MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.

EL CAZADOR.

No, no, permaneced todavia, partireis mas tarde, vuestro espiritu y vuestro cuerpo tienen necesidad de mas descanso. De aqui a algunas horas estareis mejor, os servire de guia, ?pero adonde iremos?

MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito guia.

EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire anuncian un hombre de un nacimiento distinguido; vos sois sin duda uno de los senores cuyos castillos dominan los valles; ?cual es vuestra morada? Yo no conozco sino la puerta de los palacios de los grandes. Mi modo de vivir me conduce muy rara vez a sus vastos hogares, para sentarme alli al rededor del fuego con sus vasallos; pero los senderos que se dirigen a dichos castillos me son muy conocidos desde mi infancia. ?Cual es el que os pertenece?

MANFREDO.

Poco te importa.

EL CAZADOR.

iY bien! perdonadme mis preguntas; pero dignaos estar mas alegre. Venid a gustar mi vino; es muy viejo: muchas veces me ha confortado el corazon en medio de nuestros hielos; recurrid a el para reanimar vuestro valor. Vamos, bebamos juntos.

MANFREDO.

Separa, separa esa copa; isus bordes estan mojados con sangre! iNo vere nunca esta sangre sepultada bajo la tierra!

EL CAZADOR.

?Que quereis decir? ?vuestros sentidos estan turbados?

MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia sangre, la sangre pura que corria en las venas de nuestros padres y en las nuestras, cuando en los primeros dias de nuestra juventud no teniamos sino un corazon, y nos amabamos como no hubieramos nunca debido amarnos. Esta sangre ha sido derramada, pero se eleva eternamente de la tierra y va a tenir las nubes que me cierran la entrada del cielo, en donde tu no estas y en donde yo no estare jamas!

EL CAZADOR.

iHombre singular en tus palabras, a quien sin duda persigue algun remordimiento y a quien el delirio manifiesta las fantasmas! cualesquiera que sean tus terrores y tus penas, todavia hay consuelos para ti en la piedad de los hombres justos y en la paciencia….

MANFREDO.

iLa paciencia! iy siempre la paciencia! esta palabra fue creada para los hombres dociles y no para las aves de presa… Predica la paciencia a los mortales formados con el miserable polvo, yo soy de otra especie.

EL CAZADOR.

iGracias a Dios! yo no quisiera ser de la tuya por la gloria de Guillermo Tell. Pero cualquiera que sea el mal que te oprime, es preciso soportarle, y todos esos movimientos convulsivos son inutiles.

MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mirame: yo vivo.

EL CAZADOR.

Tu te agitas con terror, pero no vives.

MANFREDO.

Te respondere que he vivido muchos anos, y que no cuentan por nada en el dia en comparacion de los que me faltan vivir. Veo delante de mi siglos, el infinito, la eternidad, mi conciencia y la sed ardiente de la muerte que me atormenta sin cesar.

EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente la edad de la virilidad, yo cuento muchos mas anos que tu.

MANFREDO.

?Crees que la existencia depende del tiempo? Las acciones; ved nuestras epocas. Las mias han multiplicado mis dias y mis noches al infinito; los han hecho innumerables como los granos de arena de una costa, y los han convertido en un desierto arido y helado alque vienen a espirar las olas que al retirarse no dejan sino cadaveres, escombros de las rocas y algunas yerbas amargas.

EL CAZADOR.

iAy! ha perdido el juicio, pero yo no debo abandonarle.

MANFREDO.

iQue no le haya perdido como tu dices! todo lo que ahora veo no seria sino el sueno de un cerebro enfermo.

EL CAZADOR.

?Que ves pues, o que crees ver?

MANFREDO.

A ti y a mi, un paisano de los Alpes, tus modestas virtudes, tu choza hospitalaria, tu valerosa paciencia, tu alma arrogante, libre y piadosa; tu respeto por ti mismo fundado sobre tu inocencia, tus dias llenos de salud, tus noches consagradas al sueno, tus trabajos ennoblecidos por el riesgo y sin embargo esentos del crimen, tu esperanza de una dichosa vejez y de una sepultura pacifica, en donde una cruz y una guirnalda de flores adornaran los cespedes, y a la cual serviran de epitafio los tiernos sentimientos de tus nietos: esto es lo que veo; y si miro dentro de mi mismo … pero ya no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida….

EL CAZADOR.

?Y no cambiarias con gusto tu suerte por la mia?

MANFREDO.

No, amigo mio, yo no querria hacer un cambio tan funesto paro ti, y no lo haria con ningun otro viviente. Solo, puedo resistir a mis angustias, solo, puedo vivir soportando lo que los otros hombres no podrian conocer, ni aun en suenos, sin perder la vida.

EL CAZADOR.

?Como con este generoso interes por tus semejantes, puedes verte cargado de crimenes? cesa de decirmelo; ?un hombre capaz de un sentimiento tan tierno puede haber inmolado a su furor a sus enemigos?

MANFREDO.

No, no, ijamas! he sido cruel con los que me amaban, con aquellos a quienes yo amaba. Jamas he dado un golpe a un enemigo sino en mi legitima defensa; pero iay! mis caricias eran fatales.

EL CAZADOR.

iQue el cielo restituya la tranquilidad a tu alma! ique el arrepentimiento te vuelva a ti mismo! yo te prometo mis oraciones.

MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de ellas; pero no desprecio tu piedad, me retiro; a Dios. Te dejo este bolsillo, igualmente que mis gracias, no hay que rehusarle … esta recompensa te es debida … no me sigas … conozco mi camino, no tengo que atravesar los senderos peligrosos de la montana; lo repito otra vez, no quiero que se me siga.

[Manfredo se va.]