III

Al ocuparme en la crítica de Las ilusiones del doctor Faustino, vuelvo á exclamar: ¡Lástima de metafísica!

No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.

Las ilusiones del doctor Faustino, aunque en orden á sus proporciones, desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de Pepita Jiménez, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la profunda ironía que envuelve toda la obra.

En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se llora si hay algo que lo merece.

El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se llama Juan no pasará de Juanito.

Acaso, y sin acaso por ser Las ilusiones del doctor Faustino una de las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida por el mundo más que desaires y vejámenes.

Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la mayor frescura á decir mi opinión.

Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas, no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no trascienden del yo bastante enrevesado del doctor Faustino.

Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y enseñanza saludable.

La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace parece un corte de cuentas.

En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro. Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona. Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la intriga y se queja amargamente de que no le interese.

Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos propinó las de la inmortal amiga. Yo me permito creer, Sr. Valera, que no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos ha dado en Pepita Jiménez, porque opino como su correligionario Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.

No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender, que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo titulado El Paraíso terrenal, tan fresca, tan viva, tan primorosa y tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del Quijote, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias para despertar miedo en los niños.

Las ilusiones del doctor Faustino es una novela de caracteres, y sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.

Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho, en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le parezca.

Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el polvo, y la ofrece á nuestra vista.

Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco, porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.

El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el Comendador Mendoza, última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.

La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que Las ilusiones del doctor Faustino ni la originalidad de Pepita Jiménez. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente sencilla, es rápida é interesante.

Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre el Sr. Valera.

Se levanta la sesión.

D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr. Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por entero de mis antecedentes y de mis años.

Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!

Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, et in illo tempore, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar como Augusto:

«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»

No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato adrede.

Mas hete aquí que leo los Siete Niños de Écija, donde se describe á lo vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre los granujas del pueblo con el pintoresco mote de Brazo de hierro. Y aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo, cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay! que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo, y juntos mucho más que yo.

Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.

Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr. Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta rebajar las glorias de un esclarecido novelista.

Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.

¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!

El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce, pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy heterogéneas da á luz las homogéneas. El Condestable D. Álvaro de Luna, Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los Monfíes son novelas históricas en que á más de observarse con algún cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y su discurso; en el mundo del espíritu.

No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que inmerecidamente les concede el autor de Ivanhoe, sino con el lenguaje rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é independientes. Es más realista de la Edad Media que su maestro Walter Scott.

Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente, donde no sucede ninguna.

No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela, el nuestro les saca mucha ventaja.

Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.

Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo, muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.

Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos, las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la fábula, naufragó en un mar de tinta.

Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca, marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los viajeros, en compañía de Juan Palomo y Diego Corrientes.

Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven sobremanera.

¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables, redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me atrevería á llamar cervantesco.

Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante; allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del teatro Español cada vez que se pone en escena Ó locura ó santidad.

Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más conforme con la naturaleza humana.

Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, ¿qué fué de tanta invención? Destinadas estas novelas á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad, perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad, arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.

De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González. Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse, por matar el tiempo, y las más de las veces no se detienen á mirar el nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la crítica.

La entrega, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca de lujo, y los traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni administración.

Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real, lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de tales obras á las niñas de quince abriles.

Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas cuantas redondillas después de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se transforma en cuento de viejas.

En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.

¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos sin darse punto de reposo!

Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar el sol.

Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.

Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los móviles más bajos y más ruines.

D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA

ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey; en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y Zorrilla.

Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso, vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley, en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott, creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.

Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor, está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y sentimientos.

¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada, de continente grave y hasta cierto punto melancólico!

—¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?

—Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la oficina, á ese trovador errante y cargante.

Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en el portal de enfrente.

Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la autenticidad de tales guerreros y trovadores.

Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de España.

Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer (de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel tiempo, jamás á las novelas de los románticos.

Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes: Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni, Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.

En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y Villoslada.

No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes gustan.

Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre baronet escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte. Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las escenas y los cuadros.

Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido ni pechero ni rico hombre en aquella edad,—lo último me vendría muy bien en ésta—jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después de todo, siempre son odiosas.

Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr. Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de antiguo constituídos.

Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda; un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.

Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.

Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en Doña Urraca de Castilla, una de las mejores novelas del autor, dice un noble á un villano:

—«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!

—Conde de Lara—contestó el villano,—sois leal y agradecido; merecíais haber nacido hombre.»

Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación:

Todo conde ó marqués nace hombre,
el dictado le viene después, etc.

Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la catedral.

Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.

Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y elegantes.

Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.

Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.

D. ENRIQUE PÉREZ ESCRICH

IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á Pérez Escrich desde los diez años.

Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital. Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el Cura de aldea, en una palabra, estaba sobre la mesa de pintado pino, tan rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me quedé deliciosamente dormido.

Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich!

Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales, ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el Catecismo de Fleury y el Amigo de los niños.

Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica, después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!», según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más prudente me pareciese.

No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos (líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces, estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos reales de Esposa mártir ó de Mujer adúltera, que no bastaban, ni con mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España.

Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio, en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega.

¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le diese reposo!

Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué pararon aquellos amores.

Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que Pérez Escrich...

Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea?

Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico motolito y poco avisado.

¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo!

Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr. Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de Las Euménidas y del Prometeo encadenado, con tales caracteres, no lograba idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre ellos diferencias favorables al último.

Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal. Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que echa para atrás.

Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos, con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de manifestarlo á la primera ocasión.

Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión.

Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire libre el sermón del Encuentro durante la Semana Santa. Cuando para formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura.

Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada El Mártir del Gólgota. No he leído El Mártir del Gólgota, y lo que es aún peor, doy á ustedes palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana crítica.

Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella. Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues, la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales. Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el filosófico, económico y administrativo.

En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich. Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología primitiva, como acontece en la trilogía de los Prometeos. Escrich busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor. ¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho, todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar!

¿Pero quiénes desempeñarán en El Mártir del Gólgota los papeles de cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué me estaría muy bien haber leído El Mártir del Gólgota.

Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla. Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar. Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez, procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto, sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la descolorida costurera que tiene entre sus manos El pan de los pobres, se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar. ¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves, más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe herir las fibras más delicadas del corazón humano.

El Sr. Escrich—dicho sea en honor suyo—no es hombre de grandes conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus novelas sin algún arañazo. Sea ejemplo uno de los capítulos de El pan de los pobres, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mío.

En este capítulo, titulado «Uno de los dos», dice el Sr. Escrich:

«Á las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el testamento, el notario se despidió y Carlos, etc.»

Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor proceda en derecho parece y dice:

Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta á una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la presencia ó la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese abierto ó nuncupativo, debió atenderse para formalizarlo á la ley 1.ª tít. 19 del Ordenamiento de Alcalá, modificada por la pragmática de D. Felipe II de 1556, y ambas incluídas, como la ley 1.ª tít. 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación. En esta ley se previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser presentes tres testigos vecinos con escribano, ó cinco testigos vecinos sin escribano, ó siete testigos si no son vecinos. En el testamento de don Carlos de San Pablo no aparecen presentes más que dos.

Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese cerrado, debió atenderse para formalizarlo á la ley 3 de Toro, incluída como 2.ª del título 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación, la cual fija en el número de siete los testigos que han de firmar sobre la carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman más que dos.

En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargüido de nulo de toda nulidad, como así espero que se considere, declarando fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo.

Otrosí. Pido que se le dé á cada cual lo que más le convenga, aunque esto sea pedir gollerías.

¡Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia!

En el mismo capítulo el Sr. Escrich se niega á describir las peripecias de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros publicados anteriormente. Esa no es razón. Cuanto más se repita una cosa, mejor impresa quedará en el ánimo de los lectores, y me sorprende bastante que el señor Escrich rompa en esta ocasión con su constante y saludable práctica.

Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos los he leído.

Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich.

La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada instante «tuvo lugar»?

Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron. Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del Sr. Pérez Escrich.

Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...

¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes?

¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más allá sin cumplir la palabra.

Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón, leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me produjeron muchas pesadillas.

Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé prosaicamente un asiento en el coche de Gijón.

Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada. Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor chocolate del mundo.

Estaba sentada junto al balcón toda vestida de blanco: los cabellos tan negros como el paño de los féretros, caían hechos sortijas por la espalda.

Hice parar el coche, y llegué hasta sus pies donde me arrodillé. Quise pedirla perdón, pero me dijo: «Déjame, ¿no ves que leo La esposa mártir?»

Efectivamente, leía La esposa mártir. «¡Cielo mío, yo también he leído La esposa mártir!»

Entonces me dijo: «Eres un infame, tú no has leído La esposa mártir; en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has leído La esposa mártir ni tienes en el pecho corazón. ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo ha visto? Ya no hay amor más que aquí, en este libro. Mira á mis ojos. Están rojos de leer. He leído mucho, mucho. Por eso hoy me río de ti y de tu amor... ¿No ves cómo me río?»

La hermosa lanzó una carcajada histérica.

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¡Estaba tonta!

D. JOSÉ DE CASTRO Y SERRANO

O no diré que el Sr. Castro y Serrano sea un gran novelista. No señor, no lo diré. Pero confiesen ustedes que después de haber hablado del Sr. Pérez Escrich, tendría derecho á decirlo.

Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has compuesto unas octavas reales á aquel talle.

Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago, que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil.

Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano.

Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza.

No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y nunca bien entendida división de las obras de arte en realistas é idealistas. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y Serrano es un escritor realista.

Hay gente—á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á taberna—que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades, las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.

Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el Almanaque de la Ilustración Española y Americana. El distinguirlos entre sí, no es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates cuando son ministros.

Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores detractores del realismo como sigue.

La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo titulado «Impresiones».

Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un tren expreso, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de Castilla (Idilio), Pérez Galdós en la explotación de unas minas de calamina (Marianela).

Acercad mucho los ojos al cuadro de las Meninas, de Velázquez, y no percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la apariencia bella.

La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado! Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en poemas y novelas como si estuviesen en su casa.

¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he visto á Eugenia Grándet guardando terrones de azúcar á hurtadillas de su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso menos bella. Yo he visto á Pepita Jiménez con su vestido corto de merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é interesante. He visto sobre todo á Margarita, á la inocente niña de los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto, que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de Gœthe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación; es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es verdad.

Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con tanta paciencia nos soporta.

Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo. Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido. El día menos pensado les encajo una defensa del idealismo. Hace tiempo que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los géneros son buenos menos el fastidioso».

Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un realista como Dios manda?

Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja, subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien con todos?

No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada.

El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es. De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien aquello que tiene entre manos.

¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles.

Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte

..........al rico aduladoras
como al pobre severas, desbocadas,

según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un eminente escritor.

Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. Valera.

Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!

Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.

¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.

Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga ni uno disponible!

He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro autor en la Ilustración Española y Americana que llevaba por título Juan de Sidonia. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por Juan de Sidonia adelante se puede llegar á ser un gran novelista.

Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede para aburrirnos. Si á esto se agrega—que se agrega casi siempre—un laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.

El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los momentos.

El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para extraerles la gracia.

El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no siente comezón por mostrarlo.

Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres carientismos. ¡Dios me los perdone!

Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales. Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto conseguiría dejar de serlo.

He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica, que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome, por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también frases sumamente felices y agudas. Suum cuique tribuere.

El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar salida cuando la hubiese menester.

Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean ustedes que no pasa la punta de una aguja.

Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio de la ciudad, como puede observarse en sus Cuadros contemporáneos, no es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo hace en La novela del Egipto, frente á la naturaleza, frente al mar, lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello haga pronóstico reservado.

En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con el de la Biblia.

En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.

Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por decir unas palabras. Hélas aquí:

Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario, aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.

D. JOSÉ SELGAS