MERCI, MONSIEUR
No es bueno que el hombre esté solo.
DIOS.
UANDO un hombre habita en un pueblo de provincia y no tiene hijos y goza de algunos medios de fortuna, si hay Exposición Universal en París, ¿qué remedio le queda más que ir?
—¿Supongo, Jiménez, que dará usted una vuelta por la Exposición?
—¿Estará usted preparando la maleta, de seguro?
—¡Qué feliz es usted, don Angel!
—¿Qué me traerá usted de la Exposición, don Angel!
No pude resistir más, y me metí en el tren, y me planté en París. Yo no tenía deseo alguno de visitar la Exposición; las artes industriales no ejercen sobre mí gran influencia. Menos lo tenía aún de que me encajasen en un sexto piso, dentro de un cuarto con vistas a la bóveda celeste, chiquito, bajito de techo, calentito.
Así fué, no obstante, y afirmo, con la mano puesta sobre el corazón, que hubiera preferido la habitación amplia de mi casa que da sobre el jardín, mis siestas sobre el viejo sofá y mi chocolate elaborado a brazo con cacao superior.
Pero el hombre se debe a sus conciudadanos, y los míos me han exigido éste y otros sacrificios. Todos los días bajaba de aquel nido encumbrado a la llanura para trasladarme a la Exposición; ocho o diez kilómetros, que recorría unas veces a pie, otras en ómnibus.
Uno por uno iba inspeccionando todos aquellos pabellones que no despertaban en mí el menor interés. Una sala llenita, hasta el techo de botas de montar, luego otra de cables enrollados, en seguida otra de faroles de coche, y así sucesivamente.
Religiosamente las iba visitando, pues comprendía que ese era mi deber. ¿Cómo presentarme en el pueblo sin poder afirmar que había visto la instalación de frenos automáticos, o la de sopas italianas, etc., etc.?
El tedio se iba apoderando de mi corazón. Cuando, al llegar la noche, subía a mi cuarto y me dejaba caer rendido en la cama, sólo Dios sabe qué ideas negras cruzaban por mi cerebro. La existencia, vista al través de aquellas enormes instalaciones de abonos minerales o de ladrillos refractarios, me parecía, como a Schopenhauer, un monstruoso error de la Voluntad.
El viento que soplaba en mi sotabanco hacía aún más horrible mi situación. Toda la noche le oía zumbar, amenazando destruir los frágiles tabiques y lanzarme al espacio.
Por fin, cierta mañana, al despertarme, un instinto feroz de rebelión se apoderó de todo mi ser. Lancé un juramento terrible y exclamé en voz alta: «¡Hoy no he de ver ni los cables, ni los frenos, ni las sopas italianas, así me...!»
¡Silencio! El hombre dice a veces cosas muy feas cuando está solo y desesperado.
Me vestí y me acicalé lenta, muy lentamente, con esa rabia concentrada del hombre que quiere persuadirse a sí mismo de que es dueño y señor de su voluntad.
Bajé a la calle, y me puse a dar vueltas por los bulevares como el azotacalles más desocupado que hubiese en aquel momento en París. Mi actitud era la del que repentinamente vuelve la espalda a todos los deberes sociales, una actitud insolente, agresiva, una mirada que decía a los que cruzaban: «A mí, ¿qué?»
Sin embargo, el remordimiento bullía sofocado en mi alma, como un pájaro a quien se aprieta en la mano.
Entré en un café y pedí un ajenjo. ¿En qué otra bebida podía ahogar mejor mi amargura?
Por contraste, en una mesa contigua bebía leche a menudos sorbos, mojando de vez en cuando bizcochitos en ella, una linda francesita de nariz remangada, de frente estrecha, de ojos picarescos. A su lado había dos hombres canosos, uno de los cuales debía de ser su padre, a juzgar por el parecido que con ella guardaba. Los viejos charlaban animadamente sobre asuntos industriales. La niña se aburría horriblemente.
Ahora bien, cuando una francesita de nariz remangada se aburre, es capaz de mirar con interés a un esqueleto, si el esqueleto pertenece al sexo masculino. Por eso me miró a mí, que, a Dios gracias, aún no lo era.
Me sentí de pronto inflamado, pronto a morir por ella. Mi corazón, cerrado tantos días por la angustia y la impaciencia, se abrió como el cáliz de una flor al rayo de sol de la mañana. Algo extraño me corrió por la sangre, y todas mis tristezas huyeron, unas por la puerta, otras por la ventana, como diablos perseguidos con agua bendita.
Eran sus ojos quienes la esparcían, sus ojos dulces, rientes, en los cuales bebía gota a gota el néctar del amor. Discretamente los míos cantaban sus alabanzas, la ilusión de sus cabellos ondeados, la blancura de su rostro, el encanto de sus labios, la gracia picante de su naricita remangada. ¡Qué inteligencia animaba aquel semblante divino! Era perfecta, y ella lo sabía.
Pero no abusaba de su perfección. Satisfecha de sus ojos, de sus cabellos, de su naricita, entregaba todo ello a la admiración del extranjero, y se ingeniaba para hacerle feliz.
Posaba los labios en el borde del vaso, y, alzando al mismo tiempo sus ojos, me decía con ellos: «Ya sé, joven extranjero, que te complacería aplicar la boca a este mismo sitio para saber mis dulces secretos. No es mía la culpa si no puedes hacerlo.» Otras veces se aliñaba ligeramente los cabellos. «También sé que serías feliz jugando con estos rizos dorados, de los cuales vive en este momento suspendido tu corazón.» Otras, en fin, extendía su manecita blanca y delicada como un capullo de rosa, y la colocaba sobre el respaldo de una silla, muy cerquita de mí. «Te agradaría besar esta mano breve y tersa, ¿verdad? Pues bésala, joven extranjero, bésala con el pensamiento, ya que no puedes con los labios.»
Y yo la besaba obediente, la besaba una y otra vez con ardor, hasta que ella la retiraba al cabo, levemente ruborizada.
«¡Oh niña preciosa, de ojos picarescos, de naricita remangada; yo quisiera volar contigo allá lejos, donde florecen los claveles, bajo los bosques de tilos bañados de sol! Una casita blanca, una pradera que se extiende delante de ella, un arroyo cristalino que la circunda, las esquilas del ganado, el canto de los mirlos... ¡Ven, niña mía, ven!»
La niña se levantó, en efecto, pero no fué a mi conjuro, sino al de los dos viejos, que pagaron al mozo para irse.
Al cruzar por delante de mí retiré galantemente la silla, a fin de que pasase con toda comodidad. Sus ojos risueños me dirigieron una mirada, y sus labios murmuraron dulcemente:
—Merci, monsieur.
«¡Gracias, Señor!—murmuré yo también, elevando mi pensamiento al Cielo—. Esta niña se va, y no volveré a verla más, pero ya ha cumplido la misión que Tú la encomendaste.»
Sentí mi corazón bañado de frescura, penetrado de dulce sumisión. Todos mis deberes me parecieron fáciles de cumplir, y, llena mi alma de una santidad agradecida, salí a la calle y monté en el ómnibus para ver de nuevo los frenos automáticos y los cables enrollados.