I
TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.
Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el señor feudal.
Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en mesura.
El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser novelista y psicólogo, y además un poco metafísico.
La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].
La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero. Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza.
No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.
Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que discurso y fruto de la intuición más que del estudio.
El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza los trillados caminos de la vida real.
La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de Las ilusiones del Doctor Faustino, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes, Gœthe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el Quijote, el Wílhelm Meister y el Maestro de escuela Wutz? Sólo un enredo moral. El azar apenas juega papel en estas producciones reflexivas.
No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á la epopeya.
Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter principal ó por otro medio cualquiera.
Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de perfección, creo verlas otra vez en Pepita Jiménez, la obra más primorosa del señor Valera.
Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van poderosamente auxiliadas, como las de Gœthe, por el estudio. Hay quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía. Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!
Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?
Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.
Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son conservadores. No tienen de ellos más, si bien se mira, que la afición á la holgura y al regalo.
Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible, pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero quién va á rogar esto á Pérez Escrich!
Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal, porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático. Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos hace soñar con los difuntos.
Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos más en que escoger.
¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes que le injurie.
Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr. Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á ustedes lo que no les importa.
El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.
Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los excesos del color á la anemia del estilo.
El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar. Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en la resonante nave de una catedral gótica.
El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración. Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.
Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán lágrimas.
No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad perfecta.
No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal, todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.
Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que Gœthe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos. No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr. Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué alumbrará usted tanto y calentará tan poco?
Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto. Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?
No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento, sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.
Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice, patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento, francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.