II
Éste era su medio de vida cuando volví a encontrarle en el Ateneo. En su biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.
—Mucho lees, Jiménez—le decíamos alguna vez poniéndole la mano sobre el hombro.
—Es que no tengo dinero—replicaba tranquilamente sin levantar la cabeza.
Bien adivinábamos que aquello no era cierto. Su pasión por el estudio era nativa, no accidental. En su periódico y en algunas revistas científicas comenzó a publicar artículos que llamaron sobre él la atención del mundo literario.
Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes, llegó a mí afectando misterio, y me dijo al oído:
—Sabrá usted que el padre de Jiménez le ha girado quinientas pesetas. Parece que el buen señor, halagado con el nombre que su hijo se va haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.
—Me alegro—repliqué.
—Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.
Quedé estupefacto. El paisano se desató en recriminaciones contra él, llamándole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuché distraído, y quedé largo rato pensativo.
Posteriormente supe que, por mediación de uno de sus tíos, se había reconciliado con su padre y había aceptado al fin la pensión. Dejó el periódico donde trabajaba, y dejó de colaborar en los demás. No volví a leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque su afición arreció con tal motivo.
Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carácter, profundamente reservado, no permitía ciertas expansiones que la amistad arrastra consigo, particularmente entre jóvenes. Paseábamos juntos muchas veces, nos juntábamos otras en el Ateneo o en el café; pero nada que fuese personal e íntimo salía de sus labios.
En aquella época comencé yo a escribir novelas y a darlas a la estampa. El único amigo que no me habló de ellas fué Jiménez. Este silencio afectado hirió mi amor propio y me causó una sorda irritación que estuvo a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste. Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna, obró pronto en mí la reflexión como bálsamo bienhechor. Me persuadí de que Jiménez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un hombre de carácter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto excéntrico. Había que perdonarle esas y otras extravagancias.
La muerte de su padre le arrancó de aquí. No le vi durante largos años. Supe que se había casado, y volví a hallarle establecido en Madrid. Poco después quedó viudo y se marchó de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante quebrantado de salud, vino otra vez aquí, y entonces nuestras relaciones se anudaron aún más cordialmente. Jiménez huía de todo el mundo, menos de mí. Esta preferencia me ligó a él de corazón.
Alquiló una casita aislada con jardín en uno de los barrios extremos de Madrid. Allí habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados, y en aquel nido frío y solitario le visitaba una que otra vez, y charlábamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y bebíamos una botella de cualquier cosa. No pasó, sin embargo, mucho tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de inspirar alarma. Decayó rápidamente. Ignoro si era el hígado, o el pulmón, o el corazón, pero el doctor Angélico tenía alguna víscera dañada. Con este motivo, yo solía menudear mis visitas y acompañarle largos ratos.
Pocos días después de una memorable conversación que sirve de epílogo a este libro, se presentó en mi casa su criado.
—Señorito, el doctor está muy malito. Por la noche se nos quiso morir y, en cuanto amaneció, dió orden para que viniese a buscarle.
Comprendí que había llegado el instante supremo.
—Y ¿qué opina el médico?—pregunté hondamente afectado.
—No sé decirle; pero, a juzgar por la cara triste que tiene doña Pepita (el ama de gobierno), no debe de hallarle bueno.
Tomé un coche y nos trasladamos al hotelito. Hallé a Jiménez con el semblante terriblemente descompuesto. La muerte estaba ya impresa en él. Doña Pepita cerró con mano temblorosa la puerta y nos dejó solos.
—¿Qué es eso, doctor?—dije acercándome a su lecho y afectando alegría para ocultar mi emoción—. ¿Empiezas a ser mimoso como una solterona?
Al mismo tiempo fijé la vista involuntariamente en la reproducción al óleo de una de las vírgenes de Murillo que pendía sobre su cama. Sujeto al marco había un magnífico ramillete de flores, recientemente colocadas allí, a juzgar por su frescura.
Jiménez advirtió la mirada, y dijo sonriendo:
—¡Ya lo ves! El doctor Angélico termina como el doctor Fausto; a los pies de la Virgen María.
—Pero ¿has tomado la resolución de terminar?
—Ha llegado el cese, querido... Acércate un poco... Es posible que te inspire pavor la muerte... Cuando llegue el momento, ya verás cómo no es tan fiera como la pintan.
Al pronunciar estas palabras sonreía dulcemente. Yo sentí el corazón oprimido. Hizo una pausa, y con trabajo siguió diciendo:
—Te he nombrado mi testamentario... Perdóname: no tengo hoy otro amigo más íntimo... Lo que se ha de hacer con mi fortuna ya lo verás en el testamento... Toma esos papeles que hay sobre la mesa, y llévatelos a tu casa...
Sobre la mesa, en efecto, vi dos grandes legajos amarrados con una cuerda.
—Entre ellos—prosiguió—, los hay puramente literarios. Sírvete de ellos como quieras, o quémalos... Pero si publicas algo, que no sea con mi nombre... Al mundo no le importará mucho que haya existido un tal Jiménez que ha dicho bastantes tonterías y una que otra cosa regular...
En vano traté de infundirle esperanza de curación. Estaba absolutamente convencido de que moría, y este convencimiento le dejaba tranquilo, como si fuese a cambiar de domicilio. Comprendí que se fatigaba hablando, y me resolví a dejarlo. Embargado por la emoción, me marchaba sin los papeles. El me llamó para recordármelos.
—Volveré a la tarde—le dije.
—No; no vuelvas hasta la noche—me respondió.
Al salir al jardín con los legajos y montar en el coche no pude ya reprimir las lágrimas.
¿Sabía que iba a morir antes de llegar la noche? Ahora creo que sí.
El criado vino a avisarme al obscurecer de que su amo se marchaba por momentos. Cuando llegué, el doctor Angélico había dejado de existir. En torno de su cadáver, aún caliente, se hallaban el médico, un sacerdote y doña Pepita.
El médico, pálido y triste, exclamaba:
—¡Era un nombre!
El sacerdote murmuraba gravemente:
—¡Era un cristiano!