XVI

Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo, decíamos el último ora pro nobis, cuando sonó la campanilla del entresuelo y mandáronme que abriese.

—Es el vecino Lobo —dijo mi ama.

Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía.

—Señores —dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias—, hoy es día de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios!

—Nosotros no salimos a ver luminarias —contestó Requejo—, que harto tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda.

—¡Loado sea Dios! —añadió el curial—, y vivan los hombres ricos como D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia...

—La honradez, nada más que la honradez —dijo el tendero, rascándose los codos.

—¡Viva el comercio! —exclamó Lobo—. Lo que es la pluma, Sr. D. Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha de comer la tierra.

—Como usted ha servido al favorito...

—No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.

—No he visto jormiguita como el Sr. de Lobo.

—¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! —continuó el curial—. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta. Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos allá: ellas se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, Sr. D. Juan de Dios?

Inés contestó brevemente al saludo.

—Está un poco holgazana —dijo Restituta, mirando con desdén a la huérfana—. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco.

—Pues me parece bastante.

—¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.

—Pues es preciso trabajar —dijo Requejo—, porque, chiquilla, el garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.

—Ella es habilidosa —afirmó Restituta—, y sabe coser: solo que le falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el lucero de Santiagomillas.

—Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero —declaró benévolamente Lobo—. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede menos de quererla.

—Ya le dije cuando entró aquí —continuó Restituta— que los tiempos están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted, Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez, donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!

—Pues es preciso que trabaje —dijo D. Mauro—. Mi sobrina es una muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que, al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.

—Ya le he dicho —prosiguió Restituta— que mañana tiene que lavar toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura; y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo unas gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. ¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de Aranjuez!...

—Le conozco, sí —dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes verdes—. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.

—¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de malo.

—Pero ya le daremos cordelejo —continuó Lobo—. Como la parroquia de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.

Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente.

—Y ya veremos —contestó Lobo frotándose las manos—. ¿Pero qué hace ahí tan callado el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted a tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la boda? Animarse, señores, y anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque... la niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la Vicaría. Restituta con mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San Antonio para que esto se realice.

Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:

—Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien contestarme.

—¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.

—Ya te dije, hermano —indicó Doña Restituta—, que aunque ese es el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.

—¿Y por qué no he de decírselo desde luego? —contestó Requejo riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo—. Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...

—Dale... dale... —dijo Restituta—. ¿A qué viene hablar de esas cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada: no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, princesa?

—Nada, nada... yo la quiero y la estimo —afirmó Requejo—. ¿Por qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, señora hermana; y es que aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque, ya ven ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no trabaje.

D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la barba.

Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.

—¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? —dijo D. Mauro frunciendo el ceño—. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!

—¡Conmigo! —exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.

—Contigo, sí.

—Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se contesta de ese modo.

—¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? —indicó Requejo.

—Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme —dijo enérgicamente Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.

—¿Que no? —preguntó Restituta con un chillido de rabia—. Pues, indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que te hemos sacado de la miseria!...

—A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo —dijo la huérfana llorando—. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte.

¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba.

Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas almas. Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo palabrotas soeces.

—¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna... y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita Panza en trote. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer lo que yo mando, y nada más.

Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez, Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o el presidio.

Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si atribuir a la indignación o a la vergüenza.

Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:

—No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.

Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta del dormitorio, sentí la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; solo que de pronto... ¡Si él te quiere mucho, niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio.

También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.

—Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... —decía el leguleyo—. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre, que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella... Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba haciendo pucheros aquí mismo.

—Pero ya usted la ha visto —dijo D. Mauro, midiendo con grandes zancadas el piso de la trastienda—. La muchacha es un puerco-espín. Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me escupe la cara.

—Amigo D. Mauro —repuso el licenciado—, el sistema que ustedes siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi señor D. Mauro como si fuera el Demonio.

—Pues me parece —dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa cerviz—, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted? Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo... y nada más. Inesita no trabajará, porque si se me muere...

—Además —dijo Lobo—, procure usted ser amable con ella. Cuide algo más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.

—Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he de poner el traje bonito más que el día de San Corpus Christi. Nada, nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia.

—Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer pelafustán que pase por la calle.

Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo:

—Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. ¿Estaremos seguros?

Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se acostaron.

Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, donde estuvo más de una hora.