XVII

Largo rato estuvieron hija y padre sin pronunciar una palabra. Ambos tenían sin duda algo que decir; pero ninguno quería ser el primero en romper a hablar. Soledad tenía la cabeza inclinada, las manos en cruz. Don Urbano miraba al techo. Por fin, con voz ronca y un acento de ironía que en él no era común, se expresó así:

—A ver, hija mía, dime dónde está nuestra Providencia, dime dónde está nuestro Dios. Que vea yo ese Dios y esa Providencia, aunque solo sea por un instante.

Soledad contempló con lástima profunda la deplorable figura de su padre, que parecía un muerto con voz y movimiento. Compadeciole más aún por el triste estado de su alma sin fe.

—Padre, no dude usted de Dios —dijo acercándose a la cama—. Todavía puede castigar más.

—¿Más todavía? ¡Ah! Cuando venga el castigo, ya estaré yo en el otro mundo. De modo que... ¡ahí me las den todas!

Una carcajada de insensato siguió a estas palabras. Pero el espíritu de aquel desgraciado varón solía tener bruscas defensas y reacciones contra el escepticismo. La presencia y la voz dulce de su hija produjeron hondo sacudimiento en el espíritu del hombre enfermo.

—Ven acá —le dijo llorando—, ven y dime algo bueno. Consuélame. ¿Te parece que nuestra situación es lisonjera?

Soledad se arrojó en los brazos de su padre.

—Es triste —dijo—, muy triste; pero, ¿no podremos encontrar algún amigo que nos salve?

—¿Amigos nosotros? ¡Qué absurdo has dicho! —murmuró Gil bebiéndose sus lágrimas—. ¡Oh! Si Anatolio viniera...

—Eso es seguro.

—Sabe Dios si le volveremos a ver. Los guardias huirán, saldrán de España... Esto es horrible... Nada me importa por mí, que moriré; pero tú, tú... ¿Quieres morir?

—Yo, sí; pero cuando Dios lo ordene...

—Pues no nos da pruebas de querer que vivamos. Hija de mi alma, ¿has visto conflicto semejante? ¿Crees en la posibilidad de que salgamos bien de esta agonía?

—Sí lo creo.

—¿Cómo?

—Pidiendo protección.

—¿A quién, loca, a quién? Sabes que dentro de algunas horas vendrán los patriotas, y nos prenderán.

—Quizás no, porque no hemos hecho nada.

—Sí, ve a convencer a esa canalla... Nos arrastrarán a una mazmorra; seremos ultrajados por la plebe soez... No quiero pensarlo. Antes mil veces la muerte para los dos, para ti y para mí.

—¡No, no, no! —dijo Soledad con ardor—. Buscaremos quien nos proteja.

—¡Ay! ¡Protección al desvalido, al triste, al abandonado!... No puede ser.

—¿Por qué no?

—¡Pero quién! Revuelve toda la creación, y dirás como yo: «muerte, nada más que muerte.»

—Yo digo que nos salvará algún amigo.

—Y yo digo: «descanso, descanso.» ¡Oh, qué dulce palabra!

Cerraba los ojos para contemplar dentro de sí mismo un remedo de la paz de los sepulcros.

—¡No, no, no! —repitió Soledad levantándose con resolución—. Yo saldré, yo buscaré quien nos ampare.

—Dime antes su nombre —murmuró Urbano abriendo los ojos con desvarío.

Solita sintió el violento sacudir de la voluntad, que vibra su rayo omnipotente en nuestro espíritu en momentos de peligro, y cerrando los ojos, olvidando toda consideración, pronunció un nombre.

El semblante de Gil de la Cuadra se contrajo, y sus labios articularon lastimero quejido.

—Me has traspasado el corazón —dijo después de una pausa, con voz muy queda y dolorida.

Solita callaba sin atreverse a añadir una sílaba más.

—Quizás pudiera hacer algo por nosotros..., de seguro podría... —añadió el viejo, rechazando con la derecha mano una figura imaginaria— ¡Pero no; atrás!... ¡Nunca! Hija mía, toma un cuchillo, atraviésame de una vez el corazón; mátame; pero no pronuncies ese nombre, no me mates así..., que esa muerte es demasiado terrible.

La infeliz muchacha apenas tenía ya alma para resistir tanto dolor.

—¡Todavía; pero todavía!... —exclamó oprimiendo su cabeza con ambas manos—. Cuando todo nos falta; cuando no hay calamidad que Dios no nos haya enviado; cuando nombramos a la muerte como única esperanza, nuestra... ¡todavía, señor, ese aborrecimiento, que es como el de los demonios!

—Todavía —murmuró la voz de Gil, profunda, hondísima, lejana, cual si sonara en lo más recóndito de su cuerpo—. Todavía y siempre.

Oyéronse golpecitos a la puerta y una vocecilla cascada que decía:

—¿Se ofrece algo?

Era la pobre anciana que cuidaba de Naranjo, mujer piadosa, sencilla y caritativa, aunque curiosa.

—¿Conque parece que nos quedamos solos? —dijo al entrar—. ¿Y qué tal va el señor Gil?

Como nadie le contestase, dirigiose a Sola y le manifestó su alto criterio terapéutico en estos términos:

—Al señor le convendría tomar una tacita de tila. Voy a hacérsela. ¿Hay lumbre en esta cocina?

—Hija mía, Soledad, Soledad —gritó bruscamente don Urbano, como el que despierta de un sueño—. ¿Dónde estás?

—Aquí... No me separo un instante.

—¿Sabes que no te veo?... —añadió el enfermo con mucha agitación—. ¿Pero hay luz en el cuarto?

—Luz hay.

—¡Ah!, sí... Ya distingo, ya veo algo... Pero nada más que sombras. ¿Estás aquí?... ¡Qué espanto! Me quedo ciego... Yo no te veo bien... ¿Hay alguien más en el cuarto?

—Nadie más. Doña Rosa ha pasado a la cocina.

—Dime: ¿has echado algo en mis ojos?... Yo no te veo bien... Me quedo ciego. ¿Has echado algo en mis ojos?

—¿Yo?

—Podía ser. Te empeñas en matarme. Como pronunciaste aquel nombre que era un puñal... ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué oscuridad es esta que me rodea? Soledad, mis ojos se nublan. Dime: ¿esto es morir? ¿Se muere así?

—Eso no es nada. Una irritación del cerebro. Procure usted dormir.

El anciano descansó su cabeza en la almohada, y parecía caer en profundo sueño.

—Si viniese Anatolio... —murmuró—, despiértame al instante. Quiero verle.

Un momento después dormía con letargo intranquilo. Se agitaba en el lecho, pronunciaba palabras, se oprimía con la mano el corazón, lanzando lastimeros quejidos. Soledad le contemplaba en silencio, sin pestañear, casi sin respirar, atenta a las vibraciones dolorosas de aquella triste vida que se extinguía por grados. Decir lo que pensó en aquellos breves instantes, cuántas ideas cruzaron por su inflamado cerebro como relámpagos tempestuosos; decir qué sentimientos le agitaron y qué palabras salían de su pecho y expiraban en sus labios sin modularse, fuera imposible.

La solícita doña Rosa la sacó de aquel estado.

—Es preciso tomar una determinación, niñita mía —le dijo—. Yo he visto muchos enfermos. ¿Qué le pasa a usted que parece de mármol? Muévase, determine algo. Conviene traer algunas medicinas. Mire usted, yo llamaría a un médico.

Soledad vio en toda su gravedad lo real de aquella situación. Dio algunos pasos de la sala a la cocina y de la cocina a la alcoba. Registró todo, y no encontró un solo ochavo. Después se detuvo de nuevo, sumergiendo su espíritu en honda meditación.

—Yo voy a salir —dijo de súbito a la anciana.

—Gracias a Dios que toma usted una determinación. Yo cuidaré al señor mientras usted vuelve.

—Voy a salir —repitió la joven con aplomo.

Púsose el manto y se acercó al enfermo contemplándole con atención profunda. Gil se movía con inquietud, se quejaba, pronunciaba como antes palabras confusas. Al ver la religiosa y profunda atención con que Soledad le miraba, creeríase que el espíritu del padre y el de la hija se comunicaban en regiones lejanas, desconocidas, allá donde las almas amigas se abrazan, rotos o aflojados los lazos de la vida.

Don Urbano, en su delirio, pronunció tres clarísimas palabras en tono de contestación. Al oírlas, Soledad se estremeció toda, y en el fondo de su alma resonaron con eco terrible las tres palabras.

Gil de la Cuadra había dicho:

—Sedujo a mi esposa.

Soledad, pasándose la mano por la frente, dio algunos pasos. Detúvose, clavando la vista en el suelo. Luchaba interiormente; pero al fin ganó la batalla, y dijo con resolución:

—No importa... Voy.