III
Un instante para concluir.
Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:
La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego, quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de contentarse con legar á la posteridad chalets.
Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.
Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que adolezca?—Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica. ¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.
Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.
D. JOSÉ ECHEGARAY.
ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro!
Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos—¡cuidado con los dedos que gastan algunos críticos!—respiro fuerte y digo mi opinión.
Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de 1873 fué representada su primera composición dramática con el título de La esposa del vengador, que era una primorosa leyenda con innumerables defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia, acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días, asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!»
Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento. La esposa del vengador me pareció una calaverada de buen género, la expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más.
Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años. Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos. No hubo más remedio que aplaudirla.
Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. La esposa del vengador nada nos decía acerca de las bienaventuranzas ni de los frutos del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir. Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan prestarme atención se las diré en pocas palabras.
Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan inmoral como has salido?
En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas, ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro, siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas.
Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre? ¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más sensible, y el hombre será más clemente y generoso.
Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón, despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales, no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos, arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles. De mí sé decir—y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como cualquier otro—que cuando presencio la representación de Hamlet me conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra, me reconozco más moral que cuando salgo de ver Bienaventurados los que lloran.
No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus brazos el arte.
Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España, tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera justicia raudales de ellas á los ojos.
En la última escena de Ó locura ó santidad estuvieron á punto de soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que salió de mis reflexiones.
Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos, como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso, sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente.
Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de crítica, por no decir intelectualismo, con que de poco tiempo á esta parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de Carlos II el Hechizado á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños, todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de satisfacción y el siguiente galicismo: Está bien hecho. En tanto que dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos Apuntes críticos con mucha fibra y mucho calor de humanidad.
Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y después permítaseme proseguir.
El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como En el puño de la espada, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos, invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le muestre la pizarra.
Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético, lo llamaría «precipitación».
La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra.
Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una Trigonometría rectilínea. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros.
«¡Ay!—exclamó—¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser! Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven...
(El genio de Shakspeare desde dentro): Huyamos.
Pero esto es Fausto puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo.
Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no á precipitación.
El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes. De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la luna, en fin, y yo os daré un drama».
Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción, distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra.
Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres, que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado, ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza de escritor ático, intencionado y habilidoso.
Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía.
Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por escribir una tercera parte del artículo.
Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío en que de la que falta ha de resultar que es bueno.
El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr. Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando salmos en honor del Sr. Echegaray.
«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor, desgarras y trituras el arte dramático.
Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y cantaré tus alabanzas.
Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.
Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en picotear la escena.
La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad, ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad y la impotencia.
Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los barriste como lodo de las plazas.
Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas tus maravillas.»
Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.
Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche. Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita. Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos. Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno. ¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante, mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda. Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino! ¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene derecho á carecer de sentido común!
Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.
Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas excepciones, tenemos también corazón como los demás.
¡Qué noche aquélla! Fué La última noche del señor Echegaray. Después le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea, sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días. Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.
D. JOSÉ ZORRILLA
las nueve; á las nueve en punto de la noche. Se había anunciado con la debida anticipación en los periódicos y la tabla de anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante:
«El viernes á las nueve de la noche el eminente poeta D. José Zorrilla dará lectura pública de algunas composiciones inéditas.»
No podía estar más claro. Y no obstante aún me quedaba un resquicio de duda. Verdad que el autor del Tenorio estaba vivo, pero había dejado de pisar muchos años hacía la tierra española. Fatigado de regocijar nuestras moradas con sus melodiosos cánticos, el misterioso pájaro había levantado el vuelo y yo no sabía dónde lo había posado; en qué paraje risueño y frondoso, bajo un cielo azul, había fabricado su nido. ¿No podría haber otro D. José Zorrilla á quien le hubiese convenido nacer poeta? Un tanto extraño parecía en este caso que la tabla de anuncios del Ateneo le apellidase eminente, mas la crítica severa y concienzuda no ha sido jamás el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda, ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las empuja á los negros abismos de la filosofía alemana, se había apoderado de mi alma, cuando tropecé con un empleado de la casa.
—Este D. José Zorrilla que aquí se mienta ¿es verdaderamente D. José Zorrilla?
La pregunta no podía ser más directa, más clara, más concreta.
—Creo que sí, porque el señor presidente ha mandado preparar un refresco para esta noche.
La respuesta era precisa y categórica. Ningún artículo de El Siglo Futuro fué en la vida ni más claro ni más contundente.
Quedamos en que era D. José Zorrilla el que había de leer aquella noche varias composiciones inéditas.
¡Es decir que iba á hallarme frente á frente del prodigioso mago que había evocado en mi espíritu juvenil sueños infinitos, azules, verdes, rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces canciones arrullaron las horas melancólicas de mi adolescencia; con el cometa fulgurante que al promedio del siglo apareció en los cielos del arte, y cuya cola, formada por miríadas de tomos de poesías, aún no ha traspuesto por entero el horizonte!
No faltaré; de ningún modo faltaré. Aunque necesite perder un sermón de Sánchez de Castro ó un drama del P. Sánchez, no faltaré.
En tanto que la hora llegaba, empecé á meditar—cosa bastante rara en un crítico—acerca del romanticismo.
El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad, orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación.
El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada; un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc.
Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita, Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era indispensable el decir que ardía en ansias ó que se hallaba encadenado por un déspota inhumano, para que se le creyera. El cuello de la niña había de ser albo forzosamente y los cabellos madeja de oro, los ojos lanzarían mortíferos venenos, dado que no hubiera en ellos un Cupidillo que disparase mortales saetas; los labios serían hibleos, las mejillas de nácar y el seno tomaría la denominación de pomas de nieve ú orbes torneados. La poesía, en resumen, se hallaba estereotipada.
En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas. Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza—á la cual no siempre han sido fieles—y más arraigada que otra alguna, la de tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande desesperación no la habían presenciado los siglos.
Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan con elocuencia el Childe-Harold y el Manfredo de Byron, el René de Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores.
Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay! Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr. Vilanova».
Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.
Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena!
El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios. Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido. Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido parecían decir:
«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías, de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos, sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría, no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros: perdonadme, señores, perdonadme.»
Y á mí se me encogía dentro del pecho el corazón y me asaltaban deseos irresistibles de decir:
«Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias á Dios, no somos todos sabios los que aquí nos reunimos. Desde mi asiento estoy viendo á varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos hay que la opinión pública califica de tales, pero ya sabe usted que la maledicencia en nuestro país no respeta nada, y que no es posible poner trabas á las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos del francés y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que todos lo fuésemos. ¿Piensa usted que habrá sabio alguno, por tonto que sea, á quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha creado? ¿Piensa usted que esta poesía amaneradilla y artificiosa que hoy está de moda osará chistar mientras se alce en los aires el son de sus dulces y frescas melodías?»
Esto diría seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje á pensarlo, con otras muchas cosas que el lector irá conociendo seguramente si no se queda rezagado en la lectura de este artículo.
Situémonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho, situémonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles de la poesía. Desde aquí, desde el lugar empingorotado donde plugo á mi voluntad colocarme, no acierto á ver ningún lindero; el huerto de los clásicos es una prolongación del de los románticos, ó tal me parece al menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya á la mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas fraternizan con efusión. Los ingenios que los han cultivado están allí representados con tamaños muy distintos, sin que pueda asegurar que se haya atendido para nada ni á la época en que florecieron ni á la escuela en que militaron. Por ejemplo, allá veo á Calderón que está representado por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Sánchez de Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de la nariz y le hace estornudar.
Mas en realidad mi obligación en este momento es no acordarme para nada de Sánchez de Castro y no quiero dar un paso más por este terreno escabroso. Así, pues, convirtiendo mis ojos á Zorrilla, observo que su talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas españoles de este siglo, y sólo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me ocurre que esta observación tomada del natural, como ahora se dice, no enternecerá el corazón de los poetas que hoy figuran; mas ¡ay! consiste en que el corazón del poeta, blando y sensible para el canto del ruiseñor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de piedra berroqueña para los versos de su vecino.
La poesía de Zorrilla es una flor de los campos, risueña, fresca, suave, fragante. Nació sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel sitio algunos granitos de semilla traídos de París. Nació porque Dios quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de la vida se tiende á descansar un instante en los dominios del arte. La regadera de la ciencia no ha venido á chapuzarla mañana y tarde. En los días de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches de hielo no ha tenido á su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por las quemaduras del sol. Pero tornabais al día siguiente y la encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo reflejos.
Porque Zorrilla es un gran poeta, á despecho de la ciencia, á despecho de la Academia de la Lengua, á despecho de sus torpes imitadores y hasta á despecho de sí mismo. Infinitamente más poeta que otros que poseen mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores.
Á la flor de la poesía dedicámosle hoy cuidados exquisitos y prolijos. No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espíritu á las groserías de la letra. Mas déjenme ustedes admirar de buena voluntad á aquellos árboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los bosques de mi país, y no tanto á aquellos otros del Buen Retiro cortejados sin cesar por la mano solícita del jardinero y recibiendo el agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar.
Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jamás las medidas á la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea nacieron en su mente á un tiempo mismo, como la luz y el color. Si á Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancaríais las alas y pronto veríais con qué dificultad se movía por la tierra. Si quisierais enseñarle la prosa, veríais cuán torpemente se expresaba, como esos pobres mirlos á los cuales sus dueños ¡progresistas! se empeñan en enseñar el himno de Riego con la flauta.
La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma al Sr. Grilo. Mas la prosa sólo puede expresar lo que se concibe en prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradicción en sus sentimientos, que no es fácil empeño introducirlos en la prosa sin sacarla de quicio. El verso, según dicen, es el lenguaje intermedio entre la prosa y la música. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho más á la música que á la prosa. Por eso penetra más fácilmente que ningún otro poeta en nuestra alma y se guarda más tiempo en la memoria. ¿Quién en España no sabe versos de Zorrilla? ¿Quién es el que no ha sentido el aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba?
Voy á figurarme que cruzáis por un país extranjero. En una sala espléndida, muy bien arrebujada con riquísimas alfombras y tapices, chisporrotea un fuego malicioso haciendo guiños y prometiéndolas muy felices al aterido contertulio, que descalzándose los chanclos y sacudiéndose la nieve, alza la cortina diciendo: «Good evening gentlemen».
Ya estáis de la parte de adentro, y al compás de vuestros pasos se alza un repique adulador en el cristal de las arañas y en la porcelana de las mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se apresuran á reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de un grande hombre. Así que llegáis á las cercanías de la chimenea, os inclináis con mucha gracia y estrecháis una mano más blanca que el manto con que en aquel instante se embozan los árboles del jardín, más suave que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero aquella mano pertenece, á mi entender, á una lady de alabastro con ojos azules. Habláis del tiempo, por supuesto, habláis del príncipe de Gales, habláis de sport, y hasta, si os parece oportuno, habláis de los ojos azules de mylady. Todo esto á mí no me importa poco ni mucho. Pero la conversación viene á caer sobre materia de poesía, y entonces ya pongo el oído para escucharla. Mylady tiene gran pasión por Tennyson, y se empeña en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es, encontráis divino. Á la lectura del idilio sigue un silencio, y al silencio esta pregunta: «Decidme, my dear, ¿qué poetas tenéis en vuestro país?»
¡Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separáis la vista de la argentada lady, y la sacáis por el balcón á pasear por otros espacios. Una lágrima tiembla en vuestros párpados, que no llega á caer, porque aquella lágrima pertenece á la patria y no quiere pisar tierra extranjera. Allá, muy lejos, detrás de la nieve, hay una región feliz donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias. Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin cesar un coro de bendiciones al firmamento límpido...
«Señora, el primero de nuestros poetas se llama D. José Zorrilla. Sus versos son el más preciado regalo de los oídos españoles. Ninguno ha conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan melodioso y tan flúido. Sus versos tienen el color de nuestras flores, el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle de lágrimas. Ninguno tampoco más nacional. Su espíritu nos pertenece de tal modo, sus pensamientos están ligados por tan estrechos lazos á la tierra española, que en vano querríais formaros idea de su encanto los que no habéis balbuceado jamás plegarias á la Virgen, los que no habéis escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesía, como nuestro sol, no se puede traducir.»
Sí; estoy seguro de que estas ó parecidas palabras saldrían de vuestra boca, porque en tal instante no querríais semejaros al asno de la fábula, que dispara furiosas coces sobre la frente del león moribundo. Quizá en vuestro corazón tendríais ya reservado este papel para algún amigo de Madrid. Y no diríais mentira. El troquel que acuñó los versos del Capitán Montoya y Margarita la tornera bajará al sepulcro de Zorrilla, y tal vez se guarde allí por siempre. Aquellos fantásticos caballeros de la tradición no tornarán ya á este mundo, tan vivos, tan altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por entre una reja el tósigo del amor, no serán tan puras, tan risueñas, tan ideales. Las noches de Andalucía, diáfanas ó brumosas, los bosques, las tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los suspiros del amor, ya no tendrán pincel que los retrate y los difunda por la tierra. ¿Qué jinetes osarán en lo porvenir cruzar de noche un bosque de este modo?
Muerta la lumbre solar,
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
á caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones,
y vense por los arzones
las pistolas asomadas.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, por que se presuma
cuál de los dos vale más,
castor con cinta el de atrás,
y el de adelante con pluma.
Etc., etc.
¿Qué náyade se atreverá en adelante á salir del fondo del agua en esta forma?
Tocó en el haz del agua
su cabellera blonda;
quebró la frágil onda
su frente virginal.
Dejó el agua mil hebras
entre sus rizos rotas,
y á unirse volvió en gotas
al limpio manantial.
Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en más de una ocasión la gramática. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada incorrección pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las voy á decir.
Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las Academias, como el estado político de las naciones no progresa por la labor de las Cámaras altas. La tarea de unas y de otras es de conservación y resistencia: nada más. Los idiomas progresan por el impulso que les comunica un gran escritor ó por el nuevo aspecto en que los ofrece. Sin acudir á países extraños, donde hallaríamos grande copia de ejemplos, y ateniéndonos solamente al nuestro, consideremos que el más singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha sido quien abrió más amplios horizontes á la lengua, comunicándole el mayor grado de flexibilidad á que pudo aspirar jamás idioma alguno. Observemos de paso que Cervantes no está notado de escritor correcto y castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgándole cada cual su propia y peculiar fisonomía. Quevedo, Rivadeneira, Solís, el P. Isla, etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana, llevando siempre un nuevo color á su exquisita urdimbre.
En tiempos más cercanos, ¿quién no recibirá deleite leyendo la prosa tersa y elegante de Jovellanos, ó los versos sonoros de Quintana, ó la acerada frase de Larra? Y no obstante, éstos, que serán siempre dechados del buen decir, no lo son de corrección y pureza.
Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras adquirió el más alto grado de dulzura y armonía. Cuando hayan desaparecido los correctísimos escritores que tan duramente le zahieren por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases hayan vuelto á la tierra de donde salieron, aún vivirá Zorrilla y sus canciones andarán en boca de los hombres.
Mas, á todo esto, todavía no he preguntado al poeta que me ocupa en qué ideales se inspira. Es extraño, muy extraño; mucho más extraño tratándose de un sujeto que lleva varios años de socio del Ateneo.
Iba á remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente La siesta. Mas ahora corresponde preguntar: ¿Cuál es el ideal de La siesta?
Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa.
EPÍLOGO
Alguna vez le he vuelto á encontrar en las calles de Madrid, triste, cabizbajo y acompañado de López Bago.
El genio, vaya ó no vaya acompañado de López Bago, es digno de respeto.
Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro á dejarle la acera.
D. RAMÓN CAMPOAMOR
ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, El amor y el río Piedra. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste; suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á parar al escepticismo, dirán ustedes.—Tal vez.—¿Y entonces?—Entonces ¿qué?...—Nada.
Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla, el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano, pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido. Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros próceres del Reino.
En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos.
Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo, unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich, de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la conclusión es la siguiente.
Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.
No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para la emisión del pensamiento, se le llama humorista, aunque la palabra no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma. Humorista, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El humorismo es un soplo delicado que se esparce por todos los pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo. Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida, colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El humorista ríe; pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira risa. El humorista llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa. En este mundo no todo arranca lágrimas. El humorista ridiculiza los actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata, antes vivifica. Cervantes, el más grande de los humoristas, ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar, y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos.
Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta humorístico. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan fétido, puf!»
Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y Lo absoluto. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de los Pequeños poemas para arrojarlas de sí enteramente.
Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr. Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.
En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan, se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en mis palabras ninguna alusión concreta?
La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor. El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de los españoles leyesen los poemas de Byron y de Gœthe.
Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso, quedándose tranquilo con su pobre pero honrada silva, es un rasgo de audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo. Verbi y gracia: días atrás he visto los pequeños poemas de un joven vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes poetas!
La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su opinión sobre el siguiente caso.
Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila. Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.
Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un modo decisivo en la opinión.
Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la de Melita?
LAS DOLORAS
Pregunta. ¿Qué son doloras?
Respuesta. Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengañadas, que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á la poesía, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayón y algunos otros distinguidos críticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayón, no dudan en calificar de filosófico.
P. ¿Es ésta, por ventura, la definición aceptada y seguida en las escuelas?
R. No señor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios estamos de acuerdo. El señor Marqués de Molíns «tiene para sí que tales poesías, sencillas como la anacreóntica, ligeras como el madrigal, picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la sátira». No me es posible, sin embargo, acostarme á la opinión de este varón eminente.
P. Y el nombre de doloras ¿de dónde lo hubieron?
R. El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza á los condes, supone que tuvo origen en algún misterio del corazón. Y efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de encerrar misterios. Pero ¿tenemos acaso derecho á introducirnos en su vida privada?
P. Mas dejando á un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno en este instante discutir las grandezas de la tierra, ¿cuál es vuestra opinión (entendiendo que os pido la mejor que tengáis) sobre las doloras de Campoamor?
R. No sólo os daré mi opinión, sino también la de mi familia, en el caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco dadas á la metafísica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y discretas. Predomina en ellas la imaginación sobre el sentimiento, y esto es precisamente lo que las aparta de los lieder alemanes, con los cuales guardan más de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y donaire y nos dicen más á veces con una mueca, que el Sr. Perier con un discurso. Ríen mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en decir que tienen poco corazón.
P. ¿Por qué habéis dicho de ellas que son muy desengañadas?
R. Porque no he querido llamarlas escépticas. No se dirá jamás que yo he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, aún se verá claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me acuerdo de ciertas preciosas jóvenes que después de dos ó tres acometidas infructuosas de matrimonio se deciden á tener ojeras y á estar distraídas cuando se las habla, plegando sus labios húmedos y rojos con una sonrisa irónica, y paseando su belleza por teatros y salones con la misma unción que si mostrasen las tablas de la ley al pueblo israelita. Aquellas jóvenes no son escépticas; sienten la belleza, sienten la religión, sienten el arte y sienten el matrimonio. Pero están desengañadas.
P. ¿Qué tenéis que decir sobre su moralidad?
R. Dirigíos, si tenéis empeño en saberlo, al cura de la parroquia.
P. ¿Y qué opináis del comentario que el Sr. Rayón va poniendo á cada una de las doloras?
R. Bien echo de ver, por la pregunta, que no habéis visto jamás unas láminas que suelen traer los libros de cirugía, donde aparece primero el rostro hechicero y virginal de una niña, y en la página siguiente este mismo rostro despojado de la piel.
P. ¿Por qué decís que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á la poesía?
R. Porque en algunas de ellas el pensamiento es tan poético, que merece una expresión más pura y armoniosa que la que el Sr. Campoamor le presta, y en otras tan prosaico, que no hay razón para lanzarlo á los espacios de la poesía en alas de la versificación, cuando debiera discurrir á pie por la tierra como el vulgo de los mortales. Muy lejos de mí la idea de dividir las palabras en legales é ilegales, cual si fuesen partidos de oposición. Si hubo un tiempo en que multitud de vocablos no podían tener acceso á la vida del arte, hoy por fortuna el cuarto estado del diccionario ha roto sus cadenas, y en la más encopetada poesía se tropieza sin sorpresa con palabras de un origen muy humilde. Mas con ser esto tan cierto como justo, no os daréis por ofendido si opino que, cuando en la mente del escritor se presenta un pensamiento lúcido y como si dijéramos de sangre azul, el escritor se encuentra en la imprescindible obligación de procurarle el traje que conviene á su rango, al paso que cuando llama á su puerta un pobre diablo lleno de harapos y greñas, la caridad no le ordena más que alargarle un plato de potaje para remediar su hambre.
P. ¿Y creéis que las doloras llegarán á formar un género literario?
R. No, padre.
P. ¿Y en qué os fundáis?
R. En que el carácter de las doloras no está determinado por su forma, sino por su fondo. Ahora bien; el fondo de las doloras es el mismo talento poético del Sr. Campoamor. ¿Creéis que un talento tan original tendrá muchos hermanos?
P. ¿Cuáles son las mejores á vuestro juicio?
R. Aunque son muchas las que me gustan, en general considero superiores las comprendidas en la cuarta parte, no sé si por su belleza intrínseca, ó por la aureola que las presta el no llevar comentario de Rayón.
EL DRAMA UNIVERSAL
No tengo predilección por el poema simbólico ó fantástico. Algo parecido me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasión, es decir cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jamás. Mas no por eso dejo de comprender la afición á los poemas simbólicos. Es una afición tan plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espíritu, abierto á todos los mariscos y á todos los poemas, sabrá, ya que la vez se presenta, tributar los honores debidos al Drama universal.
Allá en otro tiempo, sin embargo, sentía yo verdadera pasión por las ostras. Mas he aquí que un amigo escribe un poema simbólico, y lo que es aún más generoso por su parte, se decide á leérmelo. Bien sabe Dios que jamás he exigido á ningún amigo que me lea un poema simbólico. Comprendo que la amistad tiene sus límites, y por eso si él no se ofreciese espontáneamente á leérmelo, nunca me hubiera aventurado á pedírselo. Me llevó á su casa, me regaló el paladar con unas ostras y me leyó su poema simbólico. Por la noche soñé unas cosas espantosas. Un mar embravecido, negro como la tinta, arrojaba á la orilla donde yo estaba una cantidad de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba cubierta enteramente por ostras que destilaban fríamente su licor viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir á toda prisa, pero en vano, porque á cada paso aquel maldito licor me hacía resbalar. ¡Qué angustia! El mar seguía rugiendo y arrojando ostras y ostras. Parecía que se habían dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del mundo. Por último desperté, y noté que me dolía la cabeza. Después, creo que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un océano de caldo. Cuando salí de la cama, al cabo de varios días, había perdido casi todas mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simbólicos.
Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introducción al juicio crítico de El drama universal. ¡En vez de disertar ampliamente sobre los orígenes y vicisitudes del poema simbólico al través de las edades, me entretengo en hablar frívolamente de una indigestión de ostras! Me están hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al respetable público que si me empeño soy capaz de ofrecerle una erudita introducción fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece invitarme á ello. La hora; el sitio—que es la biblioteca del Ateneo de Madrid;—el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que puedo escribirla impunemente. Enfrente de mí, detrás de los cristales de un armario, percibo los lomos verdes, rojos ó grises de los libros mejores para el caso. Allá veo uno que dice con caracteres de oro: Schlegel.—Histoire de la litterature ancienne et moderne; más allá otro que dice: Hallam.—Introduction to the literature of Europe in the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries; más allá: Leveque.—La science du beau; y á este tenor otras muchas obras monumentales y sublimes que llevan en sus entrañas ricos veneros de citas. ¡Cómo me miran las taimadas!—«Anda, ven acá, parecen decirme, ábrenos y verás cuántos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes la digestión rápida, como decía Schiller, verás cuán fácilmente te convertimos en sabio.»
Es una fuerte tentación, pero sabré resistirla. Para algo me ha dado Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba á mi nodriza en los primeros meses de mi vida.
Voy, pues, á expresar sin una sola cita y con las menos palabras posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinión sobre El drama universal.
No sé, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al escribir El drama universal. Probablemente sería (lo saco por el título) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar más adelante, me conviene indicar que las obras artísticas más trascendentales conocidas hasta el día, no son precisamente aquellas en que el artista vió al escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Véanse, por ejemplo, el Quijote de Cervantes, el Hamlet de Shakspeare, Edipo en Colona de Sófocles, y tantas otras en que la poderosa intuición, y todavía pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo á los parajes más recónditos de la filosofía.
Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en él pasiones humanas. El Sr. Campoamor fué muy dueño de encarnar estas pasiones humanas en seres fantásticos, pero yo también lo soy de preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el asunto del poema. El señor Campoamor fué muy dueño de dividir el amor en tres categorías: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por Jesús el Mago; pero yo también lo soy de pensar que no existe más que uno. Y porque no existe más que uno, el personaje que lo encarna, Honorio, es el único que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que participa á la vez del orden físico y del moral, amor que se mueve dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr. Campoamor oponga á este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad, que es una abstracción. Las abstracciones, que generalmente vienen del Norte, son frías como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie en un poema simbólico, casi siempre es para echarlo á perder. Soledad, como ser abstracto, no consigue interesar á nadie. El amor purísimo y castísimo que profesa á Palaciano parece copiado de un libro de misa. En cuanto á Jesús el Mago, á pesar de sus apariciones y desapariciones, á la hora en que escribo estas líneas no sé todavía á punto fijo qué papel juega en el poema.
El problema de la lucha del espíritu y la materia, que es el fondo metafísico de El drama universal, tiene poco de poético planteado en la forma simbólica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general, los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y están siempre como forasteros. Parecen á esos ingleses lacios y fatigados que recorren nuestras ciudades del Mediodía en busca de un rayo de sol para calentar su helado corazón. ¿Y Fausto? me dirán ustedes. En primer lugar, Fausto es la obra gigantesca de uno de los más grandes poetas que registra la historia del Arte. Después (dicho sea esto con perdón de mi muy querido é ilustre amigo Urbano González Serrano), la metafísica de la segunda parte de Fausto me seduce mucho menos que el drama de la primera. ¡Ay! á este tenor, ¡cuántas veces me gusta más la criada que me abre la puerta de alguna casa, que su señorita!
Mas si dejamos á un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que otro) la trascendencia del Drama universal, y pasamos á considerar lo que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesía, ¡con cuánto placer echara mi pluma á caza de frases lisonjeras! Aparte de la monotonía que engendra el cuarteto, aun más monótono que la octava, no conozco otra obra en la moderna literatura española que la aventaje en riqueza de imágenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no puedo seguir á caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa más ó menos grave á
L O S P E Q U E Ñ O S P O E M A S
Río abajo, río abajo, no se va á parar al escepticismo. Si alguno dijera lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artículo, mi opinión es que no se le debe hacer caso. Río abajo, río abajo, podrá ir á parar al escepticismo el autor de este artículo, que es hombre vulgar, para quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta y decae en realidad es su imaginación. El autor de este artículo podrá muy bien dentro de algunos años ver el mundo al través de mil prosaicos desengaños y de su propia fatiga; podrá renegar de las flores, las mujeres y las lágrimas, declarándose ciego partidario de los calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero ¿quién puede tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frívolo cuanto insignificante autor de este artículo?
Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de este artículo. Si es así, declaro que no ha sido mi ánimo, ni lo será jamás, inferirle el más pequeño agravio.
El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espíritu verdaderamente poético, no envejece. El espectáculo que le rodea no le agita, pero le impresiona como en sus mejores años. Yo opino que aún mejor que en sus primeros años. ¡Oh! ¡quién llegara á su edad con una imaginación viva y fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! ¡Pues qué! dentro de treinta años, la brisa que venga de bosque en bosque á murmurar á nuestro oído, ¿será por ventura menos tibia y traerá menos perfumes? La ola lejana del mar, bañada por la luz del mediodía, ¿será menos brillante y azul? Las aguas de los ríos ¿correrán al través de las sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el Océano? ¿Las flores soltarán, fatigadas de vivir, sus pétalos, allá en la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre nevados, que se columbran desde el balcón de mi casa, ¿serán menos hermosos cuando el sol les dirija su última mirada?
¡Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el Sr. Campoamor. Los pequeños poemas son la poesía del ocaso; pero ¡qué ocaso tan espléndido! Ese sol, como el de su país y el mío, se pone más hermoso aún que se levanta. ¡Qué luz tan suave, qué ternura y qué melancolía tienen los últimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los espacios insondables, ese sol no corre ansioso soñando dichas imposibles allá en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido nubes que le empañaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba extasiado las flores que crecen por la tierra.
La fantasía del poeta llega á comprender, después de haber discurrido por el mundo de los sueños y de las verdades, que muchas cosas le calentaron sin razón y otras le enfriaron sin motivo. Los jóvenes se arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que más se destacan y brillan, y abandonan por insignificantes é indignos otros más pobres y modestos. Así podemos observarlo en las obras de la escuela romántica.
Los pequeños poemas han venido á demostrar cuánta sinrazón hay en ello. Con una ironía dulce, con una sensibilidad tierna, con una fantasía sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas florecitas que no han conseguido fijar nuestra atención ni detener nuestro paso. Poco á poco forma con ellas un ramo, y al enseñárnoslo nos estremece de placer y remordimiento. Aquí es una pobre joven que viaja en un tren expreso, herida mortalmente de un desengaño de amor. Allá es una novia que enrojece y tiembla y medita á la vista de un nido. Más allá es una pobre niña que espera á todas horas una carta que no viene. En todas partes lo humilde, lo pequeño; jamás lo brillante y elevado. Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas, y llega á fascinarnos como lo más soberbio. Por eso ahora, si veo á una niña que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo siempre: ¡quién sabe si llevará un nuevo desengaño á Dorotea! Cuando viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil negruras y fantasmas que antes no percibía. Y si en el fondo del carruaje veo reclinada una joven rubia «digna de ser morena y sevillana», siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana.
Así es el Arte. El poeta añade cada día nuevos mundos al que Dios ha sacado de la nada.
D. ANTONIO F. GRILO
ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr. Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo, lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de La Ilustración Española y Americana. En vano recuerdo haber oído de los autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos». En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo mejor.
Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas, ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.
Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que, sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.
Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras. Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas. En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no dudaréis ni por un instante de mi lealtad.
Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de los morales, esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc., cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán causar á mis enemigos mucho daño.
Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas, que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros, dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de Echegaray.
En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo, me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.
En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su contenido.
Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.
Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún modo puede pasar sin ella!
Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!
Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo. En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías, por ejemplo, á la titulada Al borde del abismo, y nos convenceremos de ello.
Empieza esta composición:
A la orilla del mar; casi sin luna,
sin una luz apenas,
un ¡adiós! nuestras almas se decían
en la noche desierta.
Dos infinitos batallaban solos
en la muda ribera;
el de aquella imposible despedida
y el de la mar inmensa.
Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición el adverbio casi interpolado en el verso primero. No es posible decir de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto menguante.
El adverbio apenas del segundo verso presta al casi del primero un apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición, declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna, con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser una situación verdaderamente desesperada.
Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada Las Ermitas de Córdoba. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr. Grito sin escribir Las Ermitas de Córdoba, me estremezco. Yo no comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo recitar, con las manos quietas, Las Ermitas de Córdoba, es uno de esos goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para su hastío en esta milagrosa composición!
Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma. Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de La Ilustración Española y Americana:
AL RÍO PIEDRA
¡Niágara de Aragón! ¡Del alta cumbre
tus ondas vuelcas de luciente plata,
cuyo raudal sonoro se desata
de saltos en vistosa muchedumbre!
¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
en torrentes de espuma se dilata,
y ruedas de una en otra catarata,
copiando el iris en cristal y lumbre!
¡No hay peña que á tu paso no sonría
mientras filtras tus gotas una á una
de la gruta en el ámbito indeciso!
¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
las hadas, á los rayos de la luna,
bajaron á este nuevo Paraíso!
Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.
Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas, creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra (que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora, pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las muchedumbres.
El segundo cuarteto dice que
«¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
en torrentes de espuma se dilata,
y ruedas, etc.»
No veo aquí tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre el sujeto y el verbo. Ese desfachatado ruedas tiene todo el aire de sublevarse contra el agua.
En cuanto á las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en cristal y lumbre, me veo en la precisión de confesar que aunque me eran conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere á las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, después de todo, no tiene mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografía está haciendo en estos últimos tiempos unos progresos increíbles.
Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno, absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos! No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución, por peligrosa y extremada que sea.
«¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
las hadas, á los rayos de la luna,
bajaron á este nuevo Paraíso!»
Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que eso no está en su carácter.
Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro. El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había concluído la cuerda.
No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje, que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: La Musa del Sr. Grilo. Y nada más.
Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona, del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.
—Dígale usted que pase adelante.
Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese abierta, tranquila y un si es no es fría.
Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría, porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía, bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos los demás intermedios.
—¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de tomar asiento.
Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes casos.
Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa notara la inquietud que me causaba, dijo:
—No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el pasillo.
Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más extraños é inverosímiles.
—Señora, ¿podría saber?...
—¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo corresponde á Dios.
—Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos.
La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo, pero no lo dijo.
—Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente, podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío; meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo.
Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo:
—¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso!
Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente. Parecía que iba á ahogarse.
Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.
Respetemos los grandes dolores.