XXV
La capilla de los reos de muerte, que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía, en verdad, decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada, que los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una pocilga como los departamentos en que moraban durante la causa. En la capilla entraban, movidos de curiosidad o compasión, muchos personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentilhombres, y no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo, aquel moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran, para burlarse de la vida que abandonaron.
No fue así don Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para él felicísima mañana del 4 de septiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus ojos brillaban. De un rojo insano se tiñeron sus ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir una rectitud y esbeltez que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva consternación, de tal modo, que ella parecía la condenada y él el absuelto.
—Querida hija mía —le dijo el anciano cuando juntos entraron en la capilla—, no desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia, no de lástima. Si yo tengo este fin mío por el más feliz y glorioso que podría imaginar, ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la naturaleza (cuyos códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha infundido instintivamente cierto horror a todas las muertes que no sean dictadas por ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con nosotros, que tenemos un espíritu valeroso, superior a toda niñería... Ánimo, hija de mi corazón. Contémplame, y verás que el júbilo no me cabe en el pecho... Figúrate la alegría del prisionero de guerra que logra escaparse, y anda y camina, y al fin oye sonar las trompetas de su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que anda y camina, y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de mi aldea, que es el cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi hijo Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo. Bendito sea el primer paso que he dado en esta sala, bendito sea también el último, bendito el resplandor de esas velas, benditas esas sagradas imágenes, bendita tú que me acompañas, y esos venerables sacerdotes que me acompañan también.
Soledad rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y don Patricio, fijando los ojos en el altar y viendo el hermoso crucifijo de talla que en él había y la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, experimentó una sensación singular, una especie de recogimiento que por breve rato le turbó. Acercándose más al altar, dijo con grave acento:
—Señor mío, tu presencia y esos tus ojos que me ven sin mirarme, recuérdanme que durante algún tiempo he vivido sin pensar en ti todo lo que debiera. El gran favor que acabas de hacerme me confunde más en tu presencia. Y tú, Señora y Madre mía, que fuiste mi patrona y abogada en cien calamidades de mi juventud, no creas que te he olvidado. Por tu intercesión, sin duda, he conseguido del Eterno Padre este galardón que ambicionaba. Gracias, Señora; yo demostraré ahora que si mi muerte ha de ser patriótica y valerosa para que sea fecunda, también ha de ser cristiana.
Admirados se quedaron de este discurso el padre Alelí y el padre Salmón, que juntamente con él entraron para prestarle los auxilios espirituales. Ambos frailes oraban de rodillas. Levantáronse, y tomando asiento en el banco de iglesia que en uno de los costados había, invitaron a Sarmiento a ocupar el sillón.
—Yo no daré a vuestras reverencias mucho trabajo —dijo el patriota, sentándose ceremoniosamente en el sillón—, porque mi espíritu no necesita de cierta clase de consuelillos mimosos que otras vulgares almas apetecen en esta ocasión; y en cuanto al auxilio puramente religioso, yo gusto de la sencillez suma. En ella estriba la grandeza del dogma.
El padre Alelí y el padre Salmón se miraron sin decir nada.
—Veo a sus reverencias como cortados y confusos delante de mí —añadió Sarmiento sonriendo con orgullo—. Es natural: yo no soy de lo que se ve todos los días. Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este. Pero de tiempo en tiempo, Dios favorece a los pueblos dándole uno de estos faros que alumbran al género humano y le marcan su camino... Si una vida ejemplar alumbra muy mucho al género humano, más le alumbra una muerte gloriosa... Me explico perfectamente la admiración de sus paternidades: yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores. Una vida consagrada a combatir la tiranía y a enaltecer la libertad; una muerte que viene a aumentar la ejemplaridad de aquella vida, ofreciendo el espectáculo de una víctima que expira por su fe y que con su sangre viene a consagrar aquellos mismos principios santos; esta entereza mía, esta serenidad ante el suplicio, serenidad y entereza que no son más que la convicción profunda de mi papel en el mundo, y, por último, la acendrada fe que tengo en mis ideas, no pertenecen, repito, al orden de cosas que se ven todos los días...
El padre Alelí abrió la boca para hablar; mas Sarmiento, deteniéndole con un gesto que revelaba tanta gravedad como cortesía, prosiguió así:
—Permítame vuestra paternidad reverendísima que ante todo haga una declaración importante, sí, sumamente importante. Yo soy enemigo del instituto que representan esos frailunos trajes. Faltaría a mi conciencia si dijese otra cosa; yo aborrezco ahora la institución como la aborrecí toda mi vida, por creerla altamente perniciosa al bien público. Ahí están mis discursos para el que quiera conocer mis argumentos. Pero esto no quita que yo haga distinciones entre cosas y personas, y así me apresuro a decirles que si a los frailes en general les detesto, a vuestras paternidades les respeto en su calidad de sacerdotes, y les agradezco los auxilios que han venido a prestarme. Además, debo recordar que ayer, hallándome en mi calabozo, traté groseramente de palabra a uno de los que me escuchan, no sé cuál era. Estaba mi alma horriblemente enardecida por creerse víctima de maquinaciones que tendían a desdorarla, y no supe lo que me dije. Los hombres de mi temple son muy imponentes en su grandiosa ira. Entiéndase que no quise ofender personalmente al que me oía, sino apostrofar al género humano en general y a cierto instituto en particular. Si hubo falta, la confieso y pido perdón de ella.
El padre Alelí, aprovechando el descanso de Sarmiento, tomó la palabra para decirle que tuviese presente el sitio donde se encontraba, y rompiese en absoluto con toda idea del mundo para no pensar sino en Dios; que recordase cuál trance le aguardaba y cuáles eran los mejores medios para prepararse a él; y, finalmente, que ocupándose tanto de vanidades, corría peligro de perder su alma. A lo cual don Patricio, volviéndose en el sillón con mucho aplomo y seriedad, dijo al fraile que él (don Patricio) sabía muy bien cómo se había de preparar para el fin no lamentable, sino esplendoroso que le aguardaba, y que por lo mismo que moría proclamando su ideal divino, pensaba morir cristianamente, con lo cual aquel había de aparecer más puro, más brillante y más ejemplar.
Esto decía cuando llegaron los hermanos de la Paz y Caridad, caballeros muy cumplidos y religiosos que se dedican a servir y acompañar a los reos de muerte. Eran tres y venían de frac, muy pulcros y atildados, como si asistieran a una boda. Después que abrazaron uno tras otro cordialmente a don Patricio, preguntáronle que cuándo quería comer, porque ellos eran los encargados de servirle, añadiendo que si el reo tenía preferencias por algún plato, lo designara para servírselo al momento, aunque fuese de los más costosos.
Sarmiento dijo que pues él no era glotón, trajeran lo que quisiesen, sin tardar mucho, porque empezaba a sentir apetito. Desde los primeros instantes los tres cofrades pusieron cara muy compungida, y aun hubo entre ellos uno que empezó a hacer pucheros, mientras los otros dos rezaban entre dientes; visto lo cual por Sarmiento, dijo muy campanudamente que si habían ido allí a gimotear, se volviesen a sus casas, porque aquella no era mansión de dolor, sino de alegría y triunfo. No creyendo por esto los hermanos que debían abandonar su papel oficial, comenzaron a soltar una tras otra las palabrillas emolientes que eran del caso y que tantas veces habían pronunciado, verbi gratia... «Querido hermano en Cristo, la celestial Jerusalén abre sus puertas para ti...». «Vas a entrar en la morada de los justos...». «Ánimo. Más padeció el Redentor del mundo por nosotros».
—Queridos hermanos en Cristo —dijo el reo con cierta jovialidad delicada—. Agradezco mucho sus consuelos; pero he de advertirles que no los necesito. Yo me basto y me sobro. Así es que no verán en mí suspirillos ni congojas... Me gusta que hayan venido, y así podrán decir a la posteridad cómo estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y qué bien revelaba en su noble actitud y reposado continente (al decir esto erguía la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás) la grandeza de la idea por la cual dio su sangre.
Pasmados se quedaron los hermanos, así como los frailes, de ver su serenidad, y le exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a las vanidades del mundo. Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en silencio.