ESCENA IV

Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos y plantaciones ornamentales de variada coloración.

LUCRECIA, NELL y DOLLY; EL ALCALDE, LA ALCALDESA, sus DOS HIJOS, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, EL CURA, SENÉN.

Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.

EL CURA, sentándose con la Condesa y la Alcaldesa en un banco rústico, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los civilizados.

Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde solo por el gusto de verla, que siempre es grande, sino...

LUCRECIA

Ya, ya... Ha comido usted con él... y me trae algún mensaje; recadito por lo menos.

EL CURA

Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado ninguna comisión ni recado para la Condesa de Laín.

LUCRECIA

Entonces...

EL CURA

Lo que yo diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de amigo.

LUCRECIA, a la Alcaldesa, que se aparta discretamente.

No, no se retire usted, Vicenta. No hablamos nada reservado. Puede usted oírlo... Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá político, como si lo viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores espeluznantes.

EL CURA

No, señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida.

LUCRECIA

Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido. Es usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso de virtud. Se dan casos.

EL CURA

Habló mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus virtudes, su mérito no común, lloró...

LUCRECIA, que palidece, e intenta desviar la conversación.

También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió atraído por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre se le ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de Hualgayoc, olvidadas durante un siglo.

EL CURA

También nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño ardiente a sus nietas. Oyéndole hablar de ellas, hemos observado Angulo y yo cierta exaltación del afecto paternal, y una tenacidad monomaníaca en el propósito de estudiar y desentrañar los caracteres de una y otra... Por la incoherencia con que se expresa, no hemos podido apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene. Angulo cree más bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas de grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de verse juntos.

LUCRECIA

No será extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y altanería, lleven al buen D. Rodrigo a la locura...

EL CURA

No diré yo tanto. Solo apunto la idea de que el señor Conde, por su ancianidad, por su pobreza, por el estado de amargura e irritación de su espíritu, merece y reclama exquisitos cuidados, y de esto precisamente quería que hablásemos usted y yo.

LUCRECIA

Por mí no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde permanece en la Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le cuide, le agasaje, atienda con delicadeza a sus necesidades. Pero yo dudo que acepte estos beneficios dispuestos por mí. Usted le conoce...

EL CURA

Sí, y sé que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de la dignidad le impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca.

LUCRECIA, cruzándose de brazos.

Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta, dé usted su opinión.

LA ALCALDESA, con finura.

Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin que la vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida.

EL CURA, aprobando enfáticamente.

Mucho, mucho... Vicenta, con su talento admirable, nos indica el mejor camino. Pues bien: yo tengo una idea, que quiero someter al buen criterio de usted...

EL ALCALDE, presuroso, hacia la Condesa.

Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y dos Padres Jerónimos del convento de Zaratán vienen a ofrecer a usted sus respetos.

LUCRECIA

¡Ah!... Zaratán... Ya me acuerdo. Dí una cantidad para la restauración... y Rafael consiguió del Gobierno un dineral para que estos benditos pudieran instalarse.

LA ALCALDESA

¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien. Son finísimos.

EL CURA

Vamos allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia!

(Entran en la casa Lucrecia, el Cura, el Alcalde y su señora.)

SENÉN, en otro grupo, con Nell y Dolly, Consuelito y los niños del Alcalde, que no hablan ni a tiros.

¿Quieren ver la pajarera?

NELL

Lo que queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique.

DOLLY

Son preciosas. Ya podías regalárnoslas.

SENÉN

Están a su disposición.

DOLLY

¡Truhan! Ya sabes que no las tomaríamos.

SENÉN

¿Por qué no? Hagan la prueba.

NELL

Te morirías de rabia.

CONSUELITO

Las necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo.

DOLLY

¿Cuántas novias tienes? Dinos la verdad.

NELL

Lo menos dos docenas.

CONSUELITO

Que yo conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he visto de telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas con Amalia Ruiz, y es de dominio público que le mandas versitos a ese retaco de Hilaria Sevillano, y que ella te envía, con la mujer del peón caminero, peras de su huerta. Todo se sabe, amiguito.

SENÉN

Sí, y lo primero que sabemos es que se deja usted tamañita a La Correspondencia. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se entere, no han sido peras, sino abridores.

CONSUELITO

Y ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la niña, aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y conocen el oro falso, no te pasan... Tienes liga...

(No se oye lo que contesta Senén, porque Nell y Dolly, viendo pasar a un sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se abalanzan gozosas a llamarle.)

DOLLY

¡D. Pío, Pío, Piito, venga, ven acá!... entra.

CONSUELITO, dejando a Senén con la palabra en la boca.

¿Es Coronado, vuestro maestro?

NELL, gritando.

Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte.

DOLLY

No seas vergonzoso... ven.

SENÉN

No entrará ni a tiros. Es muy corto de genio. (Se asoman los cuatro, y ven a un anciano que se aleja calle adelante, y risueño saluda con la mano.)

NELL

¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más...!

Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor causa, a untarse las manos de tierra mojada. La Solitaria, viendo salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les despiden, corre a gulusmear. Fórmanse nuevos grupos: en un lado están el Cura, la Alcaldesa y Consuelito; en otro, el Alcalde, la Condesa, Senén y las niñas.

CONSUELITO, a la Alcaldesa.

¿Se puede saber a qué han venido los padricos de Zaratán?

LA ALCALDESA

Visita de parabién, y nada más. (Al Cura.) La verdad, D. Carmelo, aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no le dijo a usted los horrores que supone Lucrecia?

EL CURA, escurriendo el bulto.

Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces.

CONSUELITO

A esta buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su reputación... Ella será buena; pero no puede hacerlo creer a nadie.

LA ALCALDESA

Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa.

EL CURA

De todas las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la malicia, la envidia, el afán de los chistes, y...

CONSUELITO

Quite usted todo el jierro que quiera, y siempre quedará lo que es público y notorio.

LA ALCALDESA

¿Y quién te asegura que no sea invención?

CONSUELITO

No creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta Vicenta, cuando se pone a no querer entender las cosas...

LA ALCALDESA

Indicábamos que podría ser invención...

CONSUELITO

¿He inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su marido... y que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia?

LA ALCALDESA

¡Consuelo, por Dios...!

CONSUELITO

Hija, en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa. Bueno: que es mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo el mundo? Pues lo digo: a benevolencia nadie me gana. Pero también os aseguro una cosa: en mi fuero interno creo que el Conde de Albrit tiene razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como diría Senén.

EL CURA, riendo.

Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso.

CONSUELITO

Pero no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto que la cara de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a su suegro.

EL CURA

De mármol blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para los días de fiesta.

CONSUELITO

Yo no presumo.

EL CURA

Podía...

LA ALCALDESA, cortando la cuestión.

Basta. Mientras esta señora esté en mi casa, yo no tolero...

CONSUELITO

Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no le han dado hoy poquita ovación!... Y dice que no le gustan los vivas... A poco más revienta de orgullo.

EL CURA

Señora Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa del prójimo. Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus palabras, y enfrene un poco su curiosidad de las vidas ajenas.

CONSUELITO

¿Qué mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija de Dios, y de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace la ciencia que descubre tantas cosas.

EL CURA

La curiosidad perdió a Eva.

CONSUELITO

Hay opiniones...

EL CURA, riendo.

Es dogma.

CONSUELITO

Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa siento, acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo visto yo, para que nadie me lo contara.

LA ALCALDESA, viendo llegar a la Condesa.

Silencio... Aquí viene.

LUCRECIA

¡Pobre Senén! Las chiquillas le traen loco.

La inopinada presencia del periodista en la verja de entrada exige nueva intervención de la muleta del señor Alcalde. Preséntase también el director del orfeón. La Alcaldesa se ve precisada a poner coto a los juegos inocentes de sus hijuelos, y acude al estanque, donde se lavan las manos, mojándose la ropita nueva. Nell y Dolly llaman a Consuelito y al Cura. Senén y la Condesa se encuentran un rato solos.

LUCRECIA, sentada a la sombra de una magnolia frondosísima.

Ya sé que has visto a ese hombre, que le has hablado.

SENÉN, en pie, respetuoso.

Viene de malas.

LUCRECIA, disimulando su miedo.

¿Y qué me importa? Forzoso es darle algo para que viva... Me dejará en paz.

SENÉN

Lo dudo... Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y camorrista, querrá escándalo.

LUCRECIA, trémula.

¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo?

SENÉN, haciéndose el misterioso.

A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor Conde, me dijo que este, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga en su gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los desechos del pasado...

LUCRECIA

Como los traperos en los montones de basura.

SENÉN

Revolver para sacar... lo que encuentre.

LUCRECIA, muy inquieta.

Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y los criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las intimidades de sus amos.

SENÉN, enfáticamente.

En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal...

LUCRECIA

Lo sé... Confío en ti.

SENÉN

Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro porque tengo la honradez metida en las entrañas...

LUCRECIA

Lo sé... (Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de heliotropo que Senén despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia con él la nariz, fingiendo constipación.)

SENÉN

Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su carrera.

LUCRECIA, con hastío y desdén.

¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible.

SENÉN, quejumbroso.

No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte.

LUCRECIA

¿Pues qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el arzobispado de Toledo, o la cruz laureada de San Fernando?

SENÉN

Aspiro a una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré asegurar mi subsistencia en lo que me quede de vida.

LUCRECIA, impaciente, deseando que se vaya.

Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo?

SENÉN

Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que me nombren agente ejecutivo para la cobranza de Derechos Reales.

LUCRECIA

¿Y eso da dinero?

SENÉN

¡Que si da!...

LUCRECIA

¿De modo que pidiéndolo al Ministro...?

SENÉN

Como tenerlo en la mano.

LUCRECIA, levantándose, por huir del perfume y del perfumado.

Si es así, cuenta con ello.

SENÉN

Permítame la señora un momentito...

LUCRECIA

¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más?

SENÉN

Se me olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito fianza.

LUCRECIA, muy displicente.

¿También eso?

SENÉN

Una fuerte fianza.

LUCRECIA, sofocando su ira.

Yo no puedo ponértela...

SENÉN, dando un paso hacia ella.

Pero el señor Marqués de Pescara me la facilitará solo con que la señora se lo diga... o se lo mande.

LUCRECIA

¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas difíciles, enfadosas.

SENÉN, dando otro paso en seguimiento de la Condesa, que se aleja.

Si la señora no quiere molestarse para que yo salga de pobre, no he dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que el dinero estará seguro, y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de Depósitos.

LUCRECIA, deseando concluir.

Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo...

SENÉN, con seguridad.

Le verá mañana o pasado.

LUCRECIA, con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la fragancia heliotrópica.

¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde?

SENÉN

En Verola, a donde la señora va desde aquí.

LUCRECIA

¿Y cómo lo sabes?

SENÉN

Cuando lo digo, es porque lo sé... y lo pruebo.

LUCRECIA

¡Él también en Verola!... ¡Ah! lo sabes por su ayuda de cámara, que es tu primo. ¿Estás seguro?

SENÉN

Prométame la señora que si encuentra allí al señor Marqués le pedirá la fianza. Con eso me basta.

LUCRECIA, rehaciéndose, avergonzada de sostener coloquio familiar con un inferior.

Yo veré... Ignoro en qué disposición encontraré a Ricardo.

SENÉN, muy animado.

Prométame hablarle de mi fianza si le encuentra en buena disposición. Me conformo.

LUCRECIA

Te prometo no olvidar el asunto, mirarlo con interés... siempre que tú me asegures una lealtad a toda prueba...

SENÉN, con aspavientos de adhesión.

¡Señora!...

LUCRECIA, tapándose la nariz.

Retírate...

SENÉN

¿Qué... está la señora constipada?

LUCRECIA, burlona.

No, hombre... Es que usas unos perfumes tan fuertes, que no se puede estar a tu lado... Vete ya.

SENÉN, turbado.

Pues yo creía... No molesto más... (Saludando a distancia.) Señora...

LUCRECIA, agitando con su pañuelo el aire, para alejar los miasmas olorosos.

¡Qué desgraciada soy, Dios mío! ¡Tener que soportar a ese animalejo, y oírle, y olerle... solo porque le temo!...

LA ALCALDESA, que vuelve de meter en cintura a sus niños.

¿Qué hace usted, Lucrecia?

LUCRECIA

Limpiar la atmósfera de los perfumes que usa este imbécil.

LA ALCALDESA, riendo.

Sí, sí: tiene infestada... toda la población.

(Entra en el jardín Capitán, el perrito de la Pardina, y corre hacia las niñas, brincando de alegría, y meneando el plumacho que tiene por cola.)

DOLLY, bajándose para cogerle de las patas delanteras.

Hola, pillo, ¿vienes a ver a tus niñas?

NELL

¿Qué trae por aquí el chiquitín de la casa? Tú no has venido solo, Capitán.

DOLLY

¿Con quién has venido?

EL ALCALDE, a Lucrecia.

Ahí tiene usted a Venancio, con un recado del León de Albrit... Cuidado que no le llamo flaco ni gordo, ni hablo de sus pulgas.

LUCRECIA, demudada.

Voy... ¿Qué será? (Entra en la casa, acompañada de la Alcaldesa.)

EL ALCALDE, a Consuelito, que ávida de noticias se le aproxima.

Esta tarde no podremos librarnos del orfeón. Ya le he dicho a Fandiño que con un par de cantatas nos daremos por bien servidos.

CONSUELITO

Y echarán, aplicándolo a tu amiga, el coro dedicado a Isabel la Católica, que dice: «Salve, matrona excelsa...» (Cantando.)

EL ALCALDE

El tábano de Cea debiera celebrar su interbú contigo. Pero como estás sorda, le encargaré que se traiga una trompetilla.

CONSUELITO, amenazándole con su abanico.

¡Sorda yo!

EL ALCALDE

Quiero decir que debieras serlo... y muda.

CONSUELITO

Eso quisieras tú, para hacer mangas y capirotes en el Ayuntamiento.

LUCRECIA, que vuelve de la casa, con la Alcaldesa y el Cura.

Mi noble suegro me pide hora y sitio para nuestra entrevista. He dicho a Venancio que le contestaré esta tarde.

EL CURA

Me parece bien que no se demore el careo. Sea usted humilde si él es orgulloso. Tiene usted la juventud, la fuerza, no sé si la razón... Él es anciano, infeliz... Merece indulgencia.

LUCRECIA, mirando más al suelo que a los que la rodean.

No sé qué pretenderá... Lo sabremos mañana.

EL ALCALDE

Citémosle aquí. Verá usted cómo conmigo no se desmanda. ¡Leoncitos a mí!

LUCRECIA, vacilando.

No sé... no sé...

CONSUELITO

Si quiere usted celebrar la entrevista en mi casa, pongo a su disposición una sala hermosísima... Con franqueza. Estarán ustedes solitos... Se cierran bien las puertas...

LUCRECIA

No, gracias... Iré a la Pardina.

EL CURA

Fije usted la hora, y yo le llevaré el recado.

LUCRECIA

Mañana, a las diez.

LA ALCALDESA, desconsolada.

¡Mañana que pensaba yo llevármela a visitar a las monjitas!

EL ALCALDE

Y el colegio, y la fábrica, y el matadero, y los casinos de la masa obrera, y el hospital, y el instituto, y las escuelas... Condesa, que espere el león un día más.

LUCRECIA

No puede ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana.

LA ALCALDESA, con asombro y cierta indignación, de que participa su esposo.

¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...!

EL ALCALDE, dando resoplidos.

¡Trómpolis! Eso no es lo tratado.

LA ALCALDESA

No, hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días.

EL ALCALDE

Me opongo. Saco la vara.

EL CURA

Y yo saco el Cristo.

CONSUELITO

¡Ingrata! ¡Dejarnos tan pronto!

LUCRECIA, remilgada, suspirando.

Lo siento en el alma...

EL CURA

¿Pero tan mal la tratamos?

CONSUELITO, poniendo morros.

Sin duda la tratan mejor en Verola, en el castillo de sus amigos los Donesteve.

LUCRECIA

Compromiso ineludible. Me esperan mañana. Pero no hay que apurarse... volveré.

EL ALCALDE, con grosería.

¿De veras? ¡Cómo nos está tomando el pelo!

LA ALCALDESA

No, no nos engaña. Volverá.

LUCRECIA

Como que es muy probable que allí determine llevarme a las chiquillas... Francamente, me inquieta un poco dejarlas en Jerusa.

EL CURA, frunciendo el ceño.

Tal vez...

NELL, corriendo hacia su madre.

¡Mamá, el orfeón!

DOLLY

¡El orfeón! Ahí están.

NELL, batiendo palmas.

¡Qué gusto!

DOLLY

¡Qué alegría!

CONSUELITO, cantando bajito.

«Salve, matrona excelsa...»