XXVII

Salvador entró al anochecer. Soledad, incurriendo en un error común a todos los que sufren vivas pasiones de ánimo, creyó hallar en su hermano una situación de espíritu semejante a la suya; pero su desengaño fue tan grande como triste cuando le vio taciturno y severo, esquivando la conversación, y nada semejante al hombre franco y alegre de aquella misma mañana.

Después de cenar, la huérfana y él se encontraron solos. Hablaron breve rato de cosas indiferentes, y como ella al fin se aventurara a indicar de un modo delicado la extrañeza que le producía ver tan intranquilo al que algunas horas antes parecía sereno y feliz, Monsalud le dijo secamente:

—Mañana hablaremos de eso, Sola. Esta noche no puedo. Estoy en poder del demonio.

Y se retiró. La huérfana permaneció cavilosa largo rato. Después sintió voces lejanas, y pasando de una habitación a otra, oyó hablar a la madre y al hijo; mas no pudo entender lo que decían, ni quiso intervenir indiscretamente en aquello que no parecía disputa ni altercado, sino más bien exhortación de la madre al hijo.

Retirose a su cuarto, y toda la noche estuvo sin dormir, dando vueltas en la imaginación a millares de ideas, de cálculos, de figuras, de discursos, que giraban con rápido torbellino alrededor de un hombre. Pudo tener por la mañana algunos instantes de descanso, y cuando se levantó, ya Salvador había salido. La explicación de lo ocurrido la noche anterior, diósela doña Fermina entre lágrimas y con los términos siguientes:

—No le puedo detener... ¡Se nos va!

—¡Se va! —exclamó Sola abrumada de pena.

—¿Quién es capaz de detenerle? ¡Pobre hijo mío! Es un caballo desbocado, un caballo salvaje.

—¿Y a dónde va?

—¿Pues crees tú que yo lo sé? Dice que volverá pronto.

—¿Va solo?

—Se me figura que no... Nada: es locura querer quitarle de la cabeza esta escapatoria, tan parecida a las de don Quijote. Sin embargo..., conviene que tú le digas algo. Puede que de ti haga más caso que de mí... Entre tanto, ayúdame a arreglarle la ropa que ha de llevar.

—¿Todo esto?

—Sí..., todo esto, hija mía; lo cual me prueba que no le tendremos de vuelta la semana que entra.

El montón de ropa era imponente. Soledad se aterró al verle, y pensó en la apartada América; mas no era posible que se tratase de un viaje tan largo.

«¡Oh! Si así fuera —pensó la infeliz—, entonces sí que no tendría perdón.»

Más tarde regresó el joven a la casa, salió luego, volvió a entrar, recibió diferentes cartas y recados, de los cuales ninguna de las dos mujeres, con ser ambas medianamente curiosas, pudo enterarse. Pareció por último más tranquilo, y cuando se hallaba en su cuarto disponiendo algunos objetos que había mandado traer de la calle de Coloreros, entró Soledad casualmente.

—Hermana —le dijo—, ya sé por mi madre que ayer tarde estuvo aquí el guardia perdido. ¿Qué tal? ¿Estás contenta?

—Como antes —respondió Sola afectando indiferencia.

—¿Qué te ha dicho?

—Que retiraba su promesa, que no hay nada de lo dicho; en una palabra, que no quiere hacerme el honor de casarse conmigo...

—¿Y lo dices así, tan tranquila? —manifestó Salvador con asombro—. Pero, mujer, ¿tú has considerado bien...?

—Y ¿qué quieres, que llore por él?

—Naturalmente. Pero ¿qué razón da ese bergante?

—Una que no deja de tener fuerza, para él, se entiende. ¿No ves que he tenido amigos que me han protegido durante mi pobreza?... ¿No ves que a escondidas de mi padre he visitado sola a jóvenes de mundo?

—¡Ah! —gritó Monsalud con viveza y enojo—. ¿Salimos con eso? Pues no faltaba más. Veo que te han calumniado.

Solita salió. Como volviese a entrar al poco rato en busca de una nueva pieza de ropa, Salvador prosiguió:

—Esto no puede quedar así. ¿Has dicho que ese menguado duda de ti? Pues no lo consentiré, no lo consentiré.

—Sí, porque acaso eres tú omnipotente.

—Omnipotente, no... ¿De qué te ríes? Vaya, que estás de buen humor, cuando te acaba de pasar la gran desgracia de perder al que podías considerar como tu esposo.

—Estoy hecha a las desgracias.

—Pues yo..., yo convenceré a tu primo —dijo Monsalud con furor—, yo le pediré cuenta de este desaire que te ha hecho, sin motivo, sin fundamento. ¿Pues qué, no hay más que decir: «Rompo mi compromiso porque se me antoja»?

—Me parece que tú sigues en poder del demonio, como anoche —dijo Soledad en tono ligeramente festivo.

—Puede ser, puede ser —repuso él, aplacándose de improviso y cayendo en honda tristeza.

No hablaron más de aquel asunto, y él de ningún otro en lo restante del día, si se exceptúan estas palabras, que sonaron en los oídos de la huérfana como campanas de funeral:

—Que esté todo preparado para las diez de la noche.

El sol se puso, vino la noche, y las tres personas que van a cerrar esta historia se hallaban reunidas en el comedor de la casa.

—¿No tomas nada? —preguntó doña Fermina a su hijo.

—Nada —repuso este brevemente.

Paseaba de largo a largo, con lentitud, echada la cabeza hacia adelante y las manos cruzadas atrás. Parecía contar minuciosamente los ladrillos del piso. Callaban las dos mujeres; pero con sus alternados suspiros decían más que con cien lenguas.

Un reloj dio las nueve. Salvador se detuvo, y mirando a su madre, pronunció estas palabras:

—No, no puede ser.

—¿Qué? —preguntó la madre

—Que me vaya.

—Si lo hicieras como lo dices...

—Si no fuera porque es preciso cumplir... —murmuró, y al instante volvió al febril paseo.

—¿Has dado una palabra, una promesa de muchacho casquivano? ¿Eso qué significa?

—No puede ser, no —repetía.

—¿Qué? —preguntó la madre con ansia.

—Quedarme.

—Ahora es lo contrario. ¡Si piensas una cosa, y al cabo de un instante otra!... ¿Cómo nos entendemos? Pareces un lunático. Y a nosotras nos pegarás tu demencia, y tendremos la cabeza tan destornillada como tú.

—¡Desgraciado de mí! —exclamó el joven.

—¡Desgraciadas de nosotras! —dijo doña Fermina.

—¿Está mi baúl abajo?

—Está todo como lo has dispuesto.

En la huerta, y junto a la verja que daba paso a la calle, había una habitación pequeña, al modo de portería. El viajero mandó poner en ella su equipaje para que estuviese a mano cuando llegara el mozo que había de llevarlo al parador de donde partiría.

—Es una locura —balbució Monsalud.

Y colocándose entre las dos mujeres, las miró alternativamente con profundo cariño.

—¿Te vas ya? —indicó la madre con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Te vas por fin?

—Abrazadme las dos —dijo Salvador, extendiendo sus dos brazos con emoción que no podía disimular.

Las dos le abrazaron llorando.

—¿Te vas ya?

—No, me quedo. Abrazadme bien y no me dejéis salir. Amarradme si es preciso.

—¿Qué estás diciendo?

—Que no quiero marcharme; mejor dicho, que quiero y no quiero. Echadme cadenas. Madre, Sola, cerrad las puertas, tratadme como a un miserable loco. No merezco otra cosa.

—Pues se te atará —dijo la madre hecha un mar de lágrimas—. Hijo de mi corazón, ¿por qué eres tan loco? ¿Qué te ha dado? ¿Qué demonches de diabluras se te han metido en la cabeza?

—Vaya usted a saberlo... ¿Por qué soy loco? Porque sí. Querida Sola, manda cerrar todas las puertas; que no entre nadie, absolutamente nadie; que no llegue a mis oídos ninguna voz, que no reciba ningún recado. Si viene alguien, digan que me he muerto.

—Eso es, Solita: si viene alguien di que se ha muerto.

—¡Si pudiera morir fuera y vivir solo en mi casa!... —murmuró el joven dejándose caer en una silla—. ¡Qué fatigado estoy! No he viajado aún, y me parece que estoy de vuelta.

—Has corrido con la imaginación.

—¿Pero es cierto, hijo mío, es cierto que te quedas? Dime la verdad.

—Me quedo, sí. Debo quedarme. ¿No es verdad, Sola?

La huérfana le miró sin pronunciar palabra.

—Tienes razón: es una locura.

—Si yo no he dicho nada...

—Sí: has dicho que me quede.

—¿Yo?

—Sí, tú: me lo has dicho con los ojos, que suelen hablar más claro que la lengua.

Soledad bajó los ojos. Durante un momento leía en el rostro de ella como en un libro.

—Vaya, hijo, no hables más del asunto, y a dormir —dijo doña Fermina con evidentes señales de sueño.

Pasó largo rato. Doña Fermina, que no acostumbraba velar más allá de las nueve, tranquilizada por la resolución de su hijo, se durmió como un ángel.

Despertola Soledad para llevarla a su cama, porque la pobre señora parecía que se rompía el cuello con la inclinación de la soñolienta cabeza.

—¿En dónde está, en dónde está? —murmuró extendiendo las manos.

—Aquí, madre, aquí —dijo Salvador levantándola del sillón y sosteniéndola en sus brazos.

Retirose a su alcoba la anciana, y poco después dormía profundamente.