XXII
La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual nosotros no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo siguiente:
Ya sabemos la dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria, que va orillas del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado de Treviño. Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez, Crispijana y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos, penetra holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses la orilla izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas, y otro camino, el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército aliado, que se extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava. Dueños los franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la retirada, así como los pasos del río, y una posición excelente en las alturas que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas alturas eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las tropas inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con rapidez y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español Morillo atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una fortaleza feudal de antiguo llamada El Castillo; el general Graham, con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después de perderlos, hasta que definitivamente los poseían los aliados. Mientras estas luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se daba la verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del general Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el camino de Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por él todo el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún tenían piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería y la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas.
Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve a hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, dando en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella campaña y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín que un ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país expoliado.
En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran interés el drama oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande o pequeña que los ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales se calientan los sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la artillería y se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército, una ciudad portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por su destino. Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los equipajes, los coches, los botiquines, las camillas, representan la vida y la muerte. Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la batalla. Sin esto no se puede vencer, y con esto no se puede huir.
Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta. Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado, creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en cajas, dejando el mapa vacío.
Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses, impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba el tiroteo, hasta que llegaron a un punto en que divisaron claramente y a corta distancia las columnas en movimiento y las baterías escupiendo fuego. Allí dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su último paso, y los cocheros su último grito, y el afligido corazón de los viajeros el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la terrible sentencia: no se podía pasar.
—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez.
—Otra vez, señora...
—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está perdida!
—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la cabeza pidiendo informes.
—¿Dicen que se gana la batalla?
—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni me estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por Dios, la mano!
—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra.
—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita recobrando sus frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez del coche!... Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos mucho aquí?
—Per secula seculorum —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. Esto se acabó.
—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora, señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo?
—En el coche no es posible.
—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios mío, cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza?
El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor ha podido oír en el mundo.
—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas no pueden seguir...
—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean.
Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento.
—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí.
El oidor salió del coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo para devolverle su postura y forma prístina, semejante a la que tienen los mortales cuando no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo consiguió fácilmente el respetable varón, cuya figura, después que a sus anchas se desperezó y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas el liviano peso del cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas cerrado.
—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos? ¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma, usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted!
—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando que el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, no era un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria pesadumbre.
—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y blasfeman!... ¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, andemos un poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda perdida... ¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... ¡Yo también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen... ¡Oh, los ingleses! ¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces no, valiente joven, usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de pensar que un inglés pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá... ¿No habrá nadie que diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde estamos? ¿Dónde está mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado atrás! ¡Urbanito, Urbanito!
—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de todo.
—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud, no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala... Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito!
—Vamos por aquí... En estos casos es triste llevar consigo el valor de un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.
—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!... Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted... deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y quédese aquí... más vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los dos... Vamos..., no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún sitio... ¿Ve usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse dominar por la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos nuestro coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si me caigo; creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío! ¿No le parece a usted que voy a caerme?