II

—Pues ayer —manifestó el vivaracho—, le interrogué yo sobre eso del rusismo. Se mostró sorprendido, y me dijo que sus actos son la expresión de sus ideas, y estas le vienen de Dios; que no conoce la literatura rusa más que de oídas, y que siendo una la humanidad, los sentimientos humanos no están demarcados dentro de secciones geográficas, por medio de líneas que se llaman fronteras. Aseguró después que para él las ideas de nacionalidad, de raza, son secundarias, como lo es esa ampliación del sentimiento del hogar que llamamos patriotismo. Todo eso lo tiene nuestro don Nazario por caprichoso y convencional. Él no mira más que a lo fundamental, por donde viene a encontrar naturalísimo que en Oriente y Occidente haya almas que sientan lo mismo, y plumas que escriban cosas semejantes.

—Si es lo que yo digo —indicó el que había entrado con Zárate—. Ese es un tío muy largo, pero muy largo... No hay quien me apee de la opinión que formé de él el primer día. Estamos aquí haciéndole la corte al patriarca de los tumbones, y popularizando al Mesías de la gorronería... ¡Oh! convengamos en que hace su papel con un histrionismo perfecto, y que ha sabido llevar hasta lo sublime el carácter del farsante aventurero y vagabundo. Yo sostengo que este tipo es la condensación más acabada del españolismo en todas sus fases... sin negar que lo muy español pueda ser también muy ruso... entendámonos.

—Pero vengan acá, señores míos —dijo don Manuel atrayendo con su gesto y con sus palabras la atención benévola y cortés de toda aquella tropa—. Perdónenme si meto baza en sus discusiones. Piense cada cual de este desdichado Nazarín lo que quiera. Pero al demonio se le ocurre ir a buscar la filiación de las ideas de este hombre nada menos que a la Rusia. Han dicho ustedes que es un místico. Pues bien: ¿a qué traer de tan lejos lo que es nativo de casa, lo que aquí tenemos en el terruño y en el aire y en el habla? ¿Pues qué, señores, la abnegación, el amor de la pobreza, el desprecio de los bienes materiales, la paciencia, el sacrificio, el anhelo de no ser nada, frutos naturales de esta tierra, como lo demuestran la historia y la literatura, que debéis conocer, han de ser traídos de países extranjeros? ¡Importación mística, cuando tenemos para surtir a las cinco partes del mundo! No sean ustedes ligeros, y aprendan a conocer dónde viven, y a enterarse de su abolengo. Es como si fuéramos los castellanos a buscar garbanzos a las orillas del Don, y los andaluces a pedir aceitunas a los chinos. Recuerden que están en el país del misticismo, que lo respiramos, que lo comemos, que lo llevamos en el último glóbulo de la sangre, y que somos místicos a raja tabla, y como tales nos conducimos sin darnos cuenta de ello. No vayan tan lejos a indagar la filiación de nuestro Nazarín, que bien clara la tienen entre nosotros, en la patria de la santidad y la caballería, dos cosas que tanto se parecen y quizás vienen a ser una misma cosa, pues aquí es místico el hombre político, no se rían, que se lanza a lo desconocido, soñando con la perfección de las leyes; es místico el soldado, que no anhela más que batirse, y se bate sin comer; es místico el sacerdote, que todo lo sacrifica a su ministerio espiritual; místico el maestro de escuela que, muerto de hambre, enseña a leer a los niños; son místicos y caballerescos el labrador, el marinero, el menestral, y hasta vosotros, pues vagáis por el campo de las ideas, adorando una Dulcinea que no existe, o buscando un más allá, que no encontráis, porque habéis dado en la extraña aberración de ser místicos sin ser religiosos. He dicho.

Celebraron los buenos chicos el discurso del venerable don Manuel, y cuando alguno, con el respeto debido, a contestarle se disponía, llegaron nuevos visitantes, dos damas y dos caballeros aristocráticos, que anhelaban conocer a Nazarín, y tres o cuatro personas más, gente literaria o política, que ya le había visto y deseaba sondearle de nuevo, porque entre sí traían grande y enmarañada discusión sobre si era un tunante muy largo o un sencillote con la cabeza trastornada.

—¿Qué? ¿no podemos verle? —dijo sobresaltada una de las damas.

—Habrá que esperar a que salgan los que están dentro... la pintura, señora, la fotografía y las artes del diseño.

—¿Y qué? —preguntó a los periodistas uno de los de oficio literario que acababa de entrar.

—¿Saben ustedes si ha leído el librito de su nombre que anda por ahí?

—Lo ha leído —replicó uno de los que llegaron con Flórez—, y dice que el autor, movido de su afán de novelar los hechos, le enaltece demasiado, encomiando con exceso acciones comunes, que no pertenecen al orden del heroísmo, ni aun al de la virtud extraordinaria.

—A mí me aseguró que no se reconoce en el héroe humanitario de Villamanta, que él se tiene por un hombre vulgarísimo, y no por un personaje poemático o novelesco.

—Y dice también que en su reyerta con los bandidos en la cárcel de Móstoles, no le costó tanto trabajo vencer su ira como en el libro se dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo.

—Pues para mí —manifestó el caballero aristocrático—, el libro es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de la Coreja, la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de Belmonte es primo mío, le conozco bien, y sé que en ningún caso pudo sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo cogiera una estaca, y le moliera los huesos, y le plantara en medio del camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil. Está en carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca de la pareja de la Guardia civil!

En esto vieron salir a Urrea de la celda, seguido de los pintores y del cómico.

—Ea, ya tenemos aquí al chambelán, que viene a anunciarnos que Su Excelencia nos espera.

Pero el chambelán traía muy distintas órdenes.

—Señores —les dijo—, tengo el sentimiento de participarles que el amigo Nazarín les suplica por mi conducto que le dejen solo. Siente fatiga, y si no me engaño, tiene bastante fiebre. Le he tomado el pulso. Necesita descanso, quietud, silencio.

El efecto de estas palabras fue desastroso. Las dos damas no tenían consuelo.

—¿Pero no podremos verle, siquiera un instante?

—Me ha suplicado que, por hoy, le libre del vértigo de las visitas.

—Y hace bien en cerrar la puerta —declaró Flórez—. No sé cómo aguanta tanta impertinencia. Ea, señores, estamos de más aquí.

—Poco a poco —dijo Urrea—. La orden tiene una excepción. Supo que está aquí don Manuel, y ha manifestado deseos de verle. Pase usted; pero solo.

—¡Ay! nosotras... podríamos pasar también, hablarle un ratito... —indicó una de las damas.

—¡Oh!, no... sin duda quiere confesarse. Vámonos.

—¡Qué fastidio!... ¡Volveremos otro día! Yo quiero verle. Díganme ustedes, señores periodistas: ¿cómo es Nazarín? ¿Es cierto que su rostro tiene tal expresión, que desconcierta a cuantos le miran? ¿Y cómo está vestido? ¿Qué dice? ¿Ríe o llora? ¿Habla con los que le visitan, les echa la bendición, o no hace más que mirarles?

Contestaban los buenos chicos a estas preguntas, excitando la curiosidad de las nobles señoras, en vez de calmarla. Inconsolables ellas por el chasco sufrido, y no pudiendo anegar sus ojos, sedientos de aquella gran novedad, en la fisonomía del apóstol errante, los clavaban en la puerta. ¡Ah! detrás de aquella puerta estaba... Volverían a la mañana siguiente.

Entró don Manuel, y desfilaron por las escaleras abajo todos los demás. Alguno propuso a las aristócratas llevarlas a ver a Ándara. Pero después de una espontánea conformidad con esta idea, una de las dos reflexionó y dijo:

—¡Imposible! ¿Está usted loco? ¡Nosotras entrar en la Galera!

Luego fue apuntada la idea de visitar a Beatriz, y esto no pareció tan mal a las dos señoras. Sí, sí, podrían ver a la mística vagabunda y soñadora. Dividióse el grupo en la calle, y unos se dirigieron a la inmediata de San Blas, y los otros a la remota de Quiñones.

Salió Ándara al locutorio, y lo primero que le preguntaron los chicos fue si había leído el libro titulado Nazarín.

—Me lo leyeron —replicó la presa—, porque a mí me estorba lo negro. ¡Ay, qué mentironas dice! Yo que ustedes, pondría en el papel que el escribiente de ese libro es un embustero, y le avergonzaría, para que se fuera con sus papas a otra parte. ¿Pues no dice que yo pegué fuego a la casa?

—Tú también lo dijiste al principio; pero ahora, ausente de tu señor Nazarín, que no te permite mentir, has arreglado con tu defensor, que es hombre listo, esa salidita del fuego casual. El hecho queda por lo menos dudoso, y la pena será relativamente corta.

—¡Que fue de casual, ¡ea!... ¡Caraifa con los niños de la prensa! Yo al principio no supe lo que decía. Se me derramó el condenado petróleo... Quedeme a obscuras... Encendí un misto, y vele ahí todo ardiendo... ¿Que no lo creen? Así costa... ¿Y quién me lo desmiente? ¿Quién me prueba que fue de voluntad? Si alguno de ustedes es el que ha escrito ese arrastrado libro, arrastrado le vea yo, ¡mal ajo!

—¿Sabes que te estás volviendo otra vez muy mal hablada?

—Desde que no está con el apóstol, ha vuelto a sus mañas.

—Ándara, nosotros somos tus amigos, y te queremos mucho. Pero si dices expresiones feas, se lo contaremos a don Nazario, y verás, verás.

—No, no se lo digan. Es la costumbre de antes, que sale... Pero una palabra mala, dicha sin pensar, no hace pecado. Es que me encalabrino cuando me hablan del maldito libraco. ¡Miren que decir ese desgalichao autor que yo parezco un palo vestido! Fea soy, digo, lo que es bonita, no soy ahora, como lo era antes, aunque sea mala comparación... pero no tan fea que me tenga miedo la gente. Él será un esperpento, y en sus escrituras quiere hacer conmigo una desageración. ¿Verdad que no tanto?

—Tienes razón, no tanto, Andarilla. Otra cosa: ¿Deseas mucho ver a tu maestro?

—¡Ay, no me lo diga! ¡Verle! ¡Qué diera yo por verle, por oír su voz!... Créanme, señores de la prensa, y pueden ponerlo en el papel, si les viene a mano. Por verle daría yo la salud que ahora tengo, y la que tendré en muchos años. Me conformaría con estar en esta cárcel o en un presidio toda mi vida, si supiera que le había de ver todos los días, aunque no fuera más que un cuarto de hora.

—Eso es querer, Ándara.

—Esto es querer, y creer en él, pues no ha mandado Dios al mundo otro que se le parezca... lo digo y lo sostengo, aunque me claven en cruz para que cante otra cosa. Que me desuellen viva para que diga que no le quiero, y ayudando yo misma a que me arranquen el pellejo, diré que es mi padre, y mi señor, y mi todo.

—¡Bien, brava Ándara!

—Nos contó Beatriz que ella le ve en espíritu, y siempre que quiere le hace revivir en su imaginación...

—Esa es muy soñona. Yo, como más bruta que mi hermana Beatriz, ¡bendita sea! no le veo cuando quiero, sino cuando él quiere dejarse ver.

—¡Hola, hola! Explícanos eso.

—No sean materiales, y compréndanlo sin más explicadera. Por las noches, cuando me tumbo en mi jergón, en medio de unas obscuridades como las del alma de Caín, si he sido buena por el día, si no he tenido pensamientos malos, abro los ojos, y en lo más negro de lo negro, veo una claridad, y en ella mi Nazarín que pasa... no hace más que pasar y mirarme sin decir nada... Pero por los ojos que me pone, entiendo lo que quiere hablarme. Unas veces me riñe unas miajas, otras me dice que está contento de mí.

—Pues si le ves esta noche, no es mala peluca la que te echa.

—¿Por qué?

—Por esa mentira tan gorda de que el incendio de la casa fue de casual.

—¡Eh, que no es mentira!... Mentira lo que dice el libro, tocante a que quise zajumar el cuarto... ¡Vaya, que ya es por demás tanta conferencia! Lárguense al periódico, que allá tendrán que plumear.

—Antes hemos de preguntarte otra cosa, ¡caraifa!

—No respondo más.

—¿A que sí? ¿La Beatriz viene a verte?

—Dos veces por semana. Ayer me trajo un vestido, que le dio para mí una señora de la grandeza.

—¡Hola, hola!... Noticia. ¿No te dijo el nombre de esa señora?

Y todos ellos sacaron papel y lápiz.

—Sí; pero no me acuerdo. Era un nombre muy bonito... así como... Señor, ¿cómo era?

—Haz memoria, Andarilla. ¿Sería la Condesa de Halma?

—Esa misma... Bien decía yo que era cosa buena... pues... del alma santísima.

—Bien, Ándara... te dejamos ya, caraifa.

—Adiós... adiós.