conferencias, donde los porteros no le preguntan á nadie por sus méritos, y poniéndose bajo la égida de un personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y rigen andando el tiempo los del país... Pero me he puesto demasiado serio—añadió, bajando de tono y sonriendo.—El principal argumento que tengo para no dedicarme á la política, te lo diré en secreto... es que me aburre, ¿sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me encuentro amagado á una ruina, estoy resuelto á entrar en ella para rescatar mi fortuna, que estúpidamente he comprometido.
Brutandór le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podría imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente incomprensible. Cuando terminó, el nuevo diputado se encogió imperceptiblemente de hombros, é hizo con los labios un gesto, que mucho le caracterizaba, el cual nadie podría saber á punto fijo si era de indiferencia, ó de desdén, ó sorpresa ó resignación. Miguel sostenía que su amigo Mendoza sólo era capaz de entender once cosas en el mundo. Cuando le decían una distinta de las once, en vez de contestar hacía la mueca indicada, y podía darse por terminado el asunto.
—Bien—dijo, observando aquel gesto.—Según eso, necesito que me presentes al ministro de la Gobernación.
—Te presentaré al Presidente del Consejo; tengo más confianza con él que con Escalante.
—Me alegro, porque Escalante no me es simpático, y al Presidente, al menos, no le conozco. ¿Quieres que vayamos esta tarde á la Presidencia?
Mendoza le miró estupefacto.
—¿Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?
—Perdona, chico, no sabía una palabra. ¿Y sobre qué hablas?
—Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio. Hasta ahora no he hecho más que preguntas.
—No seas tan modesto, Perico. Ya sé que has presentado también una exposición de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo valga.
—No te rías: el trance de hoy es muy serio.
—¡Terrible!... sobre todo para los aranceles. ¿Y cuándo te casas?
Mendoza bajó la vista y se puso un poco colorado.
—El día quince.
—Me alegro que entres por el buen camino—dijo alegremente Rivera, á quien no se le ocultaba la vergüenza de su amigo, y quería generosamente evitársela.—Vamos, vístete, hombre, que ya son cerca de las once.
—Almorzarás conmigo, ¿verdad?
—Hombre, ya sabes que hoy es un día para mí excepcional.
—Pues lo siento, porque después iríamos juntos al Congreso y tal vez, si la sesión terminase temprano, pudiéramos ir á la Presidencia.
A Miguel le sedujo esto último, porque veía claramente que sus treinta mil duros pendían de la influencia que supiese conquistarse. Después de meditar un momento, dijo:
—Está bien, pasaré un recado á mi mujer para que no esté intranquila.
Se sentó á la mesa de Mendoza mientras éste se vestía, y puso cuatro letras á Maximina. Al escribirlas, no pudo menos de decirse con dolor: «¡Extrañas circunstancias las que me obligan á dejar á mi esposa sola al día siguiente de haberme dado un hijo! Por ella y por él, sin embargo, lo hago. Si fuese solo, poco me importaría arruinarme».
Después de vestirse, y antes de bajar al comedor, Mendoza mostró á su amigo las joyas que iba á regalar á su futura. Eran magníficas y de última novedad. Miguel las alabó como merecían, pensando, no obstante, de dónde sacaría Perico el dinero para comprarlas. Y aunque buenas ganas se le pasaron de preguntárselo, tuvo la delicadeza de no hacerlo. Pasaron después á un gabinete particular del piso entresuelo, donde Brutandór tenía costumbre de almorzar solo. El camarero les sirvió un almuerzo excepcional, con ostras, vino de Borgoña y champagne helado á los postres.
—Esto es un exceso, Perico—le dijo.—Otra vez te prohibo que me trates con tal cumplimiento.
—El señorito almuerza siempre así—dijo sonriendo con visible satisfacción el camarero.
—¡Hola!—exclamó Miguel sorprendido.—¡Quién había de decir, Perico, que aquellos artículos de fondo tan pesados que escribías en La Independencia se habían de convertir pronto en ostras, filetes de ternera y borgoña! ¡Esto sí que en realidad es «el verbo hecho carne... y vino!»
Brutandór bajó la cabeza, y hubo datos para creer que aparecieron en su rostro señales precursoras de una sonrisa. No obstante, si alguno se empeñase en negarlo, no le faltarían argumentos para sustentar su opinión. Las sonrisas de Mendoza siempre admitían litigio.
Después de almorzar se trasladaron al Congreso, no sin que el anfitrión fuese á su cuarto y trajese en la mano un lío de papeles, que resultaron ser las notas para el discurso.
—¡María Santísima!—gritó Miguel.—¡Qué descuidados estarán á estas horas los pobres diputados sin pensar en el terremoto que les espera!
Llegaron demasiado temprano. Había poca gente todavía en el salón y los pasillos. Mendoza fué á juntarse á unos cuantos personajes, graves y solemnes como él, con los cuales empezó á departir. Cuando uno hablaba, los demás guardaban cortés silencio. Pudiera dudarse, sin embargo, de que le escuchasen muy atentamente. De lo que no cabía duda era de que cada uno se escuchaba á sí mismo con rematado deleite. Miguel se unió á un grupo de periodistas, donde reinaba alegría tumultuosa.
Cuando iba á comenzar la sesión fué con ellos á su tribuna, que al poco rato estaba de bote en bote. Eran rostros juveniles casi todos los que allí se veían, y reinaba constantemente tal desorden y algarabía que costaba trabajo entenderse. En vano los porteros, con una familiaridad que en cualquier otra parte se llamaría insolencia, los amonestaban á cada momento y los conminaban. Los periodistas no hacían caso de sus amenazas, y cuando se dignaban escucharlas, era para contestar con alguna burla sangrienta. Si el portero concluía por enfadarse de veras, no faltaba alguno que le desarmase abrazándole afectuosamente y prometiéndole un ascenso «para cuando fuese ministro». Los unos se entretenían en tajar el lápiz, otros dividían el papel en cuartillas, aquéllos sacaban de entre el chaleco y la camisa enormes carpetas. Parecía una orquesta antes de empezar la función. En caprichosas actitudes colocados, todos charlaban, reían, gritaban, dirigiéndose pullas, haciendo comentarios llenos de donaire acerca de los diputados que iban entrando en el vasto y suntuoso salón, los cuales levantaban hacia ellos ojos de cordero moribundo, pidiendo misericordia. Eran generalmente los rurales. Los que vivían en Madrid siempre tenían algunos conocidos en la prensa, á los cuales hacían señas y guiños desde abajo, y algunas veces les mandaban caramelos, y ellos les correspondían con cartitas en verso.
Cruzábanse entre unos y otros en voz alta frases agudas que hacían prorrumpir en carcajadas y estimulaban á la víctima á apretar el intelectu para responder con otra cuchufleta más picante todavía. Derrochábase en aquel incómodo recinto mucho ingenio y más alegría.
—¿Sabes, Juanito, que vas perdiendo el talento?—le decía á gritos un joven á otro.
—¿Qué he de hacer, hombre, si ya van ocho días que el director me manda á la Academia de ciencias morales y políticas?
De vez en cuando, promovíanse disputas acaloradas sobre los asuntos más extravagantes ó ajenos á la profesión de los contendientes, verbigracia sobre el modo de cargar los fusiles de aguja, ó de guiar un coche. Y chillaban y se encendían, hasta que los porteros les obligaban á callar ó la burla oportuna de un compañero los sosegaba.
El presidente subió á su alto sitial. Al momento le rodeó un grupo de diputados, á los cuales comenzó á repartir con paternal solicitud buena copia de caramelos. Estos caramelos, que en aquella época no costaban más que veinticinco duros diarios al Estado, son una institución cuya historia por desgracia está muy abandonada. Ninguna empresa más útil que estudiar las vicisitudes por que ha pasado, la benéfica influencia que en el gobierno de nuestro pueblo ejercieron, y los elementos de progreso que consigo han arrastrado. Toda su historia podía contenerse en tres tomitos de lectura fácil y agradable.
Cuando se concluyeron, ó no quiso dar más el presidente, fueron los diputados á sus asientos y se abrió la sesión. El primero que tomó la palabra fué un anciano republicano de tez pálida, ojos opacos y larga melena que le hacía semejar á las imágenes que hay en nuestras iglesias. Se levantaba para hablar de una insurrección que había estallado en Cádiz. El asunto era palpitante, y había en el Congreso gran curiosidad por oir las declaraciones de aquel que se suponía era uno de los promovedores de la revolución. Comenzó en estos ó parecidos términos:
«En los tiempos primitivos de la historia, el hombre vagaba desnudo por las selvas, sustentándose con el fruto de los árboles y la leche y la carne de los animales que cazaba. Un día vió cruzar por el bosque un animal semejante á él. Le tendió el lazo y lo apresó. Era la hembra. De aquí la familia, señores diputados...»
Siguió trazando un curso completo, aunque sucinto, de la historia universal, y explicando por menudo las teorías del contrato social. Citó numerosos textos de sabios antiguos y modernos en apoyo de sus teorías. Llamó la atención sobre todas, una proposición, por su atrevida originalidad, y como fuese acogida con rumores por la asamblea, el diputado exclamó:
—«¿Qué? ¿Os sorprende? Pues no lo digo yo; lo dice Brígida.»
—¿Quién es Brígida?—preguntó un periodista novel.
—El ama de gobierno—contestó otro sin levantar la cabeza.
—¡Pues vaya una ridiculez venir á citar aquí á su ama de gobierno!—exclamó el primero.
Los diputados habían acogido con nuevos rumores el nombre de la autora del texto citado.
—«¡Lo dice Brígida!»—gritó el orador con toda la fuerza de sus pulmones.
Más altos y prolongados rumores. Cuando se calmaron, dijo en tono grave y solemne:
—«Lo dice Santa Brígida.»
—¡Ahaaaaa!—respondió la asamblea.
A los sucesos de Cádiz dedicó los cinco minutos últimos, y eso para decir que el Gobierno tenía la culpa de todo.
Parecía lógico que aquel señor saliese de allí enjaulado para una casa de orates. Nada de eso sucedió, no obstante. El ministro le contestó con toda formalidad y rebatió sus textos y teorías con otras teorías y otros textos. En aquellos tiempos todos los discursos comenzaban por Adán, y nadie se asombraba de ello.
Pasando después á la orden del día, tocó el turno á la reforma de aranceles, y se concedió la palabra á Mendoza. El cual, después de extender por el banco su terremoto de notas, toser tres ó cuatro veces y estirarse los puños otras tantas, dió comienzo á su magna oración. La voz era bien timbrada, clara y pastosa; el tono grave y altisonante; los ademanes nobles y reposados. Ni Demóstenes, ni Cicerón, ni Mirabeau han dispuesto seguramente de una presencia tan simpática y de un juego de actitudes tan primoroso como el que tenía nuestro amigo Brutandór. Pero estaba lo malo en que los conceptos que salían de su boca no correspondían poco ni mucho con tales actitudes. Aquel iracundo manoteo, aquel bajar y subir la voz, y aquellos cortos, pero vivos paseos por delante del banco, eran muy propios para acompañar al célebre «Díle á tu amo que sólo saldremos de aquí por la fuerza de las bayonetas», ó al «Quousque tandem Catilina»; mas para decir que en Inglaterra el consumo anual de algodón en 1767 era de cuatro millones de libras, y que en 1867 pasaba de mil cuatrocientos millones; que el número de trabajadores que se encuentran ocupados allí en la industria algodonera son 500.000, y 4.000.000 las personas cuya subsistencia depende de esta industria; que el valor del papel fabricado en 1835 era de ochenta millones de libras, y en 1860 excedía de doscientos veintitrés; que se contaban, á la sazón, en el Reino Unido 394 fábricas de dicho producto; que en Francia su producción asciende á veinticinco millones de kilogramos, etc., etc., no parecían, en verdad, tan adecuados. El discurso se redujo todo á esto, cantidades, datos, fechas. Los diputados, con más ó menos disimulo, fueron desertando del salón, uno en pos de otro.
—Este orador es una máquina neumática—dijo un periodista.—A este paso pronto hará el vacío absoluto.
Las cuchufletas y chanzas se generalizaron en la tribuna de la prensa. Miguel, que sabía á qué atenerse respecto á las dotes de ingenio de su amigo, escuchaba con disgusto que se burlasen de él. Estaba inquieto, y muy propenso á cortar las bromas de un modo brusco; mas como en aquella tribuna la libertad de comentar los discursos era tradicional, hacía esfuerzos por contenerse. Lo mejor que se le ocurrió para evitar compromisos, fué hacer una escapada á su casa, y enterarse de cómo seguía su esposa. Cuando volvió, todavía continuaba el orador en el uso de la palabra.
—«Ahora va el Congreso á ver el dato más curioso»—decía el bueno de Brutandór.
Y al volverse para recoger del banco los papeles en que estaba escrito, enseñó el trasero. Pero nadie advirtió este quid pro quo gracioso más que Miguel y un taquígrafo, á quien se le soltó la risa.
Seguía la zumba entre los periodistas. Sin embargo, los comentarios se decían más para dar pie á la risa que para herir al orador, á quien casi todos conocían y trataban. Sólo uno, redactor de un diario carlista, decía de vez en cuando frases graves, de mal gusto, como si tuviese algún resentimiento personal con Mendoza. Miguel le había mirado ya dos ó tres veces de modo agresivo, sin que el otro se diese por entendido. Al fin, encarándose con él, le dijo:
—Oiga usted, amigo, ya no me asombra que salgan las gacetillas de El Universo tan insulsas. ¡Se empeña usted en derrochar aquí toda la gracia!
—Lo que usted acaba de decirme, me parece una insolencia, caballero.
—Tal vez.
—Me dará usted inmediatamente una satisfacción—dijo muy enfoscado el periodista.
—No; prefiero darle á usted un disgusto—contestó Miguel sonriendo.
Entonces el redactor de El Universo tomó el sombrero y salió muy decidido. Al poco rato se presentaron dos diputados católicos en la tribuna preguntando por Miguel.
—¿Vienen ustedes á pedirme una reparación? Pues no doy ninguna: entiéndanse ustedes con estos dos amigos.
Y les presentó los que ya tenía avisados. Los padrinos del redactor católico no venían tan predispuestos á una solución belicosa. Después de conferenciar algunos minutos con los de Miguel, bajaron á pedir más instrucciones á su ahijado. Al poco rato tornaron á subir con el calumet de paz en la mano, diciendo que «los principios religiosos de su amigo no le permitían vengar las ofensas con las armas».
Al saberse esto, hubo una explosión de risa en la tribuna.
—Pues si sus principios religiosos no le permiten batirse—dijo Miguel irritado,—no había para qué nombrar padrinos. Más bien parece que ese señor quería probar fortuna.
Al fin terminó Mendoza su discurso con tres diputados en el salón, uno de ellos roncando.
Lo cual no fué óbice para que la prensa al día siguiente le declarase por hombre peritísimo «en asuntos financieros».
Cuando Miguel le fué á dar la enhorabuena, estaba sudando copiosamente; pero impasible y sereno como un dios, rodeado por todos los miembros de la comisión de presupuestos.
Salieron juntos del Congreso, y fueron á refrescarse al café de La Iberia. Después de charlar allí poco tiempo, llevando la palabra Miguel (ya sabemos que Mendoza no era hombre que malgastase su saliva á tontas y á locas), dijo éste levantándose:
—Vaya, Miguelito, dispensa que te deje: tengo algunas cosas que hacer.
Los ojos del hijo del brigadier expresaron el asombro y la indignación.
—Con las glorias, Perico, se te van las memorias. ¿No habíamos quedado en ver al Presidente después de la sesión?
—Es verdad; se me había olvidado—repuso Mendoza sin poder reprimir un gesto de tristeza y disgusto.—Yo no sé si en este momento... Se acerca la hora de comer...
Miguel, á quien no se le había escapado aquel gesto, dijo con la impetuosidad que le caracterizaba:
—Oyes, ¿te figuras que yo he perdido lastimosamente dos horas oyéndote citar datos que se encuentran en cualquier anuario de estadística, sólo por el gusto de hacerlo?... ¡Nunca pensé que tu egoísmo fuese tan refinado! Me ves á dos dedos de la ruina por tu causa, sólo por tu causa, y en vez de dedicar todas las fuerzas á salvarme, con lo cual no harías más que cumplir con tu deber, manifiestas olímpica indiferencia. Ni siquiera quieres molestarte yendo de aquí á la Presidencia. ¡Esto es indigno, repugnante! Te he dispensado muchas cosas en mi vida, Perico; pero esto pasa ya de la raya.
Rivera estaba trémulo y descompuesto al pronunciar estas palabras.
—No seas tan polvorilla, hombre, que yo no me he negado á ir contigo á la Presidencia ni á ninguna parte—dijo Mendoza poniéndole la mano en el hombro, mientras se dibujaba en sus labios la sonrisa humilde que llamaba Miguel «de perro de Terranova».—Vamos ahora mismo á la Presidencia.
—Vamos—dijo Rivera secamente, levantándose.
Á los pocos pasos ya le había desaparecido el enojo. Cuando llegaron, aún no había entrado el Presidente. Mendoza, como diputado, penetró en el despacho desde luego con Miguel, y allí le aguardaron ambos, sentados cómodamente en un diván, mientras la caterva de pretendientes se pudría en la antesala. No tardó en oirse el ruido de un carruaje en el portal. Al instante comenzaron á sonar rabiosamente todos los timbres de la casa.
—Ahí está el Presidente—dijo Mendoza.
En efecto, á los pocos segundos, entró en el despacho acompañado de varios diputados. Al ver á Mendoza, le saludó en el tono familiar y campechano con que se saluda á los amigos que se ven todos los días.
—Bien trabajado, querido Mendoza, bien trabajado. Ha producido muy buen efecto.
Aludía al discurso.
Aquél, en vez de acortarse ante la grandeza del personaje que tenía delante, le respondió en el mismo tono familiar y corriente. A Miguel no dejó de causarle maravilla aquel aplomo. Porque él, con estar más avezado al trato social, no podía menos de sentir cierta emoción respetuosa ante el hombre que empuñaba á la sazón las riendas del Gobierno. Tendría unos cincuenta años: era rubio, pálido, de facciones correctas y no desagradables. Lo único que afeaba su rostro era una fila de dientes grandes que dejaba harto al descubierto cuando sonreía; y lo hacía á menudo, por no decir constantemente.
—Le presento á mi amigo Miguel Rivera, director que es actualmente de La Independencia.
—Ya tenía noticias de este señor. Muchísimo gusto en conocer á usted personalmente, Sr. Rivera—dijo el Presidente, estrechándole la mano con excesiva amabilidad.
—Ustedes me dispensarán un momento, ¿no es verdad?—añadió, tocándoles en el hombro á ambos.—Tengo que hablar cuatro palabras con aquellos señores... Soy con ustedes al instante.
El instante fué de cerca de media hora. Miguel estaba ya impaciente. Sin embargo, le había complacido mucho la acogida cortés del Presidente y por eso le perdonaba sin dificultad la tardanza.
—Ea—dijo después que hubo despedido á todos,—ya soy de ustedes. ¿Qué se le ocurre, amigo Mendoza?
—Quería saber si han resuelto ustedes algo acerca del distrito de Serín.
—¿Qué distrito es ese; el que deja el General Ríos?—preguntó, dejando momentáneamente de sonreir y fijando los ojos en el balcón.
—Sí, señor.
—Hasta ahora no hemos pensado en los distritos que quedan vacantes. Las segundas elecciones tardarán dos meses lo menos en efectuarse.
—Aquí, mi amigo Rivera, tiene el proyecto de presentarse por ese distrito, en el caso de que el Gobierno le apoye.
—Tempranito es aún. Hace usted bien, sin embargo, en no descuidarse... ¡Pero usted, amigo Mendoza, es un pozo de ciencia!—añadió alegremente, sin poder saberse á punto fijo si hablaba ó no con ironía.—¡Vaya un discurso nutrido el que usted nos ha dado esta tarde!
Brutandór bajó la cabeza é hizo todo lo posible por sonreir.
—Con ustedes no gasto ceremonias, porque son amigos. Acompáñenme ustedes á comer, y así hablaremos con más espacio y comodidad.
Y les hizo pasar á un gabinete reservado donde estaba puesta la mesa. Ni Mendoza ni Miguel aceptaron la invitación; pero éste agradeció aquella amable franqueza.
Se puso á comer el Presidente, deplorando repetidas veces que no le acompañasen; mostróse cada vez más expansivo y cariñoso con Mendoza y abrumó á Miguel con finas y delicadas atenciones, ahora hablándole de su padre, á quien había conocido, y haciendo de él calurosos elogios, ahora recordándole algún buen artículo de La Independencia, otras veces, en fin, informándose con visible interés de los pormenores de su vida, si estaba casado, cuánto tiempo hacía, dónde había estudiado, en qué se ocupaba, etc., etc. Contóles varias anécdotas picantes, é hizo algunos retratos chistosos de personajes políticos ya fallecidos á quien en tiempos antiguos había tratado. De los vivos, aunque fuesen de oposición, hablaba siempre con bastante miramiento. Interrumpiéndose de pronto, dijo á Miguel:
—¿No es verdad, Sr. Rivera, que el Presidente del Consejo es un tantico desvergonzado?
—Dicen que Richelieu también lo era—respondió Miguel inclinándose.
—Siento tener sus defectos y no sus cualidades. ¡No sabe usted lo que yo envidio á esos hombres reservados, comedidos, prudentes... así como nuestro amigo Mendoza!
Tampoco era fácil saber ahora si el jefe del Gobierno hablaba en serio.
—Yo no: es privarse de uno de los mayores placeres de la vida.
—Convengo en ello; pero el más caro de todos.
Y á este propósito les refirió varios lances en que el decir con franqueza lo que pensaba le había ocasionado graves daños. Era su conversación alegre, insinuante, sin sombra de orgullo. Pecaba, al contrario, de excesiva familiaridad. Cuando terminó de comer, ofrecióles galantemente cigarros, y encendiendo uno, y echándose hacia atrás en la silla, preguntó á Rivera:
—¿Conque usted quiere ser diputado por Serín?
—Si usted no se opone á ello...
—¡Yo qué me he de oponer! Basta que usted sea hijo del brigadier Rivera y amigo de Mendoza. Además, la elección no podría ser más acertada: usted es un joven de talento, como ya lo tiene demostrado; pertenece al elemento democrático del partido, que dispone dentro de él de un respetable contingente; es usted independiente por su fortuna... Con hombres como usted, los jefes de Gobierno deben tener mucha cuenta y procurar á toda costa atraérselos. Á nosotros nos convienen los jóvenes de inteligencia y de porvenir; los astros que se levantan. En cuanto á los que se acuestan, cama de pluma para que descansen. Esta es la vida pública.
Quedóse unos instantes pensativo, dió una chupada al cigarro y añadió:
—No conozco el distrito de Serín. ¿Usted sabe cómo anda aquello, Mendoza?
—Me parece que el Gobierno dispone de él en absoluto. El General no ha tenido siquiera oposición.
—Bien; pero hay que tener presente que el General es figura de primera magnitud en la política, y que su nombre bastaría para ahuyentar toda oposición.
—Sin embargo, yo creo que el distrito, con pequeño esfuerzo que el Gobierno haga, es seguro.
—¿De veras?
—Sí, señor.
—¿Y el General está conforme con la candidatura del señor?
—Desde luego; es antiguo amigo suyo. Por él le he conocido yo.
—Pues si es así—dijo levantándose y poniendo una mano en el hombro á Miguel,—cuéntese diputado.
Sintió éste un leve estremecimiento de placer, y respondió, levantándose también:
—Muchísimas gracias, señor Presidente.
—No las acepto. ¡Qué otra cosa pudiera yo desear que todos los diputados de la mayoría fuesen como usted!... No deje usted de venir por aquí á charlar algún rato. Aunque las elecciones se retrasarán todavía un poco, conviene que usted escriba al distrito y se entienda por medio del General con alguna de las personas caracterizadas. No dé usted manifiesto ninguno. Cuando llegue la ocasión, ya escribiremos al gobernador. Adiós, señores; tanto gusto en conocer á usted. Ya sabe usted dónde me tiene á sus órdenes. No me olvide usted, y déjese ver por aquí alguna vez.
Miguel salió entusiasmado de la entrevista. Cuando estuvo en la calle, exclamó:
—¡Pero qué simpático es el Presidente, Perico! Cualquier jefe de negociado está más hinchado que él, en su oficina. Bien se echa de ver la superioridad de las personas, cuando es legítima. Ya no me sorprende que tenga tantos amigos y tan decididos... ¡Es tan fácil á un personaje elevado conquistárselos! Aquí me tienes á mí que con sólo una acogida natural y afectuosa y algunas frases de cortesía, soy capaz de matarme por él.
—No hay que descuidarse en escribir al General—dijo Mendoza gravemente.
—¡Eres un hombre de hielo, Perico! Para ti no hay amistades ni odios, hombres simpáticos ó antipáticos. De todos tomas lo que te hace falta y sigues tu camino... Quizá tengas razón.