PROEMIO
AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido, ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero, lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos, temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas.
Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño eterno.
En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está Fulano!»—Contestaré á este gesto y á este cargo.—En primer lugar, es preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.
Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas».
La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante.
Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos.
Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco, orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se come la mitad del idioma castellano.
Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos. Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea, que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente, melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».
Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se ha portado.
La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no será tan fácil percibirlo.
Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y la novela española bajo el brazo.
FERNÁN-CABALLERO
O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la lectura de Juan Palomo. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de París y Sierra Morena. Juan Palomo, Juan Valjean, Juan Lanas, La Dama de las Camelias, Los Siete Niños de Écija, El Caballero del Águila, Candelas, Manolito Caparrota, y muchos otros de igual jaez, á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita, como diría La Correspondencia.
Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por lo mismo en perjuicio de mi humanidad y humanidades, porque me tornaba cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos, y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet, Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía también de amables personajes esta tertulia.
No cabía duda que los viernes del Sr. Palacio Valdés eran de lo más ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.
Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas, me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas, para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas inverosímiles.
Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el deber que he contraído de escribir para el público.
Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones, juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de la experiencia.
He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de familia y tratar personalmente á la mística Elia y á la sensible Lágrimas. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de disimulo que no asomara la oreja de negro en la ocasión menos prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.
¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría, tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para el buen orden y progreso de la literatura.
Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.
Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto. Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.
¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga, manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir, son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los licenciosos cromos de hogaño.
Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano, y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.
Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.
¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?
Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los menesterosos. Es una moral de primera comunión.
Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.
No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la moderna literatura romancesca de Francia.
Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda amarga y deletérea de Lelia no alcanza á disiparla la cándida y mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso, siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda, el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno, pero que toca en los confines de la vulgaridad.
Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un derroche de moral.
La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista. Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el sit tibi terra levis[4], en vez del requiescat in pace. De los accidentes más nimios de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas partes trata de ir á Roma.
Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas; una sensibilidad que algún sacristán llamaría de rúbrica. Pero es intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad todo el negro de su paleta.
Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo. El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se quebró Gloria. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.
La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición. Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.
La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y disminuye en no poco el interés de la novela.
Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque no digan, sobre todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía. Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los gladiadores, que muera con gracia.
El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado ambiente.
¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!
D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN
OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma sobre otro de la misma camada.
Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los arremangados brazos y la soberana pierna de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.
Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.
¿Pero qué tiene que ver esto con la política?
¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si es cantonal ó retrógrado.
Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.
Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias novelas de Alarcón, ¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de Norma y algunas otras.
Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas, llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca. Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones de ultratumba.
Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios! ¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables (las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.
Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y hago merced también del Diario de un testigo de la guerra de África, de las Cosas que fueron y de alguna otra producción literaria del autor, para convertir mi atención y mi crítica al Sombrero de tres picos.
Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el Sombrero de tres picos es lo mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad exquisita del espíritu engendra producciones como El escándalo, yo, á despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en campo abierto contra la diligencia.
Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no anticipemos los comentarios.
La historia verdadera ó fingida que se narra en el Sombrero de tres picos era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.
Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).
En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en otra más reciente hecha en colaboración en El Siglo Futuro. Créame el Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que por un vaso sucio. El sombrero de tres picos está escrito con una pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón haya ningún escándalo y sí muchos sombreros de tres picos.
Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita; ¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas, cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su alguacil Garduña, una emboscada á la virtud selvática de la señá Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con expresión satánica:
¡También la corregidora es guapa!
Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.
En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza, la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel conflicto.
Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases felicísimas del narrador.
En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional, ingenioso, castizo y picante.
¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!
Veamos El escándalo. Antes de empezar su examen, signémonos en la frente, en la boca y en los pechos y digamos: Yo pecador me confieso... El asunto es una confesión, no la confession d’un enfant du siècle, sino la d’un enfant gatté. Dura cuatrocientas treinta y tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.
Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte. Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí mismo elegante charrette. Una vez en la celda del Padre Manrique, Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante, que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de preguntas de mucho efecto.
Pero no entremos en teologías. La trama de El escándalo es una madeja enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se termina.
Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.
Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son los personajes de El escándalo. Causa verdadero asombro el que Alarcón haya podido dar interés á su novela con semejante personal.
Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que inunda toda la obra.
Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón. Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y torne cuanto antes, á su antigua manera de componer novelas frescas, animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.
Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy alto, urbi et orbi, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla tanquam tabula rasa, y que si un día se ha atrevido á escribir una novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone por esta vez, que no lo volverá á hacer.