XXVI

L llegar á Madrid y enterarse de lo ocurrido, Miguel recibió en su corazón el dardo más cruel que el destino le arrojara después de la muerte de su padre. Halló á su madrastra en un estado de abatimiento, próximo á la imbecilidad. Aquella naturaleza soberbia é indómita se había doblegado al fin. Y como sucede siempre, al verla humillada, llorando en silencio, inspiraba doble compasión.

—¡Pobre mamá!—dijo abrazándola.—El golpe es rudo; pero aún no se ha perdido todo. El asunto se ha de arreglar, Dios mediante.

—No, Miguel, no; el corazón me dice que no se arreglará. Ese hombre es un malvado. No quise hacer caso de tí, y Dios me castiga.

Maximina se sobresaltó gravemente al saber que su marido partía aquella misma noche para Sevilla.

—¡No, no; yo no quiero que vayas!—exclamó agarrándose á él fuertemente.

—Maximina, eso no es digno de tí—repuso Miguel dulcemente.—¿Han robado á mi hermana y quieres que no vaya en su busca?

—¿Y si te mata ese hombre? ¡Mira que es capaz de todo!

—¿Por qué ha de matarme? Yo no voy á Sevilla más que á buscar á mi hermana. Como supongo que él no se negará á entregármela, pasado mañana estaré aquí con ella. Lo demás ya se arreglará.

—¿Me juras que no vas más que á eso? ¿Que no le provocarás?

—Te lo juro.

Juró en falso el hijo del brigadier. Nadie le motejará por ello.

Cuando llegó el momento de partir, su esposa, deshecha en llanto, volvió á hacerle repetir el juramento. Después, reteniéndole por las manos, le dijo:

—Júrame también que has de ser bueno con Julia que no le dirás ninguna palabra dura.

También lo juro.

Con estas dos promesas, Maximina le dejó marchar. Después salió al balcón, y alzando al niño entre sus brazos se lo mostró, como para obligarle más á que no expusiera su vida.

Al llegar á Sevilla, se enteró Miguel de que no estaban allí su hermana y D. Alfonso. Visitó á la madre de éste y quedó dolorosamente sorprendido al saber que esta señora no tenía noticia del acto llevado á cabo por su hijo, ni siquiera que mantuviese relaciones amorosas con Julia. Todas las dudas de Miguel se disiparon. Saavedra había robado á su hermana para hacerla su... La palabra no quería formarse en el cerebro.

Lo primero que pensó, cuando se hubo serenado un poco, es dónde pudo haberla llevado, no estando en Sevilla. Se le ocurrió que pudieran haber ido á Cádiz y embarcarse allí; pero habiendo hecho algunas pesquisas, no logró comprobar la hipótesis. Entonces determinó volverse y preguntar en todas las estaciones del tránsito por si alguno se acordaba de haber visto aquella pareja, cuyas señas podía dar bien. Nada supo de ellos, hasta la estación de Algodor.

Allí un mozo se acordaba de haber trasladado de un coche á otro unos abrigos, á un caballero de tales señas que iba con una joven como Miguel le pintaba; por cierto que el caballero le había dado la suma fabulosa de un duro, lo cual, en verdad, no poco contribuía á que se acordase.

Como en aquella estación se dividía la línea de Andalucía y la de Extremadura y Portugal, Miguel tuvo la sospecha vehemente, casi la certeza, de que habían ido á este último punto, y tomó billete para Lisboa. Al llegar aquí, el procedimiento que siguió fué ir preguntando en las principales fondas por la pareja de jóvenes españoles, juzgando, con acierto, que si estaban allí se alojarían en una de ellas. En efecto, á la cuarta ó quinta que recorrió dió con ellos.

—¿Están en casa, ó han salido?

—No los he visto salir—respondió en portugués el portero.—¿Quiere su señoría que pregunte?

—No hay necesidad, soy su hermano. ¿Qué número tiene el cuarto?

—Número 16, piso segundo.

Con la terrible emoción que se podrá suponer, subió el hijo del brigadier á la fonda, y recorrió los pasillos hasta dar con el número indicado. Detúvose á la puerta para sosegar su corazón que latía fuertemente. Puso el oído y oyó la voz de su hermana. Levantó con mano temblorosa el pestillo y abrió.

Julia, al verle en el espejo, dió aquel tremendo grito que hemos dicho. Después se volvió y se dejó caer de rodillas á sus pies. Miguel la levantó con dulzura y fué á sentarla en el sofá. Después, con ademán reposado, cerró la puerta y se dirigió hacia D. Alfonso, que se hallaba sentado en la butaca con las piernas cruzadas y fumando un cigarro con afectada impavidez, si bien extremadamente pálido.

—Ya estoy aquí—dijo Miguel, mirándole fijamente.

—Lo veo—repuso D. Alfonso, soltando una bocanada de humo.

—Bien supondrás á qué...

—¿Á pedirme cuentas de mi conducta?

—No; yo no quiero calificar tu conducta ahora. Lo único que me interesa en este momento es salvar el honor de mi hermana. Vengo á exigirte que te cases inmediatamente con ella ó te batas conmigo.

Hubo una pausa breve. D. Alfonso replicó con calma:

—Ni me caso con tu hermana ni me bato contigo.

—Lo veremos—dijo Miguel, sonriendo sarcásticamente.

—Dalo por visto.

—De la segunda parte ya hablaremos. Vamos á la primera. Sospeché, al saber el rapto de mi hermana, que no te había movido para llevarlo á cabo ningún fin santo. Sin embargo, no podía convencerme de que llegase tu cinismo hasta el punto de pretender hacer de una señorita que es de tu misma sangre tu querida.

Julita dejó escapar un gemido. Miguel volvió sus ojos compasivos hacia ella y le dijo:

—Perdona, Julia mía: no me hacía cargo que estabas presente.

—Al rehusar casarme con tu hermana—contestó D. Alfonso—no me impulsa ningún motivo que redunde en su menoscabo. Confieso que es una chica excelente. Lo único que hay es que no entra en mis cálculos el casarme, ni con ella ni con ninguna otra. Esta decisión, que desde hace mucho tiempo he tomado, no puedes alterarla tú ni nadie.

—¿Es esa tu última palabra respecto á la primera parte de mi exigencia?

—Esa es.

—Bien; vamos á la segunda. Supongo que no te negarás á darme una reparación por medio de las armas...

—Sí me niego. Yo te he ofendido gravemente. Tendría poca gracia que además te matase... Y dejar que tú me mates, francamente, tampoco la tendría.

—Hay un medio infalible para que te batas. Te abofetearé en público.

—No dudo que lo harás. Te considero hombre de corazón. Lo harás aunque sabes bien que firmas tu sentencia de muerte. Cualquiera que sea el arma que elijamos, no puedes ignorar que llevo noventa probabilidades contra diez de matarte ó herirte...

Miguel hizo un gesto de desprecio.

—Ya sé que eso no te arredra; pero vamos á cuentas. ¿Qué adelantas con morir? ¿Borrarás la afrenta de tu hermana? No la borras, y además la privas del único apoyo que tiene en el mundo. Pues supongamos (y es mucho suponer) que tú me matas. Tampoco adelantas más que hacer pública la deshonra que ahora, con un poco de cautela, puede quedar ignorada.

D. Alfonso, y lo mismo Miguel, hablaban en voz de falsete para no ser oídos de fuera; pero el gesto y la entonación eran tan vivos y enérgicos, sobre todo por parte del último, que suplían bien la falta de gritos. Julia estaba de bruces, inmóvil, sobre el sofá.

—¿Te figuras que voy á aceptar esa lógica con que quieres evitarte el disgusto de arriesgar la vida? No lo creas; aunque tuviese una probabilidad contra mil de matarte, sería para mí un placer el verme frente á ti con una espada ó una pistola. Cuanto más que la resolución firme que tengo de morir ó matar nos ha de igualar mucho, bien lo sabes. Deja, pues, esas razones propias de un cobarde, y allánate buenamente á pasar un rato amargo, ya que tú nos lo has proporcionado tan exquisito.

—Veo que me injurias. Hazlo sin temor. Te concedo el derecho... Pero líbrate de que en público salga una palabra mal sonante de tu boca.

—En privado y en público estoy resuelto á hacer lo mismo, ¡miserable!—exclamó Miguel fuera de sí.—En todas partes diré que eres un pillo, un cobarde asesino que sólo busca duelos con quien no sabe defenderse. Para que veas el miedo que te tengo, mira...

Al decir esto se arrojó como un león sobre Saavedra, que se había puesto de pie para esperarle. Antes que pudiese levantar la mano, el andaluz le sujetó los brazos y lo rechazó brutalmente hasta el medio de la habitación, haciéndolo tambalearse. Quiso de nuevo arrojarse sobre él; pero en aquel momento se sintió abrazado por otros brazos más dulces, los de su hermana, que con el rostro descompuesto, la mirada fulgurante, la voz sofocada por los sollozos, dijo:

—No, Miguel, no; tú no puedes medirte con ese hombre. Después de lo que acabo de oir, prefiero mil veces morir ó arrastrar toda mi vida la deshonra, á casarme con semejante monstruo.

—¡Déjame, déjame!—gritó Miguel, pugnando por desasirse.

—No, hermano mío; mátame á mí, enciérrame en un convento, pero no expongas tu vida... Acuérdate de Maximina y de tu hijo.

D. Alfonso extendió al mismo tiempo la mano y dijo con sosiego:

—Antes de comenzar una escena repugnante, indigna de dos caballeros como nosotros...

—¡De un caballero como éste: tú no lo eres, miserable!—exclamó Julia, lanzándole una mirada furibunda y abrazándose á su hermano.

—Antes de comenzar una escena como ésta—siguió el andaluz, haciendo ademán de despreciar la interrupción,—escucha una palabra, Miguel. Te he dicho ya que estoy resuelto á no batirme, porque no quiero exponerme á matarte, ni á morir. Desde aquí me marcho á París, y probablemente no volverás á verme en tu vida. Si intentas detenerme, rechazaré la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un país en que nadie me conoce, no tiene para mí gran importancia. Y si se te ocurre contarlo en Madrid, además de publicar tu deshonra, nadie te creerá; porque no es creíble que un hombre que se ha batido catorce veces, cinco de ellas á muerte, evite por miedo el desafío con otro que apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisión es irrevocable.

—¡Bien, entonces te mataré como á un perro!—dijo Miguel, sacando del bolsillo un revólver.

—Si me matas (que ya cuidaré de que no suceda)—repuso Saavedra, sacando otro revólver,—irás desde aquí á la cárcel, y tu hermana quedará desamparada.

Miguel permaneció unos instantes suspenso. Encogióse después de hombros con gesto de soberano desdén, y dijo, guardando el arma:

—Tienes razón. La verdad es que como pillo, ¡lo eres en toda regla! Vámonos, Julia, vámonos. Me abochorna cruzar más tiempo la palabra con ese canalla.

Y cogiendo á su hermana por la cintura, la sacó de la estancia.

D. Alfonso los miró alejarse. Escuchó un rato sus pasos hasta que se perdieron. Encogióse de hombros también. Guardó el revólver, y mientras se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmuró con sonrisa diabólica:

—No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal de esta aventura.