ESCENA PRIMERA
Sala baja en la Pardina.
EL CONDE, sentado; EL MÉDICO, que entra a visitarle, y se sienta a su lado.
EL MÉDICO
¿Qué tal, señor Conde? ¿Ha pasado usted mala noche?
EL CONDE
Malísima... Insomnio, ideas lúgubres, ideas de exterminio; cosa nueva en mí, pues aunque de genio impetuoso y autoritario, nunca hice mal a nadie. Al contrario, mi ruina proviene del...
EL MÉDICO, interrumpiéndole.
Ya lo sé: del altruismo desordenado, de no saber contenerse en la generosidad y protección a todo bicho viviente.
EL CONDE, con amargura.
He cultivado la ingratitud. En el jardín de mi vida, las rosas que planté se me han convertido en zarzales, y entre ellos... no faltan culebras.
EL MÉDICO, pulsándole.
Tenemos que enfrenar los nervios, y, sobre todo, cerrar la llave, el grifo de la ideación, demasiado afluente.
EL CONDE
Facilillo es eso... ¡Tasarle a uno las ideas o medírselas con cuenta-gotas!
EL MÉDICO
Todo depende de que usted trate de contener su vida cerebral en los límites de lo presente, de lo práctico, y, si se quiere, de lo prosaico. ¿Me explico?
EL CONDE
Sí, hijo, sí. Entiendes por poesía la idea exaltada del honor, de la justicia. Es un rodeo parabólico para evitar el empleo de la palabra locura. (El Médico deniega, risueño.) ¡Y queríais curarme con la prosa de Zaratán!
EL MÉDICO, cortando todo motivo de excitación.
No se hable más de eso. Considérelo usted como una broma. Y si me apura, le diré que nos equivocamos... en el procedimiento, se entiende... (El Conde intenta decir algo; pero Angulo, que considera peligroso aquel tema, le quita la palabra cortesmente.) ¡Sí... la libertad, la preciosa libertad!... Estamos conformes... Ahora explíqueme usted por qué le encuentro hoy más desanimado y caviloso que otros días.
EL CONDE
¿Pero estás en Belén? ¿Ignoras que Lucrecia ha vuelto de Verola... y que viene de mal talante, y con la malvada intención de llevarse a las niñas?
EL MÉDICO
En su buen juicio, no desconocerá usted que las señoritas necesitan otro ambiente, otra sociedad...
EL CONDE, afligidísimo.
¡Privarme del único consuelo de mi vida! No, no lo consiento, no puedo consentirlo. (Airado, golpea el brazo del sillón.) Me opongo, me opondré resueltamente, y por cualquier medio, al inicuo monopolio que esa perversa quiere hacer del cariño filial.
EL MÉDICO
Sosiéguese... Ya trataremos de arreglarlo.
EL CONDE
Sí, sí... ¡Buenos arregladores sois vosotros! ¡Qué amigos me han salido en esta tierra, donde creí haber arrojado a manos llenas simiente de bendiciones!... ¡Pero qué remedio!... No puedo hacer que las piedras se vuelvan amigos.
EL CURA, entrando jovial, de rondón.
¿Qué... qué dice? ¡Ya nos está poniendo de hoja de perejil! (El Conde le mira y calla.) ¿Qué ocurre por aquí? Me dicen que el señor Conde desea verme...
EL CONDE
Sí, Carmelo... Caigo, me hundo, y en mi desolación me agarro a lo único que encuentro: a las piedras, a vosotros.
EL CURA
Comprendido: se agarra a lo firme, a lo que seguramente le sostendrá.
EL CONDE, con tristeza.
No sois buenos, no... (El Cura sonríe, y hace señas al Médico.) Pero no está el tiempo para disputas, Carmelo. No eres bueno; pero te necesito.
EL CURA, risueño.
Quiere decir que soy un mal necesario.
EL CONDE, impaciente por entrar en materia.
Dos palabras: te perdono lo de Zaratán, y a ti también, Angulo. Olvido la pesada broma, a condición...
EL CURA
A condición de que hagamos comprender a la Condesa que es una triste gracia arramblar con las niñas.
EL CONDE, dolorido.
Es inicuo, cruel...
EL CURA
Pero como a Lucrecia no le faltan motivos razonables para presentar a sus hijas en sociedad, a las manifestaciones que le hagamos en el sentido que pretende nuestro arrogante león de Albrit, contestará mandándonos a paseo. La cosa es tan lógica, tan sencilla, tan racional...
EL CONDE, vivamente.
Vete a verla, Carmelo; vete allá...
EL CURA
¡Si de allá vengo! Pero no ha querido recibirme. Ni las moscas pasan a verla. Según me ha contado Vicenta, viene la Condesa de Laín en un estado moral lastimoso. Algo ha ocurrido en Verola que la contraría, que la aflige profundamente. ¿Qué ha sido? Lo ignoramos. Dicen que está abatidísima, los ojos encendidos de tanto llorar, y la pena que agobia su alma la desahoga con los pobres pañuelos, haciéndolos trizas con los dientes.
EL CONDE, con hondo interés.
¿Y qué creéis vosotros? ¿Ese estado de su ánimo será favorable o adverso a lo que yo pretendo?
EL MÉDICO
Antes de responder, sepamos la causa de ese duelo.
EL CONDE
Sea lo que quiera, tú, pastor Curiambro, vuelves allá. Le dices que vas de parte mía...
EL CURA
¿De parte del león?... Razón más para que me dé con la puerta en los hocicos.
EL CONDE
No lo creas. Vas como representante de Albrit, para proponerle una transacción o componenda.
EL CURA
Ya me figuro. Puesto que se disputan las dos niñas... a dividir. Es un juicio harto más fácil que el de Salomón.
EL MÉDICO
Partes iguales. No está mal pensado.
EL CONDE, con gran viveza.
Ni puede concebirse solución más práctica y elemental. Una para ella, otra para mí... Pero es condición precisa que yo escoja la mía.
EL CURA
Sí, sí. Con proponérselo nada perdemos. Falta que se ponga al habla, y que yo pueda hoy dedicar mi tiempo a estos negocios. Señor Conde, esta noche predico.
EL CONDE
Ya tendrás tu sermón bien guisado... Preséntate a Lucrecia... pero pronto... No te descuides.