VII
Sacóles de la perplejidad en que ambos estaban una voz, precedida de discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿dan su permiso?» y la persona que entró fué don José Ido, que á preguntar venía por el enfermo y á dar las gracias por los auxilios de la noche anterior. Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía mucho mejor, y entabló un ameno coloquio con aquel excelente sujeto, mártir de la instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado por falta de aceite. Los tiempos estaban malos, y francamente, naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una espuerta de tierra en las obras del Ayuntamiento... ¡Y pensar que había en España diez millones de seres, con ojos y manos, que no sabían escribir!... ¡Y que él, hombre capaz de enseñar á escribir al pilón de la Puerta del Sol, no tuviese que comer...! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero esto era una nación ó una horda? Ido se inclinaba á creer que fuera una gavilla de empleados, una manada de cesantes y una piara de pretendientes... Por todas partes no se oían más que anuncios de revolución, y don José... francamente... le pedía á Dios que se armara la gorda lo más pronto posible, que todo se volviese patas arriba, y que viéramos á los generales y ministros yendo á esperar á los Reyes, y á los aguadores sentados en las poltronas... ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser grande para que el país se desasnara.
Felipe, mientras hablaba su amigo, había encendido la cocinilla económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban allí, en un papelejo; pero faltaba el azúcar.
—Si tuviera usted un poco de azúcar, don José...
—Precisamente—replicó el pendolista con generoso arranque,—ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.
Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á gloria.
—Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...
—Voy á ver... Puede...
Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de leche.
—Si se pudiera arreglar el señor con esto...
—Basta: muchas gracias.
Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día; tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos, ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.
Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:
—Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale la situación.
Á media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo espacio de tiempo, no había estado Miquis en completo abandono. Cirila, que no era un ángel ni mucho menos, pero sí un sér humano, había entrado á las once y le había dicho esto:
—He puesto un pucherito. Le traeré á usted una taza de caldo, ó unas sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si me da algo á cuenta, no le faltará nada.
No volvió Felipe con las manos vacías. Oigámosle:
—Cienfuegos no tiene un ochavo. Arias dice que si usted le da cinco duros, le hará un gran favor. Sí: para dar estamos. Poleró dice que vendrá á verle á usted esta noche, y Sánchez de Guevara me dió esta peseta para mí... ¡para mí! Bueno. El tío prisma salió muy tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca; el señor Completo salió á echar sus cartas, y me preguntó si estaba usted mejor. Le dije que sí, y echó un suspiro. Prisma dijo que... memorias... y que si se ofrece algo para París. ¡Ah!... Zalamero que vendrá también por acá... Bueno... ¡Ah! memorias de Julián, que salió conmigo á la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta. No quiso entrar... Bueno... Ahora viene lo gordo... (metiendo la mano en el bolsillo y sacando un objeto). ¿Á que no sabe usted quién me ha dado este duro? Si lo acierta... ¿á que no acierta? Pues me lo ha dado doña Virginia. Dice que le va á mandar á usted chuletas... que eso que usted tiene no es más que hambre, y que se cura con carne y jamón.
—¡Pobre Virginia! Es una buena mujer... Mira, dale el duro enterito á Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy me ha dado sopas.
—¡Ah!... don Basilio me dió este real... ¡para mí!... y que expresiones, y que no se acoquine usted.
Por la noche tuvieron de visita á Zalamero, Poleró y Arias. Hablaron tanto, que Alejandro se aturdió con el ruido; pero disimulaba su malestar por no privarse del gusto que tenía en la conversación. Lo único que dijo fué que hicieran el favor de no fumar mucho.
Poleró, con su vehemencia de costumbre, le decía:
—Anímate, hombre. Sal de esa cama. Hace ahora un tiempo hermosísimo. Si no fuera porque están cerca los exámenes y hay que empollar, te acompañaríamos más. ¿Y el drama? ¿Se representará la temporada que viene?
—Eso, seguro.
—Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz. Me han dicho que es mala adrede.
Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de Los Miserables, obra que por tales días cautivaba y embelesaba á tantos lectores. ¡Aquella Cosette!... ¡aquella Fantina!... ¡aquel Juan Valjean!... ¡aquel capítulo la tempestad bajo un cráneo!... ¡aquel polizonte Javert!... ¡aquel capítulo de las cloacas!... ¡aquel Fauchelevant!... ¡aquellas monjas del pequeño Picpus!... ¡aquella frase no hay que confundir las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango las patas de los gansos!... ¡aquel Gavroche!... En fin, todo, todo...
Con estas conversaciones, poníase Alejandro excitadísimo y le entraba ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba á pasar! Más valía que se fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos; pero entre todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche tres duros y dos pesetas.
—Adiós, adiós: á ver si te sacudes.
—Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba lo que me enviará mi padre.
Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre lo que acababan de ver.
—Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida. Él se ha matado.
—¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía: «Mira, que te estás matando.»
—La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?
—¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con sentido común?
—Si no hay quien le entienda...
—Es un desgraciado, un loco... Bien merecido le está.
Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa de noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos, fué todo uno.
—Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿Á ver ese pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí esos? ¿Ha habido conversación? Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia te mandará mañana unas chuletitas.
Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas palabras sacramentales:
—Veo que estás en fondos... No, lo que es este duro me lo llevo. Recuerda que me debes... Es decir, yo te debo más; pero me refiero á lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de las leyes. ¡Eh!... tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido la receta? Si á las diez no duerme, se lo das. Avisa á cualquier hora de la noche si hay novedad.
Incomodó á Felipe la franqueza con que el médico espoliaba el tesoro del enfermo; pero no se atrevió á decir nada. Cuando se fué Juan Antonio, hablaron un ratito amo y criado de la necesidad de llamar otro médico, el mismo que había venido al principio... Días pasaron sin ninguna novedad. Ido les acompañaba no pocos ratos, y ambas familias se favorecían mutuamente en sus tribulaciones. Á lo mejor tocaban á la puerta, y se veía asomar por ella el rostro agraciado de una niña de diez años, bonita, rubia, con la cara sucia y el vestir andrajoso:
—Don Felipe...
¿Qué quieres, muchacha?—preguntaba él asustado del don.
—Dice mi mamá que si por casualidad tiene usted una libreta.
—Sí, sí—respondía Miquis al punto.—Felipe, dásela.
—Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta, que cuando venga papá á la noche se la dará.
—Toma.
—Don Felipe, que si hace el favor de un huevo...
—Toma.
Gran regocijo y distracción tenía el enfermo cuando los dos chicos mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto, con gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos militares. Si no fuera por el ruido que metían, no les dejaría salir del cuarto en toda la tarde; pero á veces era menester darles algo para que callaran ó para que hicieran sus evoluciones en el pasillo con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que á pedir venía de parte de su mamá, era muy juiciosa, y á ratos les acompañaba contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el gato. Su papá había ido á casa del ministro para ver si lo quería colocar; ¡pero quiá! el ministro era un pillo... Decía su papá que iba á venir la gorda, y que él se alegraba, porque eso de que unos coman y otros no, francamente... Algunas tardes iba con su muñeca, que tenía toda la cara comida, y se ocupaba en vestirla y desnudarla con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando á este caballero.» Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por Felipe tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese. Á veces atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre cualquier insulso tema.
—¿Por qué te llaman Doctor?—le dijo un día.—¿Es que eres médico? Pues cúrame el gato, que está malito.