ESCENA IV

NELL y DOLLY.—D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, MARQUÉS DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE POLAN, GRANDE DE ESPAÑA, etc... Es un hermoso y noble anciano, de luenga barba blanca y corpulenta figura, ligeramente encorvado. Viste buena ropa de viaje, muy usada; calza gruesos zapatones, y se apoya en garrote nudoso. Revela en su empaque la desdichada ruina y acabamiento de una personalidad ilustre.

NELL, observándole medrosa.

Es un pobre viejo... ¿Por qué nos mira así? ¿Nos hará daño?

DOLLY

Parece el Santa Closs de los cuentos ingleses. Pero no trae saco a la espalda.

NELL

¿Sabes que tengo miedo, Dolly?

DOLLY

Yo también. ¿Será un mendigo?

NELL

Si tuviéramos cuartos, se los daríamos... ¡Ay, no se mueve!...

DOLLY

Y ahora, en nosotras clava los ojos...

NELL, palideciendo.

Parece que habla solo... ¡Qué miedo!

DOLLY, trémula.

Y no pasa un alma. Si llamamos, nadie nos oirá.

NELL

No nos hará nada, creo yo.

DOLLY

Lo mejor es hablarle.

NELL

Háblale tú... Dile: «Señor mendigo...»

DOLLY

Mendigo no es. Parece más bien una persona decente mal trajeada. (Lánzase el perrillo con furiosos ladridos hacia el Conde.)

NELL

Capitán, ven acá...

DOLLY

¡Ay, Nell, yo conozco esa cara!...

NELL

Y yo también. Yo le he visto en alguna parte... ¡Ay, ay! (Se juntan las dos, como para protegerse mutuamente.) Ahora se adelanta... Nos hace señas...

DOLLY

Parece que llora. ¡Pobre señor!...

EL CONDE, con voz grave, avanzando.

Preciosas niñas, no me tengáis miedo. ¿Sois Leonor y Dorotea?

NELL

Sí, señor: así nos llamamos.

EL CONDE, llegándose a ellas.

Pues abrazadme. Soy vuestro abuelo. ¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado algunos años desde que me visteis por última vez. Erais entonces chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra gracia, con vuestra donosura angelical... (Las abraza, las besa en la frente.)

DOLLY

¡Abuelito!

NELL

Yo decía: le conozco.

DOLLY

Por el retrato te conocemos.

EL CONDE

Y yo a vosotras por la voz. No sé qué hay en el timbre de vuestras vocecitas, que me remueve toda el alma. ¿Y como es que los dos sonidos me parecen uno solo? Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras caritas como lo son vuestras voces?... No, no puedo veros bien, hijas de mi alma. Estoy casi ciego. Vamos, sigamos hacia Jerusa. (Capitán abre la marcha.)

NELL

¡Qué sorpresa tan agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo.

EL CONDE

¿Miedo a mí, que os adoro?

DOLLY

Senén nos dijo anoche que venías; pero no creímos que llegaras tan pronto.

NELL

¿Y cómo no has venido en el coche?

EL CONDE

Me molesta horriblemente el traqueteo de ese armatoste... y el venir prensado entre personas groseras y estúpidas... No, no... He preferido venirme a pie, sin más compañía que la de este palo, que me ha regalado un pastor de mis tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será viejo el hombre! Era yo un niño, y él un mocetón como un castillo que me llevaba a la pela por estos montes...

NELL

¿Pero vienes de Polan?

EL CONDE

Allí pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido pasito a paso por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah! Todos los caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las breñas, las rocas, los árboles... Hasta los pájaros creo que son los mismos de mi niñez... Esta hermosa Naturaleza fue mi nodriza. No podréis comprender, niñas inocentes que empezáis a vivir, cuán grato, y cuán triste al mismo tiempo, es para mí recorrer estos sitios, ni cuánto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y personas. Todo lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que desde el mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda en suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver pasar al desdichado Conde de Albrit. (Las dos niñas suspiran.)

DOLLY

Apóyate en mi brazo, abuelito.

NELL

En el mío.

EL CONDE

En los dos... Una por cada lado. Así... Me lleváis como en volandas.