ESCENA II.
[Otra habitacion.]
MANFREDO Y HERMAN.
HERMAN.
Senor, vos me habeis ordenado el venir a encontraros al ponerse el sol; vedle que va a eclipsarse detras de la montana.
MANFREDO.
iBien! quiero contemplarle.
[Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.]
Astro glorioso, adorado en la infancia del mundo por la raza de hombres robustos, por los gigantes nacidos de los angeles con un sexo que, mas hermoso que ellos mismos, hizo caer en el pecado a los espiritus escarriados, desterrados del cielo para siempre[4]; astro glorioso, tu fuiste adorado como el dios del mundo, antes que el misterio de la creacion fuese revelado; obra maestra del Todopoderoso, tu fuiste el primero que regocijastes el corazon de los pastores caldeos sobre la cumbre de sus montanas, y el reconocimiento les inspiro bien pronto los homenages que te dirigieron; divinidad material, tu eres la imagen del gran desconocido que te ha escogido para que seas su sombra; rey de los astros, y centro de mil constelaciones, a ti es a quien la tierra debe su conservacion; padre de las estaciones, rey de los climas y de los hombres: las inspiraciones de nuestros corazones, y las facciones de nuestros rostros son la influencia de tus rayos. No hay ninguna cosa que iguale la pompa de tu salida, de tu curso y de tu puesta… A Dios, ya no te volvere a ver; mi primera mirada de amor y de admiracion fue para ti; recibe tambien la ultima: nunca alumbraras a un mortal, a quien el don de tu luz y tu calor suave hayan sido mas fatales que a mi… Se ha ocultado … quiero seguirle.
[Manfredo se va.]